viernes, 9 de febrero de 2007




Me gustan tus vestidos contra la pared, contra la pared y de espaldas. Yo te mando castigada al rincón, pero primero el vestido, no importa cuál, sólo vístete, me gustas vestida, me gustas encendida, en ropa interior o sin nada, poniéndote vestidos, banderas, pañuelos, la idea la sabes, el juego: yo miro. El armario bosteza y de su boca aparecen vestidos, preguntando sin malgastar las palabras, sólo mirando, asintiendo, un baile de carnaval hasta el armario y de su boca vestidos, banderas que ondean colgando de rodillas blancas y calientes como panes suaves, el vestido que resbala tímido o tropieza, tú de espaldas contra la pared, conoces el juego, te cuento el castigo, vestido contra la pared y manos, manos mariposa que aletean y se posan en espalda tobogán, al oído el castigo, cuándo fue la última vez que ondearon banderas blancas, blancas de braguitas de encaje, mostrarte de espaldas, entera, un solo movimiento y muslos, calientes, pegajosos ahora, mariposas que aterrizan en caderas con vestido y sin vestido, contra la pared, conoces el castigo, caderas que preguntan, caderas columpio, no te vayas, me gustas contra la pared, con vestidos y encendida, un castigo en el oído con forma de pregunta, despacio y luego prisas y banderas y pañuelos, sabes lo que viene, salvas en tu honor, ráfagas de manos, un armario que bosteza y el resto de vestidos, alerta o en espera, no sea que mañana tengan que ondear desde tus caderas.

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jueves, 25 de enero de 2007




Un avión tiene nombre de ciudades o países, de poetisas o escritores importantes. A Jacobo Fuentes le gusta volar en aviones plateados cuyos nombres se parecen a “Enrique Anderson Imbert” o, mejor aún, a “Julio Cortázar”. Son nombres estupendos para esos aviones. Posiblemente existen y nunca Cortázar cuando tomaba alguno de los vuelos transoceánicos con destino a París, podía imaginar que los aviones llevarían nombres como el suyo y un tal Jacobo Fuentes viajaría en ellos. Jacobo rumbo a festivales de jazz en Montreux -o al mismo París-, Jacobo y sus pentatónicas tristes silbando a Pastorius en los baños de clase turista. Jacobo Fuentes tomando tierra en aeropuertos de capitales europeas dentro de la panza del mismísimo Julio Cortázar.

Fotografía: © Susana Salguero

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lunes, 15 de enero de 2007




Como cada lunes, Paco el cartero, atraviesa la puerta de casa y de manera ceremoniosa, hace entrega de las cartas en forma de bolero, la misma carta escrita una y otra vez con diferentes temblores de mano, con restos de lágrimas aplastadas contra el papel en márgenes también diferentes pero con el mismo sabor amargo de las demás lágrimas. Lágrimas de mujeres despechadas y olor a perfume caro.

Paco se queda mirándome fijo, como si estuviera contemplando la sombra de una persona y no a una persona. Al principio no decía nada, qué iba a decir, pero con los días se fue arrancando con saludos melancólicos pero cada vez más cercanos, como si hubiese decidido que mi vida es aún más triste que la suya, o por lo menos igual de triste, con la salvedad de que -al menos- a él no le queda más remedio que peregrinar por las calles y las avenidas cada día en su particular entrega de facturas vencidas y propaganda comercial, y de ese modo la ciudad le regala algún tipo de esperanza o de empujón hacia un tiempo que él quiere creer que será mejor y que no tardará en llegar.

Como cada lunes le invito a pasar. Preparo café y Paco busca las tazas y el azucarero en la alacena. Coloca todo sobre la mesa mientras esperamos a que la vieja cafetera italiana, que vino con Laura y se quedó después de que ella hiciera la maleta, estornude precariamente. Permanezco sentado en el sillón orejero, con la cabeza entre las piernas como un avestruz con zapatillas de fieltro. Paco sirve un poco más de leche. Al fin y al cabo se ha convertido en mi único vínculo con el exterior. Es él quien trae las cartas de Celia, los reproches de Laura, el quejido lejano de Violeta, la infinita alegría de Silvia ahora que –finalmente- ella es feliz junto a otro hombre que de verdad la merece. Todos esos despechos en mi buzón o en las manos de Paco, cuando soy yo quien parece un bolero, quien se está transformando en alguien cada día más triste, un tipo a punto de extirparse el ombligo, si es que el ombligo puede volver a ser extirpado una segunda vez, cansado de oír la misma letanía, el rezo de todas las mujeres que he ido conociendo, obsesionadas con mi ombligo – el nunca bien ponderado ombligo- y con mi puñetera manía de tener otras vidas en esta, como si una cosa fuera incompatible con la otra. Mujeres, al fin y al cabo, que se enamoraron de lo que más tarde tendrían que despreciar.

Paco vacía el saco con las cartas sobre el canapé abatible que preside el dormitorio, como una piñata mustia a la que le duelen los palos que le acaban de dar. Conoce casi tan bien como yo el contenido de las mismas, a veces, incluso me ayuda a rasgar los sobres, aspira conmigo el perfume de todas aquellas mujeres que desde algún lugar mejor se encargan de enseñarme religiosamente que el tiempo vuelve a por mí una y otra vez, como cada lunes, y me pregunta por ellas, como Paco, que poco a poco quiso saberlo todo: quién era la más dulce, la más complaciente bajo las sábanas o quién de ellas era la portadora de la ropa interior más diminuta, de modo que una a una voy evocándolas a todas, bajo la mirada atenta de Paco, que asiente con la cabeza o dibuja alguna mueca de contrariedad que sincroniza de manera exacta con los aspavientos de mi cara que se va desencajando con cada recuerdo. Paco sabe cómo me abandonaron, cómo salieron de mi vida y cómo han ido reapareciendo en forma de carta. Al tiempo averigué que Celia reunió a todas las mujeres que habían sufrido el mismo infortunio y constituyeron más tarde una asociación de damnificadas. Desde entonces, todos los lunes, Paco me trae las cartas, las separa lealmente en la oficina para que no se mezclen en el mismo paquete de las facturas, sabe que son importantes porque no representan otra cosa sino el destino que ha sido escrito para mí - y nunca mejor dicho- por eso Paco aparta las de Celia y las de Laura, las de Silvia y las de Violeta, todas dicen lo mismo, son las portadoras de un único mensaje, un bolero epistolar que comienza a sonar en cuanto se abren las cartas y que de manera enfermiza va vistiendo la estancia de notas tristes, las voces quejosas de las mujeres que no supe cuidar, y Paco carraspeando quieto, muy quieto, escuchando las cartas, recogido en sus pensamientos y preguntándose, como cada lunes, si en vez de un bolero, para variar no podría ser un blues o un fado, entendiendo poco o más bien nada, porque no se imagina ni por asomo, que la vida al lado de según quién, sólo puede ser un bolero y no otra cosa.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Febrero 2007)

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viernes, 5 de enero de 2007


Greta acostumbra a pintar estrellas y palacios orientales en noches como la de hoy, le gusta hacerlo en la madrugada del cinco al seis de Enero, pinta cuadritos y postales para el resto de los niños del hospicio. Allí es donde supo que en realidad no se llamaba Greta pero que podía bautizarse como ella quisiera, el lugar donde los mayores se inventaban las normas cada día y todo era posible, lo malo y lo peor, el sitio donde había aparecido en forma de paquete extraviado en la puerta, envuelta en papel de periódico, tiritando y de color azul, allí donde tuvo mucho tiempo –todo el tiempo- para pensar en el nombre definitivo que le fuera a juego con sus enormes pestañas estupefactas, hasta que finalmente se quedó en Greta.

Greta guardando un secreto. No deja de pintar palacios y estrellas, lo hace todo el tiempo, afila los lápices gastados y se asoma para contemplar la quietud del extrarradio. Lo hace cada noche de Reyes, espera el encuentro de todos los años sin saber muy bien qué es lo que tiene que ocurrir, como en la secuencia final de alguna película francesa, como en una canción que habla de la mujer que aguarda a un amor lejano. Greta busca en el perfil iluminado de la ciudad, en la ciudad en sí misma, en el hueco vacío que forman las manos de Nico.

Nico el protegido de Greta, su mejor amigo. Nico el niño rubio como un sol, caucasiano de ojos tártaros y salvajes, ojos que no son otra cosa que dos abismos instalados en el fondo de sus pupilas, dos acertijos oscuros desde los que nunca brota nada, un chaval que no conoce ninguna regla, que no está vacunado todavía contra la vida. Por eso es el predilecto de Greta, por eso y porque siempre le hace las preguntas más difíciles, las que no tienen respuesta. Nicolás está flaco como un hilo, Greta dice que es por comer únicamente pan, repollo y té. A Nico lo encontraron en la calle cuando acababa de cumplir los once. En esa época, acostumbraba a pedir bocadillos en los bares. Se comía la mitad y el resto lo envolvía en servilletas de papel que dejaba luego en los cubos de basura para que otros niños como él encontraran comida limpia entre los desperdicios. De todos los palacios que pinta Greta, el más bonito es siempre para Nico.

Los dos guardan el secreto, prometieron no revelarlo jamás. Siguen esperando como cada año, acechan desde la ventana mirando los coches que salen al encuentro de amores fugaces, los autobuses que no van a ninguna parte, gente que busca gente. Miran y esperan alguna señal. Depositan toda su esperanza acumulada en un vaso lleno de moscatel que dejan preparado por si acaso. Al día siguiente por la mañana encontrarán algunos regalos usados y sopa caliente en el comedor, saben que no pueden desvelar el secreto, hicieron un juramento pinchándose los pulgares con un alfiler y juntando luego sangre con sangre. Un juramento secreto para que nunca los otros chicos descubran la verdad: que los padres no existen.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Enero 2007)

Publicado por Puzzle a las 23:10
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lunes, 1 de enero de 2007




Con la idea instalada e inamovible en la cabeza de cambiar de una puñetera vez, la cena de fin de año fue un muestrario triste de miradas bajas al plato junto con la consabida colección de buenas intenciones, entre las que destacaba sobre las demás la de dejar de pertenecer para siempre a ese lugar, a esa rara especie en extinción. La próxima vez correría lejos, buscaría otras caras largas con muecas diferentes que explorar por vez primera, otras familias si hiciera falta, pero esa desde luego no. Tenía que elaborar un plan, tenía que empezar a prepararlo todo desde ese mismo instante para que nada de lo que estaba repitiéndose en aquel nefasto tirabuzón de tiempo volviera a suceder. Buscaría un empleo en otro país, mataría a alguien si fuera preciso con tal de no pasar otro comienzo de año en el callejón de los tristes, preferiría enjabonarle la espalda a un camionero vicioso antes que comer sopa de pescado con sabor a reproches. Se buscaría una novia danesa y se compraría un trajecito tirolés que estrenaría cada veinticinco de diciembre. Lo que fuera. El resto vendría después y se daría por añadidura. Todo iría bien. Al menos eso es lo que pensaba y de ese modo podría conciliar el sueño, porque como todo el mundo sabe, lo bueno de fijarse metas -aunque no se consigan- es que se duerme más tranquilo. Vaya usted a comparar.

Publicado por Puzzle a las 1:12
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sábado, 23 de diciembre de 2006




Hay que darse la vuelta. Es aconsejable situarse totalmente del revés los días pares y repetir esto mismo los impares. Si uno no es muy dado a las volteretas o las maniobras imposibles, puede solicitar ayuda en el teléfono que a continuación le ofrecemos en sus pantallas.

Previamente usted habrá llenado los bolsillos de todas las cosas que le sobran o no hacen falta. Casi nada hace falta, o casi nada que entre en un bolsillo. De paso se aprovecha y se mete lo inservible, lo que quedó viejo, lo gastado, incluído el teléfono de aquel tipo que le mira raro desde la fila de atrás y que se insinúa de manera descarada, día sí, día también. Es necesario darse la vuelta como a un jersey antes de echar a lavar, perder la cabeza, vomitar incluso los miedos. Uno se queda mejor cuando caen al suelo los domingos trabajados y las declinaciones conjugadas a lo largo de toda una vida. Si usted es una mujer presumida, también dese la vuelta, deje caer las barras de carmín gastado.

¿Escucharon alguna vez el tintinear de un manojo de pesares?, ya lo creo que sí, suenan como llaves, pero son sólo eso: pesares. El caso es dejar un charco de pesares alrededor y perder la orientación, mirar al suelo desde la postura del murciélago, cuando los tejados quedan lejos y a desmano. El mosaico de baldosas bien descifrado es un pequeño mapamundi con señales que dicen que todo hay que tomarlo -que mirarlo- del revés, sólo hay que dejar que caigan las bolitas de naftalina y los billetes de lotería que nunca tuvieron premio, el contenido entero de una vida resumida en dos o tres capítulos pésimos.

Conviene, eso sí, despedirse con elegancia de lo que a continuación desecharemos para siempre. Usted no volverá a ver las cosas del mismo modo.

Publicado por Puzzle a las 6:49
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viernes, 15 de diciembre de 2006




Un corazón que palpita pero casi reposando, que parece que no late, un corazón a punto de detenerse, no necesariamente un corazón enfermo o malherido, simplemente un corazón cansado o pasado por agua. Un corazón aplastado contra el suelo que acaba de ser barrido por la brigada de limpieza de una ciudad cualquiera en el turno de mañana, que una vez en el contenedor se junta con otros corazones de desecho, palpitando todos ellos pero casi reposando, que parece que no laten y a punto de detenerse o de ser prensados. Un corazón coagulado, con parches aquí y allá, ventrículos de segunda mano y remiendos a la altura del miocardio que quedó tocado hace años por exceso de excesos o de ausencias. Un corazón que salta en un semáforo y se escapa por los pelos de ser atropellado por un autobús escolar que nunca llega a la hora, un corazón recogido por un agente del orden público que tiene que decidir entre grúa o ambulancia, ambas en camino en lo que será su primer servicio del día. Alguien conectará el corazón a los bornes de una batería oxidada, un niño con mocos que mira desde el paso de cebra pensando que nunca antes vio un corazón estrujado, luego recuerda que el de su madre se le parece un poco, ella se lo quita cada noche y lo deja sobre la mesita, lo contempla cómo aletea despacio durante un rato, el tiempo justo que dura el recuerdo de un hombre que ya no está, entonces apaga la lamparita y el corazón, quedando a oscuras y sin sentir. El niño que sigue mirando, el agente que desvía el tráfico, el corazón agitado como un pez japonés fuera del acuario.

Lo que dura un corazón, un instante o una vida, es difícil de saber o predecir. Lo cierto es que los corazones rotos y los aburridos se sobreponen tarde o temprano y viven más que los que no recibieron jamás el impacto de una bala de plata o un mordisco en la yugular, quizás porque aprenden a seguir latiendo, bien sea por despecho o por desdén, sólo para no tener que contar a los otros corazones lo que en realidad están pensando o sintiendo, que para el caso es lo mismo.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Marzo 2008)

Publicado por Puzzle a las 13:54
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lunes, 27 de noviembre de 2006




En el comienzo, viene la idea lejana de cómo ha de romper todo en varias mitades, lo pretendido, el lugar exacto donde se quiere llegar. Brotan los personajes con un movimiento preciso de varita, ocupan su lugar en la historia a través de una serie de automatismos propios, complicados, de manera que tarde o temprano son libres y no me pertenecen. Remotamente vemos llegar el cuento, existe alguna escena definida y determinados planteamientos absurdos que pueden llegar a ser útiles en algún momento pero que desconozco. Escribo y reescribo, dos, tres veces al principio, meto cosas con calzador, voy quitando otras que considero vanas, huecas: la idea es alumbrar algo de lo que no avergonzarme. Lo dejo reposar, vuelvo al texto a deshoras, normalmente para descubrir que no es digno ni hermoso. Pongo y quito cosas que ya había puesto y quitado. Reescribo una decena de veces, voy a la barbería y le corto el pelo al cuento, me explico: los flecos y algunas puntas estropeadas, lo peino bonito, que no me visite el arrepentimiento si lo doy a conocer. Pasan los días y lo que antes se antojaba meritorio ahora me resulta poco apropiado. Entonces, y esto es lo peor de todo, envuelvo el cuento en una mantita de hilo y lo dejo abandonado en la puerta de algún escritor de verdad. De inmediato, echo a correr sin mirar atrás.

Publicado por Puzzle a las 13:43
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sábado, 18 de noviembre de 2006


Yo me iría (te juro)
detrás de unos pasos de gacela resentida,
siguiendo la estela de un tranvía verde
que anuncia un diario con noticias
más bien poco habituales,
conjugando verbos
que apenas tengo por costumbre emplear,
hablando solo acerca del tiempo
bajo una lluvia aciaga de ciudad
y el paraguas descuidado en el maletero
como por olvido pero aposta
tarareando una melodía familiar
de película antigua
y dando todo lo mismo,
mirando una aeronave que pasa
en maniobra de aproximación,
sobrevolando oficinas, azoteas,
putas que esperan,
-creo que viene de Italia- hubieras dicho
el año próximo iremos
en un avión como ese
con el cinturón abrochado
leyendo revistas
o mirando por la ventanilla
el suelo firme
aunque para entonces,
apuesto lo que quieras,
habremos dejado de fumar
y de apetecernos tanto.

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domingo, 12 de noviembre de 2006


Un cuerpo (el mismo cuerpo) cambia, cambia como una riada, la misma corriente de agua que nunca es igual, nunca la misma, como nunca lo es un cuerpo cuando corrige su forma o su intención. No es igual. Sabes que no. Ni el cuerpo ni las caricias que te abordan, porque los cuerpos -como los barcos- son abordados por caricias que no piden permiso y algunas, algunas hay que se saltan todas las medidas preventivas, todas las fronteras, todos los cuidados. Lo mismo un temblor, no siempre se tiembla igual . Nada que ver. Como nada tuvo que ver nuestra primera vez. Nos quedaba aprender un poco del otro , nos quedaba esperar y mientras tanto avivar el recuerdo con la piel en guardia, alzada en armas y la colchoneta triste, muy triste, aguardando tirada en el centro del saloncito aquel, nuestro primer territorio atrincherado y la colchoneta crujiendo, soportando nuestra gravedad, nuestros asaltos a diez rounds, dejándonos querer, aterrizando y acariciando, benditos gerundios casi a ras de suelo y nosotros en nuestra barquita hinchable, remando y abrazados para que no se hundiera nada de aquella habitación, nada de aquella primera vez, nada de aquellos cuerpos nuestros a la deriva .

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