martes, 10 de agosto de 2004


La playa reclamaba atención. A vista de pájaro se veía hermosa. Formaron en escuadrón y buscaron las corrientes térmicas de la costa. Habían invertido muchas horas de adiestramiento en vuelo. Tenían el mejor instructor. Los más veteranos recordaban sus grandes hazañas, contadas por sus padres, y los padres de sus padres. Nadie sabía decir, cuánto tiempo llevaba volando, y enseñando a volar. Una auténtica leyenda viva.

Había llegado el momento de aplicar todo lo aprendido: aerodinámica, metereología, y técnicas de planeo. Tomas de tierra, amerizajes y barrenas. Caídas en picado y entradas en pérdida. Los diferentes tipos de nubes, y de orientación visual. Vuelo nocturno y en formación.

A la señal indicada, se lanzaron como flechas hacia la costa. El objetivo sería volar raso sobre la playa , y aguantar toda aquella aceleración sin la menor señal de titubeo. El sonido del viento resultó atronador. A esa velocidad, cualquier contacto con el suelo resultaría fatídico. Significaría posiblemente la muerte.

Ganaron altura , toda la que le permitió su envergadura y procedieron a realizar la más disparatada de las acrobacias. El instructor de vuelo no se inmutó. Voló más lejos y más rápido que los demás. Más alto, y más bello. Juan Salvador alabeó sus alas para modificar el rumbo, apenas una décima de segundo antes de estrellarse contra la arena. Siguió elevándose, hasta perderse en un banco de cirrocúmulos. El resto de gaviotas le siguieron entusiasmadas.

A vista de pájaro, la playa se veía hermosa.

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lunes, 9 de agosto de 2004


La playa reclamaba atención. El niño del rastrillo y la pala, edificó su primer castillo de arena a la edad de 4 años. 5 minutos fue el tiempo que se mantuvo en pie. Un golpe de mar, se encargó de derribarlo sin esfuerzo. Comenzó a dedicar todos sus veranos a levantar castillos. Lo único que le fascinaba. Ni pirámides, ni sirenas, ni estrellas de mar, ni pozos profundos en la arena. Sus castillos, siempre fueron derribados por las olas.

Investigó todo tipo de técnicas y materiales. Probó con diferentes herramientas. Con agua dulce y salada, con cubos de diferentes tamaños, y estructuras cada vez más sólidas. Aprendió intuitivamente a hacer cimientos. Pero el mar podía con todo. Con 9 años, contrató por una colección de cromos, a su primer capataz. Y la playa siguió arrastrando castillos.

A los 12, su primera novia formal, le abandonó por su obsesión . A los 15, había aprendido todo lo que se puede saber acerca de murallas de contención. Pero nada mantenía en pie su fortaleza. A los 18 se matriculó en la universidad. 7 años después firmó su primer proyecto como arquitecto : una cárcel de máxima seguridad.

Dedicó el resto de su vida a diseñar prisiones, centros de reclusos e internados de salud mental. Con sus fortalezas y sus murallas, con sus torres de vigilancia y sus fosos. Lo más parecido a los castillos que inventaba el niño del rastrillo y la pala. Se enamoró de una antigua compañera de carrera, y se casó a la edad de 27. Tuvieron un hijo. Fué un buen compañero y un padre ejemplar

El día que su pequeño cumplió 4 años, decidieron regalarle un rastrillo y una pala, y se fueron a la playa. Entonces entendió, que todos los castillos de arena, tarde o temprano desaparecen bajo el mar.

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miércoles, 21 de julio de 2004


Le gustaban todos sus puntos cardinales.

Abrazarla por todos ellos, por detrás , encaramado a su espalda, cerquita dela nuca y el nacimiento del pelo. Por delante , bien pegadito a su cuello.

Al Norte, su mirada. Al Sur,el calor de sus muslos. Al Este y al Oeste sus brazos, sus manos de agarrar y no soltar.

Sin preferencias. Sin predilecciones.

Le gustaban sus puntos cardinales, sus puntos guía, los pilares básicos sobre los que cimentaba su forma de ver las cosas y la vida. La leyenda de su mapa, su orografía y su relieve.

Sus puntos de vista, y los cientos de matices de sus muchos rumbos.

Le gustaba la idea de ser brújula, y aprender a explorar sus puntos cardinales.

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lunes, 19 de julio de 2004


Hicieron un repaso de los asuntos pendientes. Ella insistía en un concierto de jazz, pero el se negaba en rotundo.

-¿Pero por qué ?

-Porque te pondrás tonta con el saxofonista, o con el clarinetista, o vete tu a saber con quién . Me dirás que tienes un amigo que toca el saxo y que es increíble escucharlo. Y te recordará a el, y me dirás que te gustan los músicos, su lado bohemio y canalla, su manera de crecerse en el escenario, y de hacer el amor con el instrumento. Le mirarás más que a mí, y te acordarás de todos los músicos de tu vida, en especial de ese tan guapo que te pidió el teléfono en Barcelona. El que te quería llevar de fiesta. El cabrón aquel.

-Pero qué tonto te pones.

-Ya, claro. Tonto. Pero tengo razón y lo sabes. Se te pondrá tu mirada de pensar (esa mirada que tanto le gustaba) , y te quedarás embelesada con la música, y con el saxofonista. Y con su forma de moverse y vacilar con las chicas.

-Bueno , pues vamos a un concierto sin saxofonista. Trío de piano, contrabajo y batería. Es menos “peligroso”. ¿Aceptarías un trío de piano, y percusión? .

-¿ Un trío? ¿ Qué si aceptaría un trío?

-¡ Dios! , qué bobo te pones.

-Si, pero te gusta .

Quedaron en silencio.

Recordaron lo compartido: sus intentos de arreglar el mundo en una terraza ,  los paseos por la playa y los viveros, los bares con solera. Sus conversaciones trascendentales acerca de amor, sexo,  filosofía y sicólogos chiflados.  Discutieron y se les olvidó. Hablaron de cómo hacer para no herirse, e inventaron señuelos y esperanzas.

Visitaron librerías. Compraron poesía y cuentos. Cuentos que se leerían después, mientras escuchaban a Mahler, y se emocionarían. Y no podrían seguir leyendo.

Prometieron no mentirse, y ser leales. Ella le prestó toallas limpias. Volvieron a ver el mar, y a desayunar a deshoras. Entablaron tertulias interminables y se les pasó la hora de comer. Durmieron la siesta, y le dieron mil vueltas a su viaje a Sudamérica . El preparó la cena y lavó los platos. Ella puso la mesa y le ayudó a recoger. También recibió llamadas y mensajes de remitentes inesperados. Volvieron a discutir, pero esa vez, duraría menos. Aprendieron algo nuevo.

Regaron las plantas. Debatieron acerca del amor, y de los amantes, de las relaciones y de lo que esperaban de la vida. De la posibilidad de poder elegir. Bebieron vino. Se recomendaron escritores. Vieron fuegos artificiales. El hizo tonterias en el coche, mientras ella conducía. También se dejó olvidada (a propósito), una de sus camisetas favoritas, justo debajo de la almohada. La perfumó y le confesó su secreto en la estación.

Modificaron la lista de asuntos pendientes: Bailar, un picnic, ir al cine y al teatro, navegar en un velero y escribir juntos un cuento. Dejarse llevar por las olas del mar, y hacer la compra.  Ser cada vez más amigos. Más cómplices. Viajar y descubrir, hacer fotos y escapadas. Comprar ropa y golosinas . Creer el uno en el otro.

Ella rompió el silencio con toda la ternura del mundo.

-¿ Cuántas cosas crees que nos dejamos olvidadas en nuestra lista de asuntos pendientes?.

El rompió el encanto, a bocajarro.

- Casarnos, procrear y matar a todos los saxofonistas.

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viernes, 16 de julio de 2004


Después de todo éste tiempo a veces me da por pensar en lo que queda de mí, lo que queda de ti, lo que queda de mí en ti, lo que queda de ti en mí.

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martes, 13 de julio de 2004


De la forma mas insospechada, descubrió que había mil maneras de sentir envidia. No solo de las personas que aparecieran en su vida, y quedaran prendadas de ella. Sino también de la ciudad y sus calles.

Envidia de las ramblas, de las playas, de las aceras que pisaba, de aquellas que la veían pasear cada tarde. Envidia de las plazas, de los kioskos de prensa, de su portal , del ascensor que tomaba cada día , de los rellanos y los chaflanes, de la estación de metro, de los autobuses. De los jardines y los bares.

De todos y cada uno de los espacios abiertos que disfrutaran de su presencia, de su olor y su sonrisa.

Envidia de cada parque, de cada banco, de cada uno de los rincones que pudiera llenar con sus andares descarados.

Celos de escaleras y pasillos, de balcones y terrazas, de su dormitorio y su almohada y en última instancia, de sus toallas y sábanas, de su horquilla para el pelo.

Comprendió que había mil maneras de sentir envidia. También de las calles.

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viernes, 9 de julio de 2004


Y de repente hizo aparecer mas personas en su vida. Y el ilusionista perdió la cuenta.

Metió la mano en su chistera, y volvió a sacar otro amigo. Y otro, y otro. Y otro más. Tuvo miedo, pero aún así volvió a sacar otro.

Nunca dejaron de aparecer como por arte de magia. Y el ilusionista volvió a perder la cuenta.

Nunca llegó a saber todos los que habían, ni todos los que vendrían.

Al otro lado del oceáno, al otro lado del planeta, de su almohada o de su cuarto. Apostando en el portal, en la orilla de la playa o en los pasillos de la facultad.

Tenía una chistera sin fondo.

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lunes, 14 de junio de 2004


Me gusta mi ciudad. Me gusta llenar de canciones la mochila del alma, y salir al mundo, escuchando mi banda sonora personal. Y que me echen lo que venga.

Hay canciones que te alegran cualquier momento. Tienen ese poder. Canciones que te encienden el alma. Y que no dejas de oir. No puedes.

Quiero abrazarte tanto.

Asi que canturreando canciones, mientras cruzaba las calles de la ciudad, con una mano en el volante, y la otra tamborileando ritmos en la ventanilla, he pensado en las cosas que me ilusionan, en lo sorprendente que puede ser la vida. Y como no, en ti.

Y pensando, pensando, canturreando , canturreando, he olvidado mi destino, poner el intermitente a la izquierda, y el carril que me llevaria al lugar adecuado.

Total, que casi me salgo de la ciudad. Solo de pensar en ti.

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domingo, 13 de junio de 2004


Pilar te mira y te sientes en paz -en calma con todo-, habla con voz bajita y dulce y te sientes cómo te envuelve con toda su ternura.

Quizás sea ese el motivo por el cual es capaz de resucitar flores y plantas. Desde siempre, desde muy niño, recuerdo que si venía a casa o visitaba a cualquiera de sus nietos se preocupaba de las macetas que peor aspecto tenían. Era capaz de devolverles la vida sólo con mirarlas, con hablarles con el mismo cariño que a nosotros, con cantar a media voz. Hoy recordábamos eso y sonreía cómplice, como no queriendo darse importancia.

Me hace la misma pregunta cada vez que me ve: que cómo voy de amores y siempre -sea cierto o no- le contesto lo mismo: "Pero Abuela, a mí quién me va a querer!..." , luego contesta que con lo bueno que soy seguro que me tienen que querer muchas buenas mozas. Pregunta por el trabajo y por la música, también por la magia y por las tatas.

Me coge la mano, y entonces jugamos al juego de siempre, le toco el pelo y se lo acaricio, como queriendo aplastar todo su volumen, para hacerla rabiar un poquito y que manifieste su coqueteria. Confiesa que siempre se acuerda de mí, pero que cuando se peina o se lava la cabeza, mucho más y adoro ese detalle porque esos son los lazos que uno crea con alguien, justo aquellos que hace que te recuerden por algo en concreto que nadie más asociaría contigo. Le pregunto si sabe lo que es Internet y me dice que sí y me lo explica, le digo que le escribo cuentos, que algunos hablan de ella y me pide que algún día se los lea.

Y también como casi siempre vuelve a la cantinela de querer irse con el abuelo, que sólo está aquí para molestar y para que le duelan las piernas o el alma, que tiene muchas ganas de encontrarse con su marido. Me pide, que cuando la entierren, ponga a su lado los cuentos que le estoy escribiendo, para que se los pueda leer con tranquilidad siempre que quiera, entonces que tendrá más tiempo. Le dejo hablar, le dejo que siga siendo ella misma y aunque me encantaría echarle una bronca cariñosa, sólo la miro y le digo que, de momento, sería buena cosa que se quedara aquí con nosotros, porque nos encanta que esté a nuestro lado. Le hago arañitas en la mano y un truco de magia: hago desaparecer una moneda que reaparece en su pelo.Es en ese momento que suele hacer el comentario de que seguramente a las chicas no les tocaré el pelo de la cabeza, le contesto que toco lo que se puede. Lo que se puede y lo que me dejan. Nos hace mucha gracia todo eso y sonreímos mientras me despido.

Se asoma por la ventana (todavía puede hacerlo) para ver cómo me alejo con el coche. Se queda agitando el brazo, llamándome con la misma dulzura con la que lo hacía cuando tenía apenas unos años. La sonrisa le alcanza hasta donde estoy.

Entonces se me mueve todo por dentro porque me vuelvo egoista y deseo en voz baja que aún no se vaya con el abuelo.

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sábado, 12 de junio de 2004


Te regalo un cuento. Podía haber sido un paseo por el parque o una canción a medio hacer. Un capuccino en tu plaza favorita o un truco de magia sin ensayar apenitas.

Pero no. Quería que fuera un cuento. No para después de hacer el amor ni para que nos echemos de menos. No para que suene el Adaggieto de la quinta de Mahler, ni nada por el estilo. Te regalo un cuento para que puedas hacerlo tuyo dibujándole una narizota, para que lo compartas con tu vecina de escalera o con tu gato. Para que elijas la banda sonora que te apetece que suene de fondo mientras lo lees.

Yo tengo mis canciones para escribirte. Tú las tuyas para leerme.

Te regalo un cuento para que puedas llevarlo contigo, dobladito en el bolso o entre las páginas de un libro de Benedetti. Para que cuando te enfades conmigo puedas estrujarlo y hacer con él una pelota de papel, arrojarlo por la ventana y mirar complacida cómo lo atropella un autobús. Para que lo fotocopies mil veces y le entregues un ejemplar a quien más te apetezca. Para que envuelvas con él una manzana o para colgarlo en tu pared. Para que le claves alfileres los días en los que me matarías. O para apuntar encima del título el teléfono de tu banco.

Te regalo un cuento improvisado. De esos que empiezas a escribir sin pensar y que no sabes cuándo acaban. Te regalo esta noche y todas las demás. Te ofrezco mi sonrisa non stop, sin conservantes ni colorantes. Aún a riesgo de poder ser acusado de alevosía y nocturnidad y aunque puedan encontrar muchos más agravantes.

Te dejo abierta la ventana para que te cueles, para que me espíes ésta noche. Para que me veas sin que te vea. Para que me cuides un poco sin que yo lo sepa.

Te regalo una idea. El concepto más hermoso de complicidad, un escenario vacío en el que buscar la manera de encontrarse. Te regalo un cuento que habla de amigos y de sueños, de noches de verano pegajosas, de mí mismo mientras imagino tu cuarto desde lo alto del cielo antes de lanzarme en picado sobre tu almohada. De kamikazes que se estrellan en tus brazos y que no vuelven a despegar, ni falta que les hace.

Te regalo el kit completo de cariño, el maletín mágico con el que jugabas de niña a maquillar muñecas y cocinar guisos de plastilina mientras yo fabricaba dinamita con el Quimicefa.

Te regalo un cuento indeterminado sin pies ni cabeza, sin trama ni desenlace final, sin argumentos y sin actores de reparto. Sin moraleja, y si la tiene, que sólo tú la conozcas. Lo único que necesitas es apagar la luz, cerrar los ojos y la puerta de tu habitación, no necesariamente en ese orden. Dejar que te lea al oído, olvidarte de las facturas y del telediario. Quererme un poco más que hace cinco minutos y hacérmelo saber, de alguna manera.

Te regalo un deseo. Llenarte de unas ganas locas de reír y de que salgas corriendo en busca de una diadema bonita para el pelo. Que necesites llamarme y te encuentres pidiéndome que apague la luz, que cierre mi puerta y entonces, empieces a leer el mismo cuento que estás leyendo ahora. Y ojalá no podamos dejar de llamarnos cada noche, para contarnos el mismo cuento. Toda una vida.

Un cuento para llevarte de viaje, y para leerle a tus hijos y a los míos, a tus nietos y a mi abuela. A las calles y a los parques.

Te regalo un cuento sin papel de colores ni un "espero que te guste". Sin aplicar el IVA y sin descuento por pronto pago. Un cuento que habla de ti y de mí, que pueda leerse cualquier día del año, a cualquier hora, sea cual sea tu estado de ánimo o tu sabor favorito de helado.

Te regalo este cuento.

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Cuento finalista (segundo clasificado) del IV Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor de Escuela de Escritores. (www.escueladeescritores.com)

Relato finalista de la edición IV del concurso de cuento Yoescribo.com (2005). Mención especial. (www.yoescribo.com)

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Julio-Agosto 2006)

Existen diferentes versiones de este relato en Internet, algunas de ellas reconocen la autoría del mismo, otras no. Esta es la versión original.


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