Fotografía: © Virginia Gálvez
domingo, 8 de julio de 2007
Fotografía: © Virginia Gálvez
Publicado por Puzzle
a las
0:56
Etiquetas:
Cuentos
4
desvaríos
domingo, 1 de julio de 2007
Quizás, se dice, le lleve un regalo; una pulserita, un collar o una tortuguita en una tartera de plástico, porque ya siendo novios descubrió que a ella le encantaban las tortuguitas y las salamandras, aunque ahora no recuerda si era a ella o a aquella otra, y desecha la opción de la tortuguita pero no la de la pulserita de cuentas. Después de todo, no ha pasado tanto tiempo y seguramente ella le recuerda como no recuerda a nadie y poco importa si anda con alguien medio en broma o medio en serio porque nada más se lo encuentre parado como una estatua triste en esa calle empinada de adoquines azules, un pulsador gastado dará la orden o la contraorden de recordar las cartas antiguas y las que no fueron escritas o enviadas.
La chica a veces piensa en tomar un tren o un avión o un autobús de línea y visitar por sorpresa a aquel novio que tuvo y tanto quería. Otras, simplemente se conforma con tomar una determinación con respecto a ciertos asuntos menores que puede posponer o retrasar sin perjuicio alguno. Qué hacer, comprar ya el vestido de topos negros que la espera en aquella vitrina del centro o esperar a las próximas rebajas. En los días peores, simplemente piensa en que los días peores pasan y se diluyen en el tiempo como un mal viento. Mira la botella de whisky dorado que compró un día de bajón en el súper pero nunca llega a beber. La cajera de mediana edad y pelo teñido de rojo le miró enarcando las cejas, como pidiéndole una explicación, y ella, un poco avergonzada, hubiera querido decirle que no es de esa clase de chicas que beben a solas. Le reconforta pensar en su nariz pegada contra otra nariz mientras hace deditos con dibujos y se imagina a ella misma plantando cara a la vida que se presenta cuesta arriba o empedrada o las dos cosas.
Quizás, quién sabe, se haga un regalo, algo que no sea tan caro y maravilloso como el vestido de topos negros que siente deseos de robar cada vez que pasa ante el escaparate de esa boutique. Tal vez bastará con una pulserita de plástico o un collar, cualquier cosa menos una de esas tortuguitas con su islote y su palmera de mentira, o una salamandra con ojos de vieja que ya no son de su agrado, desde que el chico del que aprendió a olvidar hasta su nombre (en realidad no lo hizo pero se atrevería a jurar que sí) desapareció con la promesa de volver un día en un tren o un avión o un autobús de línea y con el que querría encontrarse para preguntarle por qué o a santo de qué vino tanto olvido.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Julio-Agosto 2007)
Publicado por Puzzle
a las
14:15
Etiquetas:
Cuentos,
El Desembarco
5
desvaríos
lunes, 25 de junio de 2007
Muy raro todo. Eso y el codo de la tubería del fregadero, que se sale, y que seguro que fue el detonante de su primera ración de cuernos: tuvieron que llamar a un fontanero que no tendría más de dieciocho primaveras, que andaba aprendiendo la profesión familiar y que entre ñapa y ñapa se entretenía —cómo no— amasando los pechos de las señoras hartas de la vida y necesitadas de contar algo interesante en las meriendas caseras de Stanhome. Claro.
Claro que lo último que imaginaba era lo de la junta de la culata, porque mira que es jodida una reparación de esas, lo dice el del taller, con su palillo en la boca y todo, mientras se rasca la cabeza y después la entrepierna.
Seguro que de trescientos no baja,
déjeme puestas las llaves que intento hacérselo rápido,
pero ya ve cómo andamos de trabajo,
y más ahora, para navidades…
que la gente lo quiere todo para antes de ayer
Antes de ayer había sido un día triste pero sin sobresaltos, al menos eso es lo que piensa, un día sin grandes cataclismos, un día sólo para dejar pasar. Le gusta arrancar la hoja del calendario de la parroquia que cuelga de la pared grasienta de la cocina desde abril y que se quedó petrificado en un domingo veintisiete.
Veintisiete son los euros que le quedan para acabar el mes y están a día ocho. Cómo hacer para llegar a treinta y uno y sobrevivir a los recibos, a las fechas señaladas, a las solitarias cenas familiar y, por supuesto, a Desgana que copula sudoroso sobre su mujer, o igual ni eso, a lo mejor sólo la apoya contra el fregadero (no quiere ni pensar que fue así como empezó a gotear el codo) y terminan en dos minutos, sin bajarse los pantalones. A veces, se sienta en alguna plaza para no llegar tan pronto a casa, se busca en los bolsillos, encuentra cinco euros de los veintisiete que le quedan y que tan a gusto se gastaría en una cerveza o en un bote de salfumán para tomarse de un trago, luego suele cambiar de idea y compra un paquetito de castañas que le llevará a su mujer, que seguro que ha tenido un día peor que el suyo, porque las meriendas de Stanhome son harto aburridas y porque tiene que sufrir a Desgana que, al fin y al cabo, es un tipo desagradable que se encarga de mantener entretenida a su Paqui, la pobre, todo el día tan solita y tan venida a menos.
Ilustración: © Cecilia Varela
Publicado por Puzzle
a las
12:58
Etiquetas:
Cecilia Varela,
Cuentos,
El Desembarco
4
desvaríos
lunes, 14 de mayo de 2007
Tenemos que hablar y no, no hay nadie más.
Quedaban doce horas para el fin de todo mi mundo y eso significaba que Violeta y Nicolás tendrían que cuidar de mamá y que yo no me perdería ni uno solo de los partidos de fútbol ni los festivales de fin de curso. Mi abogado dice que ella ha sido generosa, que dé gracias porque podía haberme quedado sin nada: incluso sin Alma.
Publicado por Puzzle
a las
21:10
Etiquetas:
Cuentos
7
desvaríos
martes, 1 de mayo de 2007
Publicado por Puzzle
a las
18:43
Etiquetas:
Cuentos
4
desvaríos
martes, 24 de abril de 2007
En honor a la verdad y por mucho que esta duela, yo era tipo de vuelos rasos. Las pocas veces que lograba alzarme a una altura digna de mención mi odisea terminaba, indefectiblemente, en un fenomenal constipado de vías altas, las palitas de mi hélice enrojecidas, protestando con un aleteo nasal que le hubiera partido el alma al ingeniero aeronáutico más implacable. Así transcurría mi vida de avión fracasado, saliendo trasquilado de parkings de aeropuertos y campos de vuelo, entre la indiferencia del resto de la flota y algunas acrobacias ridículas con las que intentaba llamar la atención de los grandes, aquellos que eran capaces de dibujar arañazos infinitos en la espalda del cielo. Y eso contando con que todo saliera bien y no me topara en el viaje con algún terrible ingenio teledirigido, como aquella vez que fui arrollado por un flamante B52 y casi no salgo del taller de reparaciones.
(Ahora tengo unas alitas nuevas a las que no termino de acostumbrarme)
Esa es mi historia, mejor dicho, esa era mi historia, la penosa cadena de acontecimientos a la que estaba condenado si no hubiera sido por Nora que me rescató de ocupar un rincón en la sección de aeromodelismo de alguna tienda de juguetes. Todo hay que decirlo, ahora sé que mi destino había sido escrito para algo grande y ese, sin duda, es el motivo por el que nunca fui un velero o un zeppelín. Pero tuve que entender después: era necesario comprender que mi rumbo era otro, era necesaria Nora, cada dos semanas en un hotel de extrarradio y la fachada de ladrillo cárdeno contra la que me estrellé por azar o más bien a causa de una trayectoria inverosímil, hace cosa de un año, en las cercanías de la Terminal de salidas internacionales. Ese batacazo afortunado me permitió avistar un segundo la silueta de Nora, fatigada en uniforme azul, ante el espejo, desabrochando un botón, soltando un pañuelo que le ceñía el cuello. Nora, mi vigorosa azafata escandinava, hecha de pequeños retazos al principio, fotogramas de unos ojos cobalto hinchados por el sueño y la ropa interior blanca que me daba tiempo a coleccionar en mi memoria antes de perder el conocimiento, estrellado en la parte de atrás del hotel, junto a las sobras de la cocina y a un gato rojo que me veía caer muy serio, preguntándose quizás, qué clase de estúpido palomo era yo.
En todo ese tiempo vi a Nora marcando el teléfono de aquel piloto casado que ya no acudía a sus citas. La vi soltar con desaliento la cola de caballo que ceñía su pelo de princesa vikinga, la vi desnuda de cintura para arriba como un espléndido mascarón de proa, colocándose un par de tapones en los oídos 22 veces, puesto que 22 fueron, si las cuentas no me engañan, los lanzamientos fallidos que tuve que efectuar hasta que conseguí rebasar la fachada y pude contemplarla del todo, tendida sobre la cama, dejando pasar las tardes con la falda recogida bajo los muslos, acariciándose para sí misma. De ese modo se sucedían los días de manera cíclica: volaba hasta su ventana en cada una de las escalas transoceánicas, lograba impulsarme lo suficiente como para remontar el patio exterior y el jardincito, cruzar el alféizar y divisar a Nora palpándose, como si quisiera comprobar que ella misma era real. Toda mi existencia, de repente, se dibujaba con forma de un arco perfecto trazado milimétricamente hasta sus muslos, un cielo nórdico y mejor. La primera vez que caí sobre la cama, Nora se asustó y me dio una patada que me hizo perder el sentido. Pero entonces se apiadó de mí, me recogió del suelo y me dejó descansar en la mitad izquierda de su cama de hotel, hasta que me recuperé un poco. Después se acostumbró a verme aparecer al otro lado del cristal y con el tiempo llegarían las propulsiones programadas, los suspiros cada vez que aterrizaba en su pista y las palitas de mi hélice comenzaban a rotar felices dentro de Nora. Por encima de todo y de todas las cosas, encajarme en Nora sería el destino.
Nora ya no me dejó marchar. Ahora viajamos juntos en cada uno de sus vuelos internacionales y me protege de las miradas curiosas ocultándome dentro de su maletín azul. Nora, dispuesta a arrojarme en cualquier momento como un boomerang leal contra su cuerpo de acorazado ruso, Nora experta en el cálculo órbitas satisfactorias, Nora autosuficiente, tripulando mi existencia con rigurosidad soviética. Nora, mi discreta azafata escandinava, cerrando tras de sí la puerta de alguna habitación de hotel, dispuesta a recibirme complaciente, satisfecha como nadie de formar parte de una de las dos mitades que conforman esta extraña tripulación.
Publicado por Puzzle
a las
21:45
Etiquetas:
Cuentos
6
desvaríos
jueves, 19 de abril de 2007
Intenta recordar la última vez que vio su erección, hace un esfuerzo considerable, visualiza imágenes poco definidas de las últimas horas, intentando encontrar el momento y el lugar exacto donde la extravió, todo ello al tiempo que inicia una oscilación pélvica que le permita encontrar el estímulo adecuado para recuperarla. Se acaricia, busca una postura más cómoda y piensa en calzoncillos y en lo poco que le gusta la palabra calzoncillo, piensa en eso porque le resulta familiar -por reciente y continuada- la imagen cada vez más cercana de su presunta última erección bajo la ropa interior hace una o dos noches, en esa misma habitación, esperando visita y notablemente excitado.
Salta de la cama y busca en el cajón de los calcetines. Tampoco le gusta cómo suena la palabra “calcetines”. Revuelve en todos los cajones , quizás con las prisas dejó olvidada su erección entre las prendas que tienen los nombres más feos de la casa. Enseguida le asalta una duda: es posible que su última erección no fuera solitaria sino compartida, lo peor del asunto es que no le gustaría tener que llamar a la última mujer con la que se acostó, puesto que no quedaron nada bien. Como si no quisiera aceptar esa posibilidad, busca también en el sitio de las toallas y bajo el somier. Chasquea la lengua contrariado. Se arma de coraje y marca el número de la chica con la que no desea hablar, ¿qué pensará ella de una llamada así?, seguro que la imagen que ella tiene de él no mejora en absoluto, posiblemente empeore. Escucha la voz desencantada de la mujer, intenta ser breve y conciso,-¿te suena si me dejé la otra noche mi erección en algún lugar?, en la mesita quizás, o en el baño, o en el sofá, la echo en falta y no sé dónde la he dejado-. No le da tiempo a terminar la frase porque ella le insulta y termina la llamada con un golpe seco de auricular, como quien deja caer una guillotina sobre la garganta de alguien. Después el tono de ocupado y después de eso, nada.
Cierra los ojos. Intenta pensar en cosas agradables: por ejemplo en mujeres dándole placer, en él dando placer a mujeres, a una sola, a varias, en diferentes lugares y posturas, con diferentes grados de perversión, mujeres jóvenes y aún medio hechas, mujeres maduras y vueltas de todo, mujeres pistacho con el sexo cerrado, mujeres sandía, redondas y jugosas. Recuerda como en una moviola todos los encuentros posibles, imagina situaciones extremas, relaciones prohibidas (casi incestuosas), encuentros en locales oscuros donde todo el mundo termina follando con todo el mundo, también utiliza la ternura y evoca a todas las mujeres que fueron sensibles y dulces con él. Nada de todo aquello es suficiente para encontrar de nuevo su erección. Decide distraerse, no darle más importancia por el momento, decide leer algún libro o escuchar la radio: eso le calmará y le ayudará a pensar en otras cosas. Quizás al día siguiente recupere su erección. Piensa, o quiere pensar, que las cosas mejoran siempre mañana.
El informativo de las nueve informa del asunto de su erección. Parece ser que la noticia a estas horas se está extendiendo por toda la ciudad como un río que se desborda. Al principio no acierta a comprender el fondo grave de la situación. Tampoco es capaz de reaccionar. Sin duda es lo peor que le puede suceder: pronto las mujeres con las que mantiene la nada desagradable costumbre de compartir confidencias y algo más que complicidad, querrán averiguar (más bien comprobar) por sí mismas lo que en estos momentos se anuncia como una tragedia infame. Sus sospechas se materializan cuando comienza a escuchar el susurro apagado, cada vez más creciente, de alguien o algo que araña la estancia desde fuera. El susurro pronto se transformará en un murmullo molesto y el murmullo en un clamor inextinguible. Ellas están preparando el asalto al otro lado, se aproximan por la calle de aceras húmedas y mal alumbradas, toman el zaguán, la escalera principal, reptan, rascan la pared con la espalda, golpean la puerta. Él sabe que no se detendrán hasta tirarla abajo.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Abril 2007)
Publicado por Puzzle
a las
22:12
Etiquetas:
Cuentos,
El Desembarco
6
desvaríos
lunes, 9 de abril de 2007
Publicado por Puzzle
a las
9:00
Etiquetas:
Cuentos
2
desvaríos
domingo, 1 de abril de 2007
Nadia sabe que a ella no le puede ocurrir nada malo. Mira al mar y sonríe. Aprendió que cuando una mujer sonríe y viste de blanco nada malo puede ocurrirle y que si ocurre, seguramente será porque tiene que suceder. Cuando una mujer sonríe y viste de blanco en la adversidad, la adversidad se deslumbra y se marcha en busca de alguna mujer que llore vestida de oscuro.
Lo de las palomas es pura logística. Nadia sospecha (y sospecha bien), que los marineros o los representantes de joyas viajan mucho, mucho más que los vendedores a domicilio y desde luego mucho más que los escritores, así que Nadia escribe notas y cartas de amor que guarda bajo la almohada y que algún día, seguramente un sábado, enviará prendidas en el pico de una paloma o de un gavilán. Para ir ganando tiempo y no hacer esperar a sus amores viajeros, tampoco está de más aguardar vestida de novia, con un ramillete en la mano y una sonrisa en la otra. Como si conociera de antemano la respuesta.
Publicado por Puzzle
a las
17:23
Etiquetas:
Cuentos
5
desvaríos
sábado, 24 de marzo de 2007
Publicado por Puzzle
a las
7:22
Etiquetas:
Cuentos
4
desvaríos