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domingo, 4 de marzo de 2007




Jamás he podido tolerar los bostezos, sobre todo en la boca de un agente de policía. Es más fuerte que yo, si en cualquier esquina veo bostezar a un vigilante me le acerco y le doy una de esas bofetadas de ida y vuelta que parecen una paloma. Esto me ha costado ya tres costillas fracturadas y un total de quince meses de cárcel, sin contar patadas y machucones. Pero no está en mí impedirlo, y la única posibilidad de evitar tantas desgracias es encontrarme con policías que aman su trabajo y se interesan intensamente en la dirección del tráfico. Con los curas es casi peor, porque cuando sorprendo a un cura bostezando mi indignación rebasa todos los límites. Voy lo más posible a misa, y desde las primeras filas vigilo atentamente al oficiante. Si lo sorprendo bostezando en el momento de la elevación, como me ha ocurrido ya dos veces, algo más fuerte que yo me precipita sobre el altar, y no quieras saber el resto. Hay voluminosos expedientes en la curia, lo sé, y en algunas iglesias soy anatema y defenestración apenas me asomo al nártex. A mí personalmente me encanta bostezar, porque es higiénico y los ojos se me llenan de lágrimas que arrastran consigo numerosas impurezas. Pero jamás se me ocurriría hacerlo mientras espero, con el bloc de estenografía en la mano, que el señor Rosenthal me dicte una de esas cartas en las que se niega a cualquier cosa con gran derroche de jarabe. A veces tengo la impresión de que al señor Rosenthal le preocupa que yo no bostece, porque mi concentración en el trabajo lo ha obligado a aumentarme el sueldo. Estoy casi seguro de que si alguna vez se me escapara un bostezo, el señor Rosenthal me lo agradecería sin palabras; es evidente que tanto interés profesional lo inquieta. Pero yo disimulo minuciosamente los bostezos que a partir de las cuatro y media se agolpan en mi paladar y mi garganta; por eso, si al salir veo bostezar a un vigilante, no puedo contener la indignación y me precipito a darle de bofetadas. Es curioso, pero lo hago sin el menor placer, un poco como si en ese momento yo fuera el señor Rosenthal y al mismo tiempo el vigilante, es decir como si el señor Rosenthal me estuviera abofeteando en plena calle. Casi prefiero las patadas y el calabozo, o la excomunión cuando es un cura, porque entonces se trata de mí, únicamente de mí después de esos episodios en que ya nadie sabe quién es quién.

(Julio Cortázar - Último Round)

Publicado por Puzzle a las 12:12
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domingo, 14 de mayo de 2006




Con lo que pasa es nosotras exaltante. Rápidamente del posesionadas mundo estamos hurra. Era un inofensivo aparentemente lanzado Cañaveral americanos Cabo por los desde. Razones se desconocidas por órbita de la desvió, y probablemente algo al rozar invisible la tierra devolvió a. Cresta nos cayó en la paf, y mutación golpe entramos de. Rápidamente la multiplicar aprendiendo de tabla estamos, dotadas muy literatura para la somos de historia, química menos un poco, desastre ahora hasta deportes, no importa pero: de será gallinas cosmos el, carajo qué.

(Julio Cortázar)

Publicado por Puzzle a las 17:41
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martes, 17 de enero de 2006




Nadie puede dudar de que las cosas recaen. Un señor se enferma y de golpe, un miércoles recae. Un lápiz en la mesa recae seguido. Las mujeres, cómo recaen. Teóricamente a nada o a nadie se le ocurriría recaer pero lo mismo está sujeto, sobre todo porque recae sin conciencia, recae como si nunca antes. Un jazmín, para dar un ejemplo perfumado. A esa blancura, ¿de dónde le viene su penosa amistad con el amarillo? El mero permanecer ya es recaída: el jazmín, entonces. Y no hablemos de las palabras, esas recayentes deplorables, ni de los buñuelos fríos, que son la recaída clavada. Contra lo que pasa se impone pacientemente la rehabilitación. En lo mas recaído hay siempre algo que pugna por rehabilitarse, en el hongo pisoteado, en el reloj sin cuerda, en los poemas de Pérez, en Pérez. Todo recayente tiene ya en sí a un rehabilitante pero el problema, para nosotros los que pensamos nuestra vida, es confuso y casi infinito. Un caracol segrega y una nube aspira; seguramente recaerán, pero una compensación ajena a ellos los rehabilita, los hace treparse poco a poco a lo mejor de sí mismos antes de la recaída inevitable. Pero nosotros, tía, ¿cómo haremos? ¿Cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir hasta donde hemos recaído en el sueño o en la ducha? Y si sospechamos lo recayente de nuestro estado, ¿Cómo nos rehabilitaremos? Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe donde se está. Probablemente Icaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el Mar Epónimo, y Dios te libre de una zambullida tan mal preparada. Tía, ¿cómo nos rehabilitaremos?

Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose, pero olvido que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. Somos lo más que somos porque nos alteramos, porque salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios. Un recayente es entonces un desalterante, de donde se sigue que nadie se rehabilita sin alterarse. Pero pretender la rehabilitación alterándose es una triste redundancia: nuestra condición es la recaída y la desalteración y a mí me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera, que por lo demás ignoro. No solamente ignoro eso sino que jamás he sabido en qué momento mi tía o yo recaemos. ¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será esa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mí me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito.

(Julio Cortázar)

Publicado por Puzzle a las 23:31
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sábado, 15 de enero de 2005


Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto.

Duración media del llanto, tres minutos.

(Julio Cortázar)

Publicado por Puzzle a las 10:50
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viernes, 7 de enero de 2005


Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro , qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas.

Adiós gotas. Adiós.

(Julio Cortázar)

Publicado por Puzzle a las 16:40
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