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lunes, 5 de octubre de 2009




El chico que no sabe escribir historias, no sabe escribir historias. Escribe otras cosas, pero nada que ver con las historias. Escribe, por ejemplo, escenas, y a lo mejor ni eso. Escribe (si es que algo así se puede escribir) acerca de estados de ánimo, de visiones muy concretas de las cosas o de personajes que, de vez en cuando, dejan algún tipo de poso. Escribe, pero nada que tenga que ver con historias. Cuando sale a la calle en busca de esas historias, los demás escritores le señalan con el dedo y se burlan de él: no sabes escribir historias, le dicen, no tienes ni idea. Y el chico que no sabe escribir historias baja la cabeza como dando a entender que sí, que lo sabe, que es consciente de ello y que no puede hacer otra cosa. Se lo hace mirar por un doctor especialista en patologías de escritores, que son unas cuantas, pero de momento a él sólo le han detectado la de no saber escribir historias. El doctor le dice que quizás, y sólo quizás, lo que tiene que hacer es asumir que lo suyo no son las historias, que posiblemente pueda dedicarse a otras empresas literarias menos ambiciosas, a escribir poesía en prosa o ensayo, por decir algo, pero nada que tenga que ver con las historias. A la larga podría ser algo contraproducente que deja secuelas. Pero el chico que no sabe escribir historias quiere escribir historias, y el caso es que tiene ideas, ideas que le gustan y le parecen adecuadas para una historia, pero luego se queda mustio y no avanza en la trama. Los demás escritores se jactan de manejar con destreza el conflicto, el cambio (el puto conflicto, el puto cambio, piensa el chico que no sabe escribir historias), y además escriben historias realmente estupendas. El chico que no sabe escribir historias le pide al doctor que se lo explique con manzanas, quizás así sea capaz de entender algo que ve lejano como una nebulosa. Pero los doctores no explican las cosas con manzanas, se ayudan de radiografías o electrocardiogramas, pero no de manzanas. Además, a todo esto hay que añadir que al chico que no sabe escribir historias, le dicen con cierta frecuencia que escribe bien, que una mujer por ejemplo, podría enamorarse de las cosas que él escribe porque si bien nunca nada de lo que mostramos a los demás es enteramente cierto, una mujer puede intuir el tipo de persona que escribe ciertas cosas y decidir, como una posibilidad más, enamorarse del chico aunque no sepa escribir historias. Eso, al chico que no sabe escribir historias, le toca un poco las narices, porque piensa que todo en este mundo es mentira y que los halagos son interesados o vacíos. Que nunca se puede conocer a nadie por lo que escribe. Y quizás ese es su conflicto, su puto conflicto, porque ahora se plantea dejar de escribir, o escribir de vez en cuando sólo cuando tenga alguna historia que lo sea, y no que parezca que lo sea. Piensa en abandonar las historias, en dejarlas atrás, huérfanas de alguien que las escriba, o mejor aún, libres para que alguien realmente preparado pueda darles forma. Pero él no, el no sabe escribir historias. Quizás todo pasa por comenzar de cero y rebajar sus pretensiones. El chico que no sabe escribir historias escucha con atención los consejos de la gente que aprecia sinceramente, le dicen cosas realmente coherentes, que tienen sentido, pero son palabras que no sirven, porque él tan solo espera quieto con esa sensación suya de barca a la deriva. Quiere creer que es cuestión de tiempo. Tampoco las tiene todas consigo si nadie se lo puede explicar de manera fácil, con manzanas, por ejemplo. Antes, los problemas complicados se resolvían con manzanas y todos tan contentos. Pero ahora, y mientras no se diga lo contrario, el chico que no sabe escribir historias, no encuentra la manera de aprender a escribir historias: ni siquiera la suya propia, y como no se le ocurre nada mejor, las deja abiertas o sin final o algo a medio camino entre lo uno y lo otro. Algo que es cualquier cosa, menos una historia.

Imagen: © Snailbooty

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Octubre 2009)

Publicado por Puzzle a las 22:26
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6 desvaríos  

miércoles, 16 de septiembre de 2009




El domador de besos es conocido a este y al otro lado del mundo. Le dicen el Richard Faggioni de los besos. Bien es cierto que comenzó como domador de pulgas en algún circo olvidado. Las pulgas le hacían más bien poco o ningún caso. Luego se pasó a los peces, por su pasividad, no por otra cosa. Pero tampoco se hacía con ellos. Así que cuando estaba a punto de abandonarlo todo y dedicarse a la venta de enciclopedias, se hizo domador de besos y fue entonces que alcanzó fama mundial. Cuando le preguntan en las entrevistas cómo fue que llegó a hacerse domador de besos, siempre contesta lo mismo: un beso es algo a mitad de camino entre una pulga y un pez.

El domador de besos se gana bien la vida con su trabajo y comparte piso con un pez muy besucón que sobrevivió a la época de domador de peces. Envía los besos a cualquier lugar del mundo por mensajería postal, normalmente UPS o FedEx. Pongamos un ejemplo práctico: una mujer solicita un ramillete de besos en la página web del domador de besos y puede disfrutar de innumerables ventajas como un blister de sonrojos de regalo, entrega inmediata y portes incluidos en el precio. A la hora de recibir el paquete de besos, lo único que tiene que hacer la destinataria es abrirlo como quien acude a una guateque. El resto se conoce, los besos del domador de besos le saltarán de inmediato a la frente, a las mejillas, al cuello, a los hombros, a la innegable excusa de unos omoplatos desnudos y perfectos, es posible que algún beso se cuele en lugares indebidos, hay besos con propensión a los escotes y la ropa interior, pero si una cosa tienen estos besos es que son obedientes y están garantizados por el domador de besos. Si los coge con las yemas de los dedos y los deposita suavemente en alguna zona más decorosa, por mucho que pataleen, los besos se comportarán como Dios manda, sin alzamientos. En caso -poco probable- de que el producto no sea de su agrado, el domador de besos le reembolsará el importe sin pedir explicación alguna.

Imagen: © Karto y yo

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Septiembre 2009)

Publicado por Puzzle a las 17:40
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3 desvaríos  

viernes, 3 de abril de 2009


La chica de la agencia me aseguró que, por fin, habían encontrado al candidato perfecto. Un auténtico mirlo blanco. Me citó a media noche, bajo la vieja iglesia. Se demoraba un poco, así que me entretuve canturreando su nombre. Wally, Wally, Wally... En cuanto en la agencia me susurraron aquellas cinco letras, supe que él sería el definitivo. Apareció en un Mustang sucio, pero aquella luz azulada de las noches memorables resaltaba su jersey a rayas. Tenía rostro de gárgola y las manos tras la espalda. Se sorprendió mucho cuando me dirigí hacia él por su nombre. Qué coño Wally, dijo, me llamo Freddy.

Imagen: © Parée

Publicado por Puzzle a las 14:19
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5 desvaríos  

sábado, 14 de marzo de 2009


A mí me gusta la señorita Amparo. Creo que a ella también le gusto un poco porque me rasca la cabeza cuando me levanto a preguntarle si puedo ir al baño. Voy mucho al baño porque así tengo que pedirle permiso. Los otros niños no saben que ella huele a pan de leche y a camposanto. Mañana me acercaré a su mesa y le regalaré mi colección de canicas. Entonces me rascará la cabeza y me dirá todas esas cosas bonitas. A mí me gusta mucho la señorita Amparo, mucho más que cualquier otra cosa, más que mis canicas y que arrancarles el rabo a las lagartijas. Yo creo que a ella también le gusto un poco, así que de aquí a unos días, le tiraré del pelo y esconderé su estuche de lapiceros dentro de mi caja de gusanos de seda. Que no crea que lo va a tener tan fácil.

Imagen: © Snailbooty

Publicado por Puzzle a las 20:19
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9 desvaríos  

lunes, 21 de julio de 2008




"Me gusta el olor a lluvia. En realidad el olor que queda después de la lluvia". Eso es lo último que dijo antes de dar un último trago al Martini. Luego me dejó y no la volví a ver. Después de aquello me dediqué a buscar tormentas, a memorizar el olor que dejan a su paso; a veces pensaba en ella oliendo la lluvia y mirando el mundo desde su ventanal galaxia.

Poco más puedo decir, ahora creo que soy sonámbulo, o algo así, vacío la nevera de madrugada, me visto con mi mejor traje y la corbata que me regaló el último aniversario y llego en coche hasta su portal. Otras veces llevo flores que dejo en el maletero, encima de la barquita hinchable, llamo a su puerta a las horas más intempestivas.

Siempre me abre otro que no soy yo.

(Fotografía: © Parke Harrison)

Publicado por Puzzle a las 23:11
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10 desvaríos  

sábado, 26 de enero de 2008




Hoy me acordaba de ti o me olvidaba, ya sabes, el tipo de cosas que uno pretende conseguir sin dejar que el tiempo haga el resto de manera natural, antes o después de lo que nos corresponde y claro, me sentía más cerca o más lejos, más taciturno o más dichoso por saberme en un lugar más seguro o más incierto que el resto de lugares. Quien lo diría, después de todas aquellas tardes o noches o amaneceres en las que íbamos o veníamos de habitaciones de hotel a estaciones abandonadas o repletas de voluntades tan rotas o enteras como las nuestras, donde los únicos que hacíamos parada o tomábamos el expreso éramos nosotros solos o acompañados por otros tantos como tú y como yo que también o tampoco querían comerse el mundo –empezando por la boca- o la vida a besos y se demostraban abierta o clandestinamente lo que sentían o lo que estaban dejando de sentir porque nunca o siempre podemos asegurar o refutar que el corazón sea leal o ingrato y que simplemente a veces las cosas ocurren sin motivo o con motivo y entonces no hay más que decir o que callar tratando de encontrar una explicación que nos sirva o que despeje esa oscuridad que de vez en cuando nos atrapa o nos abraza o nos devora a deshoras o por el contrario justo a tiempo para sacarnos de ese estado de torpeza o de desgana o de exultante euforia ciclotímica que no es otra cosa que un espejismo o un reflejo de lo que las entrañas quieren dar a entender o a no entender, porque en días así uno no entiende nada, ni siquiera ese pinchazo en medio de las costillas, o no quiere entender y es preferible pensar o quedarse en blanco y confirmar o desdecir eso de que el tiempo lo cura todo o no cura nada porque nada se pone en su sitio y nada es lo mismo de nuevo o todo es igual y en realidad no importa pero sí.

(Basado en un texto de Luis Britto García)

Publicado por Puzzle a las 10:27
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7 desvaríos  

lunes, 21 de enero de 2008




Quien me conoce sabe que soy un desastre para los recuerdos, no importa que sean selectivos o traumáticos, olvido por igual unos y otros. Fechas, aniversarios y efemérides, que de normal y en mi caso solo sirven para sacarme los colores. Esa es una de mis ocupaciones raras: olvidar los recuerdos. Disculpa, me olvidé otra vez. Y suelo comentar que me lo estoy mirando, el neurólogo dice que es habitual y Violeta que no presto atención y que se sube por las paredes cada vez que le pregunto cuántos años tiene ahora. Yo creo que los dos tienen razón, pero me lo están mirando, es cierto y me da mucho coraje porque me vienen hoy en desbandada imágenes de Las Palmas, de cuando acariciaba con los dedos la idea de ser ingeniero y levantaba por igual castillos de arena o de sueños en Playa del Inglés.

Hubo tiempo para todo, pasaba la vida tomando la guagua a Tafira, la 327 creo, de las azules, cuando aún las guaguas que podías tomar en el Hoyo eran azules o verdes, unas te llevaban al norte y las otras al sur, como todos los viernes de todos los meses. Recuerdo aquella verbena de San Andrés, yo quería quedarme en casa y la pandilla me convenció y menos mal. Subir o bajar de Tafira era serpentear en aquella guagua enorme con acordeón en medio. Me gusta de las guaguas en Canarias que el conductor se llama chofer y tenía por aquel entonces potestad para dejarte en tierra hubiera o no hubiera parada, sólo con que tú le dijeras, chofer, ¿me abre la puerta? y el chofer paraba y te dejaba donde tú querías. Gracias chofer. De nada mi hijo. La 327, dime que era la 327.

Recuerdo el Guincho, mi garito preferido para tomar Tropical y tirarte los tejos. Allí hicimos mi despedida, después (o antes) de aquella excursión a Guayedra. De Guayedra recuerdo que estábamos solos en aquella cala, recuerdo el ferry que llegaba de madrugada, tan cerca de la orilla que casi podías subirte a él en marcha, tan cerca de Agaete que veías las luces del puerto allí donde doblaban y se acababan las rocas con el gran dedo apuntando al cielo abierto. Todo tan cerca. El ferry tan cerca. El cielo tan cerca. ¿Cómo se llamaba aquel lugar cerca de Las Canteras dónde íbamos a tomar botellines de tres cuartos? ¿Y el de aquellas escaleras estrechas que era una calle?. Sí, una calle y hacían conciertos. Recuerdo los conciertos en la playa, en el sur, en Alcaravaneras, recuerdo el local de ensayo de Los Coquillos y a Pedro Guerra cantando “mujer que no tendré”. Recuerdo carnavales y aquellos disfraces improvisados cada noche en el piso de Santa Catalina. Recuerdo las putas y los yonquis en el portal. Recuerdo las bibliotecas, Magisterio abajo en el obelisco o la de informática las noches de sábado, explicando las corrientes eléctricas como si fueran enanitos que montan en guagua, cuando en realidad la corriente eléctrica era ver a Bibiana reír o entrar por la puerta con su calculadora científica que nadie entendía. Pero sobre todo recuerdo la biblioteca del obelisco, lo dije antes, sentados en el patio después del desayuno en la cafetería (un leche y leche y un bocadillo de pata) mirando pasar a las chicas y aplaudiendo o silbando o, lo que es peor, haciendo la ola y devolviendo los rechazos con nuestro mejor revés. O el día que olvidaron cerrar la máquina de las chocolatinas y la vaciamos en un suspiro. Recuerdo a Sting sonando a través de los auriculares en los pupitres, tan feliz –Sting- que no podía dejar de llorar, el día que te regalé un libro de cuentos para colorear con la idea de que se te pasara (o no se te pasara) la mala leche. Tan cerca tu mala leche. Recuerdo las tardes de cine, las meriendas en La Ballena y las noches de tacones y carmín, cuando las chicas de la pandilla se ponían tan bonitas y hablaban más dulce que nunca. Como si hablar más o menos dulce fuera algo que se pudiera hacer a propósito. Creo que era la 327. Y el garito que era una calle se llamaba así, La Calle, donde siempre imaginaba que un día, tarde o temprano interrumpiríamos el tráfico para tocar con el grupo. Recuerdo cuando Elena dijo que en la foto de aquel disco parecíamos surferos retirados. Y así quedó la cosa: surferos retirados. Hoy todavía lo cuento. También recuerdo el olor a cuero del taller de Miguel, el ruido de la casa por las noches, la casa que tenía vida propia y nos contaba cosas, esquivar las chopas cuando llevábamos sandalias, te paso a buscar y estudiamos un rato. Y muchas veces estudiábamos. Y muchas discutíamos y me daba la risa y tú te enfadabas más y más, y te ibas, y volvías pero otra vez risa y te marchabas de nuevo. Luego te echaba de menos y eso ya no hacía tanta gracia.

La gente de la universidad se esfumó, no hicieron falta grandes alardes técnicos, cada uno por su lado, a Barcelona, a La Palma, donde fuera, con su vida hecha, algunos en la península, la mayoría de ellos emparejados y llenando la casa de anhelos y muebles de Ikea y jódete que en Zaragoza aún no tenéis, pero ya tenemos y sí, yo creo que era la 327, o la 317, cuando tú cogías el Utinsa o el Salcai y después las cosas cambiaron y ahora no sé de qué color son las guaguas, ni recuerdo el nombre de la compañía de transporte ni en qué momento levantaron aquella otra estación cerca de Santa Catalina. A mí me gusta el Hoyo de toda la vida, cruzar San Telmo o venir de Triana, comprar tarta de chocolate en Guirlache y elegir verde o azul y dejarme llevar por la guagua, hasta que se acabe la isla o hasta que me dé por gritarle al chofer que me bajo allí mismo, que justo acabo de recordar que el garito de las botellas de tres cuartos es el Pachichi y que si me apuro, tengo tiempo a pasar por casa y coger la guitarra. Algo me dice que la pandilla me espera, acaba de anochecer y la playa y las chicas están más guapas que nunca, con sus tacones y su carmín.

Fotografía: © Pablo Montesdeoca

Publicado por Puzzle a las 13:43
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miércoles, 12 de diciembre de 2007


El señor Azul (lo de azul viene por una mala traducción relacionada con la extensa gama de tristezas que es capaz de alojar en las entrañas) hace todo lo necesario para no pensar. Lee libros para no pensar, escribe tonterías para no pensar, también lo hace para que alguna antigua novia suya -que, por otra parte, no quiere saber nada de él- pueda criticar esas estupideces que escribe de vez en cuando. Por eso y porque le gusta que le metan caña que, dicho sea de paso, le sirve también para no pensar. Se pierde en avenidas sembradas de soportales que bostezan despedidas para no pensar y solicita en algún estanco -con el correspondiente impreso- un poco de ternura de segunda mano para no pensar. Acude a la oficina para no pensar, le mira el culo a la de Recursos Humanos para no pensar, disimula estar bien o tirando (lo que él denominaría "normal") para no pensar, camina como si le persiguieran los recuerdos con tal de no pensar, se compara con tipos que jamás serán como él para no pensar, se detiene en los escaparates de lencería fina y no reconoce su reflejo entre tanto maniquí de medidas perfectas, si es que eso puede decirse que sea algo que ayude a no pensar. Observa a la mujer del tiempo y sus manos de mujer del tiempo para no pensar. Se imagina todas esas borrascas avanzando entre sus costillas. Entra en una agencia de viajes, se presenta, soy el señor Azul, dice todo pomposo y a continuación averigua la mejor manera de abandonar la ciudad discretamente, quiere visitar ciudades con nombres impronunciables, para que luego no puedan encontrarle -Tewkesbury por ejemplo- incluso cuando los de la agencia de viajes le contemplan de un modo extraño, el señor Azul les mantiene la mirada para no tener que pensar, uno, dos, tres...cinco...diez y les sigue mirando para no pensar. Se salta los semáforos para no pensar y encaja con indiferencia los insultos del taxista que ha tenido que esquivarle en el último momento. Hace fotos de las aceras que pisa para no pensar, duerme con viuditas desdentadas para no pensar, silba canciones tristes, todo para no pensar. Visita amigos que creen firmemente en la posibilidad de no pensar -al menos durante un tiempo-, intenta alargar ese tiempo, estirarlo como si fuera un domingo de un verano que una vez tuvo y se marchó dando tumbos, fuma (él que nunca ha fumado) cigarrillos bajos en nicotina para no pensar, responde cartas atrasadas para no pensar, hace el equipaje y lo llena de ropa interior como para una vida entera y también aunque muy de vez en cuando, se fuga con la vecina del sexto que no está nada mal, total, para no pensar. Hace cualquier cosa para no pensar, lo que sea, tampoco toma líneas de metro de color azul o gris, porque significaría sin duda la manera más torpe de quedarse atrapado en aquello en lo que no quiere pensar. Pero sobre todo, y por encima de todas las cosas, el señor Azul nunca se enamora, para no pensar.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Enero 2008)

Publicado por Puzzle a las 15:12
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martes, 21 de agosto de 2007




Hoy quiero que me hables de ti. No hay prisa: tenemos tiempo. Cuéntame algunos secretos, eso me apetece. Podrías empezar por hablarme de aquellas canciones que tienes casi olvidadas y te hacían sentir cosas. Cosas que ahora no sabrías explicar. Eso es lo que me gustaría, que me hables de cómo te imaginabas que sería el futuro cuando fueras mayor y ya no te diera miedo lo que hubiera debajo de la cama. De cómo fue que creciste y has llegado a ser una personita grande, un proyecto de vida. Cuéntame, eso me interesa, la vez que soñaste que te brotaban alas de la espalda y volabas.

Háblame de las cosas que te importaban, por ejemplo de tus peluches, tus peluches y tus pulseras. Háblame de cuando no podías hablar de tanta risa que te entró y te atragantabas, de la amiga que más envidiabas porque te sentías pequeña y feucha a su lado y aún asi la adorabas. Háblame de si te gustaba tu nombre -si todavía te gusta- y si llevabas caramelos a clase el día de tu cumpleaños, de jugar en el patio y los moratones en las rodillas, de si tenías una mochila llena de sueños y tu primera excursión. Háblame de todo eso, no hay prisa, quiero saber de tus vacaciones y lo que pensaste la primera vez que viste la nieve o el mar o la sonrisa de aquel chaval que te miraba distinto pero bien.

Hoy quiero que me hables de esas cosas, tenemos tiempo. Háblame de la mujer que tengo frente a mí, de si todavía te recoges el pelo y si sabrás reconocerme entre tanta gente.

Publicado por Puzzle a las 10:50
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lunes, 27 de noviembre de 2006




En el comienzo, viene la idea lejana de cómo ha de romper todo en varias mitades, lo pretendido, el lugar exacto donde se quiere llegar. Brotan los personajes con un movimiento preciso de varita, ocupan su lugar en la historia a través de una serie de automatismos propios, complicados, de manera que tarde o temprano son libres y no me pertenecen. Remotamente vemos llegar el cuento, existe alguna escena definida y determinados planteamientos absurdos que pueden llegar a ser útiles en algún momento pero que desconozco. Escribo y reescribo, dos, tres veces al principio, meto cosas con calzador, voy quitando otras que considero vanas, huecas: la idea es alumbrar algo de lo que no avergonzarme. Lo dejo reposar, vuelvo al texto a deshoras, normalmente para descubrir que no es digno ni hermoso. Pongo y quito cosas que ya había puesto y quitado. Reescribo una decena de veces, voy a la barbería y le corto el pelo al cuento, me explico: los flecos y algunas puntas estropeadas, lo peino bonito, que no me visite el arrepentimiento si lo doy a conocer. Pasan los días y lo que antes se antojaba meritorio ahora me resulta poco apropiado. Entonces, y esto es lo peor de todo, envuelvo el cuento en una mantita de hilo y lo dejo abandonado en la puerta de algún escritor de verdad. De inmediato, echo a correr sin mirar atrás.

Publicado por Puzzle a las 13:43
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sábado, 8 de octubre de 2005


Ya no nos llamamos igual , comenta por lo bajo el cantante, quizás porque los años se han ido pegando a las paredes del local como canciones gastadas. En eso a los chicos no les falta razón, lo aprueban entonces, no pueden, no deben llamarse como siempre, por ellos mismos, por mirarse a la cara y ver otra expresión distinta colgando de sus cabezas, un indicio de algo nuevo que les recuerde que lo que venga ahora no será una continuación más.

En realidad, desprenderse de un traje que queda chico después de todo ese tiempo no resulta tan grave, por eso ahora las canciones ya van sonando distintas, como si se sintieran diferentes al ser acariciadas por alguien que tiene ese aire de extraño que nos magrea por primera vez.

Es raro pero les gusta, ahora los recortes de periódicos tendrán otro significado, quedarán junto a las fotos y las entrevistas de cuando pasaban de refilón por alguna lista de éxitos y les detenían en los garitos para pedirles besos o firmas. No pueden decir que son los mismos -exactamente los mismos- aunque lo sean, con las mismas ganas de tocar, con el sonido de siempre, contra las mismas paredes y ellos dirigidos hacia el gran espejo donde solían ver reflejadas tantas cosas, tantas caras, todo el humo de los vicios y la luz roja, figuras de mujer proyectadas en el ambiente cargado, una guitarra que suena y ciertas melodías que recuerdan a otras que ya pasaron por allí, nos visitaban y se iban, recuerdan los chicos, pero a veces se quedaban y entonces todo, todo volvía a sonar como aquella poderosa máquina bien engrasada que no podía dejar de escupir acordes y vomitar rock.

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domingo, 14 de agosto de 2005


Se han ido. Se fueron y ni siquiera se dieron la vuelta para mirarme, ni un poquito solo, nada. Se han ido y no miraban atrás. Yo esperaba al principio que recapacitaran, luego me hubiera bastado un gesto, una explicación a lo sumo, un arrullo o en todo caso un trébol fresco que masticar, y entonces sí, entonces se van, pero yo no me entero, porque me quedo masticando y cuando me doy cuenta ya es tarde y me aguanto.

Pero así, de esas maneras, tan contentos y radiantes, con sus maletitas de mago, con sus vestidos de gala y esas sonrisas de fin de semana. A los Alpes franceses, ahí se fueron, todo contentos, solo hago acto de aparición en comuniones y fiestas de cumpleaños, eventos de poco aforo para entretener a los niños y algunos mayores, entonces todos me ríen las gracias, lindo me dicen, relindo, pero claro, a Francia, eso queda lejos y no me llevan, y todo porque vienen unos señores magos de lejos, de muy lejos.

Quizá a mitad de camino se acuerdan o cambian de idea, quizás se ponen tristes o preocupados, y se dan media vuelta a la altura de Gerona, pero claro, esto es muy raro, porque la chistera no la olvidaron, se la llevaron con ellos, con el baúl de aparición y los grandes aparatos, conozco ese juego, luego aparecen las bailarinas del cielo y todos aplauden, ¿tú crees que se fueron?, cómo puede ser, no me harían eso, no de esa forma, si a mí me gusta Francia y en los Alpes hay muchos tréboles.

Publicado por Puzzle a las 22:09
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viernes, 12 de agosto de 2005


Miguel dice que los aviones buscan el viento, que si los dejáramos sin control en mitad del cielo, se volverían a buscarlo, que son listos, que saben volar solos y que nosotros , nosotros sólo podemos intentar que ellos no nos lleven donde quieren. Los aviones saben volar, son listos, muy listos. Me gustan las certezas de Miguel, como quien tiene una buena mano de cartas y juega su partida decidido y resuelto. Los aviones buscan el viento y si los soltamos en medio del cielo, saben volar.

Se acerca tormenta y uno nunca sabe lo que le depara el cielo. Eso también me lo enseña Miguel. Se puede mirar al cielo e intentar descifrar lo que nos está diciendo, pero el cielo siempre se guarda algo de información, siempre algo tiene que no nos dice. Y luego las nubes, y los nombres de las nubes, como nombres de mujeres misteriosas, sus formas , mirar su vientre lleno de agua , cómo cambia, cómo se hincha y Miguel, dibujando en el aire corrientes térmicas, explicando cómo se comportan las nubes, y que las nubes no se entienden, no del todo, como las mujeres - dice- pero yo creo que algunas (mujeres) sí se entienden, y le digo lo que creo, y entonces Miguel que dice bueno, pero las nubes no, las nubes no se entienden.

Las nubes no se entienden y el cielo se está cerrando, tenemos que volver al campo de vuelo, tomo los mandos y el avión se pone insolente, Miguel se ríe, me cuenta acerca del timón, del alabeo, de cómo cabecear en vuelo y luego enseguida me anima, dice que estoy volando bien, pero yo sé que no, que Miguel siempre te anima y le saca el lado bueno a todo, hay turbulencias, que es como lanzarse en tobogán hacia arriba y una corriente térmica (de panza de nube repleta de agua) nos saca de rumbo. El cielo se cierra, a la altura de Tardienta unas nimbus amenazan descargar antes de tiempo, imposible decir cuánto, imposible cuándo. Tenemos que volver, buscamos rumbo a casa, fijamos un punto de referencia antes de que el cielo se termine de cerrar y una enorme nube-mujer con el vientre repleto de agua nos devore y nos parta en dos. Yo sé que ahora , en el campo, andan mirando al cielo y que en algún sitio está descargando un mar de lluvia , en alguna parte, no muy lejos de aquí.

Publicado por Puzzle a las 21:30
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sábado, 25 de junio de 2005


Vegueta de noche es magia y aceras empedradas, museos , la catedral de piedra oscura, la vieja iglesia donde Colón soñaba un nuevo mundo -o quien sabe si un nuevo mundo soñaba con ser descubierto- , cafés con encanto, tasquitas, bares de copas , calles y lugares donde todo transcurre con otro tempo, otro timing , y si la vida aquí en la isla late con otro pulso, en Vegueta de noche casi se detiene.

Uno se imagina mil cosas en la vida, que llegamos lejos, muy lejos, que aprendemos a volar, que visitamos esa exposición de Tintín en Bruselas o que descubrimos que en Londres existe una tienda de juguetes con un tiovivo que funciona 4 veces al día donde puedes cabalgar montado en un sueño, quizás que vendemos el alma a cambio de un beso robado en el mercado de las pulgas de Amsterdam , que escapamos de los malos siempre en el último momento, o que nos sonríe un niño porque le gustó el cuento que improvisamos para él, mil cosas que inventar en mil vidas , en mil calles como las de Vegueta, en las que siempre resulta imposible no imaginar que ocupamos un lugar, quizás frente al Café Real, donde el alma puede quedarse atrapada y la vida entera late a un ritmo tal que casi se detiene.

Publicado por Puzzle a las 11:46
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jueves, 23 de junio de 2005


Yo querría tomar ese avión y olvidarme de todo. Despegar en Madrid y aterrizar en Las Palmas sin pensar en nada más. Ya sabes, que alguien me espere en llegadas nacionales, o que no me esperen, es lo mismo, yo me apaño con la guagua, yo me apaño con el equipaje, yo me apaño bajando en el Hoyo , cogiendo San Telmo y luego decidiendo si subo por Bravo Murillo , hacia Tomás Morales y entonces los institutos y el cine Capitol y Doris a la salida de clase con su bicicleta y el pelo corto, muy corto.

Y luego la casa, con el patio a la entrada, los techos más altos que todo, el olor a cuero, los ruidos en la noche, ruidos de otras casas, de tuberías que lloran o tuberías que crujen (nunca supe la diferencia), ruidos de televisores encendidos y cacerolas. Y cada habitación un mundo y cada mundo un recuerdo, o varios, o todos los recuerdos.

Más tarde las calles, el paseo marítimo , Vegueta, Triana y el centro, arriba y abajo de Mesa y López, Las Canteras, el club náutico , Santa Catalina y entonces los viejos jugando al ajedrez y el museo , el antiguo apartamento de estudiantes y la noche otra vez y las putas y el paseo de brisa y Luna.

Y quién sabe si el sur, las dunas y C que se casa con P y abrazos y yo sé que lágrimas, pero sin olvidarme del todo, pensando en algo más, un hospital y la mujer más guapa del mundo, a veces aquí conmigo, a veces sin saber quién soy y entonces lejos, lejos de todo y de todos y C que dice que sí, que quiere pasar su vida entera con P y P que la mira como sólo se miran los que se aman, y yo un poco aquí un poco allí, sin terminar de estar en un lugar o en otro, y ya pronto la vuelta, y yo sé que no debería pensar aún, si ni siquiera me fui, sabiendo que cuando llegue , tampoco me habré ido del todo, y ya quisiera tomar ese avión y olvidarme de todo, mientras C dice que toda una vida, y yo pensando en si algún día una vida entera con alguien, en lo bueno y lo malo y luego lágrimas y luego risas y abrazos y tengo que irme, pero antes San Juan, Santa Catalina, un concierto, con C , con P, y luego la casa y los techos altos y San Telmo y el mar, un poco aquí, sin irme del todo, esperando que nada cambie, no mañana, no el Domingo o el Lunes , cuando tome otro avión, el que sea, pero otro, de vuelta , sin ser una vuelta del todo porque no llegué a irme, no del todo, yo querría pero no puedo.

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jueves, 2 de junio de 2005


Que me perdone mi amigo Doc, pero hoy ando algo rebelde y romperé la cadena. Nunca me gustaron y alguna que otra vez sufro de indigestión o de empacho. El asunto viene de lejos, ya de cuando combatía ataques masivos de spam procedentes de universidades coreanas (caldo de cultivo de grandes cibersaqueadores) , o me llegaban una y otra vez fotos de gatitos persas atrapados en tarros de cristal. Soy el tipo antipático que siempre rompe las cadenas. Igual me da que sean mensajes que prometen la felicidad eterna, erecciones espectaculares (mientras la hidráulica aún funcione en mí, no probaré otros métodos) o que aparezca la persona amada portando una bolsa repleta de fajos de billetes o de artículos amatorios. En cierta manera, ya respondí a la propuesta del amigo Doc en su día, enlazándole además a él en el siguiente eslabón de la cadena. Quizás Doc sirve hoy la venganza en plato frío.

En mi PC tengo casi 400 canciones, no son muchas, apenas 2 gigas. De las 400, apenas 50 son imprescindibles y de las 50 a lo mejor 10 son parte de la banda sonora de mi vida. Otras quedaron fuera del disco duro, algunas sólo en la memoria acústica o en mi billetera. Quién sabe. Como dato anecdótico, sirva decir que nos llamamos "La Ley" en homenaje a Radio Futura y que toco el bajo porque cuando apenas levantaba unos palmos del suelo, descubrí a Mark King y a Jaco Pastorius. Confieso que cada vez compro menos música y sin embargo, no dejo de adquirir libros y lo que es peor: los leo.

La diferencia con respecto a la última (y casi única) vez que acepté el reto de Kalf, es que ahora mismo ando escuchando un recopilatorio de John Coltrane y Miles Davis , el último disco que compré fue “La noche americana” del gran Quique González y posiblemente, después de colgar este post, creo que voy a rescatar de la estantería un par de discos gloriosos de Maria Creuza y de mi buen amigo Gabriel Sopeña. El de la Creuza está producido por Gabo que de paso, firma algunas canciones. Además hace no mucho , hablaba con Violeta de otra canción de Gabriel (muchas veces hablamos de las canciones de Gabriel, de "Apuesta con el R&R", "Cass" o de tantas otras ) que siempre me pone la carne de gallina. Se llama “Por los ojos de Raquel” y me resulta difícil mantener el tipo cuando la escucho.

Por cierto Doc, me encantan Steely Dan y Donald Fagen. Espero que romper la cadena no sea obstáculo para seguir colaborando juntos, cultivar nuestra amistad y entusiasmarnos de manera recíproca. La culpa la tienen los universitarios coreanos y alguna que otra aventura que si quieres un día te explico.

Publicado por Puzzle a las 22:59
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miércoles, 25 de mayo de 2005


El chico quiere pasar al otro lado pero no se atreve, la ranita del cuento le amenaza con volarle la cabeza de un tiro. Todo porque la rana está enamorada de la chica del otro lado. La chica está a oscuras pero tres mariposas con forma de corazón le acompañan durante la hora del recreo, aunque después se irán a clase de aleteos. A la más inexperta de todas le quedó para Septiembre el práctico de aterrizaje sobre pétalos mojados pero seguramente y con un poco de esfuerzo aprobará. Una vez alguien le explicó que todo lo bueno a veces resulta complicado de alcanzar. Creo que era un grillo cantor que se quedó afónico de tanto ensayar. Además, a la rana le gustan las mariposas , no de una manera artística o natural, más bien es un interés culinario, pero si se pasa al otro lado en busca de mariposas, no quedará nadie vigilando al chico. Lo que nadie sabe, es que el chico está interesado en coleccionar mariposas en forma de corazón y que finalmente la chica no pinta ni quiere nada en esta historia. Si acaso seguir a oscuras.

Publicado por Puzzle a las 22:43
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miércoles, 18 de mayo de 2005


Ahí vuelve el bueno de Murray , una suerte de Buster con traje de Bill, dejando como quien no deja nada o como quien deja una nota cuando se marcha para no volver , alguien que deposita , suave, lento, esa clase de ternura que sólo Bill deja allí donde queda atrapado, en hoteles asépticos de ciudades luminosas y perdidas (Tokio te añora) , sentado al borde de la vida o de una cama de habitación cara , con esa mirada de tipo perplejo y melancólico que ya querrían otros. Perplejo y sorprendido cuando Cannes se pone en pie después de la proyección, como si la cosa no fuera con él – Yo no fui- mientras pone cara de yo-no-fui . No hay duda, es él. Ahí vuelve, el chico de la careta pintada de estupor , el que mejor sabe engalanarse con fobias de hombres que huyen todo el tiempo de sí mismos y de los demás. Que huyen del tiempo, de las ciudades, del mar. Que simplemente huyen.

Publicado por Puzzle a las 8:53
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martes, 17 de mayo de 2005


Diástole, correcto. Sístole, correcto. Expiración, correcto. Vale, cojonudo, la he perdido. Debió ser el tipo aquel. El del encontronazo. Nunca llevo cartera, ni llaves de nada, bueno, a veces las de esas pequeñas esposas de peluche, tan rojas y tan golfas, con las que solíamos jugar, pero esas las llevo en mi bolsillito secreto y hoy se quedaron en el cajoncito de la cómoda de la habitación en la que ya no entro desde que ella se fue. Para qué. Todavía la escucho llamándome desde nuestro pequeño planeta de sábanas de raso, pidiendo más vino y haciéndose fotos con la Polaroid.

Ha debido ser eso, ese, él, el cabrón aquel, el que se bajó en Aribau... vamos no me jodas, la he perdido o se la ha llevado, y yo sigo aquí tocándome, gesticulando de manera absurda, buscando, palpando, a veces acariciando a la espera de dar con ella, todo lo demás está, recriminándome, echándola de menos, sigue ahí, culpándome a mí de que ya no esté. Qué cabrón. Se la ha llevado, todo lo demás está, qué cabrón, qué cabrón. Diástole, está... qué imbécil he sido, debí darme cuenta... sístole, aquí la tengo, expiración, vale. Inspiración, inspiración, cojonudo, la he perdido, o se la han llevado o yo que sé o las dos cosas.

Publicado por Puzzle a las 12:50
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domingo, 15 de mayo de 2005


Suele pasar que con las prisas, no nos detenemos en lo pequeño: dos de las razones por las que cada vez encontramos menos tiempo para la ternura. A lo mejor porque todos vamos un poco a lo nuestro y queremos salvar el pellejo, no sabemos muy bien de qué o de quién. Puestos a salvar, a veces elegimos los trastos rotos, lo que no nos sirve, lo más estúpido, lo que menos vale y que de repente consideramos que está por encima de lo demás, incluso de los demás. Trastos que deberíamos dejar para el mercado de las pulgas.

Para las definiciones soy malo de solemnidad, me muevo mejor entre sensaciones. Punto. Con la excusa o en mi descargo diré que a veces una definición sólo nos sirve para estrangular algo que difícilmente puede ser explicado , pero la realidad es otra: no me alcanza para definir la ternura. Posiblemente tenga que ver con mirar a lo pequeño, sin prisas , con cristales de colores, sin tomarnos tan en serio , que ya la cosa de la vida bastante nos jode el invento. Por eso lo de las prisas y lo pequeño. Además, ¿quién en su sano juicio querría perder el tiempo en ternura si vivimos subidos en una montaña rusa y a veces en la ruleta?.

Publicado por Puzzle a las 23:37
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