lunes, 30 de julio de 2007


El aviso era claro. El mundo se terminaba dando una última gran pataleta. En su lugar vendría uno nuevo que, por lo pronto, estaba a medio levantar. La fecha de entrega se cumpliría, eso es cierto, aunque nadie podía esperar que el nuevo mundo estuviera concluido sin defecto alguno en el plazo acordado. Desde el exterior, a una altura considerable, se podían observar los continentes desdibujados, todo porque a última hora decidieron rechazar la creación de los nuevos a imagen y semejanza de los que ya existían. Hubo que improvisar. Se impuso en el concurso de ideas la corriente más progresista que apostaba por grandes superficies de agua que, en cualquier caso, no distaran tanto las unas de las otras como las actuales. Hubo consenso en el número: nueve continentes y siete océanos. Un equipo -el más creativo- se encargó de la orografía, otro más multidisciplinar de las razas y las etnias, un tercero de las diferentes lenguas y dialectos y así se sucedió todo lo demás: especies animales, sistemas de creencias y filosofías, una ética y moral únicas a modo de derechos humanos universales. Un comité de sabios tuvo que seleccionar los libros y las obras de arte que se salvarían del peor de los finales pero nadie quedó enteramente satisfecho. Por supuesto, todo el que quisiera tenía un lugar que le correspondía por derecho propio en el nuevo mundo sin coste adicional, era lo acordado por los gobiernos involucrados en la destrucción del anterior. En contra de lo que pudiera parecer lógico, quien así lo deseara podría optar por desaparecer con el viejo. Con las prisas, no se alcanzó un acuerdo con el nombre que le darían al nuevo y así fue que durante años nadie supo en qué mundo vivía, cómo se llamaba, ni cuánto duraría esa vez.

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jueves, 26 de julio de 2007




Ti regalo questo, potrebbe essere una passeggiata nel parco o una canzone senza fine. Una lettera d’amore, un cappuccino nella tua piazza preferita o un trucco di magia senza preparazione.

Ti regalo questo così lo porti con te, piegato nella borsa, o fra le pagine di un libro di Benedetti. Così quando ti arrabbierai con me potrai stropicciarlo o fare una palla e buttarlo dalla finestra e guardare felice come lo schiaccia un bus. Per incartare una mela o per incollarla al muro. O per scriverci sopra il numero della banca.

Qualcosa di arrangiato. Quelle cose che inizi a scrivere senza pensare e che non sai quando finirà. Ti regalo un tango di Piazzolla così lo ascolti mentre ti fai i capelli. Ti regalo un sogno, una camminata sulla riva del lago, magari a Bariloche, una passeggiata per le strade di Buenos Aires o un caffè al Tortoni.

Ti regalo un’idea. Il concetto più bello della complicità, uno scenario vuoto nel quale cercare il miglior modo di trovarsi.

Ti regalo queste righe imprecise, senza capo né coda, senza trama né fine, senza argomenti e senza attori principali. Senza una morale. E se ce l’ha, che solo tu lo sappia.

L’unica cosa che devi fare è spegnere la luce, chiudere gli occhi e la porta della tua stanza, non necessariamente in quest’ordine. Lascia che ti parli piano, dimentica le fatture ed il tg. Amami un po’ di più di cinque minuti fa, e fammelo sapere in qualche modo.

Ti regalo un desiderio. Riempirti di voglia di ridere e di scappare correndo. Che tu abbia bisogno di sentirmi e di trovarti a chiedermi di spegnere la luce, che chiuda la mia porta e allora, iniziare a leggere questo che ora stai leggendo. E magari non riuscissimo a smettere di chiamarci ogni notte, per trovarci nella stessa favola. Tutta la vita.

Lascio aperta la finestra perché tu possa entrarci, per potermi spiare. Per vedermi senza che io ti veda. Perché tu abbia cura di me senza che io lo sappia.

Una favola per portarti in viaggio. Nelle strade e nei parchi.

Ti regalo queste parole senza carta colorata, né uno “spero che ti piaccia”. Parole che parlano di te e di me, che possano leggersi qualsiasi giorno dell’anno, a qualunque ora, sia quale sia il tuo umore.

Ti regalo questa storia.


Nota: De todas las versiones que pueden encontrarse en internet de "Te regalo un cuento", hoy he descubierto que también existe una traducción al italiano. La ilustración es de Cecilia Varela y forma parte de las imágenes que queremos incluír en el libro del cuento.

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martes, 17 de julio de 2007




Estaba a punto de ganar la costa, cuando escuché los gritos de una mujer, que pedía auxilio. Con gran dificultad había conseguido acercarme a la playa, y no tenía intención de retroceder. Fue cierto sentimiento de vanidad, de suficiencia, más que la generosidad, lo que me llevó a cambiar de parecer. Oscurecía, el cielo amenazaba tormenta, y hubiera sido más fácil nadar unos metros más hacia la orilla. Pero yo ya estaba salvado, y nada hay más peligroso en este mundo que un hombre que ha vuelto a nacer: en su interior, está convencido de que ya nada grave le ocurrirá y especialmente sospecha que su salvación se debe a ciertos méritos personales —la astucia, la inteligencia o la imaginación—, a partir de los cuales es invencible. Pronto olvidé que era un sobreviviente y las fatigas que eso me había causado: retrocedí con arrojo, con el excedente de vida que me sobraba.

El mar estaba picado, y una luz confusa, amarillenta, presagiaba vientos y relámpagos. Las olas, cada vez más altas, comenzaban a precipitarse con mayor rapidez. El mar era azul, profundo, pero a lo lejos se ennegrecía como un tumor. No había visto nunca antes a aquella mujer, y no me pregunté nada acerca de su naufragio: procediera de donde procediera, se estaba ahogando, y aunque gritaba, no hacía gran cosa por evitarlo. Viéndola sumergirse y reaparecer, con los cabellos sueltos y los ojos desorbitados, llegué a pensar que esa mujer, por algún raro fenómeno, no flotaba. De modo que procuré ayudarla con mis gritos:

¡Flexione las piernas! ¡Muévalas! ¡Agite los brazos en círculo! ¡Cierre la boca!

No sabía si oía mis instrucciones, pero pensé que de todos modos, si el eco de mi voz le llegaba, iba a tranquilizarse un poco: comprendería que no estaba sola, que otro náufrago —recién salvado— se precipitaba en su ayuda. Creo que no me equivoqué, porque a poco de escuchar mi voz, súbitamente su cuerpo se aflojó, adquirió una consistencia de medusa, y comenzó a flotar. Esto me tranquilizó. Sin embargo, no flotaba todo el tiempo. Como sacudida por bruscos impulsos, difíciles de contener, de pronto se sumergía otra vez, repleta de agua, y volvía a reaparecer, extenuada y convulsa. Entonces yo insistía con mis gritos.

La distancia que nos separaba ya no era tan grande, pero yo estaba cansado y muchas veces las olas, aprovechando mi extenuación, me hacían retroceder. Tenía los ojos enrojecidos, la mandíbula inferior me dolía y respiraba con mucha dificultad. Pero me concentré en dos brazadas largas y los metros que nos separaban los superé con un supremo esfuerzo: cuando el agua estaba a punto de arrebatarla conseguí sostenerla por el cuello.

—Tranquilícese —conseguí balbucear.

Aflojó tan súbitamente todo el peso de su cuerpo, que sentí como si un enorme globo, lleno de gas, se precipitara sobre mí. El impacto fue tan inesperado que me impelió otra vez al fondo, y la solté: esa nueva incursión a las entrañas del mar, con su sucio lodo verde y los residuos calcáreos me llenó de horror y por un instante me dejé arrastrar en la corriente, como un pez envenenado que ha perdido el sentido de la orientación. Pero me recuperé en seguida, y recordando a la náufraga, estiré los brazos y la atrapé otra vez. Ella bufaba y lanzaba agua como el hocico de una ballena; en realidad, parecía pesar lo mismo. Cuando conseguí asirla por el cuello, dio patadas al aire, gruñó y yo tuve que aconsejarla.

—Tranquilícese. No tenga miedo. Pronto habremos ganado la orilla y ya habrá pasado todo.

Decidí remolcarla asiéndola por la nuca, pero ella se revolvía como ciertos peces cuando han mordido el anzuelo: conducirlos hasta la costa es una tarea lenta, pesada, que exige enorme habilidad. Igual que el hombre que ha conseguido enganchar un pez espada, para atraerlo, debe soltar línea y dejarlo sacudirse y alejarse, yo debía, por momentos, permitir que el agua se la llevara un poco y aprovechar los momentos en que su resistencia disminuía —o era menor la presión de las olas— para arrastrarla.
Entre tanto, el cielo había oscurecido por completo y algunos relámpagos brillantes lo cortaban en dos, con trazo desigual. Yo aprovechaba esas fugaces iluminaciones para orientarme. Cuando conseguí colocar una de mis manos bajo su axila, pensé que iba a ser más fácil transportarla, pero una violenta sacudida de su cuerpo volvió a separarnos, y no tuve más remedio que reconvenirla.

—¡Un poco de cordura, por favor! —le grité, mientras un relámpago nos iluminó con su amarillento fulgor. Había comenzado a llover, y el agua que me golpeaba la cara, en medio de la oscuridad, me parecía salida de un pozo. Tuve miedo de perderla, en el forcejeo con el agua, pero de pronto me di cuenta de que ella se había aferrado muy hábilmente a mí: sentí el ardor de dos heridas abiertas, en mis costados, allí donde sin duda hubiera sido conveniente que yo tuviera dos asas, como las vasijas, para que pudiera agarrarse mejor.

—¡No apriete tanto, señora! —le grité en medio de un borbotón de espuma que me cubrió la boca.

Fuera como fuera, ella había encontrado una posición bastante cómoda para deslizarse, y no creí oportuno rectificar: debía nadar un buen trecho, todavía, para llegar a la costa; luego me haría curar las heridas.
Nadé unos cuantos metros en esa posición, con ella a mis costados. Pero un golpe muy fuerte de agua debió separarla, porque de pronto sentí que su presión aflojaba, y cuando me volví para ayudarla a mantenerse a flote, un feroz puntapié en el vientre me impelió lejos. Sentí que las aguas me desplazaban hacia adentro, sin resistencia, como un barco desarbolado. Yo iba conducido, mecido por ellas, en un sueño lleno de reflejos, de náusea y de gruñidos. Estaba tan agotado que no tuve deseos de oponerme a esa corriente.

Cuando conseguí abrir los ojos y volver a flotar, en la penumbra alcancé a divisar a la náufraga. Ahora se deslizaba sobre un madero. Había conseguido asirlo con ambas manos y navegaba en la corriente, esta vez en dirección correcta, hacia la costa. De vez en cuando, sin embargo, lanzaba gritos de terror, como si tuviera miedo de soltarse o de no llegar. En cambio a mí las olas me empujaban hacia adentro, aprovechando mi languidez. Tenía los ojos turbios y las piernas, heladas, ya no me respondían. Pero era un hombre salvado, de modo que le grité:

—¡No se suelte! ¡Déjese llevar!

Estaba a punto de desmayarme, pero tuve miedo de que el cansancio la venciera, de modo que conseguí elevar la voz:

—¡No se duerma! ¡Pronto hará pie! ¡Conserve su valor!

Aunque las olas me impulsaban hacia adentro, yo era un hombre salvado y los sobrevivientes suelen ser generosos, por lo menos, durante un rato. Esa pobre mujer podía ahogarse, de modo que gasté mis últimas energías en proporcionarle apoyo moral para llegar a la costa. El cielo había aclarado, con la misma rapidez con que oscureció, y aunque yo tenía los ojos entrecerrados, pude ver la oscura figura de la mujercita, a caballo del madero, muy próxima a la orilla. Seguramente mi voz ya no alcanzaba, para decirle que podía soltar ya su salvavidas y .ganar la costa a pie. Pero era posible que se diera cuenta por sí sola; en cuanto a mí, no había ningún peligro: aunque las olas me conducían hasta el fondo y sentía los pulmones llenos de agua, nada podía ocurrirme: era un hombre salvado, al que ya nada más puede sucederle.

(Cristina Peri Rossi)

Ilustración: © Lorenzo Mattotti

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domingo, 8 de julio de 2007




Lo peor de todo es la sonrisa. A continuación me desarma y pierdo el mapa de la galaxia. Lo hace siempre, como quien no quiere la cosa, partiendo de una mirada de factura grave, como de estar a punto de perder el contacto con la nave nodriza y precipitarse después en algún agujero negro sin tiempo para volver al primer segundo de la cuenta atrás, al lugar de no retorno. Y claro, luego llega sin avisar la sonrisa, su sonrisa, rompiendo la escena en la trama de un tapiz hermoso, quedándose tan tranquila, tan en calma, inmune a su propia verdad, echando a volar lejos como si acabara de sobrevivir a una catástrofe aérea, sin darle ninguna importancia, sin saber -sin tener ni idea- que por una sonrisa así, los gobiernos insurgentes desarmarían todas las cabezas nucleares del planeta y levantarían en su lugar nuevas escuelas, nuevas formas de entregarse a la causa, nuevas maneras de morir de amor.

Fotografía: © Virginia Gálvez

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domingo, 1 de julio de 2007


A veces el chico piensa en tomar un tren o un avión o un autobús de línea y visitar por sorpresa a aquella novia que tuvo y a la que tanto quería. Otras, sencillamente se conforma con el hecho de verse acosado por esa determinación y pensar que un día de estos tomará por fin ese tren o ese avión o ese autobús de línea. En los días peores, simplemente piensa en tomar sin más, y no hay tren, ni avión ni autobús de línea, tan solo una botella de cerveza caliente o de vodka del malo comprada de regreso a casa en los chinos de la esquina. Bebe de un trago, empinando la botella y cerrando los ojos, y le reconforta pensar en una inocencia que ya no tiene, en su nariz pegada contra el cristal mientras hace dibujitos con los dedos y se imagina la cara de ella cuando él se plante en el portal de una calle cualquiera que se figura cuesta arriba o empedrada o las dos cosas.

Quizás, se dice, le lleve un regalo; una pulserita, un collar o una tortuguita en una tartera de plástico, porque ya siendo novios descubrió que a ella le encantaban las tortuguitas y las salamandras, aunque ahora no recuerda si era a ella o a aquella otra, y desecha la opción de la tortuguita pero no la de la pulserita de cuentas. Después de todo, no ha pasado tanto tiempo y seguramente ella le recuerda como no recuerda a nadie y poco importa si anda con alguien medio en broma o medio en serio porque nada más se lo encuentre parado como una estatua triste en esa calle empinada de adoquines azules, un pulsador gastado dará la orden o la contraorden de recordar las cartas antiguas y las que no fueron escritas o enviadas.

La chica a veces piensa en tomar un tren o un avión o un autobús de línea y visitar por sorpresa a aquel novio que tuvo y tanto quería. Otras, simplemente se conforma con tomar una determinación con respecto a ciertos asuntos menores que puede posponer o retrasar sin perjuicio alguno. Qué hacer, comprar ya el vestido de topos negros que la espera en aquella vitrina del centro o esperar a las próximas rebajas. En los días peores, simplemente piensa en que los días peores pasan y se diluyen en el tiempo como un mal viento. Mira la botella de whisky dorado que compró un día de bajón en el súper pero nunca llega a beber. La cajera de mediana edad y pelo teñido de rojo le miró enarcando las cejas, como pidiéndole una explicación, y ella, un poco avergonzada, hubiera querido decirle que no es de esa clase de chicas que beben a solas. Le reconforta pensar en su nariz pegada contra otra nariz mientras hace deditos con dibujos y se imagina a ella misma plantando cara a la vida que se presenta cuesta arriba o empedrada o las dos cosas.

Quizás, quién sabe, se haga un regalo, algo que no sea tan caro y maravilloso como el vestido de topos negros que siente deseos de robar cada vez que pasa ante el escaparate de esa boutique. Tal vez bastará con una pulserita de plástico o un collar, cualquier cosa menos una de esas tortuguitas con su islote y su palmera de mentira, o una salamandra con ojos de vieja que ya no son de su agrado, desde que el chico del que aprendió a olvidar hasta su nombre (en realidad no lo hizo pero se atrevería a jurar que sí) desapareció con la promesa de volver un día en un tren o un avión o un autobús de línea y con el que querría encontrarse para preguntarle por qué o a santo de qué vino tanto olvido.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Julio-Agosto 2007)

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lunes, 25 de junio de 2007




El protagonista de esta historia tiene un día de perros: su mujer se la pega con Desgana, un tipo gris y grasiento que se encarga de cuidar el patio de vecinos y se beneficia —también— a la del tercero, luego está el añadido del cabrón de su gestor, que sólo le da disgustos con el IVA y que nunca conseguirá que le salga nada a devolver, y también su jefe —otro figurín— que sabe cómo sacarle de sus casillas cada vez que se acerca a esa triste mesa de oficina mientras le mira de soslayo. Muy raro todo.

Muy raro todo. Eso y el codo de la tubería del fregadero, que se sale, y que seguro que fue el detonante de su primera ración de cuernos: tuvieron que llamar a un fontanero que no tendría más de dieciocho primaveras, que andaba aprendiendo la profesión familiar y que entre ñapa y ñapa se entretenía —cómo no— amasando los pechos de las señoras hartas de la vida y necesitadas de contar algo interesante en las meriendas caseras de Stanhome. Claro.

Claro que lo último que imaginaba era lo de la junta de la culata, porque mira que es jodida una reparación de esas, lo dice el del taller, con su palillo en la boca y todo, mientras se rasca la cabeza y después la entrepierna.

Seguro que de trescientos no baja,
déjeme puestas las llaves que intento hacérselo rápido,
pero ya ve cómo andamos de trabajo,
y más ahora, para navidades…
que la gente lo quiere todo para antes de ayer

Antes de ayer había sido un día triste pero sin sobresaltos, al menos eso es lo que piensa, un día sin grandes cataclismos, un día sólo para dejar pasar. Le gusta arrancar la hoja del calendario de la parroquia que cuelga de la pared grasienta de la cocina desde abril y que se quedó petrificado en un domingo veintisiete.

Veintisiete son los euros que le quedan para acabar el mes y están a día ocho. Cómo hacer para llegar a treinta y uno y sobrevivir a los recibos, a las fechas señaladas, a las solitarias cenas familiar y, por supuesto, a Desgana que copula sudoroso sobre su mujer, o igual ni eso, a lo mejor sólo la apoya contra el fregadero (no quiere ni pensar que fue así como empezó a gotear el codo) y terminan en dos minutos, sin bajarse los pantalones. A veces, se sienta en alguna plaza para no llegar tan pronto a casa, se busca en los bolsillos, encuentra cinco euros de los veintisiete que le quedan y que tan a gusto se gastaría en una cerveza o en un bote de salfumán para tomarse de un trago, luego suele cambiar de idea y compra un paquetito de castañas que le llevará a su mujer, que seguro que ha tenido un día peor que el suyo, porque las meriendas de Stanhome son harto aburridas y porque tiene que sufrir a Desgana que, al fin y al cabo, es un tipo desagradable que se encarga de mantener entretenida a su Paqui, la pobre, todo el día tan solita y tan venida a menos.

Ilustración: © Cecilia Varela

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lunes, 14 de mayo de 2007


Quedaban doce horas para el fin del mundo, doce horas para abandonar aquel territorio frágil pero hermoso que habíamos levantando a base de ideales románticos y canciones de Serrat. El sitio donde estar a salvo de todo y al que íbamos a caer agotados noche sí, noche también, mientras nos contábamos qué tal en el trabajo o con los chicos, qué tal la vida en general. Los días fueron cayendo como losas a la espalda, aplastando toda posibilidad de un reencuentro o de un arreglo, algo que nos hubiera dado un poco más de tiempo, fuerzas o ganas de salvar la nave, la misma que una vez navegó enamorada y decidida. Se había ido desmontando poco a poco, como la casita o el castillo con piezas de Lego que se alzaba cada tarde en el cuarto de los juegos, y yo no supe/no quise/no pude (táchese lo que proceda) darme cuenta. Los niños enseguida supieron que papá y mamá los querrían mucho, que nada entre ellos y nosotros cambiaría y que tendríamos que ayudarnos entre todos para hacer las cosas más llevaderas. Violeta devoró un paquete de tizas y estuvo con fiebre cuatro días seguidos, Nicolás, que nunca antes se había peleado con nadie, visitó tres veces en una semana el despacho de la directora y la enfermería. El mismo día que terminamos de pagar el coche, Alma me recogió por sorpresa en la oficina, fue breve.

Tenemos que hablar y no, no hay nadie más.

Quedaban doce horas para el fin de todo mi mundo y eso significaba que Violeta y Nicolás tendrían que cuidar de mamá y que yo no me perdería ni uno solo de los partidos de fútbol ni los festivales de fin de curso. Mi abogado dice que ella ha sido generosa, que dé gracias porque podía haberme quedado sin nada: incluso sin Alma.

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martes, 1 de mayo de 2007


En el momento justo en que se encuentra pensando en ella y la extraña, la actriz inicia el cortejo en aquel café de ambiente y de encuentros efímeros. El alcohol y cierto cuerpo de hembra arman el resto; la actriz hace el amor con otra mujer - pensamos que otra actriz o quizás una escritora- y se modelan en femenina multitud. Como la noche cobija los desvaríos de unos cuantos, él sigue pensando en ella aunque desconoce que en ese instante preciso, la actriz tantea otro cuerpo de mujer no tan distinto del suyo pero que apenas tiene nada que ver. Cada cual con sus delirios -unos por echar de menos y otros por echar de más- nadie termina sabiendo quién se piensa o quién se abraza. En todo caso el lector guardará el secreto encerrado en una arquilla de roble perfectamente sellada con su silencio.

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martes, 24 de abril de 2007


Claro, claro que yo quería haber sido un magnífico velero Nimbus de 22 metros de envergadura. Cómo no iba a querer, si la envergadura era lo primero que tenían en cuenta el resto de artefactos voladores, sobre todo las cometas, aquellas elegantes cometas a las que recuerdo flotando en el aire de espaldas como bañistas de perfil indolente justo antes de iniciar el cortejo aéreo. En aquel tiempo, si dabas la medida adecuada, podías volar junto a ellas, olisquear la estela que dejaban tras de sí y acariciar la esperanza de poder ser considerado uno más en el cuerpo de baile. Yo, pobre de mí, que vine antes de tiempo y del revés -por la cola- hecho un casi nada. Yo, que nunca pude saborear ciertas glorias a pesar de ser aerodinámico por naturaleza y terco como un bailarín irlandés. Me esforzaba, eso sí, con verdadero entusiasmo en mejorar la técnica de vuelo, día tras día se me podía divisar planeando hasta la extenuación por más que intuyera que al final de cada trayectoria ascendente sobrevendría aquel agónico instante en que, rodeado de cirros burlones, dudaría de mis posibilidades, de mi equilibrio, dibujando una enorme “O” desalentada en el aire, una suerte de bucle en espiral antes de terminar estrellándome en la maleza del jardín o entre los brazos flacos de algún niño abúlico que me estampaba contra el suelo poco después, en el vuelo más humillantemente corto que nadie pudiera figurarse. Un vuelo pesadilla igual de amargo que los tortazos que los curas del colegio propinan en las narices a los niños bobos.

En honor a la verdad y por mucho que esta duela, yo era tipo de vuelos rasos. Las pocas veces que lograba alzarme a una altura digna de mención mi odisea terminaba, indefectiblemente, en un fenomenal constipado de vías altas, las palitas de mi hélice enrojecidas, protestando con un aleteo nasal que le hubiera partido el alma al ingeniero aeronáutico más implacable. Así transcurría mi vida de avión fracasado, saliendo trasquilado de parkings de aeropuertos y campos de vuelo, entre la indiferencia del resto de la flota y algunas acrobacias ridículas con las que intentaba llamar la atención de los grandes, aquellos que eran capaces de dibujar arañazos infinitos en la espalda del cielo. Y eso contando con que todo saliera bien y no me topara en el viaje con algún terrible ingenio teledirigido, como aquella vez que fui arrollado por un flamante B52 y casi no salgo del taller de reparaciones.

(Ahora tengo unas alitas nuevas a las que no termino de acostumbrarme)

Esa es mi historia, mejor dicho, esa era mi historia, la penosa cadena de acontecimientos a la que estaba condenado si no hubiera sido por Nora que me rescató de ocupar un rincón en la sección de aeromodelismo de alguna tienda de juguetes. Todo hay que decirlo, ahora sé que mi destino había sido escrito para algo grande y ese, sin duda, es el motivo por el que nunca fui un velero o un zeppelín. Pero tuve que entender después: era necesario comprender que mi rumbo era otro, era necesaria Nora, cada dos semanas en un hotel de extrarradio y la fachada de ladrillo cárdeno contra la que me estrellé por azar o más bien a causa de una trayectoria inverosímil, hace cosa de un año, en las cercanías de la Terminal de salidas internacionales. Ese batacazo afortunado me permitió avistar un segundo la silueta de Nora, fatigada en uniforme azul, ante el espejo, desabrochando un botón, soltando un pañuelo que le ceñía el cuello. Nora, mi vigorosa azafata escandinava, hecha de pequeños retazos al principio, fotogramas de unos ojos cobalto hinchados por el sueño y la ropa interior blanca que me daba tiempo a coleccionar en mi memoria antes de perder el conocimiento, estrellado en la parte de atrás del hotel, junto a las sobras de la cocina y a un gato rojo que me veía caer muy serio, preguntándose quizás, qué clase de estúpido palomo era yo.

En todo ese tiempo vi a Nora marcando el teléfono de aquel piloto casado que ya no acudía a sus citas. La vi soltar con desaliento la cola de caballo que ceñía su pelo de princesa vikinga, la vi desnuda de cintura para arriba como un espléndido mascarón de proa, colocándose un par de tapones en los oídos 22 veces, puesto que 22 fueron, si las cuentas no me engañan, los lanzamientos fallidos que tuve que efectuar hasta que conseguí rebasar la fachada y pude contemplarla del todo, tendida sobre la cama, dejando pasar las tardes con la falda recogida bajo los muslos, acariciándose para sí misma. De ese modo se sucedían los días de manera cíclica: volaba hasta su ventana en cada una de las escalas transoceánicas, lograba impulsarme lo suficiente como para remontar el patio exterior y el jardincito, cruzar el alféizar y divisar a Nora palpándose, como si quisiera comprobar que ella misma era real. Toda mi existencia, de repente, se dibujaba con forma de un arco perfecto trazado milimétricamente hasta sus muslos, un cielo nórdico y mejor. La primera vez que caí sobre la cama, Nora se asustó y me dio una patada que me hizo perder el sentido. Pero entonces se apiadó de mí, me recogió del suelo y me dejó descansar en la mitad izquierda de su cama de hotel, hasta que me recuperé un poco. Después se acostumbró a verme aparecer al otro lado del cristal y con el tiempo llegarían las propulsiones programadas, los suspiros cada vez que aterrizaba en su pista y las palitas de mi hélice comenzaban a rotar felices dentro de Nora. Por encima de todo y de todas las cosas, encajarme en Nora sería el destino.

Nora ya no me dejó marchar. Ahora viajamos juntos en cada uno de sus vuelos internacionales y me protege de las miradas curiosas ocultándome dentro de su maletín azul. Nora, dispuesta a arrojarme en cualquier momento como un boomerang leal contra su cuerpo de acorazado ruso, Nora experta en el cálculo órbitas satisfactorias, Nora autosuficiente, tripulando mi existencia con rigurosidad soviética. Nora, mi discreta azafata escandinava, cerrando tras de sí la puerta de alguna habitación de hotel, dispuesta a recibirme complaciente, satisfecha como nadie de formar parte de una de las dos mitades que conforman esta extraña tripulación.

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jueves, 19 de abril de 2007


La situación es la siguiente: él se mira la entrepierna por debajo de las sábanas y descubre que ha perdido su habitual y formidable erección. Lo de formidable es un calificativo que acostumbran a usar algunas de las mujeres con las que mantiene la nada desagradable costumbre de compartir confidencias y algo más que complicidad, en realidad algo mucho más cercano a la lujuria que a la ternura. Conviene aclararlo. Se palpa un poco, primero en un movimiento suave y delicado, como si estuviera pidiendo permiso a su propio pito, después emprende un movimiento más mecánico y carente de toda sutileza. Conoce bien los principios hidráulicos de la erección y le sorprende aquella ausencia. No está acostumbrado a echar de menos una erección, es más, en ocasiones suele pensar que padece del mismísimo mal de Priapo y le gusta imaginarse obscenamente fálico, en una erección perpetua, despertándose en medio de la noche y erecto, colocando las manos protectoras sobre su dureza como el niño que quiere conciliar el sueño mientras coquetea con el lóbulo de su oreja, habituado a la misma firmeza de siempre cuando amanece, a hacer cualquier cosa cotidiana en permanente estado de erección, a tener que disimular en el autobús o en el metro, en la fila del banco y en la oficina, supeditado a hacer lo imposible para ocultar su inoportuna manifestación eréctil y permanecer alejado de las miradas sorprendidas y morbosas que parecen darse cuenta de todo lo que ocurre bajo su bragueta.

Intenta recordar la última vez que vio su erección, hace un esfuerzo considerable, visualiza imágenes poco definidas de las últimas horas, intentando encontrar el momento y el lugar exacto donde la extravió, todo ello al tiempo que inicia una oscilación pélvica que le permita encontrar el estímulo adecuado para recuperarla. Se acaricia, busca una postura más cómoda y piensa en calzoncillos y en lo poco que le gusta la palabra calzoncillo, piensa en eso porque le resulta familiar -por reciente y continuada- la imagen cada vez más cercana de su presunta última erección bajo la ropa interior hace una o dos noches, en esa misma habitación, esperando visita y notablemente excitado.

Salta de la cama y busca en el cajón de los calcetines. Tampoco le gusta cómo suena la palabra “calcetines”. Revuelve en todos los cajones , quizás con las prisas dejó olvidada su erección entre las prendas que tienen los nombres más feos de la casa. Enseguida le asalta una duda: es posible que su última erección no fuera solitaria sino compartida, lo peor del asunto es que no le gustaría tener que llamar a la última mujer con la que se acostó, puesto que no quedaron nada bien. Como si no quisiera aceptar esa posibilidad, busca también en el sitio de las toallas y bajo el somier. Chasquea la lengua contrariado. Se arma de coraje y marca el número de la chica con la que no desea hablar, ¿qué pensará ella de una llamada así?, seguro que la imagen que ella tiene de él no mejora en absoluto, posiblemente empeore. Escucha la voz desencantada de la mujer, intenta ser breve y conciso,-¿te suena si me dejé la otra noche mi erección en algún lugar?, en la mesita quizás, o en el baño, o en el sofá, la echo en falta y no sé dónde la he dejado-. No le da tiempo a terminar la frase porque ella le insulta y termina la llamada con un golpe seco de auricular, como quien deja caer una guillotina sobre la garganta de alguien. Después el tono de ocupado y después de eso, nada.

Cierra los ojos. Intenta pensar en cosas agradables: por ejemplo en mujeres dándole placer, en él dando placer a mujeres, a una sola, a varias, en diferentes lugares y posturas, con diferentes grados de perversión, mujeres jóvenes y aún medio hechas, mujeres maduras y vueltas de todo, mujeres pistacho con el sexo cerrado, mujeres sandía, redondas y jugosas. Recuerda como en una moviola todos los encuentros posibles, imagina situaciones extremas, relaciones prohibidas (casi incestuosas), encuentros en locales oscuros donde todo el mundo termina follando con todo el mundo, también utiliza la ternura y evoca a todas las mujeres que fueron sensibles y dulces con él. Nada de todo aquello es suficiente para encontrar de nuevo su erección. Decide distraerse, no darle más importancia por el momento, decide leer algún libro o escuchar la radio: eso le calmará y le ayudará a pensar en otras cosas. Quizás al día siguiente recupere su erección. Piensa, o quiere pensar, que las cosas mejoran siempre mañana.

El informativo de las nueve informa del asunto de su erección. Parece ser que la noticia a estas horas se está extendiendo por toda la ciudad como un río que se desborda. Al principio no acierta a comprender el fondo grave de la situación. Tampoco es capaz de reaccionar. Sin duda es lo peor que le puede suceder: pronto las mujeres con las que mantiene la nada desagradable costumbre de compartir confidencias y algo más que complicidad, querrán averiguar (más bien comprobar) por sí mismas lo que en estos momentos se anuncia como una tragedia infame. Sus sospechas se materializan cuando comienza a escuchar el susurro apagado, cada vez más creciente, de alguien o algo que araña la estancia desde fuera. El susurro pronto se transformará en un murmullo molesto y el murmullo en un clamor inextinguible. Ellas están preparando el asalto al otro lado, se aproximan por la calle de aceras húmedas y mal alumbradas, toman el zaguán, la escalera principal, reptan, rascan la pared con la espalda, golpean la puerta. Él sabe que no se detendrán hasta tirarla abajo.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Abril 2007)

Publicado por Puzzle a las 22:12
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