Enumerábamos las cosas que creíamos ser y que a lo mejor éramos: ...un castillo de Lego, un rompecabezas de dos piezas, un par de zapatos de charol... y toda la pista para nosotros. Nuestra favorita -la central- era la más grande y luminosa y allí caímos rendidos de tanto bailar bajo las luces que bañaban nuestras vidas como una cascada feliz.
Un balancín y un carrusel, dos caballitos de mar, ahora me domas tú ahora te domo yo. Y luego los aplausos y las reverencias bajo la lluvia de confeti. Nos quitábamos el sudor y volvíamos a empezar. Nunca nos hizo falta nada más.
Llegó el día en que empezó a germinar la idea de un nuevo número distinto a los demás, el más difícil todavía, al principio pensé en un triple salto mortal o en salir proyectados desde un cañón gigante. Dos proyectiles enamorados. Una dama y un alfil, un director de orquesta y una violinista rusa. Apenas hubo tiempo para ensayar la función, apareció en el centro de la pista con un anillo y una sonrisa de satisfacción casi indecente. Le tendí la mano improvisando algún movimiento grácil y quedé a la espera, con un gesto suyo de encantador terrible el anillo aumentó de tamaño, se escucharon algunas exclamaciones de asombro en la pista, entre ellas la mía, me detuve como un colibrí a punto de cambiar de dirección en el aire, un lanzallamas y una niña con trenzas infinitas, para entonces el anillo se estaba transformando en un gran aro metálico y la gente pataleaba en el suelo de tabla a modo de bramido hostil, por un momento (sólo por un momento) creí ver de nuevo su mirada-cervatillo, pero se desdibujó por completo y enseguida fuimos simplemente una mujer vestida de blanco y un completo desconocido en chaqué. Una serpiente y un ratón.
Hizo restallar las diez puntas de su azote y con una graciosa voltereta atravesé para siempre el grillete de metal.