miércoles, 19 de octubre de 2005


(I)

Cruza la calle un tipo trajeado que me recuerda a alguien, lo cierto es que se parece bastante, solo que no puede ser, aunque podría. Soy muy malo para los parecidos y él camina deprisa. No se vuelve a contemplar a nadie, para qué si luego todo es un poco lo mismo. El tipo entiende de redes inalámbricas y asuntos un tanto extraños, lo que ahora dan por llamar "nuevas tecnologías". Quién lo diría. Creo que está impartiendo un curso para sacar un dinero extra. Llama la atención la velocidad a la que transcurre todo últimamente en la vida de ese hombre. Apenas le queda el tiempo justo para cenar y cambiarse de ropa después de clase. La corbata asoma ahora de un cajón a medio cerrar. Ese tipo de cosas antes le ponían nervioso.

(II)

Conduce de noche a su trabajo habitual, saluda a sus compañeros y toma café gratis (una de las ventajas de pertenecer a una de esas empresas americanas que se preocupa por sus empleados), le cuesta mantener la concentración, puede que haga un par de llamadas y despierte a alguien en Holanda aunque eso sólo ocurre en el peor de los casos. Lleva dándole vueltas a una serie de ideas que querría escribir, cree que podrían funcionar bien, pero tiene que preparar la clase del día siguiente. Quiere hacerlo bien. No puede dejar mal al amigo que le consiguió el curso. Por otra parte, tiene que acabar lo que empieza, la vieja cantinela de siempre. Toma más café gratis. Quién no querría beber un café tras otro si fuera gratis. Deja de lado sus historias, estos días escribe menos y lee menos, lo echa en falta, tiene sed de esas y de otras cosas. Lo último fue un poema de Raymond Carver y un polvo suave. Piensa en lo bonito que le parece tener sed de algo o de alguien, como cuando decía sin reparos “me apeteces” y todo venía rodado.

(III)

Pronto serán las siete y volverá a ese cuerpo que tan bien conoce, sin duda lo mejor de estos días con prisas, sin tiempo para nada o para más bien poco. Se desnudará de manera silenciosa, quitándose los zapatos en la habitación de al lado para no molestar, camina de puntillas hasta el precipicio de la cama, deteniéndose y contemplando, queriendo congelar ese instante ahora que todos los instantes duran menos , mucho menos. Salta dentro. Le gusta cuando se encuentran a la altura de los pies, una pequeña contienda (juego que dirían ellos) al tiempo que le suben las ganas de dar guerra y hacerse el harakiri contra su pecho. Nueve minutos después suena el despertador, una pena que no sea de esos que salen huyendo de la mesita, ella tiene clase en la uni y él se desespera cada vez que escucha el sonido de la puerta al cerrarse. Luego golpea las paredes con el puño hasta que cae agotado.

(IV)

Las nueve y en el congelador, envueltos en papel de plata, unos filetes y algunos minutos que guardar por si hicieran falta, pero sólo por si hicieran falta.

Publicado por Puzzle a las 9:00
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2 desvaríos:

Txus dijo...

Por alguna extraña razon, los finales tristes son mucho mas bonitos...

d. dijo...

Yo te sigo siempre. Ahora desde el frío, pero dentro de nada desde la islita....seguro que no te recuerda a nadie? un besote, maño.

 
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