sábado, 18 de noviembre de 2006


Yo me iría (te juro)
detrás de unos pasos de gacela resentida,
siguiendo la estela de un tranvía verde
que anuncia un diario con noticias
más bien poco habituales,
conjugando verbos
que apenas tengo por costumbre emplear,
hablando solo acerca del tiempo
bajo una lluvia aciaga de ciudad
y el paraguas descuidado en el maletero
como por olvido pero aposta
tarareando una melodía familiar
de película antigua
y dando todo lo mismo,
mirando una aeronave que pasa
en maniobra de aproximación,
sobrevolando oficinas, azoteas,
putas que esperan,
-creo que viene de Italia- hubieras dicho
el año próximo iremos
en un avión como ese
con el cinturón abrochado
leyendo revistas
o mirando por la ventanilla
el suelo firme
aunque para entonces,
apuesto lo que quieras,
habremos dejado de fumar
y de apetecernos tanto.

Publicado por Puzzle a las 23:35
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domingo, 12 de noviembre de 2006


Un cuerpo (el mismo cuerpo) cambia, cambia como una riada, la misma corriente de agua que nunca es igual, nunca la misma, como nunca lo es un cuerpo cuando corrige su forma o su intención. No es igual. Sabes que no. Ni el cuerpo ni las caricias que te abordan, porque los cuerpos -como los barcos- son abordados por caricias que no piden permiso y algunas, algunas hay que se saltan todas las medidas preventivas, todas las fronteras, todos los cuidados. Lo mismo un temblor, no siempre se tiembla igual . Nada que ver. Como nada tuvo que ver nuestra primera vez. Nos quedaba aprender un poco del otro , nos quedaba esperar y mientras tanto avivar el recuerdo con la piel en guardia, alzada en armas y la colchoneta triste, muy triste, aguardando tirada en el centro del saloncito aquel, nuestro primer territorio atrincherado y la colchoneta crujiendo, soportando nuestra gravedad, nuestros asaltos a diez rounds, dejándonos querer, aterrizando y acariciando, benditos gerundios casi a ras de suelo y nosotros en nuestra barquita hinchable, remando y abrazados para que no se hundiera nada de aquella habitación, nada de aquella primera vez, nada de aquellos cuerpos nuestros a la deriva .

Publicado por Puzzle a las 6:45
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6 desvaríos  

sábado, 21 de octubre de 2006


La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se encuentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste.

(Augusto Monterroso)



Estoy leyendo algunos cuentos de Silvina mientras tomo de forma suave la mano de Pilar. A veces coge mis dedos como para no soltarme, quiere agarrarse fuerte a nosotros, como quien está a punto de caer desde una cornisa al vacío. Se está apagando. Ahora sí. Llevamos escuchando toda la semana que no esperemos que pase de esta noche. Así que cada vez que me despido de Pilar pienso que es la última. Cómo puedo ser tan egoísta y querer retenerla. Hasta hace poco era una bolsa, desde hace una semana es un vegetal. Todos sabemos que lo mejor es que se duerma y, a pesar de todo, cada minuto con ella está siendo un regalo. Los médicos no se explican tanto aguante: “tiene el corazón fuerte”, dicen, y a nosotros nada de eso nos sorprende.

Resulta imposible no decirle ciertas cosas, decírselas todo el tiempo, la doctora comenta en un susurro que estar en coma sigue siendo un misterio para todos, un estado de sueño en el que nadie puede asegurar que Pilar escucha. Yo le hablo igual, precisamente porque nadie puede asegurarme que Pilar no escucha. Le acaricio el pelo (nuestro juego favorito) y le digo que está tan guapa como siempre. No es mentira, hay cosas que no se dicen por decir: yo he visto cómo le brotan las lágrimas o cómo parpadea con los ojos cerrados. Lo mismo mueve el pie o el brazo, se revuelve como si no estuviera conforme con lo que le ha tocado vivir últimamente. Le decimos lo guapa que está, que la queremos, que permanecemos a su lado, que no la dejaremos sola ni un solo instante. Pienso que esa mujer parece imposible por su fortaleza. Mi último beso es en sus manos hinchadas y blandas.

Todas las noches he soñado con Pilar. Me despierto cada dos horas, tres o cuatro veces en la madrugada. Sueño con Pilar llorando, con Pilar despidiéndose desde el balcón cuando le hacía visitas los domingos, con nuestros gestos de complicidad, despeinándola o hablándole de todas las novias que nunca tendré. Sueño con hospitales donde todos los pasillos son el mismo pasillo. Sueño de forma difusa con la respiración leve de Pilar, con su fragilidad y con una silla de ruedas que ya no ocupa nadie. Cada dos horas, tres o cuatro veces. Todas las noches.

La abuela ha muerto. Lo dice papá entrando en la habitación y casi tirando la puerta abajo. Todo sucede rápido, como en una película mal contada, hacemos el camino en coche (el mismo camino de la última semana todos los días) en silencio, escuchando el noticiario en la radio. Creo que papá y yo pensamos cosas parecidas, estamos recordando todo lo compartido con Pilar. Quizás los últimos siete días nos han hecho más fuertes, quizás simplemente nos han hecho menos egoístas y hemos aprendido a decir adiós. Papá lleva americana y se ha afeitado. Son los signos que aprendí de él y que me gusta hacer míos; a su manera piensa que, en ciertas situaciones, uno tiene que llevar americana y afeitarse. Son señales que aprendemos y perpetuamos. Es como el capitán que obliga a los oficiales a ponerse la corbata para cenar cuando llevan todo el día sucios y con ropa de camuflaje, rodeados de heridos o de muertos, pero luego cenando con corbata. Cuando murió el abuelo, papá llevaba americana y estaba recién afeitado. Es su manera de preservar la poca humanidad que queda entre nosotros.

La mujer más guapa del mundo está en la cama con los ojos cerrados. Hay quien piensa que la muerte es cuando los ojos se convierten en párpados. No hace ni una hora que Pilar es sólo párpados. Tiene todo el cuerpecito cubierto menos el rostro. Las sábanas parecen recién puestas. Le acaricio el pelo. Una de sus hijas entra en la habitación y esconde la cabeza sobre su pecho. La señora que ocupa la 313 B lee revistas al otro lado de la cortina. Ahora no tendrá visitas nocturnas que le molesten a la hora de dormir -me asusta pensar cosas así- pero en cierta manera todos sabemos cuándo es bueno hacerse invisible detrás de la cortina que divide la habitación en dos. Una mujer se ha dejado un paraguas en el cuarto de baño. Después, una enfermera nos pide con delicadeza que salgamos de la habitación.

La abuela nos contaba siempre la misma historia: que conoció al abuelo en un entierro, el padre del abuelo era el “tío forastero” y el abuelo enseguida fue bautizado en Torrero como “el forasterico”. Al abuelo todo le parecía bien, la abuela tenía más mala leche. El abuelo era flaco como un hilo, la abuela estaba tremenda y hermosa. Los dos últimos años se quedó en nada, pequeña y gastada por la vida. Decía todo el tiempo que se quería morir, que para estar así mejor se iba con el abuelo. El abuelo se jubiló siendo acomodador en los cines de la empresa Parra. La abuela sacó adelante la casa. Ella tenía más carácter que él, pero los dos eran un trozo de pan. Guardo las gafas de la yaya que aún conservan la marca de sus dedos temblorosos -son las últimas que tuvo- y quizás pueda aprender a mirar la vida a través de los cristales de Pilar. Estoy seguro de que el abuelo Lorenzo ha salido a recibirla con una de sus camisas remangadas hasta el codo, con su delgadez infinita y su cara de buena persona, la llamará “Chatica” y ella se las arreglará para echarle la bronca por cualquier tontería, “soso”, le dirá, "mas que soso" y finalmente se alejarán por los pinares de Venecia, Lorenzo con un cucurucho de helado de limón en una mano (el favorito de Pilar) y la mujer más guapa del mundo en la otra.

(En recuerdo de Pilar y Lorenzo)

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Diciembre 2006)

Publicado por Puzzle a las 9:30
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lunes, 9 de octubre de 2006




A ella le gusta ponerme pruebas. Digamos que es una afición que mantiene desde que estamos juntos y que se encarga de cuidar de manera diligente. Normalmente descubro que alguna de las pruebas ha sido establecida una vez que estalla la tormenta entre los dos, justo cuando es claro que no ha sido superada. La tormenta tiene forma de ausencia, de silencio o de llanto amargo, a veces de un aislamiento absoluto. Entonces ella se refugia en su acuario durante largos periodos de alejamiento hasta que decide perdonar mi ineficacia.

Es necesario prestar atención a la hora de reconocer cada uno de sus experimentos: son delicados y silenciosos. De nada sirve mantener la mirada fija en la suya e intentar averiguar si lo que vendrá a continuación es un ensayo o el experimento definitivo. Lo hace cuando se arroja en brazos de algún desconocido en las fiestas que organiza el decano todos los segundos viernes de cada mes, lo hace incluso arrojándose en brazos del decano. Utiliza como excusa su torpeza o los tacones de aguja, flexiona las rodillas y alza las caderas como dándose a mostrar, revelando toda su feminidad y su mejor sonrisa postiza. Ese es el señuelo. Ella acostumbra a definirlo como “el difícil arte de la pesca del pez Bobo” y es automático porque enseguida se ve rodeada de un grupo deseoso de nuevas capturas. Me busca con su mirada-flecha que clava en el centro exacto de mi manzana-pecho, es su manera de elevar la apuesta. Luego me presenta ante los demás como un simple amigo o un familiar (esa es la primera de las variantes) de modo que algunos peces se atreven a ser más lúbricos y resbaladizos. Algunos señuelos parecen simples mecanismos, otros la concepción de una auténtica artista o la pesadilla de un inventor.

La prueba ha comenzado, no sabría decir el momento exacto, pero ya está en marcha y las consecuencias son inesperadas: quizás sea castigado por comportarme como un pez payaso, por no acudir atento y protector, criticará mi aparente desgana y con una languidez sólo propia de ella, insinuará que no me entrego con la pasión que demanda. Si, por el contrario, me acerco al grupo como un escualo tintorera convencido de mis posibilidades -seguro de haber sabido detectar a tiempo el experimento- me hunde con su indiferencia y se dedicará a provocar al pez tropical más vistoso, tonteará con él, hará comentarios de lo encantador o interesante que resulta y reprochará (normalmente en público) mi inseguridad infantil. Es casi seguro que después de esa escena pedirá un taxi y abandonará la fiesta.

Los tanteos son aleatorios e infinitos: enferma repentinamente, por ejemplo. Si la colmo de cuidados me critica no haber acudido a un buen doctor, ataca mis métodos poco acertados de dispensar atenciones, el orden en que le suministro las píldoras o le coloco el termómetro. Si llamo a un especialista en enfermedades imposibles, tengo que escuchar que ella es un estorbo del que no me quiero hacer cargo. En ocasiones sugiere que todos sus males desaparecerían si recibiera más cariño de mi parte. En cualquier caso, si decido con carácter juicioso adelantarme a sus reacciones y prever cualquier inconveniente, ella deseará estar sola porque quizás no actué con el apremio necesario.

El peor de los experimentos se realiza en el dormitorio cuando baila para mí y se quita la ropa a cámara lenta hasta que, desnuda por completo, se despliega a mi lado en la cama. Suele suceder cuando llevamos semanas sin hacer el amor. En cuanto me abalanzo sobre ella se da la vuelta ofendida porque asegura que sólo anhelo su cuerpo y que además, mi deseo no es limpio sino lujurioso. Lo dice desde el otro lado de la galaxia mientras observo su espalda desnuda y su constelación de lunares, en el instante en el que se abre un agujero negro desde el plisado oscuro de las sábanas y nos engulle a mí y a mi erección como a dos estrellas enanas blancas.

Dejo que pasen los días sin atreverme a ponerle la mano encima, temo su reacción y por nada del mundo querría incomodarla. A continuación ella se aleja y se enfría, señala que he perdido el interés o que no me muestro tan apasionado como antes. Suele doblar la apuesta nombrando a otros peces que seguro darían lo que hiciera falta para ocupar el lugar que yo ocupo en su vida, en su confortable pecera llena de anzuelos.

-Hoy saldré con un amigo- me dice – No me esperes despierto. Lo comenta levemente mientras chapotea en la piscina y se va alejando hacia la parte profunda, esperando mis preguntas inquisidoras. Sería peor, lo sé y guardo silencio. Le gusta aumentar la distancia que nos separa impulsándose con un dócil aleteo de pez manta, viendo cómo pasan los aviones que sobrevuelan la urbanización, agarrándose a veces los pechos, como si le preocupara que también en el agua fueran a perder su verticalidad. Los dos sabemos que ella no tiene amigos, que todos los peces de su vida son antiguos amantes y que, indefectiblemente, yo perteneceré algún día a ese mismo grupo. Hombres bobos fáciles de pescar que aún la desean y a los que pondrá a prueba en lo que será otro nuevo experimento contra mí.

Nunca nos damos cuenta de las cosas importantes cuando ocurren, quizás ese es el motivo por el que no sabría decir en qué momento el chapoteo de sus pies se ha vuelto desordenado y torpe, como si no siguiera un patrón concreto. Ella está en la parte profunda y no puedo escuchar bien su murmullo. Agita los brazos, parece asustada pero su actuación es del todo incomprensible. Desde mi posición no termino de entender sus gritos cada vez más ahogados, alzo mi copa de vermú y sonrío, hago un gesto de brindis, como si quisiera decirle que está bien, que entiendo la situación y acepto el farol. A pesar de ser una experta nadadora, pretende simular una indisposición o un desvanecimiento: si actúo pronto, tendré que soportar su burla de más tarde, si me entretengo, me acusará de ser lento y despreocupado. Ha dejado de gritar, no es lo habitual en ella pero tampoco me sorprende, apenas puedo distinguir una de sus manos luchando (o que parece que está luchando) por mantenerse fuera de la superficie, como una tarántula del revés y sobrecogida que acaba de desprenderse del fino y delicado hilo que nos separa y nos aleja una y otra vez. Tomo otro trago de vermú. El pez manta se detiene y se instala suavemente sobre el fondo. Me empiezo a sentir cómodo en mi papel de eterno examinado, quizás ése sea el secreto de nuestra relación: nunca sabes lo que puede pasar, cuál será la prueba ese día y si, en realidad, el verdadero éxito depende de lo lejos que deseemos

(Publicado en su primera versión en la revista cultural "El Desembarco" , Noviembre 2006)

Publicado por Puzzle a las 12:33
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domingo, 3 de septiembre de 2006


En noches como esta, tiene un sudor tan pegajoso y dulce que podrían hacerse caramelos con él. Es una especie de sopa en las sábanas, se revuelve y no concilia el sueño. Recuerda entonces a aquella chica de las tetas de plástico que le olisqueaba el pecho y las axilas, se acurrucaba como una bola de brazos cálidos y le decía cosas del tipo: me gusta tu olor. Luego se ponía con el culo en pompa y se dejaba hacer. De ella destacaría su colección de tangas de estampados felinos y la constelación de lunares que le nacían en el ombligo. Eso y en todo caso, la facilidad que tenía para sacarle de quicio.

Decide que para conciliar el sueño se podría masturbar un rato pero enseguida se aburre y no puede terminar. A ella también le gustaba su sabor, su sabor y su olor dulce y pegajoso, que le cogiera fuerte de las caderas y le dijera cosas sucias al oído. Cosas sucias alternadas con cosas delicadas. Un día ella se cansó y dejó de ver en él todo lo que antes le parecía exquisito e interesante. En realidad, lo que ocurrió es que lo que al principio le atrajo de manera poderosa, luego le produjo un rechazo infinito. Hay que joderse.

Cae en un letargo suave, está empapado en una sopa dulce que sabe bien. Piensa en lo de casi siempre, lejos de preocuparse o asustarse, se tranquiliza, porque en cierto modo sabe que vendrán otras mujeres que le dejarán en la mesita de noche, los mismos reproches, la misma vieja y conocida sensación de haber vivido aquello una y mil veces.

Publicado por Puzzle a las 5:25
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sábado, 12 de agosto de 2006




Todo lo que puedo decir es que te hacía dibujos en servilletas de papel (yo, que nunca supe dibujar nada) y que te hice llorar en Nochevieja. Puedo verlo ahora que hace tiempo que dejaste de creer en nuestra casa de paredes de cristal, cuando me brotaban los delirios de la boca y a ti los sueños del ombligo, ¿recuerdas?, quería ser arquitecto de construcciones imposibles, tú una abogada famosa. Buscábamos escondites para estar juntos, hasta que una noche tu señor padre (con sus dos cojones y la pistola reglamentaria) me amenazó con volarme la tapa de los sesos si te seguía viendo. Quisiste dejar la ciudad, ir a cualquier lugar con tal de no estar buscando madrigueras a cada rato, puede que a Barcelona, un cabo primero te hizo compañía en la cafetería de la estación protegiéndote de las miradas sucias y los corazones calientes, hasta que perdió el tren por esperarte. Luego os mandasteis algunas cartas y nunca más se supo.

Me jodía que te gustara David. David era mucho más guapo, se sentaba en la primera fila y os tenía locas a todas, además era mucho más golfo. Él también te hubiera roto el corazón. El problema es que yo reincidía, te hacía dibujos en servilletas de papel y te hacía llorar en Nochevieja todo el tiempo. Aún así apareciste un año después en el portal, con dos copas y un mini de cava para brindar por tiempos mejores, ahí fue cuando supe que seguías siendo noble a pesar de mí.

Nos volvimos a ver años después en el Carrefour a la salida del trabajo, en Gran vía paseando a Greta, en algunos restaurantes de la ciudad, en tantos sitios, siempre volviéndome la cara, haciendo como que no me veías y a lo mejor no viéndome, incapaz de reconocer a la persona que había sido y en la que me transformé con el tiempo.

No hace mucho, en la fiesta del manager que decía que nunca se iba a casar pero que al final se casó, alguien me dio tu número. Lo guardé en una bolita de servilleta. Ten cuidado -me dijeron- ahora es madre y esposa, le va bien, es feliz. Estaba eufórico de noche, lo admito, me quedé con la mirada perdida en las luces de color, viendo nuestra historia en diapositivas, tú saltando de alegría en el sofá y devorando una bolsa de patatas fritas, escribiendo un libro que hablaba de nosotros o simplemente cuidando lo que teníamos, sintiéndote orgullosa de nuestra casita de cristal, esa que nunca llegamos a levantar.

Desde entonces, siempre te pongo como ejemplo, un ejemplo triste: la única mujer a la que le volé el corazón y con la que nunca tuve la delicadeza, ni siquiera, de preguntar en cuántos pedazos.


(Publicado en la revista cultural "El Desembarco" , Octubre 2006)

Publicado por Puzzle a las 14:16
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martes, 1 de agosto de 2006




Dormía en la cama donde siempre había dormido con su mujer. Seguía ocupando el lado izquierdo del colchón, como si la mujer ocupara el derecho. La verdad es que, a pesar de estar muerta, de alguna manera todavía lo ocupaba, porque todas las noches, quizás en sueños, lloraba a su lado, lo acariciaba, le decía que era desdichada sin él y que lo esperaba ansiosamente.

O si no, decía:
-No olvides que tu mujer te espera. Abro los brazos para recibirte.
Y también:
-Morir no es horrible; lo horrible es estar separados. No tardes.

Después de mucho tiempo llegó el día en que el viudo conoció en un club a una muchacha. Esta lo acompañó a su casa y se quedó a vivir con él. La primera medida que tomó la muchacha fue cambiar el viejo colchón por uno nuevo. La muerta no persistió en sus visitas.

(Adolfo Bioy Casares)

Publicado por Puzzle a las 16:59
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miércoles, 26 de julio de 2006




Siempre quise recibir los aplausos de niños y mayores, dejarlos boquiabiertos a todos y tener mi propio espectáculo de magia, mis propias partenaires (imagino una delicada Marta Cibelina y una hermosa Rex Canela) y un ayudante de escena disciplinado, quizás un Gigante Blanco de Bouscat.

Todo comenzó a tomar forma cuando me di cuenta que lo de salir de la chistera no era suficiente para que consideraran llevarme con ellos a los mejores viajes. Era evidente que mis intervenciones sólo tenían cabida en espectáculos de alcance menor, y de ese modo decidí ampliar algunos conocimientos mágicos por mi cuenta. El jefe no lo sabe pero, cuando me dejaban a solas entre bambalinas, aprovechaba para aprender poco a poco a zafarme de la jaula, perfeccionando primero y dominando después las técnicas más complicadas del noble arte del escapismo.

He leído (incluso confieso que he devorado) las páginas de los mejores libros de magia de escena así como cualquier cosa que caía entre mis patitas y tenía que ver con el asunto: suscripciones a revistas especializadas, entrevistas a ilusionistas de uno y otro lado del planeta, reportajes de congresos nacionales e internacionales. Perdí mucho pelo y pasé noches enteras en vela intentando asimilar los nuevos y fascinantes conocimientos.

Ahora puedo decir que estoy preparado para realizar los más maravillosos efectos de ilusionismo de alta competición. Soy capaz, entre otras cosas, de levitar sobre la hierba humedecida por el rocío de la mañana, manipular ramilletes de tréboles frescos y teletransportarme de una madriguera a otra reapareciendo después en lo alto de alguna ermita abandonada. Estocolmo será, sin duda alguna, mi lanzamiento definitivo al estrellato y quedarán atrás los días de salir de la chistera y trabajar para otro.

Tendré mi propia maletita de mago y un trajecito de gala a medida (con pajarita y todo) para recibir los aplausos y los premios. Tendré eso y ropa de temporada para el viajecito a Los Alpes del año que viene. Que ya les vale, dejarme olvidado la vez aquella, con la ilusión que me hacía.

Publicado por Puzzle a las 23:00
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jueves, 20 de julio de 2006




Aprendí a olvidar todo lo que tenía que ver de una manera o de otra contigo en cuanto alcancé a comprender todo lo que habías roto. Primero fue un silencio roto, después nuestra complicidad de juguete, aquella tarde que llené tu alcoba de globos de colores y no te gustó nada.

Luego sería un manojo de verdades rotas, algunos pedazos de papel y las cartas en papel malva, mi orgullo herido –y roto- la lealtad y mi confianza entera, todo roto. Pequeños objetos y detalles cotidianos: una entrada de teatro o para la filmoteca, la carátula de un disco antiguo de Serrat, las zapatillas de estar por casa, unos labios resecos, tu fragilidad y la puerta desvencijada a patadas que nunca más volveríamos a abrir. Todo roto y orbitando a tu alrededor como diminutos satélites fuera de todo orden.

El día que quisiste volver con aquella cajita en las manos llena de fragmentos rotos y un botecito de cola de contacto, te hubiera ayudado a recomponer las piezas. Pero no hubo forma de encajar ninguna.

(Ilustración: © Nicoletta Ceccoli)

Publicado por Puzzle a las 23:59
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viernes, 14 de julio de 2006



Todo iba bien. Nos queríamos de manera desmedida desde el primer instante, hacíamos el amor con la ferocidad de los hambrientos y nunca faltaron aquellas cajitas de música en las que guardaba alguna sonrisa recién horneada que hacía aparecer como un ilusionista intrépido. Todo el mundo estaría de acuerdo en afirmar que nuestra vida era un circo de tres pistas. Los demás iban asistiendo a las funciones, aplaudían y vitoreaban cada una de nuestras piruetas, admiraban aquella naturalidad tan nuestra de ser dos tan distintos pero tan bien ensamblados.

Enumerábamos las cosas que creíamos ser y que a lo mejor éramos: ...un castillo de Lego, un rompecabezas de dos piezas, un par de zapatos de charol... y toda la pista para nosotros. Nuestra favorita -la central- era la más grande y luminosa y allí caímos rendidos de tanto bailar bajo las luces que bañaban nuestras vidas como una cascada feliz.

Un balancín y un carrusel, dos caballitos de mar, ahora me domas tú ahora te domo yo. Y luego los aplausos y las reverencias bajo la lluvia de confeti. Nos quitábamos el sudor y volvíamos a empezar. Nunca nos hizo falta nada más.

Llegó el día en que empezó a germinar la idea de un nuevo número distinto a los demás, el más difícil todavía, al principio pensé en un triple salto mortal o en salir proyectados desde un cañón gigante. Dos proyectiles enamorados. Una dama y un alfil, un director de orquesta y una violinista rusa. Apenas hubo tiempo para ensayar la función, apareció en el centro de la pista con un anillo y una sonrisa de satisfacción casi indecente. Le tendí la mano improvisando algún movimiento grácil y quedé a la espera, con un gesto suyo de encantador terrible el anillo aumentó de tamaño, se escucharon algunas exclamaciones de asombro en la pista, entre ellas la mía, me detuve como un colibrí a punto de cambiar de dirección en el aire, un lanzallamas y una niña con trenzas infinitas, para entonces el anillo se estaba transformando en un gran aro metálico y la gente pataleaba en el suelo de tabla a modo de bramido hostil, por un momento (sólo por un momento) creí ver de nuevo su mirada-cervatillo, pero se desdibujó por completo y enseguida fuimos simplemente una mujer vestida de blanco y un completo desconocido en chaqué. Una serpiente y un ratón.

Hizo restallar las diez puntas de su azote y con una graciosa voltereta atravesé para siempre el grillete de metal.

Publicado por Puzzle a las 18:29
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