lunes, 1 de septiembre de 2008
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sábado, 23 de agosto de 2008
Tras el “puedes besar a la novia”, los labios de los príncipes se unen como deliciosos gajos de mandarina. Todos los presentes se dan codazos mientras comentan emocionados que nunca se ha visto un amor tan grande: mira tú cuánto se quieren que no quieren separarse. En un principio, la anécdota resulta encantadora y, por qué no decirlo, romántica e inesperada. Después, el asunto se complica en el momento en el que los belfos reales se van transformando poco a poco en dos ventosas adheridas que no quieren despegarse. El hada madrina le sostiene la mirada al Rey que se piensa lo peor, cosas del tipo “esta me quiere joder” o “ten cuidado Arturito que las hadas de este reino son todas unas retorcidas”.
La primera noche después del casamiento es digna de recordarse como una de las más arrebatadas de todas las historias de amor que se conocen. La segunda ya empieza a ser penitencia y la tercera un suplicio. La princesa descubre que su amado padece de halitosis, algo que el futuro Rey había mantenido en secreto pensando que tal vez hallaría un remedio mágico para su aliento. El príncipe descubre una virulenta picazón en sus morros que se va extendiendo desde el nacimiento de la boca de la princesa hasta la comisura de sus propios labios. A ella no le queda más remedio que confesar que su vida antes del príncipe no era tan incólume y virginal como había dado a entender y que la picazón no es otra cosa que un herpes que adquirió no se sabe muy bien con quién porque fueron unos cuantos los que probaron la miel de sus labios.
Así es como se van sucediendo los acontecimientos en el reino. El Rey es despachado por la Reina que le pone los arcones en la calle porque alguien filtra la noticia de la doble vida del monarca. Los príncipes se pasan la vida adheridos, babeando reproches e insultos que derraman como una sopa amarga por las estancias de palacio. Reciben en audiencia pegados, duermen pegados intentando cerrar bien sus bocas para no contagiarse del hedor mutuo que desprenden. El príncipe no puede acudir a las batallas importantes porque lleva una princesa pegada a los morros y le viene un poco mal para matar a los insurrectos. Tampoco pueden darse festines pantagruélicos porque se atragantan. Y para qué decir nada de sexo oral o de la disolución del matrimonio. ¿Cómo romper algo que Dios ha unido para siempre a la altura de los morros?. El hada madrina presenta el maleficio como proyecto de tesis y se doctora en perversidad. La leyenda cuenta que viajó de reino en reino dando conferencias acerca de cómo ser mala malísima y cosechó innumerables éxitos y emolumentos allá donde fuera que estuvo.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Marzo 2007)
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jueves, 14 de agosto de 2008
Le gustaba llevar las cosas a los extremos, que el vaso rebosara. Esperaba que el desencadenante para cada una de esas situaciones fuera totalmente inesperado. El no cogerle el teléfono a Ana, por decir algo, era el equivalente a dejar que su dedo infectado por una uña que había crecido mal, traspasando los límites que le correspondían, se hinchara cada vez más, germinando en él esa extraña sensación de placer que proporciona el dolor y el control que sobre ese dolor ejercemos a voluntad. Se iban espaciando las llamadas de Ana; los primeros días tras la última discusión fueron los más intensos, Ana insistía a todas horas, pero, con el tiempo, ella parecía entender que Collin quería distancia, espacio o lo que fuera que Collin quería dar a entender con su negativa a comunicarse con ella. Con su silencio sobreentendido, el silencio de algo que infecta y que se extiende entre los dos.
Y ese era el tipo de pensamiento que alumbraba Collin en la media penumbra de su buhardilla, en la cual se refugiaba para leer o escribir, para redactar simulacros de cartas de despedida para Ana o, quizás, cartas definitivas que terminaba arrojando al cesto de los olvidos. La buhardilla con gato incorporado, el rincón a salvo desde el que contemplar la deformidad de su dedo, el terrible aspecto que le proporcionaba el absceso verdoso bajo la uña, visto desde la limitada perspectiva de un tragaluz que vomita, de tarde en tarde, un tímido chorro de luz que se despide al final de la jornada con una estudiada desgana. La misma desgana del gato que acepta la presencia de Collin mientras se deja acariciar el espinazo.
Collin y su vida plagada de carencias, y un dedo a punto de reventar de dolor, imaginando el líquido viscoso y verde que se derrama por su pulgar deforme y desproporcionado. Esto es el dolor, pensaría, únicamente esto, tanto acumular las cosas para llevarlas al extremo, para que en apenas un instante la infección escape por una fisura y el dolor remita y entonces no quede constancia de nada, del dolor, de la hinchazón, de la resistencia que uno pone a la cosas durante tanto tiempo para que, al final, termine cediendo en un instante.
El teléfono sonó rompiendo la quietud de la buhardilla. Collin no podía saber el tiempo que había transcurrido desde que había reventado su dedo con la cabeza de un alfiler. Tampoco necesitaba saberlo. Sabía que quien llamaba era Ana. Sabía que si atendía la llamada sería como reventarse el absceso con la punta de un objeto punzante y volver a caer en lo mismo, regresar a lo de siempre. Ahora sabía que podía mantener el dolor alojado en su interior el tiempo que deseara, que podía postergarlo a su antojo, manejarlo con pericia. Sabía eso y que Ana dejaría de llamar algún día, que se daría por vencida, que simplemente entendería.
Del tragaluz venían los reflejos de algunos automóviles que maniobraban cerca, en mitad de la noche. El teléfono siguió sonando media docena de veces. Ana, al otro lado, se sentiría quizás estúpida o servil, pero tarde o temprano se cansaría, sucedería algo dentro de ella, conocería a alguien que le devolviera las llamadas, pero estaba claro que algo tendría que ocurrir, una señal, algo, el detonante que hiciera que las cosas, definitivamente, apuntaran en otra dirección.
Imagen: © Giulio Volo
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Noviembre 2008)
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lunes, 21 de julio de 2008
Poco más puedo decir, ahora creo que soy sonámbulo, o algo así, vacío la nevera de madrugada, me visto con mi mejor traje y la corbata que me regaló el último aniversario y llego en coche hasta su portal. Otras veces llevo flores que dejo en el maletero, encima de la barquita hinchable, llamo a su puerta a las horas más intempestivas.
Siempre me abre otro que no soy yo.
(Fotografía: © Parke Harrison)
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sábado, 12 de julio de 2008
Yo sé que Violeta espera agazapada con un ojo medio abierto a que nos quedemos dormidos el libro y yo, para tomarlo por sorpresa y darle una buena ducha, ponerlo quizás al baño María o en la ventana a la intemperie, sufriendo los primeros azotes de una tormenta primaveral. Desde que sabe que el libro aguanta lágrimas de cocodrilo incluidas, Violeta está más revuelta, con la respiración contenida y maquinando fechorías que no quiero ni pensar. Me pregunta si me iré pronto al trabajo o si puedo dejarle echar un vistazo al relato de la página veinte, mientras esconde bajo el pliegue de la falda una toallita húmeda o un dosificador de perfume que emplea para refrescarse en verano. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, apareció en casa con una manguerita y un aspersor, una regadera para las flores que curiosamente acaban de ser trasladadas al lado de la estantería de los libros y unos moldes para fabricar cubitos de hielo en forma de estrellitas de mar.
Lo que más me inquieta es su última adquisición, una pecera en la que apenas entra un pececillo. Violeta dice que si todo sale bien, comprará otra más grande y la decorará con piedritas de colores y un enorme barco pirata en su interior. ¿Qué estás leyendo?, susurra. Oh, ya veo, el libro ese que no se moja. Luego sonríe medio descarada y se aleja por el pasillo canturreando, como si algo muy bueno fuera a ocurrir.
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domingo, 6 de julio de 2008
En uno de esos vuelos descendentes, además de caer en los brazos de una nueva mujer, hermosa e interesante como todas, cuando menos se lo esperan, se produce el milagro de la vida, ya saben, un nacimiento por accidente y el espectáculo guionizado aumenta en expectación e interés. Los futuros padres no piensan esperar a nadie, es más, con lo que son los asuntos familiares, incluso la madre del intrépido hombre bala llega tres semanas tarde al sacramento bautismal y bueno, el párroco del lugar, un tal Mason, asiendo fuerte su crucifijo bautiza al bebé con ginebra y regaliz, una encantadora manera de ocultar -de intentar ocultar- los pecados cometidos en el hueco que dejan las caries sobre una dentadura que se pudre poco a poco. Así que desde fuera, se puede decir que la sensación es que nuestro héroe, el intrépido hombre bala, se va a dar un buen traspiés de un momento a otro, eso que dicen de las ramas del árbol que están a punto de romperse. Pero al intrépido hombre bala le da igual un camino que otro, porque escoja lo que escoja volverá a caer, a tropezarse, y aterrizará de nuevo en los brazos de alguna mujer mientras siga representando la función diaria en pases de siete y nueve, porque a él, lógicamente le encanta cometer errores, a poder ser uno nuevo cada tarde. Y ahora él ya tiene otro error que cometer, un flamante error de más de un metro de pierna (si se le mide desde el nacimiento de la cadera) lo sabe a mitad del vuelo, en el punto más álgido de la parábola descrita, cuando a la vista de los demás es tan solo un proyectil. Eso sí, el tipo avisa, avisa que será mejor que su nuevo error, le recoja cuando caiga sobre su falda, se lo explica de manera sutil, con gestos en el aire, con ese tono de intrépido hombre bala, medio guasón medio temerario, le pone algún símil del tipo, tu espalda es como un tobogán dulce, un trampolín de azúcar por el cual deslizarse antes de caer, y ella, el error de metro de pierna, sonríe mientras él termina de caer sobre sus rodillas, rendido de amor, aunque sea algo que esté mal, porque esa otra historia también está mal, pero él adora cometer errores. Y ella ahora es su nuevo error, y mientras lo comete, se olvida o no tiene en cuenta que en ese mismo instante un bebé recién nacido es amamantado en la soledad del camerino del intrépido hombre bala, el lugar donde solía escribir osadas cartas de amor.
Unos años después, el asunto como era de esperar, termina inexorablemente en tragedia. Si es que a algo así se le puede llamar tragedia. El cachorrillo de hombre bala creció y se casó con una cantante pop un poco bisexual por un lado y un poco heroinómana por el otro, y posiblemente esa fue la primera vez del chaval en materia de errores. En eso salió al padre. Y claro, ese es el tipo de cosas que suceden en algunas familias, una familia extraña, como la del intrépido hombre bala, que a pesar de sus cosas, de todas esas cosas tan reprobables que hace, sigue volando lejos, vomitado por la boca de un cañón que refulge desde el centro de la pista y que lo proyecta lejos, hacia los brazos de una mujer diferente, todos y cada uno de los días, cometiendo como no podría ser de otro modo, un hermoso y adorable nuevo error.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Septiembre 2008)
Imagen: © Robin Blandford
Banda Sonora: © Jellyfish - "New mistake"
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jueves, 19 de junio de 2008
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martes, 3 de junio de 2008
El superhéroe acepta la sustitución con desgana, es la primera vez que trabaja en turno de noche, no la primera vez en mucho tiempo, sino la primera vez en toda su vida, y no se maneja bien con los ojos en modo de visión nocturna. Además, aunque se las ingenió para hacer la pirula en los exámenes de ingreso, es rematadamente miope y eso no ayuda. Para colmo, después de tres semanas en la playa, ha cogido algo de peso y la capa no le ajusta bien. Tampoco sus aptitudes aerodinámicas son las mismas. Eso y el jet lag hacen el resto, a pesar de que el superhéroe es un tipo bastante majo y predispuesto, lo cierto es que este encargo imprevisto le coge con el aire cambiado.
Sobrevuela la ciudad un poco confuso, intentando orientarse entre los edificios más altos y los destellos de los autos que regresan a sus casas después de un largo día de trabajo, cuando su oído ultrasónico escucha unos gritos inquietantes a pocos metros de la zona que le ha sido asignada para su vigilancia. Vuela hasta un parque cerca de allí y descubre entre la oscuridad y los arbustos, a una adolescente semidesnuda y a un joven agitándose violentamente sobre su cuerpo. Ella no deja de aullar con el rostro desencajado, casi desfigurado. “¡Me matas, me matas!“, grita. El superhéroe, furioso y deslumbrado aún, se abalanza sobre el chico, y no duda en usar su láser paralizante. De inmediato, el joven novio queda convertido en un amasijo de huesos calcinados sobre la hierba, un esqueleto retorcido que alumbra la madrugada con destellos azul-eléctrico, mientras echa un espumarajo pastoso por el orificio donde antes estaba su boca. La amante asustada, se ha quedado a mitad, casi cuando iba camino del tercer orgasmo. Eso es una auténtica faena.
Al día siguiente, la noticia es primera plana en todos los periódicos. El superhéroe sabe que el rescate, o lo que él creía que era un rescate, ha sido un completo desastre. Todos le apuntan con el dedo y el sindicato de superhéroes carga las tintas contra él. No sólo faltó a su verdadera misión, lo cual le ha valido una denuncia a la central por incumplimiento de contrato, sino que ahora además debe rendir cuentas del achicharramiento del adolescente que complacía a su novia en el césped de Central Park. Además tendrá que pasar de nuevo el examen de aptitudes de superhéroe y entonces descubrirán lo de su miopía. Tampoco sabe si será capaz de superar las duras pruebas físicas a causa del sobrepeso que ha cogido los últimos días en la playa. Es el fin. El caso es que el superhéroe, que es muy majo, bastante majo como decíamos, se queda hecho polvo. Tanto como aceptar sin un solo chispazo láser la decisión de su mujer, que después de un tiempo separados , quiere convertirse definitivamente en su ex, ahora que se ha enterado de todo a través de los medios de comunicación. El superhéroe es tan majo que la separación en todo caso es amistosa, ella no le guarda ningún tipo de resquemor y le telefonea pensando que quizás le venga bien hablar o desahogarse. El superhéroe echa de menos a su esposa, se interesa por cómo están los chicos, están bien dice ella, preguntan por ti todo el rato, y progresan adecuadamente como jóvenes promesas de superhéroes. El pequeño quiere ser como su padre, y la nena, aunque tiene madera, prefiere otro tipo de ocupaciones menos estrafalarias. Si no le queda más remedio, se dedicará a lo de heroína, pero si puede evitarlo prefiere ser pianista o jardinera. Así que de momento mantiene ocultos la mayoría de sus poderes, para no tener que dar muchas explicaciones al respecto. Ha salido a ti, murmulla el superhéroe al otro lado del auricular. Y la conversación les devuelve el recuerdo de los buenos tiempos en los que las cosas no eran ni tan difíciles ni tan extrañas para todos. Su historia no es que fuera precisamente trágica, puesto que todavía sienten que les unen cierto tipo de lazos invisibles que no pueden deshacerse.
El superhéroe se pasa por casa de la madre de sus hijos, así podrá encontrarse con ellos y darles un abrazo de superhéroe. El hijo que ha salido al padre y no a la madre, le recibe con un trajecito hecho a medida que le queda muy gracioso y es muy cómodo para las prácticas de vuelos rasos que les imparten en el jardín de infancia. La chica, que aunque ha salido a la madre, siente debilidad por su padre, trepa a sus rodillas y le mordisquea la nariz. La escena vista desde fuera resulta entrañable. La mujer se esfuerza por agradar al superhéroe, prepara el plato favorito de su marido, le dedica algunos gestos cariñosos, como pasarle la mano suavemente por la espalda o besarle la frente como si fuera un pez. Después de la cena, el superhéroe finge un poco de modorra. Le encantaría quedarse a pasar la noche en su antiguo hogar. No le apetece nada dormir solo en su cuchitril de alquiler barato que la empresa pone a disposición de los superhéroes solteros o separados. Lo que sucede a continuación es que la hija del superhéroe sabe leer el pensamiento en la mirada de su padre. Sabe lo que el superhéroe está pensando, porque a pesar de que oculta sus magníficas facultades, de vez en cuando no duda en utilizarlas para alguna buena causa. Basta con que la niña se concentre un poco y apriete fuerte los puños para que afuera, en la calle, descargue un pequeño temporal. En apenas unos instantes, la ciudad parece una bañera gigante, un gran caldero de sopa. No te irás a ir ahora, con la que está cayendo, dice la mujer. Se te va a poner la capa hecha un Cristo. El superhéroe promete que se acomodará en el sofá y no molestará a nadie. Estira los brazos mientras bosteza, llevándose las manos a la boca. La lluvia no cesa. Así que se quedan un rato en la cocina, manteniendo una conversación agradable y jugando una partida de cartas. Como en los viejos tiempos. No te preocupes, le dice su ex esposa con ojos de cervatillo, puedes quedarte en el cuarto conmigo, nos vendrá bien un poco de compañía.
El superhéroe permanece toda la noche en vela mirando al techo de la habitación. Su ropa de faena descansa sobre el respaldo de una silla en penumbra. En cuanto amanece, besa la frente de la mujer y comienza a vestirse sin hacer ruido. A cámara lenta. Cuando está a punto de abandonar la habitación, ella, como desde el interior de una cámara acorazada, le dice que será mejor que se coloque bien la capa un poco por fuera, no sea que tropiece en cualquier imprevisto. Al superhéroe siempre le han gustado ese tipo de detalles de su mujer, detalles que le despiertan mucha ternura, como quitarle las semillas al pepino de la ensalada para que no le siente mal por la noche. Se asoma a través de la puerta del dormitorio infantil y sonríe mientras contempla el sueño inocente de sus hijos. Se mira por última vez en el espejo del recibidor, mete un poco de tripa y se plantea algunos nuevos retos, como ponerse en forma, por ejemplo, o ir al oculista o arreglarse las caries. Sabe que el incidente del parque le pasará factura y que se avecinan malos tiempos. Podría suponer un revés importante en su carrera de superhéroe venido a menos e incluso es muy posible que tenga que empezar prácticamente de cero.
De cero.
Si una cosa buena tienen los superhéroes es que puedes putearles todo lo que se te venga en gana porque ellos lo aguantan sin rechistar. Recuerda bien esas palabras, se aferra a su juramento de superhéroe. Los que son como nosotros, piensa, nunca se vienen abajo por muy mal que les vayan las cosas en la vida. El superhéroe ha pasado por situaciones así y mucho peores, y siempre ha sabido encontrar algo a lo que agarrarse. Y cuando no lo encontraba, se recordaba a sí mismo quién era él, de dónde venía y que siempre terminaba saliendo adelante con todo. Por eso se ajusta bien la capa por fuera y respira hondo todo lo dignamente que puede antes de enfrentarse a un nuevo día.
El superhéroe da por hecho que los malos tiempos pasarán y que las cosas volverán a su ser. Lo piensa firmemente desde la azotea del edificio donde se encuentra el piso que ocupan su esposa y sus hijos. El pequeño que ha salido al padre y la nena a la madre. Lo sabe a ciencia cierta, mientras emprende un vuelo ligero hacia el extrarradio. Todavía con los ojos legañosos, medio adormilado, nivela su altitud de crucero, la ideal para emprender las labores de vigilancia. Bosteza tímidamente y efectúa algunos tirabuzones acrobáticos en el aire para desentumecer los músculos. Siente el viento fresco de la mañana golpeándole en la cara, con tanta intensidad que tiene que cerrar un poco los ojos para que no le moleste. Con la velocidad a la que suceden las cosas en el mundo de los superhéroes, un reactor comercial casi a punto de tomar tierra no muy lejos de lugar, arrolla fulminantemente al superhéroe, que inmerso como está en el recuerdo de los ojos de su mujer, no tiene tiempo ni de decir, es un pájaro, es un avión, que tampoco es una expresión muy de superhéroe que digamos, pero que mientras no se nos ocurre otra mejor para terminar esta historia de superhéroes, es la que hay.
Imagen: © Paul Armstrong
Banda Sonora: © Jellyfish - "The glutton of sympathy"
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lunes, 19 de mayo de 2008
Seco sus manos como si me ajustara a un ritual. Una camisa recién planchada cuelga de la puerta. Marco el número de recepción y pido café, tostadas y algo de fruta. No tengo hambre, oigo que dice, pero le recuerdo que el desayuno viene incluido en el precio. Al final, mordisquea con indiferencia la esquina de una manzana. Decido recostarme en la cama. El tipo se masturba, pensando en su mujer, hasta que eyacula sobre mi ombligo.
A continuación me descerraja la cabeza de un tiro.
Soy un hombre muerto en una habitación de hotel, alguien que una vez tuvo un rostro. Mi cuerpo descansa frente a mí y puedo verlo con claridad, mientras comienza a llegar gente, alarmada por el disparo. Una de las chicas de la limpieza grita y se abraza al ejecutivo que se hospeda en una suite contigua. Dejo mi cuerpo tirado sobre la cama. Me desprendo de él. No tengo miedo. Abandono la habitación sin apenas esfuerzo. Las cosas suceden ahora con otra cadencia, me muevo sin necesidad de pies. Puedo alcanzar sin dificultad la recepción, salir a la avenida, ganar la esquina y divisar el bloque de apartamentos de mi calle; puedo acceder al portal, sin llave, soy capaz de sortear el rellano de mi edificio y visitar a mi mujer que todavía duerme en nuestro dormitorio, ajena a todo.
Estoy sentado en el borde de la cama, observo la respiración pausada de Corina. La escena es una postal, una fotografía tomada bajo una luz dócil que lo baña todo y que atraviesa la estancia pidiendo permiso. Corina se revuelve en medio del sueño, gimotea una frase inconexa, como una niña asustada. Lo hace cada noche, sin faltar una sola, desde el día en que supimos lo de la enfermedad que, como un animal salvaje que enseña las zarpas, se volvió contra nosotros sin darnos tiempo a nada. Me tumbo a su espalda, pero no me atrevo a tocarla, no tienes dedos, me digo. Ni siquiera sé si tengo voz, intento hablarle al oído, susurrarle algo. No acierto a encontrar las palabras adecuadas. Será esto la muerte, pienso, quedarse sin palabras cuando más necesarias son. Le diría tantas cosas: que no se enfade, por ejemplo, que no me lo tenga en cuenta, que no se haga demasiadas preguntas.
El director del hotel aplasta una colilla sobre la mesita de noche de la habitación que todavía ocupo. Ha acudido de inmediato. En cuanto escuchó el disparo supo de qué se trataba. Está acostumbrado a ver de todo. Contempla con desgana el rostro del hombre que yace en la cama con la cabeza abierta. Aún quedan trocitos de papel pegados sobre las heridas del afeitado exprés. Habrá que avisar a la familia, sugiere.
Un teléfono suena inoportuno para arrebatarle el sueño a mi mujer. Un teléfono que arde desde una esquina del dormitorio y que tiene una misión. Corina se incorpora con brusquedad sobre la cama y grita mi nombre. Estoy a su lado pero no puede verme. Una mujer cubre mi cuerpo con una cortina de baño. Corina levanta el auricular. Alguien carraspea al otro lado. Ahora sé que los muertos se atragantan, que se quedan sin palabras en las despedidas.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Julio 2008)
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sábado, 3 de mayo de 2008
Llueve y los paraguas también lloran y golpean algunas cabezas, o te sacan los ojos, ñic ñic, como el ruido de una botella de champán barato al ser descorchada en una habitación de hotel también barato. Se podría matar a un hombre con un paraguas, en realidad se puede matar a cualquier persona sólo con un golpe de lluvia, con un puñetazo de tristeza en el estómago, o mejor aún, insertando el tacón de una adolescente herida en el centro mismo de su corazón abierto en canal.
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