sábado, 31 de diciembre de 2005




Mentiría si dijera que todo esto que está terminando (no sé que prefiero, si un gerundio o un participio) fue malo, que el año se llevó tantas cosas que nada quedó, o lo mismo mentiría si dijera que no te quiero o que dejaré de hacerlo alguna vez, si pensara que nada fue enteramente cierto o enteramente nuestro. Mentiría. Lo reconozco, mentiría si fuera necesario una y otra vez, con tal de no olvidar que lo que tuvimos lo tocábamos con la punta de los dedos conforme íbamos abriendo habitaciones secretas de ciudades que nunca antes habíamos pisado y luego apartábamos las telarañas y los miedos. Mentiría si dijera también que volverás. Eso no ocurrirá, pero todo lo demás es tan hermoso o tan verdad en mis costillas que te cambio tus doblones de oro por mis medios dólares de plata y aún así lo dejaría todo tal y como fue.

Y sabes, sé que lo sabes, que mentiría si dijera que no duele, incluso -lo reconozco- empezaría a faltar a la verdad si no te dijera que ahora duele pero un poquito menos, que duele cada vez menos. Y yo le digo así adiós con la manita al dolor, con un pañuelo violeta de seda que me encontré en un maletín de un mago portugués en Los Alpes. Y no preguntes, pero sé que era portugués y tenía una amante que cantaba fados entre bambalinas, y claro, el cuentito es mío y hago con mis magos lo que quiero. Así que digo adiós -sigo diciendo adiós- con la manita al dolor, viéndolo alejarse contigo y tú subida en una luna lunera, más redonda y blanca que una verdad, dejando una estela con regusto a pomelo y a tu olor de pelo, a tus cosas buenas y a tu mundo entero. Mentiría, y esto es también otra certeza, si dijera que no quiero que te vaya bueno.

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jueves, 29 de diciembre de 2005


Apareció en lo alto del viejo armario la caja de zapatos, y dentro de la caja, las cartas, cartas con remites de personas de las que ya no recordaba nada, únicamente notas sueltas de alguna delicada melodía que a veces acostumbraba a sonar y de la que nunca fui capaz de recordar el título, tan sólo la tonada. Dentro de las cartas, las letras desprendidas, como aquellas sopas de letras que tomábamos ardiendo de pequeños y que jugábamos a juntarlas para conformar nombres y palabras que aprendíamos en clase de la señorita Amparo. Nombres propios de montañas y de ríos, nombres de chicas que me gustaban y que nunca me miraron porque preferían al capitán del equipo de futbito. Luego, claro, la sopa se quedaba fría.

Volví a cerrar la caja de zapatos para agitarla, como queriendo verificar su contenido. Sonaba como un reloj de arena o una bolsa de canicas, a veces suave a veces duro. Luego acerté a entender el sonido aquel, la caja murmuraba como un palo de lluvia, el sonido exacto de las letras deslizándose como en un tobogán. Era innegable entonces que en aquel continente de cartón quedaban sueltos pedacitos de personas y de vidas que no alcanzaba a recordar pero que una vez fueron (o para las que una vez fui) lo suficientemente importantes o importante como para mandar o recibir cartas, cartas que a veces contenían fotografías de azafatas holandesas, de algunos besos perdidos en la puerta de un Corte Inglés cualquiera con aquella novia asturiana, pañuelos de seda verde que llegaban de Toledo con olor a flores, ¿recuerdas? y la pequeña cajita de música y la pulserita de la suerte para el año que todavía estaba por llegar.

Intenté hacer un análisis grafológico del asunto, algo más metódico y eficaz: averiguar cualquier dato que me ayudara a recordar algo de alguna de todas aquellas personas, un trazo, una manera de concluir la lazada final, algún puntito negro o azul de los que tampoco llegaría a saber si pertenecieron a una "i" o a una "j". Tomé una lupa, la más grande de mi colección, y no conté con que las letras -asustadas- al ver desde el fondo de la caja aquel ojo de cíclope inquisidor, echarían a correr despavoridas, siendo enteramente conscientes del límite carcelario de la caja, se agolparían en una esquina y empezarían a organizarse en lo que al principio fue un pequeño tumulto de letras alborotadas. Las mayúsculas tomaron el control y establecieron el criterio: las minúsculas y las vocales primero, que cada una llevara consigo cualquier signo de puntuación, cualquier acento, cualquier falta de ortografía (por muy aberrante que pudiera llegar a ser) y abandonaran calmadamente la caja. Aunque se escucharon algunas protestas, todas y cada una de las letras obedecieron finalmente. Las mayúsculas establecieron la base -una sólida plataforma de letras entrelazadas, más bien abrazadas y esperando el peor de los finales- de lo que sería una gran montaña de letras, aguantarían el peso de las demás, que intentarían alcanzar una altura superior y a su vez, ayudar al resto de las letras a salir de aquel continente en peligro. Ya asomaba por la caja el pico de la montaña y saltaban al exterior algunas letras, las más valientes o las más atléticas, o simplemente, las mejor posicionadas. El sonido ya no era el de un palo de lluvia, sino el de un rumor épico e incontenible.

Reptaba por la mesa una “s”, rodaba una “o” cuando un golpe de cierzo abrió con una furia desmedida la ventana y se llevó para siempre la montaña de letras, los suaves trazos redondeados, los puntitos y las comas, los acentos y los manchurrones de tinta, los recuerdos de media vida y la posibilidad de averiguar algo, lo que fuera, de aquellas personas para las que alguna vez fui importante o querido. Mario Picazo dio en las noticias que en Zaragoza llovían letras -seguía lloviendo y la gente las guardaba en los bolsillos-, lo sé porque me quedé abrazado a la caja de zapatos, ahora vacía, con la mirada perdida en alguna de las 625 líneas, balanceando mi cuerpo en la vieja mecedora y jugando con el mando a distancia, cambiando con desgana de un canal a otro, hasta que se desprendieron los botones de goma y unas cuantas letras que se habían quedado enganchadas en las mangas del jersey que me regalaste cuando volviste de Madrid.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco" , Marzo 2006)

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sábado, 24 de diciembre de 2005



Está nevando fuera en la calle, dentro en mi garganta. Como cuando aún creía en los tesoros y nevaba. Como en Febrero que fotografiaba todo, los monigotes de nieve y los niños en el parque y luego tú paseando por la plaza y yo siguiéndote. Porque yo te seguía. Te seguía hasta el borde mismo de cualquier precipicio. Hasta lo alto del carrusel. Hasta la noche más gloriosa que tuviéramos. Te seguía aunque no lo vieras.

Está nevando y necesito otro café que ni siquiera es café porque la máquina dice que es una bebida al gusto de café, que es como decir que las cosas no son cosas, sino algo con regusto a algo. Ya sabes, todo un descubrimiento científico, el amor no es amor, sino una bebida con gusto a amor.

Sigue nevando, como cuando aparecía por sorpresa y no me esperabas y te tapaba los ojos con las manos y decía, hola estoy aquí, y tú sonreías y luego follábamos o leíamos cuentos o bebíamos vino o simplemente nos nevaba, nos caía en copos nuestra historia por encima del sofá.

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martes, 20 de diciembre de 2005


Lo único que permanecía inalterable en los últimos diez o quince años de su vida era el tamaño de sus propios pies. Eso y sus zapatillas rojas de cordones desgastados. Acostumbraba a dar zancadas largas como si de esa forma pudiera llegar antes a alguno de sus lugares felices. Luego sucedía que siempre se estrellaba de manera parecida contra realidades agrias, agrias y mortales como el veneno de un pez globo.

Así que decidió subirse en lo alto de cualquier cosa que lo mantuviera lo bastante alejado del suelo como para no volver a tropezar, ni a caer, ni a precipitarse contra ninguna otra mujer.

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viernes, 16 de diciembre de 2005


Estimado Sr. Alterio:

Permítame que le diga que no tiene ni idea, ni puta idea. Porque ande, dígame ahora cómo hago para sobrevivir a ella, al enorme cráter que se levanta entre mis costillas y el ventrículo izquierdo, cómo hago para enfrentarme al lugar exacto que habitaba su vestido amarillo en el centro de la cama, a mis días que vienen, a la historia de ellos. Dígame, y ya perdonará las maneras, pero usted parece un buen tipo, esa clase de personas que saben lo que se dicen, y claro, cómo no iba a creerle cuando me dijo que todo marcharía bien, que sería un buen año. Debería haber saltado del vagón en marcha. Ahora lo sé, debería haber saltado. O eso o quedarme en Holanda en aquella fiesta mejicana, muerto de la risa pero muerto, o mejor, en Los Alpes con un trajecito tirolés persiguiendo cuesta abajo a Miss Invierno . Ahora resulta que odio a Sabina, a Krahe a Serrat, Internet (el mismo Internet que me trajo sus primeros mensajes que hablaban de guantes y sus cartas en sobres rojos) , odio el Mercado Central y las ranas, el cine francés y los martes palíndromos, odio las lecciones de matemáticas y la lógica, el máximo común denominador y el mínimo común múltiplo, es decir, todo lo que ella ha descubierto tener en común con él en cuatro días y todo lo que se vino abajo una tarde de domingo. Puede que algún día también llegue a odiar los domingos. No, puede no, ya los odio. Odio toda mi vanidad, ahí la tengo encañonándome la nuca , es un revolver frío cargado de seis certezas en la recámara, que me hacen pensar que él es más listo, más intenso, más divertido y más flaco , por supuesto (eso salta a la vista) que escribe mejor y que le quedan mejor las camisetas y el cigarrillo colgando de su mueca de Lucky Luke, aunque lo peor de todo es que él sonríe mejor, y si me apura, Sr. Alterio, hasta llora mejor y ante eso, usted lo sabe bien, no hay nada que hacer.

Dígame cómo hago, cómo hago para dormir más de dos horas, o simplemente para dormir, para no vomitar todas las palabras que nos dijimos. Hubiera sido de agradecer un final triste y hermoso pero, por Dios, no esto, esto no. Que alguien me diga cómo hago para no volverme loco, para no pensar en cuando ellos juegan al ratón y al gato por la ciudad o en la cama, en su manera de sentarse en el suelo junto a ella, entregándole el espejo en el que ahora se miran juntos, en el mismo instante en el que su niña asustada echó a correr porque supo que algo grande pasaba, algo como escuchar de lejos el sonido de un maremoto que se aproxima y luego arrasa con todo, en si ella será la mujer de las orejas perfectas, que lo es, la chica de la minifalda estampada, que también lo es, en ella temblando y siendo rescatada cada tarde. En el último martes y trece, martes martes. En su olor a mandarina. En lo bien que sale en las fotos que yo nunca tuve, que nunca me dejó hacer. En lo guapa que se siente ante sus ojos. En su vida en la garganta cuando entra por la puerta. En sus doblones de oro acunados en sus manitas felices. En cuándo empezó todo y se vino abajo nuestro castillo de naipes. En que ella le escriba cosas tan bellas y que necesite gritarlas al mundo. En que lo que estoy escribiendo ahora es una mierda y cómo no iba a serlo.

No estaría mal Sr. Alterio , que alguien me diera un par de buenas noticias, una sola, una señal, un empujón hacia algún sitio mejor. Lo demás, lo sé, es tiempo. Tiempo y no pensar de más, cosa que no se me da nada bien. Sé que pasará, que ya estuve aquí, aunque no de este modo, que volverá el color de mi sonrisa y alguien me buscará en alguna parte, que aprenderé a olvidar y mi buzón se llenará de cartas en sobres coloreados con cuentos de amor delicados como una caligrafía japonesa. Que para alguien, algún día, volveré a ser algo hermoso y grande que merece la pena cuidar. Que volverán las caricias a mi dedos. Que haremos viajes hermosos y nos reiremos de esto. Sé que pasará, que no hay pócimas mágicas para esto ni bálsamo de Fierabrás, sólo tiempo, tiempo y más tiempo.

Déjeme al menos Sr. Alterio, el derecho al pataleo, a tocar fondo y a sorberme los mocos.

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viernes, 9 de diciembre de 2005


Escribe de madrugada algunas líneas tristes, quizás para cuando lleguen tiempos mejores y pueda contemplar desde la distancia todo ese insomnio depositado milimétricamente sobre la colcha huérfana de brazos, lo hace seguramente para memorizar estas horas largas, largas como los dedos de un pianista búlgaro a punto de ejecutar una pieza, tan carentes -las horas- de calma y de razón. Escribe en este mismo instante, y esto es real, para no olvidar el sonido ronco de su corazón rompiéndose bajo el peso de una historia de amor, una historia importante y grande, que se apaga como un fuego pobre y pequeño. Escribe y sigue escribiendo, se desespera porque sabe que mientras escribe, en el mismo intervalo de tiempo, ella reposa abierta como una flor en otro cuerpo, un cuerpo nuevo.

Da vueltas sobre sí mismo en la cama, a ratos llora de rabia o de impotencia. "Por favor", ruega en voz alta que todo esto acabe, que no tenga que devorar más orfidales. Se levanta de nuevo, se vuelve a acostar. Añade algunas líneas. Piensa y desea que nada de la tristeza de esta noche, de todas las demás noches, sea inútil, que sirva para algo, que tenga sentido. Que toda esa desgana no sea en vano y deje de sentirse minúsculo. Pide, no sabe muy bien a quién, que regresen el apetito y las piruetas en la cama, que la risa se le escape de cualquier manera, como quien hace entrega de un regalo hermoso sin saberlo, que todo esto parezca, ojalá pronto, uno de esos viejos terrores nocturnos que solían desvelarle hace tanto tiempo y de los que nunca más se supo. Que mañana el dolor que cuelga de sus ojos agotados, se haya desplazado la ridícula distancia de un átomo. Que vuelva el sueño reparador y a ser quien era.

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martes, 6 de diciembre de 2005


Se necesita superhéroe alado de cómic Serie-B para salir de agujero sin fondo. Los candidatos deberán aportar experiencia (demostrable) en casos perdidos así como un excelente manejo de situaciones desesperadas.

Razón : Aquí

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jueves, 1 de diciembre de 2005


Lo último que vimos fue un enorme anuncio de ron Arehucas aplastando un furgoncito blanco. Luego, una guagua que intentaba esquivar los golpes de mar y viento. Vimos eso y a alguien santiguándose. Las autoridades recomiendan precaución. Madre llamó hace un rato con lágrimas en la boca del disgusto que llevaba y es que susto tras susto, siempre supimos que la isla no estaba preparada para lo que vino. Las calles son ahora un castillo de naipes venido abajo y todavía parece que se escucha el bramido del viento y el aguacero arrastrándolo todo. Se fue la luz, se apagó la ciudad entera. Yo lo supe porque quedaron atrapados en el ascensor un par de funcionarios del Cabildo con los que siempre coincido tomando el cortado, también porque nos dijeron de no ir a trabajar mañana. Lo dijo el alcalde. Dijo eso y que dentro de unas horas la policía tomará la ciudad para evitar el pillaje.

Algunos hombres se han quedado en casa mirando al cielo mientras las mujeres preparan algo caliente, sancocho o un caldo de papas. Madre, además de llorar, está preocupada porque ahora tendrá que cocinar todo lo del congelador antes de que se ponga malo. Lo peor, dice el abuelo, es lo de Agaete. Esta vez a Dios se le ha ido la mano con la tormenta y hasta ha perdido el juicio, el juicio y la puntita del Dedo. Nayra casi se cae de espaldas cuando han dado la noticia. Se ha sentado en el suelo con las piernas cruzadas y lo siguiente ha sido buscar en los cajones las fotos de la excursión a Guayedra. Por aquel entonces ya nos acostábamos y compartíamos gastos en el piso de Santelmo. La excursión fue idea de Chano, el compañero de piso de Nayra, más tarde se apuntó toda la pandilla. Hacíamos asaderos y saludábamos al pasaje cuando se aproximaba a la costa (más bien acariciaba) el ferry que volvía de Tenerife cada noche, luego cantábamos a Serrat y amanecíamos hambrientos de vida. Algunas veces doblábamos la cala para asomarnos a ver el Dedo y nos quedábamos sobrecogidos en silencio. El Dedo siempre apuntaba en la misma dirección que nuestros sueños. Nayra dice que nuestra pequeña viene de una noche en Guayedra, por eso ahora me mira y se le escapa una lágrima , en sus manos una decena de fotos del dedo, Chano haciendo el tonto y la pandilla posando para un mañana mejor.

La niña mira la tele, hoy se puede quedar un poco más porque mañana no irá a la escuela. Aparecen las primeras imágenes del dedo mutilado. El abuelo no deja de mirarse el final de las manos, como quien espera que algo importante suceda, está convencido de que mañana despertará sin el meñique o sin el anular y guarda el anillo de la abuela en una caja de galletas, no sea que lo pierda cuando se le caiga la falange y se nos termine el mundo.

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lunes, 28 de noviembre de 2005



Ella dijo: No te hubiera mirado. En su descargo le gustaba quitarse importancia afirmando que no entendía (no sabía) de sutilidad o cuidados y que para qué se iba a andar con rodeos.

–No te hubiera mirado- y se quedó flotando como en un mal sueño.

Entonces él supo entender -más bien recordar- la sensación aquella que colgaba del reflejo de todos y cada uno de los espejos de su vida, del hombre apocopado que era o había sido –y que a veces se seguía sintiendo- de su porte más bien poco o nada atlético. Una vez, sólo una, había adquirido una fisonomía tal, que le hubiera permitido seducir a cualquier mujer que hubiera deseado, pero que nunca supo o quiso aprovechar.

-No te hubiera mirado- decía, porque no eras esbelto o alto, porque no eras el tipo de hombre en el que hubiera puesto los ojos o el punto de mira. No un hombre para un arrebato ni el hombre que una mujer elige para tener un affair una noche, un fin de semana de jacuzzi y porno duro, o quién sabe si un hombre para lo que en definitiva y sin saberlo, sirva para mejorar la raza, capaz de transmitir el código genético perfecto y al que poder exhibir ante las demás hembras de la especie.

-No te hubiera mirado-

Y ella reflexiona acerca del motivo por el que su amiga de más tiempo le pregunta qué hace con un tipo así, bajito y rechoncho y si, finalmente, podrá llegar a algo serio y duradero siendo como él es. Se extraña pero lo piensa y lo mastica en su interior. Sabe que nunca antes hubiera mirado a ese hombre, que no hubiera reparado en él porque se mantiene envuelto en un halo de insignificancia, el estigma de los desconocidos que tropiezan con ella en el semáforo o el ascensor y luego la desean. El arquetipo de lo vulgar, de lo socialmente considerado vulgar. Ella que sí resulta ser esbelta, que acaba de terminar una relación larga con otro de los de su especie, un hombre esbelto de aristas contundentes, un hombre al que mostrar orgullosa ante la manada. Hombre, por otro lado, creativo e intenso.

Ella repite como liberándose o justificándose: No te hubiera mirado, al tiempo que aquel hombre pequeño se quiebra en zigzag, recoge apesadumbrado sus dos mitades y abandona el local dejando a medias un martini y algo bastante importante que estaba a punto de decir.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Mayo 2007)

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miércoles, 23 de noviembre de 2005


Una ligera bruma, no es niebla, ni siquiera neblina, el cielo se deja caer como un pañuelo de seda a punto de ocultar algo importante y hemos comenzado a entelar las alas de algunos aviones. Algo hay de distinto en el día, si acaso en nuestras vidas y en nuestras manos que sujetan las telas sin temblor alguno. Calzamos la tela como quien viste a una mujer hermosa y dormida, una mujer con el cuerpo todavía perezoso, frío, estirando la lona, ajustándola al metal con pliegues y caricias a un tiempo. A veces la tela llora, se queja de tanta tensión, hasta que se asienta de forma definitiva, certera. Tenemos o sentimos el orgullo de los que hacen algo digno con las manos, algo que luego alzará el vuelo sin dar las gracias.

Más hermoso que una mujer desnuda resulta una mujer desnuda que se viste lentamente, o que se deja vestir, desde abajo y poco a poco, como un avión con las alas desplegadas o un ave nodriza a punto de echar a volar. Qué hay más lejano que una mujer recién echada a volar. No se conoce.

Alguien pregunta si quiero volar, si he volado, además puedo elegir dónde quiero volar, en qué tipo de artefacto. La naturalidad de una pregunta así asusta. Hace tiempo que nadie me pregunta dónde quiero volar. “Abrígate, hace frío ahí arriba”. Hace frío aquí dentro, es lo que en verdad me parece pero no digo nada. Recuerdo la última noche con ella, aterrizando en su espalda, retomando el aire encajado aún en sus muslos. Una mujer pendular, siendo navegada por detrás. Una mujer que oscila dibujando un arco perfecto y hermoso. Existen fríos que castigan más que otros.

Levantamos el suelo en apenas unos metros. Se necesita poca pista para elevar un avión pendular. A veces pienso que las cosas no suceden de ese modo y que es el mundo, la tierra entera la que desciende como en tobogán precipitándose al vacío, luego nuestra nave se queda en algún punto fijo, intentando mantenerse quieta, serena. Es el mismo efecto del tren detenido en la estación y lentamente el andén se aleja en dirección contraria mientras nosotros observamos quietos. Muy quietos.

Rodeamos la urbanización de la gente bien, gente sin preocupaciones, gente con pista de tenis y piscina privada. Sé que estamos a punto de aterrizar, porque de nuevo el mundo asciende a 60 nudos, asciende de manera inequívoca, todo en uno, las tierras y los campos, las autovías y algunos perros de gente honrada que siguen nuestro trayecto con la vista, los llanos color ocre y algunas mujeres que lloran sin más explicación. La ciudad está llena de despedidas y por eso aterrizar duele. Por eso y porque de todas las manera de huir, de escapar, la más engañosa es la que rompe con la vertical de un plano. El plano de lo real.

(Nota: Ahora también se puede acceder a Puzzle desde la dirección: www.puzzle.es)

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lunes, 21 de noviembre de 2005




No tenía senos ni la huella de los senos en su juntura, ese canalillo en que las miradas se fijan para reconocer a la mujer. Tenía que descotarse y le daba vergüenza no poder enseñar la juntura inquietante. Tenía la caja del pecho de un transformista, de un imitador de estrellas.

Hubo que llevarla a París y allí penetraron en el Instituto de Belleza. Todo olía a jabón en aquel instituto y a los espejos les habían sacado brillo las gamuzas más finas. La mujer que no tenía senos presentó sus quejas.

“Hay que someterla a un tratamiento interior. Tome estas píldoras durante unos días”, dijo el director, y la dio una caja llena de píldoras grandes, enormes, inusitadas, con aspecto de ser imposibles de tragar. Al cabo de una temporada, el director, convencido de que los senos no brotaban , dijo: “la hemos dado simiente de senos, y como es imposible darla senos nuevos, la haremos algo que es por lo menos posible, la juntura de los senos, ese canalillo que es como el que conduce al punto de mira de la pistola y que es lo imprescindible”. El director tomó en sus manos el escoplo y el martillo blando y dio numerosos golpes en el esternón de la joven sin senos, consiguiendo señalar una depresión delicada, suscitadora de los inquietantes senos en la caja dura de su pecho.

Ya durante siempre en su descote lució la línea sinuosa, inquietante, resbaladora de la juntura de los senos. Y cayó en sus manos un marido gracias a eso.

(Ramón Gómez de la Serna)

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jueves, 17 de noviembre de 2005


Hay en tu ser
cámaras apartadas que no alcanzo,
invernaderos de delicia, lenta
germinación en tu sangre y en tu risa.

Está bien así. De tu retiro tomas
con la frente encendida y en los ojos
una promesa de luz
total para mañana.

(Jorge Riechmann)

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sábado, 12 de noviembre de 2005


Sobre la mesa un mantel de hule a cuadros, un par de calcetines y junto a ellos unas braguitas de pack de tres (del Carrefour) y unas medias con carrera formando una pequeña montaña de prendas inútiles. Huele a suavizante y a café. Se siente la casa vacía, se sabe porque un grifo gotea al fondo del pasillo de manera continua, insistente, como si se lamentara de algo, de un abandono prematuro o una huída a la desesperada. Luego en el dormitorio, la cama deshecha y en la mesita de noche a medio abrir, platos de loza amarilla con restos de bizcocho apilados descuidadamente y un rastro de miguitas que conducen hasta la terraza en la que suele tomar el sol, desnuda y abierta como una flor empapada en rocío.

La empezaron a echar en falta el lunes en la oficina y el jueves en la clase de preparación al parto, ahora que las cosas empezaban a ir bien y el jefe prometía una subida de sueldo sin esperar nada a cambio, ahora que él había dado señales de vida siete (¿o eran ocho?) meses después y le ayudaría con los ejercicios de respiración. Ahora. Ahora que no necesitaba nada excepto que la criatura viniera bien.

En el congelador una foto de cuando eran niños en el pueblo y pensaban que eso -y no otra cosa- era la felicidad, antes de las navidades en las que mamá anunció su enfermedad, las últimas todos juntos. En el horno un guante chamuscado que una vez fue de lana azul, luego papá se volvería una sombra y después un guiñapo y por último nada. La pena lo calcinó.

En el lavaplatos naufraga un payaso de peluche bizco, con ojo de botón y mirada triste. Quien pudo se marchó del pueblo en busca de algo mejor. Fuera, en la ventana, unos cubiertos puestos a secar al sol, cuchara , tenedor y cucharilla, colgados boca abajo en un silencio difícil. Tal día como hoy hace diez años y todavía escucha la voz de mamá tarareando boleros en la cocina. Como si quisiera decirle algo nuevo. Algo que no supiera.

Publicado por Puzzle a las 21:55
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lunes, 7 de noviembre de 2005




Se había acercado a los treinta y tres como quien se acerca a una feria recién instalada en la ciudad, con la emoción doblada en los bolsillos (con forma de avión o de monigote de día de los inocentes) y un gran interrogante que le colgaba de la boca, atravesándole la lengua y asomándole el puntito por entre los dientes. Un interrogante amarillo canario, como su medio corazón, como su fluorescente de subrayar adjetivos y palabras que no conocía. Ahora le daba por eso, luego sería otra cosa, a saber, pero nada que se le pareciera.

Luego estaba esa sensación de feria desierta, como en un sueño que termina en algo malo, la noria vacía, quieta, y en la sala de los espejos mirándose pero viéndose, a ratos bien a ratos no tanto, contemplando una imagen de sí mismo desfigurada y casi irreconocible y después salir corriendo, gritando, pero sin proyectar sonido alguno y en la caseta de los feriantes, el algodón de azúcar y los peluches pero nada más.

Al fondo de la calle, cuelga una gran bolsa de papel coloreado, nunca tuvo una fiesta de cumpleaños con piñata, sabe que en lo alto, cuelgan los premios, los que espera desde los treinta y dos, los que cree haber merecido, solo que esta vez no hay nadie más, no hay otros como él, echa a faltar la algarabía y los aplausos, más que los aplausos, los abrazos, como todo sucede sin orden ni lógica, sabe que tiene los ojos cerrados, que los brazos comienzan a dar palos al aire sin saber muy bien hacia dónde apuntar, sospecha que ahí no acaba todo, imagina que hay algo más, los premios en lo alto y los treinta y tres a punto de caerle en la cabeza, golpeando cada vez más fuerte al viento, alcanzando a veces de refilón la piñata, suena el papel aplastado, con ganas de venirse abajo, entonces piensa en columpios, en niños que gritan cuando alcanzan la vertical más alta, niños con las rodillas sucias a punto de tocar el cielo con las manos, le viene la imagen como de lejos, en un eco de risas, silba la gran vara de madera, el papel, los regalos, los años, los últimos días con sus últimas horas, la tarde de domingo, luego la noche, después el lunes, sabe que tiene que seguir golpeando, dando más palos al aire, más incertidumbres que llegan, más vida por delante y una gran piñata, llena, con la panza hinchada y medio abierta, rebosante de preguntas con interrogantes, desgarrándose, a punto de estallar y de bañarle de una fina lluvia de puntos amarillos como corazones a medias.

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viernes, 4 de noviembre de 2005


Es bueno, bueno estar dentro, como no se puede estar mejor en otro lado, de otra manera, donde mejor estamos, hoy no cierres la ventana, deja que escuchen cómo respiramos a un tiempo, cómo olisqueamos la carne, ¿recuerdas qué sorpresa?, aquella primera vez (era noche, ¿cierto?) y me decías que tenía que irme pronto, antes de que llegaran los malos, porque para mí eran los malos si es que tenía que irme antes del reparto del pan, pan blanco como unas rodillas limpias, pan tierno como unos muslos, pan de leche y mientras tanto dentro, a salvo y la ciudad era una moviola porque las calles bostezan a esas horas y nosotros aún desperezando los cuerpos, dime que es bueno, ¿qué piensas?, siempre nos preguntamos las mismas cosas, en los mismos instantes y casi seguro sabemos las respuestas, ya las conoces, son del tipo: es bueno esto, es bueno lo que tenemos y ahora miradas, espalda, cadera y la ventana abierta como las bocas y tú abierta, desplegada como una avenida, como una riada y suena alguna canción que nos recuerda otras veces, eran otros tiempos, pero también eso es bueno, porque significa que estamos despiertos, crecemos haciendo enredadera en la pared del patio de cal blanca, de pintura vieja o de pizarra y una salamandra (a alguien no le gustaban las salamandras) que repta en busca de algo mejor, quizás tan solo busca sombra o algo conocido y cercano, como la voz que llega del piso de abajo, es un ruido molesto, pretenden que no grites (tú grito, yo susurro) que nos ahoguemos las ganas, pero no hagamos caso, dentro de nada caeremos rendidos y habrá sido bueno, los dos dentro, ¿recuerdas? antes teníamos miedo, qué risa, una enorme incertidumbre nos miraba cada día desde la lámpara, en lo alto, hasta que decidimos cuidarnos y fue bueno, no imaginábamos cuánto, era una incógnita, una premonición, un doble salto mortal con final en un cuerpo.

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sábado, 29 de octubre de 2005



La última entrevista fue triste.
Yo esperaba una decisión imposible:
que me siguieras a una ciudad extraña
donde sólo se había perdido un submarino alemán
y tú esperabas que no te lo propusiera.
Con el vértigo de los suicidas
te dije: « Ven conmigo» sabiéndolo imposible
y tú -sabiéndolo imposible- respondiste:
«Nada se me perdió allí» y diste la conversación
por concluida. Me puse de pie
como quien cierra un libro
aunque sabía -lo supe siempre-
que ahora empezaba otro capítulo.
Iba a soñar contigo -en una ciudad extraña-,
donde sólo un viejo submarino alemán
se perdió.
Iba a escribirte cartas que no te enviaría
y tú, ibas a esperar mi regreso
-Penélope infiel- con ambigüedad,
sabiendo que mis cortos regresos
no serían definitivos. No soy Ulises. No conocí
Itaca. Todo lo que he perdido

(Cristina Peri Rossi)

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sábado, 22 de octubre de 2005


De vuelta al hotel, al contemplar cómo se suelta, luego cepilla su pelo rojizo delante de la ventana, sumida en privados pensamientos, con los ojos en otra parte, por alguna razón recuerdo a aquellos lacedemonios de los que escribió Herodoto, cuyo deber era defender las Puertas frente al ejército persa. Y las defendieron. Durante cuatro días. Antes, sin embargo, ante la incredulidad de los ojos de propio Jerjes, los soldados griegos se sentaron como despreocupados, en la parte de fuera del cercado hecho de troncos cortados, peinando y repeinando sus largos cabellos, como si sólo se tratara de otro día de una campaña que, por otra parte, carecía de importancia.

Cuando Jerjes exigió conocer el significado de aquellos actos le dijeron: Cuando estos hombres van a perder la vida antes quieren que sus cabezas estén bellas.

Ella deja su peine de mango de hueso y se acerca todavía más a la ventana y a la decreciente luz de la tarde. Algo, un movimiento y un crujido llega desde abajo y ha atraido su atención. Una mirada, y se desentiende de ello.

(Raymond Carver)

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miércoles, 19 de octubre de 2005


(I)

Cruza la calle un tipo trajeado que me recuerda a alguien, lo cierto es que se parece bastante, solo que no puede ser, aunque podría. Soy muy malo para los parecidos y él camina deprisa. No se vuelve a contemplar a nadie, para qué si luego todo es un poco lo mismo. El tipo entiende de redes inalámbricas y asuntos un tanto extraños, lo que ahora dan por llamar "nuevas tecnologías". Quién lo diría. Creo que está impartiendo un curso para sacar un dinero extra. Llama la atención la velocidad a la que transcurre todo últimamente en la vida de ese hombre. Apenas le queda el tiempo justo para cenar y cambiarse de ropa después de clase. La corbata asoma ahora de un cajón a medio cerrar. Ese tipo de cosas antes le ponían nervioso.

(II)

Conduce de noche a su trabajo habitual, saluda a sus compañeros y toma café gratis (una de las ventajas de pertenecer a una de esas empresas americanas que se preocupa por sus empleados), le cuesta mantener la concentración, puede que haga un par de llamadas y despierte a alguien en Holanda aunque eso sólo ocurre en el peor de los casos. Lleva dándole vueltas a una serie de ideas que querría escribir, cree que podrían funcionar bien, pero tiene que preparar la clase del día siguiente. Quiere hacerlo bien. No puede dejar mal al amigo que le consiguió el curso. Por otra parte, tiene que acabar lo que empieza, la vieja cantinela de siempre. Toma más café gratis. Quién no querría beber un café tras otro si fuera gratis. Deja de lado sus historias, estos días escribe menos y lee menos, lo echa en falta, tiene sed de esas y de otras cosas. Lo último fue un poema de Raymond Carver y un polvo suave. Piensa en lo bonito que le parece tener sed de algo o de alguien, como cuando decía sin reparos “me apeteces” y todo venía rodado.

(III)

Pronto serán las siete y volverá a ese cuerpo que tan bien conoce, sin duda lo mejor de estos días con prisas, sin tiempo para nada o para más bien poco. Se desnudará de manera silenciosa, quitándose los zapatos en la habitación de al lado para no molestar, camina de puntillas hasta el precipicio de la cama, deteniéndose y contemplando, queriendo congelar ese instante ahora que todos los instantes duran menos , mucho menos. Salta dentro. Le gusta cuando se encuentran a la altura de los pies, una pequeña contienda (juego que dirían ellos) al tiempo que le suben las ganas de dar guerra y hacerse el harakiri contra su pecho. Nueve minutos después suena el despertador, una pena que no sea de esos que salen huyendo de la mesita, ella tiene clase en la uni y él se desespera cada vez que escucha el sonido de la puerta al cerrarse. Luego golpea las paredes con el puño hasta que cae agotado.

(IV)

Las nueve y en el congelador, envueltos en papel de plata, unos filetes y algunos minutos que guardar por si hicieran falta, pero sólo por si hicieran falta.

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jueves, 13 de octubre de 2005


Clemente no es nombre para un conejo, a lo mejor para un gallo o un periquito, pero no para un conejo. Los conejos suelen tener nombres importantes que terminan en “o”, como Manolo o Benito, me gusta como quedan todos esos nombres que terminan en “o”. También me gusta Cristina. Me pone contento que me rescatara de aquella caseta de feria y me llevara con ella. Es cierto que los conejos son de otra forma, más bien tirando a peludos y suaves. Yo estoy hecho de retales de trapos y me tienen que lavar a mano para que no encoja.

Cuando Cristina me baña, canta canciones de su país que no entiendo, canciones lejanas que suenan a pandereta y cascabel, a noches frente a una hoguera, canta bajito y le brilla la mirada, luego se queda pensando con la vista puesta en el marco de la puerta, a veces creo que espera que ocurra algo, luego se le pone cara como de estar en otro lugar, como de hacer un largo viaje del que regresa cada día. A Cristina le queda bien su nombre porque termina en “a” , como Patricia o Melisa, le queda casi tan bien como los vestidos que diseña para ponerse guapa los días soleados, después con los retales me hace algún arreglo y juega conmigo a disfrazarme de artista de circo o de muñeco de trapo.

Cuando cae la noche, me acuna y me dice: "Clemente, Clemente, es la hora de dormir, cierra los ojos y sueña con magos y con chisteras". Y a mí , eso de Clemente , me sigue sin convencer y a ratos me dan ganas de decirle cuatro cosas, pero mejor me callo, a ver si se va a enfadar conmigo y me devuelve a la caseta de feria.

Ilustración: © Kristina Sabaite

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sábado, 8 de octubre de 2005


Ya no nos llamamos igual , comenta por lo bajo el cantante, quizás porque los años se han ido pegando a las paredes del local como canciones gastadas. En eso a los chicos no les falta razón, lo aprueban entonces, no pueden, no deben llamarse como siempre, por ellos mismos, por mirarse a la cara y ver otra expresión distinta colgando de sus cabezas, un indicio de algo nuevo que les recuerde que lo que venga ahora no será una continuación más.

En realidad, desprenderse de un traje que queda chico después de todo ese tiempo no resulta tan grave, por eso ahora las canciones ya van sonando distintas, como si se sintieran diferentes al ser acariciadas por alguien que tiene ese aire de extraño que nos magrea por primera vez.

Es raro pero les gusta, ahora los recortes de periódicos tendrán otro significado, quedarán junto a las fotos y las entrevistas de cuando pasaban de refilón por alguna lista de éxitos y les detenían en los garitos para pedirles besos o firmas. No pueden decir que son los mismos -exactamente los mismos- aunque lo sean, con las mismas ganas de tocar, con el sonido de siempre, contra las mismas paredes y ellos dirigidos hacia el gran espejo donde solían ver reflejadas tantas cosas, tantas caras, todo el humo de los vicios y la luz roja, figuras de mujer proyectadas en el ambiente cargado, una guitarra que suena y ciertas melodías que recuerdan a otras que ya pasaron por allí, nos visitaban y se iban, recuerdan los chicos, pero a veces se quedaban y entonces todo, todo volvía a sonar como aquella poderosa máquina bien engrasada que no podía dejar de escupir acordes y vomitar rock.

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lunes, 3 de octubre de 2005


Te inmovilizaron, luego te obligaron a alzar la vista en una mañana de lunes. -Ven a salvarme- dijiste, -de los demás, de mí misma, de mis propios errores. Hablabas en un susurro, en un aliento sobrecogido, como zozobrando por dentro, mientras todos aquellos de quienes huías, evitaban levantar la vista al cielo que iba perdiendo la luz, pareciendo como si fuera a llover pero sin llover y tú temblando, como si de un momento a otro fueras a romper en llanto, pero sin llorar. Yo no quise ayudarte, tampoco no ayudarte, simplemente no hice nada. No dije nada. Fuiste apresada y condenada a mirar el eclipse hasta que se adentrara todo su fuego en los ojos.

Ahora los demás sabrán que lo último que avistaron tus pupilas laceradas fue la visión apagada , mas bien lánguida , de una turba agitada que clamaba por todo aquel daño que hiciste y que nunca, hasta entonces, fuiste capaz de contemplar.

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sábado, 1 de octubre de 2005


Tengo una vaga idea acerca del asunto, sólo recuerdo de aquella noche que poblaban la ciudad unos cuerpos celestes, luminosos, cuerpos inquietos en busca de otros cuerpos, cuerpos mirada fugaz. Luego la noche se engarzaba con el alba en alguna habitación sombría de hotel barato, ya con los cuerpos vencidos y el maquillaje gastado.

Como en una extraña metamorfosis, con las primeras luces, los cuerpos celestes se transfiguran en cuerpos extraños y distintos, de modo que una vez descubierto el equívoco, abandonan los portales como fantasmas perdidos que vuelven al alba en busca de un sueño mejor.

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martes, 27 de septiembre de 2005


La portera de la comunidad refunfuña mientras barre la escalera, se queja porque ahora las mañanas no serán las mismas sin Iñaki, que ella lo único que tiene es la radio y el bingo de los sábados, que es justo el día que no toca recoger la basura, y que ahora sin Iñaki le queda un vacío tremendo porque la tele no es lo mismo y a ella le gustaba imaginar cómo era Iñaki mientras escuchaba su voz. Asegura que no piensa seguir su programa en el nuevo canal digital. Intento no pisar el montoncito recién barrido y me aparto, como pasando de refilón, de puntillas más bien. Pienso en mañanas vacías , pienso en eso y en cuándo mis mañanas no son las mismas y mi verdadero vacío es el cráter que se va formando justo a un lado, entre el hemisferio Sur de nuestro planeta cama y la pared con las fotos de bailarinas en blanco y negro. Yo sé que a veces te llevas la manta y me da frío en los pies, pero luego me basta con lanzar un brazo sonda hasta que atrapa esa espalda tuya tan desnuda.

A ti te he dejado en la estación un par de horas antes, temprano, muy temprano, siempre dices que prefieres coger un taxi, que mejor me quedo en la cama, sé que lo dices con la boca pequeña, pero me sabe mal a esas horas, tan de noche aún, me cuesta un mundo imaginarte arrastrando la Samsonite de fin de semana y aquel bolso donde metes media vida y algún libro recién sacado de la biblioteca para tus congresos o para el camino. Love, yo te acerco a la estación, no me importa madrugar, todo estará bien en cuanto subas al tren y me haga idea de que el Lunes queda a la vuelta de la esquina. Entonces recorro el camino inverso, también sin Iñaki, pero sobre todo sin tu silencio adormecido , sin tu mano en la palanca de cambios acompañando mis movimientos, sin nuestras canciones, en dirección a casa, tocando un ritmo suave con los dedos, buscando regresar al cuarto, todavía es pronto y aún podré remolonear un rato, al lado del cráter , de las fotos y de los rastros de ti.

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jueves, 22 de septiembre de 2005


« […] En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té […]»

(Marcel Proust, En busca del tiempo perdido: Por el camino de Swann)

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domingo, 18 de septiembre de 2005


Casi puedo afirmar que no está. Después de varios días de minuciosa investigación, la ausencia de Nicolás es un hecho. Me he pasado muchas horas de las últimas 48 olisqueando el aire en busca de su rastro. Él no sabe que su piel huele como la leche tibia de mi madre, por eso lo lamo a todas horas con una fruición que le hace reír y que le encanta, por más que a veces finja estar harto de mí. Nicolás no ocupa ya la mitad de la cama, aunque ella siga durmiendo en el mismo lado, como respetando su ausencia. Ya no suena por las mañanas la horripilante melodía de su móvil despertador, ni se levanta despeinado y sale pitando al trabajo, deseando volver cuanto antes a esas cálidas sábanas y a ese cuerpo de mujer que tan bien conoce.

Aunque no termino de comprender el porqué de algunas de sus camisetas, debo reconocer que me cae bien, que lo ha llenado todo de música y ternura. Ella canta feliz desde que lo conoce, cada día es un día más con él, una aventura nueva.

Ya saben jugar juntos, y no el uno contra el otro, me gusta mirarlos cuando se ríen e inventan uno de sus delirantes cuentos, me gustan las braguitas diminutas que ella se pone para él, son muy fáciles de romper, por eso espero que vuelva pronto, subiendo las escaleras de dos en dos, pero sin caerse, que se queje del mal olor que de repente flota en el ambiente y me bese en la nariz, que traiga vino y nos vayamos todos juntos al dormitorio, como una extraña familia feliz.

(Patricia E. Erlés)

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miércoles, 14 de septiembre de 2005



El resto de niñas querían ser cosas que yo no deseaba. Cosas insulsas. Yo, por encima de todo, quería ser musa. No sé si alguien es consciente de mis palabras, el verdadero alcance de su significado. Musa. Enamorar a hombres creativos y ser su fuente de inspiración. El centro de su pequeño universo. El detonante de algo grande. Un Big Bang con faldas.

No tardé en descubrir que no hay nada más estimulante para una mujer que un hombre acariciado en su vanidad. Los hombres creativos (todo bosquejo de artista, en general) lo son, y un hombre vanidoso y enamorado resultar serlo en mayor medida, puesto que necesita defender –mantener diría yo- su condición de admirado. Ese es su punto débil , el talón de Aquiles del que me sirvo para pasar a la posteridad a través de sus obras, de sus creaciones. Cuántos músicos no habrán escrito melodías de amor (o desamor) inspiradas en mis abandonos o mis hostilidades, cuántos pintores no habrán querido (deseado) plasmar mi desnudez o la textura de mi piel infantil, cuántos escritores no habrán telefoneado borrachos en mitad de la noche, pretendiendo impresionarme con unos pobres versos inacabados que hablan de mi sexo inalcanzable o de mi feminidad abrupta y poco habitada, cuántos aspirantes a director de cine no habrán escrito un guión para mí con escenas imposibles y poco apropiadas, cuántos , cuántos de ellos –entregados y sumisos- no habrán tenido en mí a su musa que los guía ante la penumbra de una hoja en blanco, ante un lienzo o un pentagrama vacío. Cuántos no me han entregado su ternura y de cuántos no la habré recibido conmovida como si fuera la primera vez. Para cuántos no habré sido la única razón, el único motivo.

He ido dejando mi rastro, mi pequeña aportación a esta vida tonta e insignificante, estimulando egos caprichosos, capaces de buscar (o lo que es más ridículo aún: de encontrar un asomo de virtud donde apenas existe nada) la belleza escondida de algo potencialmente hermoso, todo por alimentar o satisfacer algún corazón hambriento y necesitado (el suyo propio o el mío), estableciendo un pacto de conveniencia con fecha de caducidad, que llega a su fin en el momento en el que la fruta se pudre y pierdo el interés (ni yo misma me entiendo) o hasta que un nuevo hombre me sorprende y de nuevo se deja iluminar por mi capacidad de suscitar en los demás lo que otras mujeres (aquellas niñas insulsas) no fueron, ni serán, capaces de provocar. Una gran explosión que desbarata todo y lo vuelve a reordenar, como un caudal de esperma que desemboca en algo caliente y hermoso, algo que siempre permanece y deja estela.

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sábado, 3 de septiembre de 2005




I

Recorrer un cuerpo en su extensión de vela
es dar la vuelta al mundo
Atravesar sin brújula la rosa de los vientos
islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas
no es tarea fácil -si placentera-
No creas hacerlo en un día o noche
de sábanas explayadas.
Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas

II

El cuerpo es carta astral en lenguaje cifrado.
Encuentras un astro y quizá deberás empezar
a corregir el rumbo cuando nube huracán
o aullido profundo
te pongan estremecimientos.
Cuenco de la mano que no sospechaste

III

Repasa muchas veces una extensión
Encuentra el lago de los nenúfares
Acaricia con tu ancla el centro del lirio
Sumérgete ahógate distiéndete
No te niegues el olor la sal el azúcar
Los vientos profundos
cúmulos nimbus de los pulmones
niebla en el cerebro
temblor de las piernas
maremoto adormecido de los besos

IV

Instálate en el humus sin miedo
al desgaste sin prisa
No quieras alcanzar la cima
Retrasa la puerta del paraíso
Acuna tu ángel caído
revuélvele la espesa cabellera
con la espada de fuego usurpada
Muerde la manzana

V

Huele
Duele
Intercambia miradas saliva impregnante
Da vueltas imprime sollozos piel que se escurre
Pie hallazgo al final de la pierna
Persíguelo busca secreto del paso forma del talón
Arco del andar bahías formando arqueado caminar
Gústalos

VI

Escucha caracola del oído
como gime la humedad
Lóbulo que se acerca al labio sonido de la respiración
Poos que se alzan formando diminutas montañas
Sensación estremecida de piel insurrecta al tacto
Suave puente nuca desciende al mar pecho
Marea del corazón susúrrale
Encuentra la gruta del agua

VII

Traspasa la tierra del fuego la buena esperanza
Navega loco en la juntura de los océanos
Cruza las algas ármate de corales ulula gime
Emerge con la rama de olivo
Llora socavando ternuras ocultas
Desnuda miradas de asombro
Despeña el sextante desde lo alto de la pestaña
Arquea las cejas abre ventanas de la nariz

VIII

Aspira suspira
Muérete un poco
Dulce lentamente muérete
Agoniza contra la pupila extiende el goce
Dobla el mástil hincha las velas
Navega dobla hacia Venus
estrella de la mañana
-el mar como un vasto cristal azogado-
Duérmete náufrago.

(Gioconda Belli)

Ilustración: © Silvia Rodriguez.

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lunes, 29 de agosto de 2005


Un Déjá Vu es una trampa y Jean Francoise lo sabía. Ahora tenía la certeza de estar viviendo la misma trampa de otras veces, el mismo momento repetido, repetido como el vuelo de un tiovivo que gira mientras contemplas tus propios pies colgando, como si fueras el único testigo de una situación nueva que no lo es, aunque ahí están tus pies , los mismos pies de siempre, a unos metros del suelo, balanceándose en la silla voladora, todo tan familiar y al mismo tiempo el sobrecogimiento aquel, la extrañeza de estar protagonizando el sueño de tantas veces solo que con los ojos abiertos, muy abiertos, ojos redondos y húmedos por la impotencia, esperando una señal que indique que nada ha cambiado.

Carmela también sabe que un Déjá Vu es una trampa. Ahora tiene la certeza de que el viaje de vuelta será lo mejor de los últimos días, porque piensa que todo cambia y que nada es lo que parece. La vieja y conocida sensación de pérdida o de decepción. En realidad Carmela no se llama Carmela, es un invento cariñoso que Jean Francoise le puso en honor a Carmen Maura, porque está convencido de que sus reacciones o sus gestos son los de la actriz muchas veces, porque de tarde en tarde ella se pone intensa o sobreactúa y desde ese escenario miran pasar la vida en plano secuencia, que a veces es un drama y a veces una comedia española.

Jean Francoise sabe que echará de menos a Carmela todo el tiempo, lo sabe porque nunca dejó de extrañarla, porque aunque no ha sido el momento ni el tiempo, a pesar de los mil asuntos en ciernes que los separan o que no permiten que se conozcan tal y como son, también sabe que a lo mejor se alejan y todo queda en aquellos días de paseos y abrazos, de mensajes enardecidos, en algo que podía haber sido y no fue más allá, todo porque no se llegaron a ver sin toda aquella suciedad que los apartó y en eso consiste la trampa, en la manera estúpida de apartarse de lo real por culpa de lo que no lo es tanto, dejándose olvidadas en una lata de galletas la ternura y la risa que tantas veces tuvieron a bien cultivar y que ojalá sepan o quieran recuperar.

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lunes, 22 de agosto de 2005



A y B se prometían ser honestos y sinceros, lo prometían con la extraña seguridad de que así iba a ser. Por eso A, en las terrazas o sitios concurridos, simulaba ir al toilette -momento que aprovechaba para mandar mensajes secretos al móvil de su amante en ciernes- y B , que en todo momento sabía de las cautelas de A, fingía encuentros con algún viejo conocido -ya sabes amor- de la vieja escuela o del arrabal, instante que empleaba para enviar declaraciones arrebatadas a su nueva conquista o a la que, en realidad, él creía que sería la siguiente.

Los dos (A y B) maniobraban a escondidas aunque sospechando las acciones del otro. Se intuían y se acertaban. Así, mintiéndose y ocultándose, y dado el conocimiento profundo que A tenía de B y viceversa, sin grandes esfuerzos o artificios, conseguían ser honestos, honestos y sinceros, manteniendo su promesa de forma poco ortodoxa, pero al fin y al cabo, manteniéndola.

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jueves, 18 de agosto de 2005


Amor I

A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por el amor. Yo no le doy amor. Le doy pasión envuelta en palabras, muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado. Somos felices.

Amor II

Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él sólo le interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo me estremece, lo atribuye a sus muchas palabras. Cuando mi cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor.

Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.

(Raúl Brasca)

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domingo, 14 de agosto de 2005


Se han ido. Se fueron y ni siquiera se dieron la vuelta para mirarme, ni un poquito solo, nada. Se han ido y no miraban atrás. Yo esperaba al principio que recapacitaran, luego me hubiera bastado un gesto, una explicación a lo sumo, un arrullo o en todo caso un trébol fresco que masticar, y entonces sí, entonces se van, pero yo no me entero, porque me quedo masticando y cuando me doy cuenta ya es tarde y me aguanto.

Pero así, de esas maneras, tan contentos y radiantes, con sus maletitas de mago, con sus vestidos de gala y esas sonrisas de fin de semana. A los Alpes franceses, ahí se fueron, todo contentos, solo hago acto de aparición en comuniones y fiestas de cumpleaños, eventos de poco aforo para entretener a los niños y algunos mayores, entonces todos me ríen las gracias, lindo me dicen, relindo, pero claro, a Francia, eso queda lejos y no me llevan, y todo porque vienen unos señores magos de lejos, de muy lejos.

Quizá a mitad de camino se acuerdan o cambian de idea, quizás se ponen tristes o preocupados, y se dan media vuelta a la altura de Gerona, pero claro, esto es muy raro, porque la chistera no la olvidaron, se la llevaron con ellos, con el baúl de aparición y los grandes aparatos, conozco ese juego, luego aparecen las bailarinas del cielo y todos aplauden, ¿tú crees que se fueron?, cómo puede ser, no me harían eso, no de esa forma, si a mí me gusta Francia y en los Alpes hay muchos tréboles.

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viernes, 12 de agosto de 2005


Miguel dice que los aviones buscan el viento, que si los dejáramos sin control en mitad del cielo, se volverían a buscarlo, que son listos, que saben volar solos y que nosotros , nosotros sólo podemos intentar que ellos no nos lleven donde quieren. Los aviones saben volar, son listos, muy listos. Me gustan las certezas de Miguel, como quien tiene una buena mano de cartas y juega su partida decidido y resuelto. Los aviones buscan el viento y si los soltamos en medio del cielo, saben volar.

Se acerca tormenta y uno nunca sabe lo que le depara el cielo. Eso también me lo enseña Miguel. Se puede mirar al cielo e intentar descifrar lo que nos está diciendo, pero el cielo siempre se guarda algo de información, siempre algo tiene que no nos dice. Y luego las nubes, y los nombres de las nubes, como nombres de mujeres misteriosas, sus formas , mirar su vientre lleno de agua , cómo cambia, cómo se hincha y Miguel, dibujando en el aire corrientes térmicas, explicando cómo se comportan las nubes, y que las nubes no se entienden, no del todo, como las mujeres - dice- pero yo creo que algunas (mujeres) sí se entienden, y le digo lo que creo, y entonces Miguel que dice bueno, pero las nubes no, las nubes no se entienden.

Las nubes no se entienden y el cielo se está cerrando, tenemos que volver al campo de vuelo, tomo los mandos y el avión se pone insolente, Miguel se ríe, me cuenta acerca del timón, del alabeo, de cómo cabecear en vuelo y luego enseguida me anima, dice que estoy volando bien, pero yo sé que no, que Miguel siempre te anima y le saca el lado bueno a todo, hay turbulencias, que es como lanzarse en tobogán hacia arriba y una corriente térmica (de panza de nube repleta de agua) nos saca de rumbo. El cielo se cierra, a la altura de Tardienta unas nimbus amenazan descargar antes de tiempo, imposible decir cuánto, imposible cuándo. Tenemos que volver, buscamos rumbo a casa, fijamos un punto de referencia antes de que el cielo se termine de cerrar y una enorme nube-mujer con el vientre repleto de agua nos devore y nos parta en dos. Yo sé que ahora , en el campo, andan mirando al cielo y que en algún sitio está descargando un mar de lluvia , en alguna parte, no muy lejos de aquí.

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martes, 9 de agosto de 2005


-Hablas como él- y se rompió. Se rompió , como quien rompe una carta de amor en sobre azul al trasluz, se rompió porque de todas las cosas que se podían decir justo fue que se dijeron las que no se podían nombrar.

–Hablas como él-

Entonces supo entender -más bien recordar- el verdadero sufrimiento de aquellas lagartijas sin cola recién mutiladas, sobre la pared del patio de la vieja escuela y todos riendo la gracia, sin entender a qué venía tanta risa, si en verdad lo que acababan de presenciar era una salvajada. Una auténtica salvajada.

Dentro de la aparente fragilidad , ella resultaba ser cruel. No siempre, es cierto. –Hablas como él- y nunca él sonó tan mal de no haber sido dicho de ese modo, nunca unas palabras derramadas como por casualidad sonando tan afiladas bajo el cielo de aquella terraza, desgajado en dos por los aviones y las palabras, mostrándose más azul que de costumbre, azul como un sobre que se rompe al trasluz, como sus zapatillas de cordones, como un gato azul que se instala sobre el futtón japonés , azul como el blues de las palabras cuchillo.

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jueves, 4 de agosto de 2005


Un día de repente deja de llover, como quien abandona un vicio caro o deja de fumar al primer intento. Es entonces que dejamos de mirar al cielo y nadie vuelve a necesitar aviones que lo recorran. Los aviones se inventaron para que miremos al cielo y nos preguntemos si realmente se puede llegar más lejos, se inventaron para los niños que apuntan con el dedo al aire y sueñan con ser comandantes de líneas aéreas, para creer en el milagro del hombre y demostrarnos lo alto que vuela un sueño.

Al mismo tiempo que todo eso ocurre, arriba, en los aviones, azafatas que soñaban cuando eran niñas con niños que soñaban con ser comandantes, sirven sonrisas Duty Free a la carta, sonrisas y algún jugo de naranja que nunca supo a naranja, sino al recuerdo lejano de un sabor a desayuno de infancia. Decenas de personas que repasan la revista o el periódico, lo último de Marsé, un estudiante de Filosofía que lo intenta con Sartre y se duerme en la página siete.

Yo sé que un día, de repente, dejará de llover y los aviones tomarán tierra para siempre, un día de repente en la vertical de las Azores, dejará de caer lluvia, como quien deja a un amante porque ahora le resulta un desconocido cercano (dejé de creer en ti, ya sabes, lo de siempre) ausente, lejano. Es entonces que los que sobrevuelan el cielo dejan de mirar al campo, las ciudades, los océanos, porque los continentes y la orografía, fueron creados para ser mirados desde el cielo, para que nos preguntemos si realmente se puede llegar tan lejos, creados para los niños que señalan a través de la ventanilla y sueñan con ser ciudadanos de a pie, o futbolistas, o simplemente niños. Se inventaron para creer en el milagro de la tierra, de la vida a escala 1/500, para creer de manera inequívoca en todos aquellos que miran el horizonte apuntando bien alto y bien lejos.

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viernes, 29 de julio de 2005


Conozco a Fernando hace muchos años, más de diez, menos de quince, no sé, en realidad -es curioso- pero trataba con él mucho antes de que supiera que era escritor y mucho antes de que supiera que había publicado con cierta frecuencia. Tantas veces que hablábamos de cosas triviales, como si Fernando fuera dos personas diferentes, Fernando el marido de Mar, la socia de Cati, el tipo del gimnasio algo introvertido , tímido y flaco, y luego Fernando el escritor, cuando confieso que por aquel entonces , para mí, escribir o quien escribía quedaban un poco lejos de mis necesidades primarias. Tímido , como decía, quizás por eso se guardaba las palabras en la sala de musculación, para depositarlas luego en lugares mejores, y a lo mejor él también me veía como si fuera dos personas distintas, el chico que salía con la hija de Cati (y quizás ya ni salíamos) y el que tocaba en un grupo de rock más o menos conocido. Siempre coincidiendo en el parque de al lado de casa, cerca de Ruiseñores, o en las bicicletas del gimnasio Cuellar, guardando las palabras, siendo cordiales, hablando de asuntos banales, sus dos Fernandos y mis dos Jorges y en eso dejábamos que pasara el tiempo, a golpe de pedal o de mancuerna, cumpliendo nuestra misión personal de todos los años, rebajar un poco de cintura y no caer en el sedentarismo, hasta que alguno decidía romper el mero formalismo del saludo y la conversación de las seis de la tarde y nos íbamos los cuatro, sus dos Fernandos y mis dos Jorges, con nuestros temas intrascendentes y nuestras pesitas de dos kilos, porque dicho sea de paso, la genética no daba para mucho más y resultaba mejor guardar las fuerzas para sus libros o para mis canciones.

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martes, 26 de julio de 2005


María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga. Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo. Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.

Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante. ¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo? Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder comprender un gesto tan absurdo.

Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.

(Vicente Huidobro)

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viernes, 22 de julio de 2005


Mi amigo era miope y como por coquetería donjuanesca se negaba a usar lentes le pasó que una mañana que iba por la calle advirtió de pronto en el suelo y al lado suyo una cosa blanca y larga y ondulante que fluía como un arroyuelo de leche y esto despertó su curiosidad y se puso a seguir tan curioso fenómeno y así recorrió y cruzó calles y más calles y finalmente entró bajo una gran puerta a un enorme ámbito en semioscuridad donde brillaban pequeñas luces en medio de una música majestuosa y allí parecía concluir aquel fluir de lo blanco que ahora se alzaba vertical y tomaba la forma de una figura femenina que lo cogió de la mano al tiempo que sonaba una grave y solemne voz que decía:

-Os declaro marido y mujer.

(José de la Colina)

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martes, 19 de julio de 2005


Podemos hacer tonterías, comprar natillas de chocolate y llevarlas a la cama , luego vaciar el contenido por las paredes blancas , que siempre necesitaron una manita de pintura y yo nunca encontré el tiempo para dársela porque prefería hacer tonterías, de esas que a usted tanto le gustan, porque nunca fui el más guapo, ni el más listo, pero hice tonterías, unas cuantas fueron, al principio solo en días pares, luego los impares y vísperas de festivo y usted se reía, y yo ampliaba mi repertorio con ánimo renovado , todo por su sonrisa de niña traviesa, porque una vez no sé dónde, creo que en las páginas centrales –casi más hacia el final- de una revista de sala de espera, un experto en relaciones decía que una mujer te ama si consigues que nunca deje de reír, y yo me apliqué, solo que a veces lloramos también por tonterías, porque a veces no entendemos nada y bebemos tequila y días enteros pasan, de tonterías, de taxis que se dejan llevar , superficiales , vanidosos, buscando extraños triunfos o coronas de laurel que no son esta ni aquella cosa, simplemente que no son, en todo caso porque usted ya sabe que dos días en la vida nunca vienen nada mal y por eso nos lanzamos desde un tobogán a piscinas de brazos equivocados y luego llegan las disculpas, usted perdone, yo no quise, este no es el brazo que yo buscaba, ni el brazo ni el abrazo, que me imagino que una cosa viene de la otra y además hace tiempo que no busco etimologías porque luego usted me reprende, y no sé que más quiere que le diga, si a mí en realidad, lo que me gusta es vaciar natillas en la cama, arrojar proyectiles chocolateados contra las paredes que antes eran blancas y ahora son un campo de batalla jaspeado, y que usted ría, que ría mucho, porque el experto aquel asegura que si una mujer ríe, en el fondo es porque ama , como cuando hago tonterías con natillas en su ombligo, los días pares e impares, vísperas de festivo compartidas y la vida tontería envasada en pack de cuatro y con uno de regalo.

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domingo, 17 de julio de 2005


Hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

(Juan Gelman)

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viernes, 15 de julio de 2005


Suele llorar en el ascensor, entre el segundo y el décimo, una vez que se asegura que hará el recorrido sin compañía. Ha desarrollado una habilidad especial para disimular las lágrimas, para saludar a quien le salga al paso ofreciendo una sonrisa luminosa como una mañana de sábado, aunque hace tiempo que olvidó la luz que despiden los sábados. Le gustan los nombres de los días, sabe que un lunes siempre será un día disgustado, que los martes todavía son el comienzo de algo que pronto doblará la esquina despidiéndose con un aleteo de pañuelo blanco. El miércoles comienza con el alma sobrecogida , porque mira la vida desde un tobogán desde el que salir disparada rumbo a una tarde de jueves que suena a jazz y a planes venideros. De viernes a domingo, prefiere perderse en unos brazos o en un libro, aunque hace tiempo que los brazos no son los adecuados y los libros, los libros barruntan tiempos mejores entre páginas arrugadas e historias imposibles.

Suele llorar a escondidas, inventando finales felices, derramándose por completo en cualquier avenida transitada en horario de oficina, esquivando empujones de semáforo y carteristas de corazones rotos. Hace calor y echa de menos un ascensor. Una vez, sólo una, hizo el amor entre el segundo y el décimo, pero le supo a poco, le supo a otra cosa y fue a partir de entonces que empezó a llorar sin motivo, aunque eso es lo que prefiere pensar , al menos de lunes a viernes, porque de resto, ni piensa , aunque suele llorar y esperar unos brazos mejores, un libro con final feliz leído de tirón una noche de sábado que se junta con mañanas de domingo, que lejos de lo acostumbrado, son mañanas de ascensores contentos, de churros con buñuelos , de desayunos y noticias que llegan de lejos, como un recuerdo lejano, como un rumor o un susurro a ritmo de bossa, con voz de mujer que calma o que cura y que canta bonito. Tan bonito que mata.

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lunes, 11 de julio de 2005


Caminaba pensando en lo que tenía que hacer. Dobló la esquina y le asaltaron las dudas que, de manera violenta e inesperada, le arrebataron la cartera, la cordura y todas las certidumbres.

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sábado, 9 de julio de 2005


Había que coger. Era necesario (obligado) coger. Caía el verano y los expertos aseguraban que durante las vacaciones se hacía el amor con más frecuencia, aunque nunca aclaraban si con uno mismo, con la pareja de uno o con la de otros. Algo relacionado con la serotonina y los relojes internos, con que las chicas se dan a conocer (y en definitiva, se muestran) más y mejor, algo en relación a la piel morena y con que a todos nos agrada gustar , un estímulo estrechamente vinculado a una teoría que sostiene que , en verano, el cuerpo y la mente se liberan.

Unos cuantos no tenían ni idea , ni sabían acerca de esa regla de tres que afirma que si conoces a más gente, haces más el amor. Los expertos tampoco aseguraban que la cosa fuera la bomba, de vez en cuando se centraban en el asunto de la profilaxis, pero no terminaban de definirse con el tema. Nadie garantizaba plena satisfacción. Para algunos no era su estilo aunque muchos hicieron caso a los expertos y cogieron de manera decidida, C también cogió, todo lo que pudo con P aunque no fuera verano en Salvador de Bahía , M lo mismo cogió en Buenos Aires que en Palermo, D en Santiago, J y S en Amsterdam, todos ellos hicieron el amor y explotaron su sensualidad, rieron y se dejaron llevar.

Nicolás le pidió a Violeta que le esperara aquella tarde o todas las tardes, tenían que coger porque nunca sería suficiente, aprovecharon que estaban morenos y copularon, cogieron todo lo necesario para no ser reprochados por los expertos, aunque Nicolás y Violeta sabían que a veces no importaban ni los solsticios ni los equinocios, mucho menos las estadísticas, y que si estabas bien con quien estabas, lo demás no contaba, y entonces hacías el amor y reías, paseabas y abrazabas, leías cuentos y comías helado, hablabas hasta las tantas de tonterías y hacías planes y los deshacías como sábanas en la madrugada, así que finalmente los expertos, que nadie nunca supo cuantas veces hacían el amor, se pasaron los veranos escribiendo artículos y elaborando teorías, o explicándolas, o las dos cosas, y a C a P a M a D a S a J a Nicolás y a Violeta les trajo sin cuidado lo que los expertos dijeron, porque ellos estaban bien así, y lo sabían, ¿Verdad que estaban bien? ¿Verdad que lo sabían? ¿Verdad que sí?.

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jueves, 7 de julio de 2005


Justo al mismo tiempo (no en otro) en el que sucede el impacto del gran proyectil contra el corazón del cometa, ya saben, a la vez, en el instante justo en el que los hombres de camisa azul aplauden o se abrazan al confirmarse la colisión, otro (otros) impactos menores pero sin duda más devastadores suceden en un planeta también azul con forma de mujer. Por una extraña –pero no desconocida- relación causa-efecto, cuerpos extraños que creíamos habituales, arañan de manera continua la superficie de un entorno frágil y asaltado previamente por todo tipo de injurias o reproches. Si el cráter producido en el cometa tiene las dimensiones de un edificio de veinte alturas, la fractura de una mujer herida (en comparación) equivale a millones de años de erosiones perpetuas.

Una gota de agua es capaz de penetrar una cordillera, del mismo modo que una mujer sometida a todo tipo de reproches, termina agotada y se apaga, pierde su estela de luz, deja de brillar, de esperar, lejos de los aplausos o los abrazos de los hombres de camisa azul en el planeta azul, que verifican que no hubo errores en el cálculo de la trayectoria, ajenos a su vez a los impactos sobre la mujer que recibe las descargas, ahora ya sin inmutarse, o pensando que no se inmuta, describiendo una línea infinitamente distinta a la precisada.

En una última medición, los hombres de camisa azul descubren por azar a una mujer satélite a la deriva, averiguan que todo se debe al impacto de un proyectil con forma de lavadora, posiblemente de material cobre (a falta de tener un análisis mas o menos preciso que lo confirme) y que contra todo pronóstico, cualquier fenómeno anterior no merece la pena ser destacado en comparación con aquel. Es entonces que deciden mandar una expedición de rescate, que según los cálculos más optimistas, alcanzará su destino dentro de doce millones de años luz.

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martes, 5 de julio de 2005


(Ella tenía un don que no llegó a descubrir, cuando acababa el show era la reina del baile...)

Me gustan los cuentos de Violeta. En realidad me gustan muchas cosas de Violeta. Recuerdo que una de las primeras discusiones que tuvimos se originó porque me empeñé en pedirle (casi exigirle) que me contara su secreto, el gran secreto que hace que ella pueda escribir de esa manera tan bonita e intensa. Por supuesto, no me contó el secreto ni ningún otro, me puse impertinente -tal y como suelo hacer cuando no obtengo lo que quiero- , Violeta se levantó sin mirar atrás (ella nunca mira atrás) y salió del bar dejando a medias su consumición y mi curiosidad. Y en esas que me quedé contemplando las tetas de aquellos cuadros que decoraban el lugar, todo el lugar, mitad pinturas mitad esculturas de madera, pensando en que esas tetas no eran ni podían ser o pertenecer a ningún modelo real y que de una forma o de otra, quien las hubiera creado tendría su propio gran secreto que permitía que todo lo que moldeaba o pintaba adquiriera aquella forma serena de unos pechos perfectos y casi de otro planeta, pechos que ciertamente el autor nunca vio y que, a pesar de eso, podía recrear de manera única como si tal cosa no hubiera ocurrido.

Siempre he sido un tipo curioso, incluso lo cotidiano me llama la atención como si de una lluvia de estrellas fugaces se tratara, ando buscando secretos, extrañas maniobras o trucos de ilusionista que permitan hacer algo de la mejor manera para perfeccionarme con ello. Sigo sin aprender o sin querer darme por enterado, porque conozco -lo confieso- la respuesta, la conozco desde hace tiempo: envidio lo que no tengo, lo que no se me dio por añadidura, busco secretos que expliquen lo inexplicable y pregunto impertinente acerca de cómo hace Violeta para escribir tan bonito cuando en realidad la respuesta está claramente escrita en algún lugar que no quiero reconocer o al que no quiero llegar, el lugar de los que por un motivo o por otro, nunca tendrán el don.

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domingo, 3 de julio de 2005


Temblar o recordar cómo se encoge la barriga de gusto, temblar de frío porque no estás o temblar como quien pide sopa caliente porque estás, el caso es temblar , ver que viene lo que hace tiempo que no llega y entonces quedarse esperando y mirar a las musarañas, que nunca supimos muy bien lo que eso significaba y que nadie -además- nos explicó qué tenía que ver un animalito tan pequeño con quedarse esperando tontamente algo tan grande.

Puestos a pedir, que todo ocurra en el cuarto, en un huequito bien abierto a tu lado, prometo aprender tan pronto delimitemos el perímetro, tú solo tienes que enseñarme a temblar, como cuando hubo una vez y fue la primera, y luego puede que vinieran otras que ya no recuerdo, y nadie supo, o nadie del mismo modo, ya sabes, temblar de ganas, de tanto abandono o tanto amontonarse un escalofrío tras de otro, prometo aplicarme, en realidad yo vine por el anuncio a gritos de unas pestañas asombradas que no saben dónde aterrizar.

Sé que no siempre fui del todo leal, quizás porque pensaba que temblar, lo que se dice temblar, se tiembla siempre, pero visto lo visto, creo que no estaría de más empezar de nuevo , aprender de cero a temblar, recordar (intuir) aquel abrazo , el primero, y esa forma de mirar que no supe ver después de aquella ocasión , aunque casi, y luego un acercamiento , un pedir permiso y tu manera de tantearlo todo, de darte a conocer, luego las ganas de estar a solas a pesar de la gente, y sí , lo sé, no siempre fui del todo sincera, no siempre, iba y venía, a veces creo que me escapaba lejos , escapar porque había que volver, lo mismo que perderse -ya sabes lo que dicen- para encontrarse, no sé, nunca fue fácil ni falta que hizo, pero yo sé que temblar, lo que se dice temblar , de aquella manera , como nosotros temblábamos, nunca más.

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viernes, 1 de julio de 2005


Me gusta hacer animalitos con el papel. Llamo a esto papiroplexia. Un juego lento y hermoso. Ayer o hace un siglo, quizá esta mañana, hice un animalito con un papel azul y otro blanco. Era un animalito porque tenía cuatro patas, un cuerpo y una cabeza. No sé qué clase. Fui ahí al lado y cuando volví le vi comiéndose el desayuno. No le recriminé, por el contrario le traje más leche y se la puse en el plato por saber si me aceptaba. Se acercó, y bebió de la leche, con unos chasquiditos menudos y satisfechos. Viéndole, pensé que debería hacer más animalitos de papel: muchos.

Pero luego, quizá ayer o hace un rato, quizá el año pasado, se me acabaron las cuartillas. Necesitaba seguir escribiendo. Deshice el animalito y escribí en él. Fue muy doloroso.

(Alberto Omar Walls)

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miércoles, 29 de junio de 2005


- ¿En qué piensas?
- En nada
- No se puede no pensar, siempre se piensa en algo…
- No pienso en nada
- Venga, dímelo, ¿en qué piensas?
- En nada, ¿y tú?, ¿en qué piensas?
- En lo que estarás pensando tú…
- Yo, en nada
- No se puede no pensar…
- Sí se puede, yo lo hago, no pienso en nada...
- Vale, pero no se puede no pensar
- De acuerdo, no se puede...
- ...
- ...
- ¿Echas de menos estar vivo?
- A ratos, ¿y tú?
- A ratos, también
- ¿Echar de menos es pensar?
- No lo sé... ¿qué opinas?
- Nada, no opino...
- ... (sin pensar)
- ... (pensando)

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lunes, 27 de junio de 2005


Algunas cosas cambiaron, otras no. Las que cambiaron parecen una hojilla de papel de lija que desgasta y araña como la mirada de B desafiando, manteniendo floretes en alto, un reto, no merece la pena esforzarse si no queda nada por lo que esforzarse. Mensaje recibido. La casa, las paredes de la casa, permanecen pero más desconchadas, más desnudas si acaso, pero quedan altas como todo, abrigando, rodeando el patio, los cuadros que también permanecen y M igual que siempre, descumpliendo años, preparando el papel de fumar, aprendiendo de nuevo a escuchar a Verdi, defendiendo su vida con coherencia y lo que le dejaron de la jubilación. C casada con P, felices, nerviosos, y casi no los vi, olvidando la tarjeta de felicitación en la habitación del hotel y algún encuentro fugaz en la recepción, un abrazo, una sonrisa, pero apenas te pude hablar, si acaso unas fotos y un espero verte pronto, y yo que también lo espero, con tu nueva vida, vuestra nueva vida y ahora miro atrás y veo a C llorando, preguntando si algún día, y ese día que llegó y que ya fue, con los anillos que lleva A, que cada vez que le veo está más grande y que se emociona con los aplausos pero que parece un hombrecito y que será lo que quiera ser. Las calles permanecen, el paseo, el cielo cerrado, la brisa nocturna, J y L como siempre, locos y alegres, entusiasmados, haciendo de un momento cualquiera un instante perfecto, y luego D sin la bicicleta y sin el pelo corto, con su coche nuevo y media melena pero la misma sonrisa de buena gente, recordando cosas que había olvidado, aquellas conversaciones en el portal o en el cuarto, el día que llegó tarde por mi culpa, de nuevo Vegueta de noche y el restaurante con música africana y camarera argentina, de Mendoza según nos dice, pero no recuerdo y todo lo que permanece me sostiene un poco más en pie. Y queda en Santa Catalina B, sin volver la mirada, sin saber en realidad si la vuelve , porque tampoco miro, cuídate, recuerdos a la familia, lo mismo, y ella con media sonrisa, como disfrutando, como manteniendo el tipo y nada importa y no merece la pena si hay que buscar donde nada queda, y el avión que despega, mientras en Madrid cae una tormenta, o dos tormentas, y luego el retraso, y llegar tarde , y amanecer en Pamplona para llegar a Zaragoza en doce horas , y la mujer más guapa del mundo que se apaga, como una luz que después de temblar un poco deja de brillar para siempre , como todas las luces que se apagan , en todas las ciudades de noche, de toda una vida.

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sábado, 25 de junio de 2005


Vegueta de noche es magia y aceras empedradas, museos , la catedral de piedra oscura, la vieja iglesia donde Colón soñaba un nuevo mundo -o quien sabe si un nuevo mundo soñaba con ser descubierto- , cafés con encanto, tasquitas, bares de copas , calles y lugares donde todo transcurre con otro tempo, otro timing , y si la vida aquí en la isla late con otro pulso, en Vegueta de noche casi se detiene.

Uno se imagina mil cosas en la vida, que llegamos lejos, muy lejos, que aprendemos a volar, que visitamos esa exposición de Tintín en Bruselas o que descubrimos que en Londres existe una tienda de juguetes con un tiovivo que funciona 4 veces al día donde puedes cabalgar montado en un sueño, quizás que vendemos el alma a cambio de un beso robado en el mercado de las pulgas de Amsterdam , que escapamos de los malos siempre en el último momento, o que nos sonríe un niño porque le gustó el cuento que improvisamos para él, mil cosas que inventar en mil vidas , en mil calles como las de Vegueta, en las que siempre resulta imposible no imaginar que ocupamos un lugar, quizás frente al Café Real, donde el alma puede quedarse atrapada y la vida entera late a un ritmo tal que casi se detiene.

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jueves, 23 de junio de 2005


Yo querría tomar ese avión y olvidarme de todo. Despegar en Madrid y aterrizar en Las Palmas sin pensar en nada más. Ya sabes, que alguien me espere en llegadas nacionales, o que no me esperen, es lo mismo, yo me apaño con la guagua, yo me apaño con el equipaje, yo me apaño bajando en el Hoyo , cogiendo San Telmo y luego decidiendo si subo por Bravo Murillo , hacia Tomás Morales y entonces los institutos y el cine Capitol y Doris a la salida de clase con su bicicleta y el pelo corto, muy corto.

Y luego la casa, con el patio a la entrada, los techos más altos que todo, el olor a cuero, los ruidos en la noche, ruidos de otras casas, de tuberías que lloran o tuberías que crujen (nunca supe la diferencia), ruidos de televisores encendidos y cacerolas. Y cada habitación un mundo y cada mundo un recuerdo, o varios, o todos los recuerdos.

Más tarde las calles, el paseo marítimo , Vegueta, Triana y el centro, arriba y abajo de Mesa y López, Las Canteras, el club náutico , Santa Catalina y entonces los viejos jugando al ajedrez y el museo , el antiguo apartamento de estudiantes y la noche otra vez y las putas y el paseo de brisa y Luna.

Y quién sabe si el sur, las dunas y C que se casa con P y abrazos y yo sé que lágrimas, pero sin olvidarme del todo, pensando en algo más, un hospital y la mujer más guapa del mundo, a veces aquí conmigo, a veces sin saber quién soy y entonces lejos, lejos de todo y de todos y C que dice que sí, que quiere pasar su vida entera con P y P que la mira como sólo se miran los que se aman, y yo un poco aquí un poco allí, sin terminar de estar en un lugar o en otro, y ya pronto la vuelta, y yo sé que no debería pensar aún, si ni siquiera me fui, sabiendo que cuando llegue , tampoco me habré ido del todo, y ya quisiera tomar ese avión y olvidarme de todo, mientras C dice que toda una vida, y yo pensando en si algún día una vida entera con alguien, en lo bueno y lo malo y luego lágrimas y luego risas y abrazos y tengo que irme, pero antes San Juan, Santa Catalina, un concierto, con C , con P, y luego la casa y los techos altos y San Telmo y el mar, un poco aquí, sin irme del todo, esperando que nada cambie, no mañana, no el Domingo o el Lunes , cuando tome otro avión, el que sea, pero otro, de vuelta , sin ser una vuelta del todo porque no llegué a irme, no del todo, yo querría pero no puedo.

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martes, 21 de junio de 2005


Ya era difícil entender las integrales triples, como para que encima te las explicara un cubano, Juanito, el tipo hablaba de balones de rugby y de melones y nunca nadie se enteraba de nada. Juanito empatado con Elizabeth, Liz, también cubana y profesora de álgebra, explicaba los vectores como si fueran personajes de dibujos animados, tocaba el piano y era dueña de una simpatía a prueba de todo pesar. Donde mejor me entendía con ellos era fuera de clase, lejos de los espacios vectoriales y el cálculo infinitesimal, en alguna de esas fiestas que organizaban para cubanos residentes en Canarias, con el alma alegre y atrevida como un son y con historias tristes como para llenar una vida entera. Cuántos de ellos no dejaron todo y saltaron desde el Malecón en un neumático viejo de camión, cuántos de ellos reían contando historias tristes acerca de cómo aprendieron a destilar lo que ellos querían (necesitaban) creer que era ron, y que no era otra cosa que alcohol del 96 destilado con un calcetín. Parecía un chiste , solo que nunca lo era.

Luego, conforme pasaron los años, me iba encontrando con Juanito y con Liz, Juanito, flaco como un hilo y con ese gesto de medio galán y Liz, tremenda ella y con su vocecita fina que proyectaba desde aquella sonrisa infinita. Digo que me iba encontrando y siempre era agradable, encuentros breves, intensos, dulces, sobre todo si Liz preparaba arroz Congrí y tomábamos de postre guayaba con queso. Creo que quedamos que en la siguiente ocasión me tocaba a mí llevar las cervezas, y seguramente todo será igual, hablaremos de Tafira, de Cuba, de si volví a saber algo de Clemente (no he vuelto a saber nada) , de música o de Fidel.

Normalmente me pierdo llegando a su bloque de casas, en Vecindario, y Juan sale a mi encuentro, me da la mano y me pregunta cómo tú estás, y luego sonrisas, y luego Liz, y luego algo bueno, y un regustillo a cerveza o a ron, a historias contadas desde otro lugar, el lugar a salvo desde el que hablan los que un día dejaron todo para buscar un mañana mejor y lo encontraron. Por eso, cuando marqué su número, Juan al aparato, qué pasó, aquí Jorge, qué fue, cómo tú estás, Juan , voy unos días a la isla, qué bueno, pásate por la casa y hablamos, descuida, cómo estáis todos, bien bien, pásate por la casa y tomamos unas cervezas, tengo ganas, y Juan que sonríe, y ahora todo que está un poco mejor, y el Sábado o el Domingo arroz Congrí , escucharemos salsa, tomaremos cerveza o ron, y recordaremos (con esa manera de recordar que tienen ellos) , para poder seguir mirando al mundo en actitud valiente y decidida, con la alegría de los que deciden tomarse la vida con una sonrisa y un traguito de ron, o de algo que parece ron y no es otra cosa que alcohol del 96 destilado con alambique y calcetín.

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martes, 14 de junio de 2005


Doctor, el niño está agobiado porque el universo se expande, y digo yo si no podría usted quitarle de la cabeza todas esas historias que vienen en los libros que no son mas que tonterías y no hacen otra cosa que volverle loco, porque cuando no se queda embobado mirando mariposas (en las nubes que digo yo) pierde tardes enteras cerca del río o del bosque, recolectando insectos o tomando anotaciones en una libretilla azul, que ahora le ha dado por querer ser científico , que sintiéndolo mucho el fútbol no le llama, y que nada de trabajar con su padre en el taller cuando termine la escuela, y hasta en sueños dice que piensa en los ciclos de la luna o no sé qué de la fotosíntesis y los océanos, que eso no puede ser nada bueno, que el niño se está quedando chiquitajo y medio tonto, yo creo que de tanto subirse a los tamarindos (los guindos que dice su abuela) , doctor, ¿usted no podría ponerle en tratamiento?, que el niño está agobiado con que el universo se expande y la cigüeña negra se extingue y a mí me va a dar un disgusto. Que todo eso de los libros no puede ser nada bueno.

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domingo, 12 de junio de 2005


Alcancé la madurez sexual hace dos días y moriré dentro de tres, cuatro a lo sumo. Puedo oler la presa a setenta metros de distancia, sin que note mi presencia entre los arrozales o los pozos, aguardo excitada, describiendo órbitas en espiral, en busca del origen del aroma, ahora sé que coincide con mis gustos, cuestión de bouquet, espero en las aguas estancadas, el lugar donde las hembras vampiro siempre atacan, allí será la cópula, luego el ataque, me nutriré de su jugo vital, ceremonia apresurada , un haz de garfios atravesando su piel, segregando saliva para evitar la coagulación y enmascarar después el dolor, sólo una dulce sensación y luego algo que quema por dentro. Lo premeditado de la espera, del sacrificio, reside en la imperiosa necesidad de recibir el festín de sangre y como consecuencia mi peso corporal, mi volumen entero aumentando el doble o el triple, llenándose -llenándome- de él, de su cuerpo que comienza a experimentar una fiebre intensa, fiebre de pequeño hombre apetecible.

Nos especializamos en humanos en noches de verano. Luego llega inevitablemente la puesta, doscientos, quinientos huevos en el agua estancada, siete generaciones vendrán , larvas tras la cópula, entre pozos y arrozales, noches pegajosas, jugo vital, orgía de sangre y ellos sin saber, y cuando sepan puede que tarde, puede que sintiendo la fiebre de los que se vacían, escozor y luego larvas, larvas de hembra vampiro especializadas en humanos en noches de verano, ubicándose a setenta metros, a la espera, hembras en guardia, que vivirán cinco, diez días no más, navegando tras su olor, en busca del origen de la vida misma, llenando con dificultad un volumen entero de hembra que acaba de copular y que alza el vuelo para lanzarse a morir aplastada contra un cristal.

(Diario de hembra Anopheles Atroparvus que copula y muere después)

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martes, 7 de junio de 2005




En primero me gustaba la señorita Amparo; digo que me gustaba porque no hacía otra cosa que levantarme hasta su mesa para preguntarle cosas tontas en voz baja, me fijaba en su pelo y luego volvía a mi pupitre bajo. Imaginaba que de mayor tendría una novia con el pelo suave como el de la señorita Amparo, soñaba con frecuencia que crecía y me hacía grande, que ya no tenía pesadillas por las noches y que podía comer todos los bocadillos de mortadela que quisiera. En segundo nos daba clase don Felipe, que desde tiempos de Mari Castaña tenía el pelo blanco y un Citroen verde que aparcaba siempre en la puerta del colegio. En tercero tuve dos profesoras, María Pilar y Rosaura, eran primas y se parecían un montón, como si una fuera el reflejo de la otra o hubieran sido trazadas por el mismo pintor. Fue, además, el año en el que conocí a mi amigo de toda la vida, el mejor de todos. Ahora mi mejor amigo está pasando una mala racha pero intentamos que lo olvide saliendo a cenar o a pilotar ultraligeros. En realidad quien pilota es él y yo a veces tomo los mandos o hago fotos incomprensibles de algunas vistas aéreas. Siempre me han gustado los aviones y las turbulencias.

En cuarto, la señorita Isabel nos impresionaba mucho a todos porque tenía un brazo ortopédico que terminaba en una gran mano de plástico con la que me marcó la cara a final de curso. La silueta de la mano en la mejilla tuvo mucho éxito pero no aportó grandes cambios ni ventajas a mi vida. Recuerdo que al final, unos meses después, la señorita Isabel nos invitó a tomar a mamá y a mí, pastas y té en su casa, creo que para sentirse mejor por lo de la bofetada, pero yo ya no estaba enfadado, ni siquiera un poco. En quinto vino don Pedro con sus clases de música y de ciencias. El mejor día de todos fue cuando trajo en una urna de cristal el aparato respiratorio de un cerdo y nos dejó tocarlo -no nos daba nada de asco-. El segundo mejor día fue cuando don Pedro sacó de un maletín una flauta que desmontaba y montaba a su antojo. Parecía una de esas metralletas de película de gansters, la tocaba como de lado. Desde entonces creo que me gusta la música. Me pasaba horas imitando a músicos de rock con un palo de escoba frente el espejo del cuarto.

En sexto, séptimo y octavo, tuvimos muchos profesores, algunos con motes ancestrales que existían antes incluso de que llegáramos a conocer sus verdaderos nombres. A don Antonio le dejábamos chinchetas en el suelo y se quedaba dormido en los exámenes. No puedo decir cómo llamábamos a don Antonio porque estaría realmente feo. Don Antonio siempre me llamaba Gustavo y se llevaba muy bien con don David que tenía una regla de madera pintada de rojo y verde y nos mandaba páginas de copia como castigo cada vez que a él le parecía que hacíamos algo mal. Se ponía muy contento mandando páginas de copia. Un chico de la clase de al lado las vendía a cambio de cigarrillos o de revistas con chicas desnudas. De esa época aún guardo cierta antipatía por lo primero y afición por lo segundo. Un lunes por la mañana, don Jaime confiscó los cigarrillos y las revistas. Qué puedo decir de don Jaime: enseñaba Historia como nadie y ahora es el director del colegio, aún me recuerda y se alegra de verme. Me regaló una foto de sexto en la que aparecemos todos en el patio en tamaño gigante. Ya por esas fechas, el colegio era mixto y todas las chicas se enamoraban de don Valentín; era el profesor guaperas de Matemáticas, le quedaba muy bien el nombre, le hacía juego con todo, hasta con la forma de andar y de hablar. Un día me tiró tanto de las orejas que me levantó del suelo. El episodio aquel tuvo casi tanto éxito como el de la mano en la mejilla.

Luego estaban los curas, que no sé si por estar más cerca de Dios que el resto de las personas, nos enseñaban las asignaturas más etéreas: religión, manualidades y gimnasia. Aprendimos a hacer casitas con palillos, maceteros de macramé y Cristos con pinzas de tender la ropa. También aprendimos el Padre Nuestro y el Credo aunque los desaprendíamos con la misma rapidez. En cuanto al deporte, yo era el chico que tenía miedo de saltar obstáculos y mis habilidades gimnásticas brillaban por su ausencia. Nunca me admitieron en el equipo de futbito ni en el de baloncesto. Para ser honestos, nunca me admitieron en ningún equipo. Era pequeñito y poco resolutivo ante la portería contraria y lo único que realmente se me llegó a dar bastante bien fue el ajedrez y mirar a las chicas que aplaudían los goles de los otros compañeros.

Con respecto a la manera de organizarnos, hacíamos fila para entrar en clase y hacíamos fila para salir midiendo la distancia entre unos y otros con el brazo extendido. Si alguien cumplía años, llevaba caramelos y le colocaban el primero de la fila para que pudiera salir antes porque ese día era la persona más importante del colegio, luego repartía los caramelos como si fuera un chico estupendo y generoso. Don Jaime me regaló el año pasado una foto de toda la clase, aquella tarde de sexto en el patio, claro que eso ya lo he dicho antes. Recuerdo -como si fuera ese mismo día- que yo iba en la lista de asistencia después de González y antes de Eduardo Gracia. Ahora Eduardo tiene un garito donde cenamos todos los jueves por la noche cuando nos juntamos para hacer magia. Me gusta la magia porque tengo un tío que me enseñaba trucos y fotos de ilusionistas antiguos que actuaban en teatros a los que acudía la gente vestida de gala, como si fueran a la ópera. Eduardo, el del garito, tiene un crío con su misma cara. El día que su padre le enseñó la foto de sexto en el patio a tamaño gigante, su hijo enseguida reconoció al chaval con las orejas de soplillo y cara de ratón. Cerca de Eduardo, dos filas por debajo pero muy próximo, hay un niño flaco y pequeño con pantalones vaqueros, algo despeinado y camiseta azul con un Tintín a la altura del pecho, zapatillas blancas sin cordones y cara de susto. Por mucho que lo miro no lo reconozco. Me dicen que soy yo con gesto de preocupación, seguramente a causa del brazo ortopédico de la señorita Isabel o muy posiblemente porque aquella tarde de sexto en el patio, tocaba examen de gimnasia con saltos de potro y circuito de atletismo, con muchos, muchos obstáculos que saltar.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco" , Septiembre 2006)

Publicado por Puzzle a las 10:04
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