lunes, 9 de octubre de 2006




A ella le gusta ponerme pruebas. Digamos que es una afición que mantiene desde que estamos juntos y que se encarga de cuidar de manera diligente. Normalmente descubro que alguna de las pruebas ha sido establecida una vez que estalla la tormenta entre los dos, justo cuando es claro que no ha sido superada. La tormenta tiene forma de ausencia, de silencio o de llanto amargo, a veces de un aislamiento absoluto. Entonces ella se refugia en su acuario durante largos periodos de alejamiento hasta que decide perdonar mi ineficacia.

Es necesario prestar atención a la hora de reconocer cada uno de sus experimentos: son delicados y silenciosos. De nada sirve mantener la mirada fija en la suya e intentar averiguar si lo que vendrá a continuación es un ensayo o el experimento definitivo. Lo hace cuando se arroja en brazos de algún desconocido en las fiestas que organiza el decano todos los segundos viernes de cada mes, lo hace incluso arrojándose en brazos del decano. Utiliza como excusa su torpeza o los tacones de aguja, flexiona las rodillas y alza las caderas como dándose a mostrar, revelando toda su feminidad y su mejor sonrisa postiza. Ese es el señuelo. Ella acostumbra a definirlo como “el difícil arte de la pesca del pez Bobo” y es automático porque enseguida se ve rodeada de un grupo deseoso de nuevas capturas. Me busca con su mirada-flecha que clava en el centro exacto de mi manzana-pecho, es su manera de elevar la apuesta. Luego me presenta ante los demás como un simple amigo o un familiar (esa es la primera de las variantes) de modo que algunos peces se atreven a ser más lúbricos y resbaladizos. Algunos señuelos parecen simples mecanismos, otros la concepción de una auténtica artista o la pesadilla de un inventor.

La prueba ha comenzado, no sabría decir el momento exacto, pero ya está en marcha y las consecuencias son inesperadas: quizás sea castigado por comportarme como un pez payaso, por no acudir atento y protector, criticará mi aparente desgana y con una languidez sólo propia de ella, insinuará que no me entrego con la pasión que demanda. Si, por el contrario, me acerco al grupo como un escualo tintorera convencido de mis posibilidades -seguro de haber sabido detectar a tiempo el experimento- me hunde con su indiferencia y se dedicará a provocar al pez tropical más vistoso, tonteará con él, hará comentarios de lo encantador o interesante que resulta y reprochará (normalmente en público) mi inseguridad infantil. Es casi seguro que después de esa escena pedirá un taxi y abandonará la fiesta.

Los tanteos son aleatorios e infinitos: enferma repentinamente, por ejemplo. Si la colmo de cuidados me critica no haber acudido a un buen doctor, ataca mis métodos poco acertados de dispensar atenciones, el orden en que le suministro las píldoras o le coloco el termómetro. Si llamo a un especialista en enfermedades imposibles, tengo que escuchar que ella es un estorbo del que no me quiero hacer cargo. En ocasiones sugiere que todos sus males desaparecerían si recibiera más cariño de mi parte. En cualquier caso, si decido con carácter juicioso adelantarme a sus reacciones y prever cualquier inconveniente, ella deseará estar sola porque quizás no actué con el apremio necesario.

El peor de los experimentos se realiza en el dormitorio cuando baila para mí y se quita la ropa a cámara lenta hasta que, desnuda por completo, se despliega a mi lado en la cama. Suele suceder cuando llevamos semanas sin hacer el amor. En cuanto me abalanzo sobre ella se da la vuelta ofendida porque asegura que sólo anhelo su cuerpo y que además, mi deseo no es limpio sino lujurioso. Lo dice desde el otro lado de la galaxia mientras observo su espalda desnuda y su constelación de lunares, en el instante en el que se abre un agujero negro desde el plisado oscuro de las sábanas y nos engulle a mí y a mi erección como a dos estrellas enanas blancas.

Dejo que pasen los días sin atreverme a ponerle la mano encima, temo su reacción y por nada del mundo querría incomodarla. A continuación ella se aleja y se enfría, señala que he perdido el interés o que no me muestro tan apasionado como antes. Suele doblar la apuesta nombrando a otros peces que seguro darían lo que hiciera falta para ocupar el lugar que yo ocupo en su vida, en su confortable pecera llena de anzuelos.

-Hoy saldré con un amigo- me dice – No me esperes despierto. Lo comenta levemente mientras chapotea en la piscina y se va alejando hacia la parte profunda, esperando mis preguntas inquisidoras. Sería peor, lo sé y guardo silencio. Le gusta aumentar la distancia que nos separa impulsándose con un dócil aleteo de pez manta, viendo cómo pasan los aviones que sobrevuelan la urbanización, agarrándose a veces los pechos, como si le preocupara que también en el agua fueran a perder su verticalidad. Los dos sabemos que ella no tiene amigos, que todos los peces de su vida son antiguos amantes y que, indefectiblemente, yo perteneceré algún día a ese mismo grupo. Hombres bobos fáciles de pescar que aún la desean y a los que pondrá a prueba en lo que será otro nuevo experimento contra mí.

Nunca nos damos cuenta de las cosas importantes cuando ocurren, quizás ese es el motivo por el que no sabría decir en qué momento el chapoteo de sus pies se ha vuelto desordenado y torpe, como si no siguiera un patrón concreto. Ella está en la parte profunda y no puedo escuchar bien su murmullo. Agita los brazos, parece asustada pero su actuación es del todo incomprensible. Desde mi posición no termino de entender sus gritos cada vez más ahogados, alzo mi copa de vermú y sonrío, hago un gesto de brindis, como si quisiera decirle que está bien, que entiendo la situación y acepto el farol. A pesar de ser una experta nadadora, pretende simular una indisposición o un desvanecimiento: si actúo pronto, tendré que soportar su burla de más tarde, si me entretengo, me acusará de ser lento y despreocupado. Ha dejado de gritar, no es lo habitual en ella pero tampoco me sorprende, apenas puedo distinguir una de sus manos luchando (o que parece que está luchando) por mantenerse fuera de la superficie, como una tarántula del revés y sobrecogida que acaba de desprenderse del fino y delicado hilo que nos separa y nos aleja una y otra vez. Tomo otro trago de vermú. El pez manta se detiene y se instala suavemente sobre el fondo. Me empiezo a sentir cómodo en mi papel de eterno examinado, quizás ése sea el secreto de nuestra relación: nunca sabes lo que puede pasar, cuál será la prueba ese día y si, en realidad, el verdadero éxito depende de lo lejos que deseemos

(Publicado en su primera versión en la revista cultural "El Desembarco" , Noviembre 2006)

Publicado por Puzzle a las 12:33
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8 desvaríos:

Ojalá dijo...

Magia... preciosa palabra.. Ilusión.. aún mejor..
Tus palabras me transportan a lugares lejanos, pero curiosamente no me siento allí ninguna extraña.
Versos y abrazos

Marksiana dijo...

Es muy gracioso leerlo... yo también hice eso. Es incómodo para quien lo hace y para quien lo recibe. Demandamos todo el tiempo, nos sentimos inseguros, queremos ser el centro de la vida del otro. (Para no evitar mi responsabilidad, propongo reemplazar la primera persona del plural por la primera del singular).

fraskita dijo...

hola, llegue aqui por tu post del 23 de marzo del 2004, en que hablas del barco Fraskita.
http://puzzle.jorgegonzalvo.com/2004/02/frasquita.html

Ese es el nombre por el que se me conoce en mundo blogger, y mi blog, Fraskilandia. Un amigo me paso el link, y me entro la curiosidad por ver quien eras.
Yo le 'robe' el nombre a un amigo, ambos somos canarios,asi q supongo q llego a el de la misma forma q a ti.
Una grata casualidad haber encontrado este blog, ya me pasaré ^^

un saludo
(pd. mi madre es de zaragoza y mi padre de gran canaria, igual estabamos destinados a conocernos)
;)

Marta dijo...

Y vas a dejar que se ahogue?...
Sálvala, por favor!!!!
Sin duda es cruel ir poniendo a prueba..pero el final es un poco excesivo ;-P
Tiene ritmo, está bien escrito, por cierto!

bai dijo...

¿Has probado a apretar fuerte, luego sutil y delicado, su cuello de gacela y terciopelo mientras le haces el amor, para ver qué pasa?

Un abrazo a prueba.

Llaeza dijo...

Las personas somos complicadas. Cuando se trata de una pareja las complicaciones se elevan al cuadrado.

El texto me ha parecido precioso.

Besos con ternura

Anónimo dijo...

Ha pensado el protagonista de tu relato en ponerla a prueba el? Perseguimos lo que nos rehuye, lo inalcanzable nos atrae mas que lo facil. Ella le rechaza porque le tiene, probablemente añora cuando le cazó, y quizas desea cazarle otra vez.
Si ella quiere que el lea el cosmopolitan y la entienda, quizas el debiera exigirle que lea gentleman y le entienda a el....

Puestos a poner pruebas... la pregunta verdaderamente importante es... ¿esta de buen ver la hija del decano?

frank dijo...

el amor es cruel
la mujer
como el amor
también


Jorge, tus textos son siempre un deleite

 
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