Da vueltas sobre sí mismo en la cama, a ratos llora de rabia o de impotencia. "Por favor", ruega en voz alta que todo esto acabe, que no tenga que devorar más orfidales. Se levanta de nuevo, se vuelve a acostar. Añade algunas líneas. Piensa y desea que nada de la tristeza de esta noche, de todas las demás noches, sea inútil, que sirva para algo, que tenga sentido. Que toda esa desgana no sea en vano y deje de sentirse minúsculo. Pide, no sabe muy bien a quién, que regresen el apetito y las piruetas en la cama, que la risa se le escape de cualquier manera, como quien hace entrega de un regalo hermoso sin saberlo, que todo esto parezca, ojalá pronto, uno de esos viejos terrores nocturnos que solían desvelarle hace tanto tiempo y de los que nunca más se supo. Que mañana el dolor que cuelga de sus ojos agotados, se haya desplazado la ridícula distancia de un átomo. Que vuelva el sueño reparador y a ser quien era.
viernes, 9 de diciembre de 2005
Da vueltas sobre sí mismo en la cama, a ratos llora de rabia o de impotencia. "Por favor", ruega en voz alta que todo esto acabe, que no tenga que devorar más orfidales. Se levanta de nuevo, se vuelve a acostar. Añade algunas líneas. Piensa y desea que nada de la tristeza de esta noche, de todas las demás noches, sea inútil, que sirva para algo, que tenga sentido. Que toda esa desgana no sea en vano y deje de sentirse minúsculo. Pide, no sabe muy bien a quién, que regresen el apetito y las piruetas en la cama, que la risa se le escape de cualquier manera, como quien hace entrega de un regalo hermoso sin saberlo, que todo esto parezca, ojalá pronto, uno de esos viejos terrores nocturnos que solían desvelarle hace tanto tiempo y de los que nunca más se supo. Que mañana el dolor que cuelga de sus ojos agotados, se haya desplazado la ridícula distancia de un átomo. Que vuelva el sueño reparador y a ser quien era.
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martes, 6 de diciembre de 2005
Razón : Aquí
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jueves, 1 de diciembre de 2005
Algunos hombres se han quedado en casa mirando al cielo mientras las mujeres preparan algo caliente, sancocho o un caldo de papas. Madre, además de llorar, está preocupada porque ahora tendrá que cocinar todo lo del congelador antes de que se ponga malo. Lo peor, dice el abuelo, es lo de Agaete. Esta vez a Dios se le ha ido la mano con la tormenta y hasta ha perdido el juicio, el juicio y la puntita del Dedo. Nayra casi se cae de espaldas cuando han dado la noticia. Se ha sentado en el suelo con las piernas cruzadas y lo siguiente ha sido buscar en los cajones las fotos de la excursión a Guayedra. Por aquel entonces ya nos acostábamos y compartíamos gastos en el piso de Santelmo. La excursión fue idea de Chano, el compañero de piso de Nayra, más tarde se apuntó toda la pandilla. Hacíamos asaderos y saludábamos al pasaje cuando se aproximaba a la costa (más bien acariciaba) el ferry que volvía de Tenerife cada noche, luego cantábamos a Serrat y amanecíamos hambrientos de vida. Algunas veces doblábamos la cala para asomarnos a ver el Dedo y nos quedábamos sobrecogidos en silencio. El Dedo siempre apuntaba en la misma dirección que nuestros sueños. Nayra dice que nuestra pequeña viene de una noche en Guayedra, por eso ahora me mira y se le escapa una lágrima , en sus manos una decena de fotos del dedo, Chano haciendo el tonto y la pandilla posando para un mañana mejor.
La niña mira la tele, hoy se puede quedar un poco más porque mañana no irá a la escuela. Aparecen las primeras imágenes del dedo mutilado. El abuelo no deja de mirarse el final de las manos, como quien espera que algo importante suceda, está convencido de que mañana despertará sin el meñique o sin el anular y guarda el anillo de la abuela en una caja de galletas, no sea que lo pierda cuando se le caiga la falange y se nos termine el mundo.
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lunes, 28 de noviembre de 2005
–No te hubiera mirado- y se quedó flotando como en un mal sueño.
Entonces él supo entender -más bien recordar- la sensación aquella que colgaba del reflejo de todos y cada uno de los espejos de su vida, del hombre apocopado que era o había sido –y que a veces se seguía sintiendo- de su porte más bien poco o nada atlético. Una vez, sólo una, había adquirido una fisonomía tal, que le hubiera permitido seducir a cualquier mujer que hubiera deseado, pero que nunca supo o quiso aprovechar.
-No te hubiera mirado- decía, porque no eras esbelto o alto, porque no eras el tipo de hombre en el que hubiera puesto los ojos o el punto de mira. No un hombre para un arrebato ni el hombre que una mujer elige para tener un affair una noche, un fin de semana de jacuzzi y porno duro, o quién sabe si un hombre para lo que en definitiva y sin saberlo, sirva para mejorar la raza, capaz de transmitir el código genético perfecto y al que poder exhibir ante las demás hembras de la especie.
-No te hubiera mirado-
Y ella reflexiona acerca del motivo por el que su amiga de más tiempo le pregunta qué hace con un tipo así, bajito y rechoncho y si, finalmente, podrá llegar a algo serio y duradero siendo como él es. Se extraña pero lo piensa y lo mastica en su interior. Sabe que nunca antes hubiera mirado a ese hombre, que no hubiera reparado en él porque se mantiene envuelto en un halo de insignificancia, el estigma de los desconocidos que tropiezan con ella en el semáforo o el ascensor y luego la desean. El arquetipo de lo vulgar, de lo socialmente considerado vulgar. Ella que sí resulta ser esbelta, que acaba de terminar una relación larga con otro de los de su especie, un hombre esbelto de aristas contundentes, un hombre al que mostrar orgullosa ante la manada. Hombre, por otro lado, creativo e intenso.
Ella repite como liberándose o justificándose: No te hubiera mirado, al tiempo que aquel hombre pequeño se quiebra en zigzag, recoge apesadumbrado sus dos mitades y abandona el local dejando a medias un martini y algo bastante importante que estaba a punto de decir.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Mayo 2007)
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miércoles, 23 de noviembre de 2005
Más hermoso que una mujer desnuda resulta una mujer desnuda que se viste lentamente, o que se deja vestir, desde abajo y poco a poco, como un avión con las alas desplegadas o un ave nodriza a punto de echar a volar. Qué hay más lejano que una mujer recién echada a volar. No se conoce.
Alguien pregunta si quiero volar, si he volado, además puedo elegir dónde quiero volar, en qué tipo de artefacto. La naturalidad de una pregunta así asusta. Hace tiempo que nadie me pregunta dónde quiero volar. “Abrígate, hace frío ahí arriba”. Hace frío aquí dentro, es lo que en verdad me parece pero no digo nada. Recuerdo la última noche con ella, aterrizando en su espalda, retomando el aire encajado aún en sus muslos. Una mujer pendular, siendo navegada por detrás. Una mujer que oscila dibujando un arco perfecto y hermoso. Existen fríos que castigan más que otros.
Levantamos el suelo en apenas unos metros. Se necesita poca pista para elevar un avión pendular. A veces pienso que las cosas no suceden de ese modo y que es el mundo, la tierra entera la que desciende como en tobogán precipitándose al vacío, luego nuestra nave se queda en algún punto fijo, intentando mantenerse quieta, serena. Es el mismo efecto del tren detenido en la estación y lentamente el andén se aleja en dirección contraria mientras nosotros observamos quietos. Muy quietos.
Rodeamos la urbanización de la gente bien, gente sin preocupaciones, gente con pista de tenis y piscina privada. Sé que estamos a punto de aterrizar, porque de nuevo el mundo asciende a 60 nudos, asciende de manera inequívoca, todo en uno, las tierras y los campos, las autovías y algunos perros de gente honrada que siguen nuestro trayecto con la vista, los llanos color ocre y algunas mujeres que lloran sin más explicación. La ciudad está llena de despedidas y por eso aterrizar duele. Por eso y porque de todas las manera de huir, de escapar, la más engañosa es la que rompe con la vertical de un plano. El plano de lo real.
(Nota: Ahora también se puede acceder a Puzzle desde la dirección: www.puzzle.es)
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lunes, 21 de noviembre de 2005
Hubo que llevarla a París y allí penetraron en el Instituto de Belleza. Todo olía a jabón en aquel instituto y a los espejos les habían sacado brillo las gamuzas más finas. La mujer que no tenía senos presentó sus quejas.
“Hay que someterla a un tratamiento interior. Tome estas píldoras durante unos días”, dijo el director, y la dio una caja llena de píldoras grandes, enormes, inusitadas, con aspecto de ser imposibles de tragar. Al cabo de una temporada, el director, convencido de que los senos no brotaban , dijo: “la hemos dado simiente de senos, y como es imposible darla senos nuevos, la haremos algo que es por lo menos posible, la juntura de los senos, ese canalillo que es como el que conduce al punto de mira de la pistola y que es lo imprescindible”. El director tomó en sus manos el escoplo y el martillo blando y dio numerosos golpes en el esternón de la joven sin senos, consiguiendo señalar una depresión delicada, suscitadora de los inquietantes senos en la caja dura de su pecho.
Ya durante siempre en su descote lució la línea sinuosa, inquietante, resbaladora de la juntura de los senos. Y cayó en sus manos un marido gracias a eso.
(Ramón Gómez de la Serna)
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jueves, 17 de noviembre de 2005
cámaras apartadas que no alcanzo,
invernaderos de delicia, lenta
germinación en tu sangre y en tu risa.
Está bien así. De tu retiro tomas
con la frente encendida y en los ojos
una promesa de luz
total para mañana.
(Jorge Riechmann)
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sábado, 12 de noviembre de 2005
La empezaron a echar en falta el lunes en la oficina y el jueves en la clase de preparación al parto, ahora que las cosas empezaban a ir bien y el jefe prometía una subida de sueldo sin esperar nada a cambio, ahora que él había dado señales de vida siete (¿o eran ocho?) meses después y le ayudaría con los ejercicios de respiración. Ahora. Ahora que no necesitaba nada excepto que la criatura viniera bien.
En el congelador una foto de cuando eran niños en el pueblo y pensaban que eso -y no otra cosa- era la felicidad, antes de las navidades en las que mamá anunció su enfermedad, las últimas todos juntos. En el horno un guante chamuscado que una vez fue de lana azul, luego papá se volvería una sombra y después un guiñapo y por último nada. La pena lo calcinó.
En el lavaplatos naufraga un payaso de peluche bizco, con ojo de botón y mirada triste. Quien pudo se marchó del pueblo en busca de algo mejor. Fuera, en la ventana, unos cubiertos puestos a secar al sol, cuchara , tenedor y cucharilla, colgados boca abajo en un silencio difícil. Tal día como hoy hace diez años y todavía escucha la voz de mamá tarareando boleros en la cocina. Como si quisiera decirle algo nuevo. Algo que no supiera.
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lunes, 7 de noviembre de 2005
Luego estaba esa sensación de feria desierta, como en un sueño que termina en algo malo, la noria vacía, quieta, y en la sala de los espejos mirándose pero viéndose, a ratos bien a ratos no tanto, contemplando una imagen de sí mismo desfigurada y casi irreconocible y después salir corriendo, gritando, pero sin proyectar sonido alguno y en la caseta de los feriantes, el algodón de azúcar y los peluches pero nada más.
Al fondo de la calle, cuelga una gran bolsa de papel coloreado, nunca tuvo una fiesta de cumpleaños con piñata, sabe que en lo alto, cuelgan los premios, los que espera desde los treinta y dos, los que cree haber merecido, solo que esta vez no hay nadie más, no hay otros como él, echa a faltar la algarabía y los aplausos, más que los aplausos, los abrazos, como todo sucede sin orden ni lógica, sabe que tiene los ojos cerrados, que los brazos comienzan a dar palos al aire sin saber muy bien hacia dónde apuntar, sospecha que ahí no acaba todo, imagina que hay algo más, los premios en lo alto y los treinta y tres a punto de caerle en la cabeza, golpeando cada vez más fuerte al viento, alcanzando a veces de refilón la piñata, suena el papel aplastado, con ganas de venirse abajo, entonces piensa en columpios, en niños que gritan cuando alcanzan la vertical más alta, niños con las rodillas sucias a punto de tocar el cielo con las manos, le viene la imagen como de lejos, en un eco de risas, silba la gran vara de madera, el papel, los regalos, los años, los últimos días con sus últimas horas, la tarde de domingo, luego la noche, después el lunes, sabe que tiene que seguir golpeando, dando más palos al aire, más incertidumbres que llegan, más vida por delante y una gran piñata, llena, con la panza hinchada y medio abierta, rebosante de preguntas con interrogantes, desgarrándose, a punto de estallar y de bañarle de una fina lluvia de puntos amarillos como corazones a medias.
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viernes, 4 de noviembre de 2005
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