lunes, 21 de enero de 2008




Quien me conoce sabe que soy un desastre para los recuerdos, no importa que sean selectivos o traumáticos, olvido por igual unos y otros. Fechas, aniversarios y efemérides, que de normal y en mi caso solo sirven para sacarme los colores. Esa es una de mis ocupaciones raras: olvidar los recuerdos. Disculpa, me olvidé otra vez. Y suelo comentar que me lo estoy mirando, el neurólogo dice que es habitual y Violeta que no presto atención y que se sube por las paredes cada vez que le pregunto cuántos años tiene ahora. Yo creo que los dos tienen razón, pero me lo están mirando, es cierto y me da mucho coraje porque me vienen hoy en desbandada imágenes de Las Palmas, de cuando acariciaba con los dedos la idea de ser ingeniero y levantaba por igual castillos de arena o de sueños en Playa del Inglés.

Hubo tiempo para todo, pasaba la vida tomando la guagua a Tafira, la 327 creo, de las azules, cuando aún las guaguas que podías tomar en el Hoyo eran azules o verdes, unas te llevaban al norte y las otras al sur, como todos los viernes de todos los meses. Recuerdo aquella verbena de San Andrés, yo quería quedarme en casa y la pandilla me convenció y menos mal. Subir o bajar de Tafira era serpentear en aquella guagua enorme con acordeón en medio. Me gusta de las guaguas en Canarias que el conductor se llama chofer y tenía por aquel entonces potestad para dejarte en tierra hubiera o no hubiera parada, sólo con que tú le dijeras, chofer, ¿me abre la puerta? y el chofer paraba y te dejaba donde tú querías. Gracias chofer. De nada mi hijo. La 327, dime que era la 327.

Recuerdo el Guincho, mi garito preferido para tomar Tropical y tirarte los tejos. Allí hicimos mi despedida, después (o antes) de aquella excursión a Guayedra. De Guayedra recuerdo que estábamos solos en aquella cala, recuerdo el ferry que llegaba de madrugada, tan cerca de la orilla que casi podías subirte a él en marcha, tan cerca de Agaete que veías las luces del puerto allí donde doblaban y se acababan las rocas con el gran dedo apuntando al cielo abierto. Todo tan cerca. El ferry tan cerca. El cielo tan cerca. ¿Cómo se llamaba aquel lugar cerca de Las Canteras dónde íbamos a tomar botellines de tres cuartos? ¿Y el de aquellas escaleras estrechas que era una calle?. Sí, una calle y hacían conciertos. Recuerdo los conciertos en la playa, en el sur, en Alcaravaneras, recuerdo el local de ensayo de Los Coquillos y a Pedro Guerra cantando “mujer que no tendré”. Recuerdo carnavales y aquellos disfraces improvisados cada noche en el piso de Santa Catalina. Recuerdo las putas y los yonquis en el portal. Recuerdo las bibliotecas, Magisterio abajo en el obelisco o la de informática las noches de sábado, explicando las corrientes eléctricas como si fueran enanitos que montan en guagua, cuando en realidad la corriente eléctrica era ver a Bibiana reír o entrar por la puerta con su calculadora científica que nadie entendía. Pero sobre todo recuerdo la biblioteca del obelisco, lo dije antes, sentados en el patio después del desayuno en la cafetería (un leche y leche y un bocadillo de pata) mirando pasar a las chicas y aplaudiendo o silbando o, lo que es peor, haciendo la ola y devolviendo los rechazos con nuestro mejor revés. O el día que olvidaron cerrar la máquina de las chocolatinas y la vaciamos en un suspiro. Recuerdo a Sting sonando a través de los auriculares en los pupitres, tan feliz –Sting- que no podía dejar de llorar, el día que te regalé un libro de cuentos para colorear con la idea de que se te pasara (o no se te pasara) la mala leche. Tan cerca tu mala leche. Recuerdo las tardes de cine, las meriendas en La Ballena y las noches de tacones y carmín, cuando las chicas de la pandilla se ponían tan bonitas y hablaban más dulce que nunca. Como si hablar más o menos dulce fuera algo que se pudiera hacer a propósito. Creo que era la 327. Y el garito que era una calle se llamaba así, La Calle, donde siempre imaginaba que un día, tarde o temprano interrumpiríamos el tráfico para tocar con el grupo. Recuerdo cuando Elena dijo que en la foto de aquel disco parecíamos surferos retirados. Y así quedó la cosa: surferos retirados. Hoy todavía lo cuento. También recuerdo el olor a cuero del taller de Miguel, el ruido de la casa por las noches, la casa que tenía vida propia y nos contaba cosas, esquivar las chopas cuando llevábamos sandalias, te paso a buscar y estudiamos un rato. Y muchas veces estudiábamos. Y muchas discutíamos y me daba la risa y tú te enfadabas más y más, y te ibas, y volvías pero otra vez risa y te marchabas de nuevo. Luego te echaba de menos y eso ya no hacía tanta gracia.

La gente de la universidad se esfumó, no hicieron falta grandes alardes técnicos, cada uno por su lado, a Barcelona, a La Palma, donde fuera, con su vida hecha, algunos en la península, la mayoría de ellos emparejados y llenando la casa de anhelos y muebles de Ikea y jódete que en Zaragoza aún no tenéis, pero ya tenemos y sí, yo creo que era la 327, o la 317, cuando tú cogías el Utinsa o el Salcai y después las cosas cambiaron y ahora no sé de qué color son las guaguas, ni recuerdo el nombre de la compañía de transporte ni en qué momento levantaron aquella otra estación cerca de Santa Catalina. A mí me gusta el Hoyo de toda la vida, cruzar San Telmo o venir de Triana, comprar tarta de chocolate en Guirlache y elegir verde o azul y dejarme llevar por la guagua, hasta que se acabe la isla o hasta que me dé por gritarle al chofer que me bajo allí mismo, que justo acabo de recordar que el garito de las botellas de tres cuartos es el Pachichi y que si me apuro, tengo tiempo a pasar por casa y coger la guitarra. Algo me dice que la pandilla me espera, acaba de anochecer y la playa y las chicas están más guapas que nunca, con sus tacones y su carmín.

Fotografía: © Pablo Montesdeoca

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martes, 15 de enero de 2008




No se recuerda una belleza guanche tan bien dibujada como la de Nayra, porque Nayra parecía un dibujo, o más bien una fotografía antigua de una mujer que forzosamente tenía que haber pertenecido a otra época o a otro sistema solar, aunque las dos cosas bien pudieran haber sido ciertas.

Sabemos de Nayra que llamaba la atención, que en los días de panza de burra –que eran casi todos- cuando en Las Palmas apenas asomaba el sol por el parque de Santelmo, ella seguía brillando por Tomás Morales camino del obelisco como si nada de aquello fuera con ella. Dicen, y cuesta creer, que nunca se enamoró y que le encantaban los helados de hielo del puestito de Las Canteras (el de al lado de la caseta de la Cruz Roja) y el Clipper de Fresa. Terminó arquitectura en Tafira y se largó a la península un viernes de mayo para probar suerte en Zaragoza. Un verano como no se conoce, pegajoso y particularmente extraño (la ciudad más que recibir, parecía que mandaba de vuelta a Santelmo y a los días de panza de burra) sacó el lado más feroz de Nayra, que lejos de achicarse, se rehizo en el portal de un estudio (gabinete que diría el imbécil de su director de proyecto) de arquitectura. De Zaragoza le gustaba el Parque Grande, el cielo azul-Monegros y salir de tapas por el Tubo, también el Teatro Principal que le recordaba mucho (más de lo que le gustaba reconocer) al teatro Benito Pérez Galdós.

En septiembre la hicieron fija y lo celebró con un amigo al que empezaba a encontrar interesante y divertido, aunque de él destacaría otras cosas que se guardaba muy bien para sí misma y para su almohada. Durante la cena, añoró los días en Puerto de Mogán y la arena fina de Guayedra. En octubre desfiló con el traje típico el día de la ofrenda en una mañana que se le antojó fría y húmeda y echó especialmente de menos los asaderos en Tejeda. En noviembre cogió su primera gripe, no la primera del año o de la temporada, sino la primera de toda una vida y eso le hizo recordar aquel día que nevó en la cumbre y la población entera quedó con la mirada y el alma puesta en el Roque Nublo. Esa misma noche, Nayra sintió un tremendo espacio abierto entre el dormitorio que ahora ocupaba y su vida en la isla.

Nayra comenzó a desdibujarse hasta que en diciembre, una mañana de lunes, de camino a un edificio que andaba rehabilitando, un golpe de cierzo frío y punzante le congeló el corazón, que de acuerdo al informe del forense, dejó de latir más por pena que por frío.

Fotografía: © David Niles

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lunes, 17 de diciembre de 2007




Daniel era un adolescente de ciudad, medio contrahecho y ligeramente torcido de cintura para arriba. Por eso llevaba aquel enorme corsé metálico: una suerte de cárcel que le encerraba el cuerpo desde la cadera hasta el cuello. Andaba con la mirada bien alta, como apuntando al cielo en busca de respuestas y de días soleados que no llegaban. El manejo era complicado, sus apariciones públicas requerían de ciertos preparativos que impedían que se prodigara con frecuencia; no podía tomar el autobús (todos recuerdan los interminables episodios de caídas y resbalones intentando acceder a la línea treinta y tres) y tenía que entrar a los vehículos apilado como un tronco de árbol recién talado.

De vez en cuando y en los momentos más inesperados, extraviaba algún tornillo por la calle, si le alcanzaba el valor pedía ayuda para que alguien lo recogiera, alguien que de una manera o de otra dudaba primero ante la idea de que le estuvieran gastando una broma pero que, al final, viendo los hierros que asomaban por el cuello de la camiseta se prestaba a la búsqueda. Muchas veces Daniel volvía a casa con un desconsuelo de más y varios tornillos de menos, lo que le obligaba a visitar de nuevo la ortopedia, ya fuera para engrasar algún remache o para rescatar las piezas desencajadas y perdidas por el camino o el ascensor. La primera vez que pisó aquel horrible lugar era verano, verano de aceras pegajosas, el resto de adolescentes de ciudad poblaban las piscinas y los parques, mientras Daniel solía recordar, revivir más bien, la sensación desapacible y húmeda de su cuerpo recubierto por una sopa pastosa de escayola fría, el silbido ahogado de su propia respiración en el cuartillo de atrás mientras cuajaba el molde y lo lejos y ajeno que se sentía a todo lo demás dentro de aquella mala copia de sí mismo. Dormía en su jaula de metal y soñaba con aviones que se estrellaban contra patios de colegios deshabitados, con hombres grises que ascendían rampas de garajes de ciudades también grises y, cada vez con más frecuencia, con títeres incontrolados y torpes, fantoches desposeídos de toda dignidad que se apilaban en el asiento de atrás como árboles talados.

Odiaba las líneas rectas y los espejos. Detestaba ser el fatal depositario de la crueldad de aquellos que se burlaban o le bautizaban continuamente con motes nuevos, grotescos, gastados de tanto uso: Jorobadito y mal hecho, Robocop y a veces, simplemente Mazinger.

Daniel enseguida se dio cuenta de que Nuria (aquella muñeca de porcelana de la primera fila) nunca se fijaría en él, lo mismo que Rosa, Violeta o Blanca y exactamente igual que Raquel. Ninguna chica en su sano juicio querría acercarse o reparar en alguien que apenas podía andar diez metros sin tropezar, que hacía saltar los detectores de metal que encontraba a su paso o que no podía volar en columpio ni atarse los cordones de los zapatos. En realidad, Daniel sí se relacionaba con chicas, en la salita de espera del hospital (antes de las sesiones de rehabilitación diarias) coincidía con muchachas portadoras de corsés como el suyo que intentaban ocultar con la ayuda de alguna bufandita o pañuelo al cuello y que evitaban los escaparates de tiendas bonitas que reflejaban la imagen distorsionada de sus cuerpos y sus pechos recién florecidos y aplastados por el hierro, mujercitas metálicas que lloraban pequeñas lluvias porque intuían, o sospechaban que nunca podrían llevar vestidos hermosos y faldas de volantes con las que bailar descalzas por los parques y correr por las calles. Lo cierto es que Jorobadito siempre hubiera querido decir algo, darse a conocer de algún modo, pero todo el valor del que disponía lo guardaba para cuando volviera a perder algún tornillo en el supermercado, así que nunca decía nada y se dedicaba a poner cara de comprender.

Mientras tanto, los otros chicos salían y conocían el sabor de los primeros besos, de los cigarros a escondidas y los combinados de ron y tequila, los reservados de la disco y los mensajes de amor enviados en aviones de papel. Jorobadito nunca recibió invitaciones a fiestas de cumpleaños, tampoco para jugar a la pelota en el patio (aunque ofreciera su bocadillo a cambio y siempre se quedara sin almuerzo y sin partido. Como no podía ser de otra forma, Nuria se decidió por el tipo que más goles marcaba en la liga local (con el tiempo sería un fenómeno en casamientos por penalti), Rosa por el matón de Quinto B (el que empujaba a Robocop escaleras abajo) y Raquel le dio su primer beso al chico que años más tarde le partiría la boca, los dientes y el alma sin contemplaciones de ningún tipo. Blanca, que siempre andaba buscando bronca, se despachaba de lo lindo con Violeta en el vestuario de chicas y se volvió un marimacho y campeona absoluta de lucha libre cuando llegó a la universidad.

Jorobadito siguió perdiendo los tornillos a pares, tropezando consigo mismo y con sus desánimos y soñando con aviones y hombres grises, mientras los huesos le dolían y le bailaban por dentro descompasados. Probó a colgarse ladrillos de las manos y las piernas, estirarse con un sistema de poleas que imaginó en una de aquellas interminables y dolorosas sesiones de rehabilitación, y planeó vivir suspendido del revés una vez que descartó la idea de dejarse aplastar por una apisonadora marca Acme que le dejara bien plano y fino como un cromo de Naturaleza y Color o un pergamino japonés. Manejó miles de opciones hasta que finalmente se decidió por nadar todas las mañanas hasta perder el resuello y dejarse caer en un gimnasio de barrio por las tardes. Siempre ocupaba dos taquillas, una para la ropa y otra para la armadura y como tocado por una idea feliz, aprendió con el tiempo a gastar bromas referidas a su prototipo y a reírse un poco más de su sombra alargada y tiesa. Ahí comenzó a cambiar todo.

Aún se recuerda la gran explosión metálica y los tornillos de aquella coraza saltando por los aires el día que revelaron la primera radiografía que no parecía un cuadro de Kandinsky. El momento justo en el que certificaron su verticalidad y pudo gritarlo al mundo.

Alguien me contó que Daniel no tardó en descubrir el sabor de los besos a tabaco, que terminó tocando en un grupo de pop con cierta repercusión a nivel nacional y que, de tarde en tarde, puedes verle en la sección de libros de unos grandes almacenes arrojando tornillos al suelo (tornillos que lleva escondidos en el bolsito vaquero de Marta, su novia) y pidiendo por favor que alguien se los recoja. Resulta que ya le alcanza el valor.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Diciembre 2007)

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miércoles, 12 de diciembre de 2007


El señor Azul (lo de azul viene por una mala traducción relacionada con la extensa gama de tristezas que es capaz de alojar en las entrañas) hace todo lo necesario para no pensar. Lee libros para no pensar, escribe tonterías para no pensar, también lo hace para que alguna antigua novia suya -que, por otra parte, no quiere saber nada de él- pueda criticar esas estupideces que escribe de vez en cuando. Por eso y porque le gusta que le metan caña que, dicho sea de paso, le sirve también para no pensar. Se pierde en avenidas sembradas de soportales que bostezan despedidas para no pensar y solicita en algún estanco -con el correspondiente impreso- un poco de ternura de segunda mano para no pensar. Acude a la oficina para no pensar, le mira el culo a la de Recursos Humanos para no pensar, disimula estar bien o tirando (lo que él denominaría "normal") para no pensar, camina como si le persiguieran los recuerdos con tal de no pensar, se compara con tipos que jamás serán como él para no pensar, se detiene en los escaparates de lencería fina y no reconoce su reflejo entre tanto maniquí de medidas perfectas, si es que eso puede decirse que sea algo que ayude a no pensar. Observa a la mujer del tiempo y sus manos de mujer del tiempo para no pensar. Se imagina todas esas borrascas avanzando entre sus costillas. Entra en una agencia de viajes, se presenta, soy el señor Azul, dice todo pomposo y a continuación averigua la mejor manera de abandonar la ciudad discretamente, quiere visitar ciudades con nombres impronunciables, para que luego no puedan encontrarle -Tewkesbury por ejemplo- incluso cuando los de la agencia de viajes le contemplan de un modo extraño, el señor Azul les mantiene la mirada para no tener que pensar, uno, dos, tres...cinco...diez y les sigue mirando para no pensar. Se salta los semáforos para no pensar y encaja con indiferencia los insultos del taxista que ha tenido que esquivarle en el último momento. Hace fotos de las aceras que pisa para no pensar, duerme con viuditas desdentadas para no pensar, silba canciones tristes, todo para no pensar. Visita amigos que creen firmemente en la posibilidad de no pensar -al menos durante un tiempo-, intenta alargar ese tiempo, estirarlo como si fuera un domingo de un verano que una vez tuvo y se marchó dando tumbos, fuma (él que nunca ha fumado) cigarrillos bajos en nicotina para no pensar, responde cartas atrasadas para no pensar, hace el equipaje y lo llena de ropa interior como para una vida entera y también aunque muy de vez en cuando, se fuga con la vecina del sexto que no está nada mal, total, para no pensar. Hace cualquier cosa para no pensar, lo que sea, tampoco toma líneas de metro de color azul o gris, porque significaría sin duda la manera más torpe de quedarse atrapado en aquello en lo que no quiere pensar. Pero sobre todo, y por encima de todas las cosas, el señor Azul nunca se enamora, para no pensar.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Enero 2008)

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miércoles, 14 de noviembre de 2007




Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del
amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame agua","¿sabes manejar?", "se hizo de noche", entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho "ya es tarde" y tú sabías que decía "te quiero".)

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

(Jaime Sabines)

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martes, 16 de octubre de 2007




Se besan. Y no veas cómo. Dan ganas de saltar del coche y hacerles el corro de la patata. Junto a ellos se detiene también el tiempo y un poco todo lo demás: las calles, el tráfico, un banco de cúmulos que avanza en dirección Gran Vía y amenaza tormenta de febrero. Todo quieto y allí permanecen ensamblados el uno al otro, como piezas de Lego, no tendrán más de quince y ya comprenden que la vida consiste en devorar el tiempo, las bocas, las lenguas, masticarse adheridos por la cintura, cadera, coxis y rabadilla y el chaval que la sujeta como quien sujeta un mundo entero, un planeta, al tiempo que le cuenta al mismo mundo congelado en esa esquina, que esa chica es suya, o quiere que sea suya, una vida entera o esa vida que es la única que conoce y que entiende. Lejos de separarse, se juntan más, juraría que ni respiran y, si lo hacen, tiene a la fuerza que ser de manera invisible y precipitada, dejando pasar pequeñas cantidades de oxígeno entre el inexistente espacio que queda libre entre sus bocas disueltas, devastadas por todo ese mar de arrebato adolescente.

Pienso que nadie en su sano juicio quiere avisarles, avisarles de lo que viene después, con el tiempo, cuando tengan dieciocho o veintitrés o treinta y tantos, y ella conozca las fiestas de fin de curso, los viernes de cosquillas en el ombligo que terminan en domingos de resaca, las pruebas de embarazo en un retrete de escuela, para qué, para qué joderles con lo que viene, si tarde o temprano jugarán al Lego en otras cinturas, en otras caderas, en otras rabadillas, y quien sabe si olvidarán todos estos besos de esquina que ahora ocupan orgullosos una tarde de dos mil nueve. Nadie quiere avisarles, porque eso sería como lanzar piedras a dos perros que fornican en la calle y escapan aullando y desencajados.

Se besan, se mastican, y la vida se detiene en una esquina, junto a un semáforo que parpadea con desgana, también se detiene el tiempo y un poco todo lo demás: las calles, el tráfico y un banco de cúmulos que al alcanzar la vertical de sus cabezas, de sus bocas, de sus lenguas, comienza a descargar un espléndido temporal.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Febrero 2009)

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miércoles, 3 de octubre de 2007




1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2. Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

3. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

4. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

5. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

6. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

7. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

8. Piensen en el punto número siete. Uno debe pensar en el siete. De ser posible: de rodillas.

9. Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, de Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

10. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

(Roberto Bolaño)

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sábado, 1 de septiembre de 2007




Marla siempre quiso que acudiéramos a un terapeuta argentino en cuanto terminara el verano. A mí me gusta que Marla tenga todo lo que desee. Por eso me casé con ella. Ahora Marla dice que se siente sola cuando no estoy en casa, que un animal doméstico le haría compañía o en su defecto un amante, pero que de momento prefiere un animalito. También quiere que vuelva el tipo que yo solía ser, aquel hombre decidido y seguro que le nublaba los sentidos. El terapeuta argentino sugiere que haga cosas arriesgadas, que eso ayudará a combatir esa extraña y repentina crisis de inseguridad que me invade.

Es Septiembre. He hecho algunas llamadas. Quiero que Marla sea feliz y recuperar su admiración de antaño. Mañana perfilaré los detalles y le contaré mi plan: he decidido adquirir un cocodrilo. No concibo otro animal más apropiado para Marla. Por otra parte, el cocodrilo me permitirá recuperar al tipo que fui. Combatiré mi inseguridad con actos arriesgados al tiempo que Marla estará acompañada durante mis ausencias. Todo volverá a ser como antes.

Un cocodrilo lleva una vida bastante inactiva y yace inmóvil la mayor parte del día. Por la mañana el cocodrilo busca el calor del sol, así que podrá hacerle compañía a Marla en la terraza a la hora del desayuno. Le pondremos un nombre adecuado, un nombre de reptil o de político famoso, aunque a mí me resultan encantadores los cocodrilos. Un cocodrilo permanece en espera durante horas, no tiene prisa, no pasa el tiempo en su vida de cocodrilo. El nuestro podría vivir en la piscina.

Entonces imagino que regreso al final del día, justo cuando se pone el sol afuera en la casa. Marla me recibe amorosamente, hablamos de cómo nos fue la jornada y le pregunto por el cocodrilo. Después de la cena acostumbro a hacer mi número más arriesgado en el patio, junto a la piscina, preparamos algún cóctel y fumamos cigarrillos finos, comentamos lo lejos que queda la felicidad y lo poco que nos damos cuenta cuando la tenemos planeando sobre nuestra existencia. Luego me incorporo y pausadamente, con un gesto grave, introduzco mi cabeza en la mandíbula del cocodrilo. Permanezco quieto unos segundos. Cada día que pasa alargo el intervalo de tiempo dándole más emoción a la escena. Eso me acercará a Marla.

Ahora sé todo lo que hay que saber acerca de los cocodrilos. Los cocodrilos, por ejemplo, tienen cuerpos pesados y metabolismos generalmente lentos. Nuestro fiel compañero está bien adaptado a la vida en la piscina y solo de vez en cuando abandona la rutina de sus aguas siempre quietas, únicamente para nuestro número circense, deslizándose sobre el césped del jardín, arrastrando su estómago y empujándose con los pies. Luego se dirige hacia el velador que preparamos cada noche para celebrar el espectáculo. Ayer, lamentablemente, perdí una oreja cuando me disponía a sacar la cabeza de la boca del cocodrilo. Si hubieras visto la cara de infinita admiración que proyectó Marla contra la superficie azulada y mansa de la piscina, comprenderías que una oreja importa bien poco y que, ahora sí, todo volverá a ser como antes.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Septiembre 2007)

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martes, 21 de agosto de 2007




Hoy quiero que me hables de ti. No hay prisa: tenemos tiempo. Cuéntame algunos secretos, eso me apetece. Podrías empezar por hablarme de aquellas canciones que tienes casi olvidadas y te hacían sentir cosas. Cosas que ahora no sabrías explicar. Eso es lo que me gustaría, que me hables de cómo te imaginabas que sería el futuro cuando fueras mayor y ya no te diera miedo lo que hubiera debajo de la cama. De cómo fue que creciste y has llegado a ser una personita grande, un proyecto de vida. Cuéntame, eso me interesa, la vez que soñaste que te brotaban alas de la espalda y volabas.

Háblame de las cosas que te importaban, por ejemplo de tus peluches, tus peluches y tus pulseras. Háblame de cuando no podías hablar de tanta risa que te entró y te atragantabas, de la amiga que más envidiabas porque te sentías pequeña y feucha a su lado y aún asi la adorabas. Háblame de si te gustaba tu nombre -si todavía te gusta- y si llevabas caramelos a clase el día de tu cumpleaños, de jugar en el patio y los moratones en las rodillas, de si tenías una mochila llena de sueños y tu primera excursión. Háblame de todo eso, no hay prisa, quiero saber de tus vacaciones y lo que pensaste la primera vez que viste la nieve o el mar o la sonrisa de aquel chaval que te miraba distinto pero bien.

Hoy quiero que me hables de esas cosas, tenemos tiempo. Háblame de la mujer que tengo frente a mí, de si todavía te recoges el pelo y si sabrás reconocerme entre tanta gente.

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sábado, 4 de agosto de 2007




Aquel día, la playa reclamaba atención meciendo las olas con una cadencia suave pero eficaz. Proyectaba un sonido de mar que bien podía entenderse como un rugido o un ronroneo. Todo dependía de quien escuchara.

La playa hizo todo lo que pudo, todo lo necesario para poder acunar aquella botella hasta depositarla plácidamente en la arena. Al fin y al cabo era una playa mensajera: su única misión era lanzar y recibir todas las botellas portadoras de mensajes. Sin hacer preguntas. Únicamente se conocía el punto de partida. Era desconocido el lugar de llegada. Sería elegido al azar. Todas las playas mensajeras se sentían orgullosas de serlo y cumplían su cometido a la perfección. Una autentica maraña de costas y ensenadas, una red organizada de kilómetros de dunas salpicadas por el océano, capaces de catapultar mensajes secretos, de amor y de auxilio, interconectadas entre sí, de un extremo a otro del planeta. Miles de botellas en tránsito y todas llegarían siempre a un destino. A algún destino.

Ese es el motivo por el cual la playa no esperaba caricias ni manos moldeando sus orillas en forma de castillos y fortalezas. No esperaba sonrisas de domingo, sonrisas de enamorados jurándose amores eternos que no duran más de un verano. La playa, sencillamente, reclamaba atención, así que hizo todo lo que pudo. Depositó la botella junto a un bulldog francés que jugueteaba con su dueña y se aseguró de que la entrega fuera perfecta.

Al fin y al cabo, era una playa mensajera.


Ilustración: © Cecilia Varela

(Nota: La primera versión de este relato se publicó en el País de las Tentaciones, el 2 de Julio de 2004, bajo el título: "Playas Mensajeras")

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