domingo, 12 de marzo de 2006
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Cuentos
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desvaríos
miércoles, 1 de marzo de 2006
Julieta espera desconsolada a que vuelva Zacarías, que siempre está trabajando mucho dando paseos a los turistas que visitan el desierto o repartiendo los regalos de los Reyes Magos. Julieta se entretiene tejiendo bufandas o escuchando boleros, aunque lo que más le gusta hacer es jugar con sus amigas a camuflarse entre las enramadas y ponerse guapa retocando las manchas de su cuerpo con nuevos diseños. Lo más curioso de todo es que, a causa de su largo cuello, la cabeza y el corazón están tan lejos que los sentimientos le llegan con media hora de retraso con respecto a los pensamientos.
Cuando cae la noche y no puede dormir, suele esperar subida en lo alto de una torre, porque una vez escuchó que las enamoradas siempre tienen que esperar la llegada de su galancito en sitios altos y cercanos al cielo, eso incluye también a la jirafa, aunque sea el animal más alto de todos y no necesite escaleras ni ascensores. Julieta está triste porque echa terriblemente de menos a Zacarías, que anda haciendo horas-extra transportando exploradores en la Gran Sabana, que es como un mundo perdido dentro de otro mundo perdido y así hasta que alguien lo encuentre.
Julieta llora y llora, a veces deprisa, a veces a cámara lenta, a veces se duerme y a veces descansa -siempre de pie- pero sigue llorando incluso en sueños, y las acacias (que se han quedado sin hojas porque se las comió todas Julieta) se despiertan sorprendidas y se preguntan unas a otras qué está pasando, -¡Está lloviendo! ¡Está lloviendo!- y extienden sus ramas como si fueran manos que quieren acariciar a Julieta. Pero no es lluvia, no es lluvia, son las lágrimas de Julieta que está muy preocupada porque Zacarías olvidó la bufanda y con la edad se está volviendo muy friolero.
Ilustración: © Cecilia Varela
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Cecilia Varela,
Cuentos
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desvaríos
martes, 21 de febrero de 2006
como de una catástrofe aérea
Habíamos perdido la ropa
los papeles
a mí me faltaba un diente
y a ti la noción del tiempo
¿Era un año largo como un siglo
o un siglo corto como un día?
Por los muebles
por la casa
despojos rotos:
vasos fotos libros deshojados
Éramos los sobrevivientes
de un derrumbe
de un volcán
de las aguas arrebatadas
y nos despedimos con la vaga sensación
de haber sobrevivido
aunque no sabíamos para qué.
(Cristina Peri Rossi)
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Poemas de otros
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desvaríos
jueves, 16 de febrero de 2006
¿Cómo podía ser que no hubiera reparado antes en algo así? Tan seguro como estaba de conocer el trazado sinuoso de aquel continente, saltó de la cama, quedó flotando sobre el cuerpo de mujer una pregunta en el aire y una nube de tabaco rubio, dobló el quicio de la puerta persiguiendo el cable, el extremo final de ella que escapaba fuera de la habitación y finalmente se encontró con una clavija culminando el extremo del cable: un enchufe en la pared era el final del trayecto, así que no pudo menos que dejarse llevar por la inercia, lanzó dos tirones secos hasta que soltó el conector y ella se apagó en un ronroneo lánguido y lejano.
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viernes, 3 de febrero de 2006
Debería haberte dicho tantas cosas y sin embargo dije las que no debía, las menos apropiadas, como por ejemplo que estoy celoso. He probado algunas estrategias: poner cara de actor de comedia y encaramarme a tus pechos, al menos así te hago reír, después, hacerte arrumacos hasta que nos reblandecemos como masa de hornear en el sofá, a ver si con esas te acuerdas de nosotros dos jugando a ser nosotros dos y te vuelven las ganas de mí y de apetecernos tanto.
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martes, 31 de enero de 2006
No pienses tanto, no pienses de más, eso decías, y yo que seguía pensando y mirando al cielo, viendo cómo pasaban los aviones mientras te escuchaba hablar del equipaje que facturaste la última vez, cuando necesitabas irte lejos, para echar algo de menos o para tener la sensación de regresar a alguna parte, aunque por aquel entonces me dijeras que de toda tu valija yo tenía el lugar más preciado, y volviste y no trajiste nada, tan sólo las manos vacías y esa mueca extraña, tiritando en la terminal y una postal sorpresa que compraste a última hora, antes de facturar y tomar el camino a casa, luego tu risa nerviosa como un eco y más tarde tú, estallando de pena porque querías volver a marcharte lejos, llorando en el taxi, rodeada por una constelación de gente sola, desdibujando la felicidad que creíamos tener pero que nunca tuvimos, ni valija, ni sitios a los que volver, ni nada, sólo nosotros cruzando Manhattan sobrecogidos, también así, con todo lo que no nos gustaba pero que tanto añorábamos cada vez que embarcabas hacia ninguna parte.
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miércoles, 25 de enero de 2006
Regresábamos al detenimiento, a tomar carrerilla y saltar desde donde fuera, hacia donde fuera, sólo por saltar, igual que cuando miraba a Alicia -sólo por mirar a Alicia- y así iban sucediendo las cosas, precipitándose y deteniéndose en el aire, como las palabras cuando se derraman desde lo alto de una verdad bien dicha, como la risa de Alicia, como la propia Alicia y aquellas luciérnagas que atrapaba para ella en tarros de cristal y que luego dejaba escapar porque le daban pena. Mucha pena. Tantas cosas que nos asustaban: la oscuridad, las tormentas, mirar debajo de la cama, el armario del desván o la idea (tan absurda entonces y tan deliciosa ahora) de crecer algún día y hacernos mayores. Claro que eso no lo pensábamos siempre.
Lo mejor era detenerse, los instantes quietos, los saltos desde cualquiera de esos lugares, el trampolín de la piscina vieja, los brazos fuertes del abuelo, el columpio que lloraba como un camello y esa manera que tenía Alicia de atravesar la habitación de puntillas diciendo que flotaba y a todos nos parecía que era exactamente eso lo que estaba ocurriendo. Nos enseñó el delicado secreto una tarde de luciérnagas: flotar, permanecer, transformar las intenciones en algo que pudiéramos palpar o acariciar para después quedarnos, aunque sólo fuera por un instante, tan elevados, tan alejados del suelo y de los miedos tontos que luego no podíamos parar de reír y nos dolía la tripa.
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viernes, 20 de enero de 2006
Ella pone los brazos en jarra y tuerce el gesto, se queda tan ancha diciendo cosas del tipo: chico y chica ya no trabajan juntos y entonces ya pueden saltarse ciertas normas o algo así. En el guión no termina de quedar claro, alguien ha desordenado la escaleta y algunas secuencias. Y cómo no, todos esos cables por el suelo, levantado como un tablero de ajedrez abierto en canal y los demás trabajando día y noche para que se cumplan los plazos, los malditos plazos. Eso y visitas, reuniones y encuentros, ah, claro, y desencuentros y los martes que no le terminan de convencer porque tienen algo que no sabría explicar -algo mitad verdad mitad mentirijilla que se descubre pasado un tiempo- como tampoco le convencen las naranjas ni la gente feliz que desaparece porque precisamente es feliz. Detesta no entender nada, los cambios de tiempo, por ejemplo, o los cambios extraños que se toman como un fenómeno cotidiano y normal. Pero vendrán tiempos mejores o llegarán, de otra galaxia, otros tiempos. Menos mal que Antonio reaparece, les presenta a James, recalcando la "jota" que suena a "elle" y James que les habla en idioma raro y todos se miran preguntándose cuántos años puede tener, y lo que sabe y qué se dará en el pelo. Claro, sigue pensando, ahora ya no trabajan juntos, por eso ella ha venido en su nave espacial y lo ha abducido. Nadie, o casi nadie, cree en esas cosas, pero mira, quién se lo iba a decir, a él o a Javi, que se está enamorando de Trinity, después está Antonio (el grande) con su risa y su bigote insistiendo en lo de Trinity, "es magia tíos, Trinity es magia", aunque en realidad no se llame Trinity y avisándoles luego con esa manera tan de Antonio, tan cercana pero tan distante en parte, "que nadie os enfile tíos, los periodistas son de otro mundo" y vuelve a sonreír. Qué grande el Antonio. Y de resto no entender, no saber de nada o de casi nada, ni siquiera los motivos que tiene el tiempo para cambiar.
Lo del tatuaje es un sueño y alguna otra cosa también, pero la nave espacial es verdad y ella vino en la suya con unas "Puma" rojas. Desde que no son compañeros son otra cosa, pero nadie sabría contestar con exactitud porque se prohibieron las preguntas y de aquí a nada seguro que se prohiben las respuestas, o las miradas, o simplemente ser y estar, o conjugar verbos, o quíen sabe, pero es lo que tiene ser abducido en viernes. Y mientras tanto Javi enamorándose de Trinity y luego Antonio, que nadie se extrañe, que también estuvo enamorado de Trinity o James y lo que se dará en el pelo y el chico que sueña con tatuajes en la espalda, que despierta a las siete, que observa cómo se aleja ese cuerpo planeta que recién acaba de orbitar. Pero sobre todo Trinity. Trinity y la nave espacial.
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martes, 17 de enero de 2006
Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose, pero olvido que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. Somos lo más que somos porque nos alteramos, porque salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios. Un recayente es entonces un desalterante, de donde se sigue que nadie se rehabilita sin alterarse. Pero pretender la rehabilitación alterándose es una triste redundancia: nuestra condición es la recaída y la desalteración y a mí me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera, que por lo demás ignoro. No solamente ignoro eso sino que jamás he sabido en qué momento mi tía o yo recaemos. ¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será esa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mí me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito.
(Julio Cortázar)
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lunes, 2 de enero de 2006
(Cecilia Varela)
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