domingo, 27 de febrero de 2005


Ella mostraba un innegable interés por él, pero el tipo resultaba ser de lo más jabonoso. No era especialmente atractivo ni encantador , si bien se manejaba hábilmente con sus recursos; uno de esos jóvenes conocedores de sus limitaciones y encantos. A ella le desquiciaban sus excusas, las más inverosímiles eran las relativas a su familia : se inventó una abuelita enferma y encantadora, también una serie de comidas de fin de semana que difícilmente podía justificar , así que pocas veces podían almorzar juntos: una o ninguna a lo sumo. Luego llegaron los pretextos más estándar ; un extraño trabajo relacionado con cierto centro de control de operaciones que incluía horarios nocturnos y días festivos malogrando cualquier tipo de planes a corto o medio plazo, aunque nada comparable con otra serie de evasivas tan imprudentes como poco sostenibles: sesiones de magia con un ilusionista que vivía en otra ciudad y que sospechosamente incluía en su equipo a un par de bailarinas elásticas como el tiempo y bien equipadas , un grupo musical que le quitaba dos noches a la semana para poder preparar esas canciones a medio terminar y un viaje a la Costa Azul que si salía bien , podía ser la chispa que prendía la mecha para otros viajes más lejanos y placenteros. Además el muchacho escribe y practica actividades deportivas a razón de tres o cuatro días por semana, visita a su abuelita inventada y quiere aprender a volar con su mejor amigo de la infancia que está pasando por un mal trago y necesita su ayuda.

Como resulta que pimpollos así son merecedores de ser pagados con sus propias fabulaciones , ella proyecta una suerte de vida entre congresos y gabinetes literarios, un director de tesis que la requiere a deshoras y algunos asuntos ineludibles (y de marcado carácter escolástico) que la confinan en un ático sin persianas pero con las mejores vistas de la ciudad. El resto del tiempo se vuela entre papeles de una conferencia de libros de caballerías , una perrita indisciplinada y la hermana que aterriza cual Mary Poppins en la azotea con un enorme trozo de pastel de chocolate que compartirán las tres.

Finalmente, ni uno ni otro son lo que dicen ser y pasan las tardes tejiendo punto de cruz o coleccionando sellos, mientras planean (sin duda) la coartada perfecta.

Publicado por Puzzle a las 6:38
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2 desvaríos:

Anónimo dijo...

Qué cuento más chulo. Nos vamos a hacer incondicionales de tu blog mi mujer y yo!.

Saludos desde el Norte.

Pedro y Vilma.

Antonio D. Pitarque dijo...

Sin olvidarte de los típicos, pero no por ello poco utilizados, viajes por motivos de trabajo, incluyendo visitas fugaces a rojos barrios, alguna extraña fiesta mejicana e incluso repetidas visitas a algún hotel americano (con deliciosos dulces de por medio). Sin duda alguna, una gran coartada.

 
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