Fotografía: © Susana Salguero
jueves, 25 de enero de 2007
Fotografía: © Susana Salguero
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lunes, 15 de enero de 2007
Paco se queda mirándome fijo, como si estuviera contemplando la sombra de una persona y no a una persona. Al principio no decía nada, qué iba a decir, pero con los días se fue arrancando con saludos melancólicos pero cada vez más cercanos, como si hubiese decidido que mi vida es aún más triste que la suya, o por lo menos igual de triste, con la salvedad de que -al menos- a él no le queda más remedio que peregrinar por las calles y las avenidas cada día en su particular entrega de facturas vencidas y propaganda comercial, y de ese modo la ciudad le regala algún tipo de esperanza o de empujón hacia un tiempo que él quiere creer que será mejor y que no tardará en llegar.
Como cada lunes le invito a pasar. Preparo café y Paco busca las tazas y el azucarero en la alacena. Coloca todo sobre la mesa mientras esperamos a que la vieja cafetera italiana, que vino con Laura y se quedó después de que ella hiciera la maleta, estornude precariamente. Permanezco sentado en el sillón orejero, con la cabeza entre las piernas como un avestruz con zapatillas de fieltro. Paco sirve un poco más de leche. Al fin y al cabo se ha convertido en mi único vínculo con el exterior. Es él quien trae las cartas de Celia, los reproches de Laura, el quejido lejano de Violeta, la infinita alegría de Silvia ahora que –finalmente- ella es feliz junto a otro hombre que de verdad la merece. Todos esos despechos en mi buzón o en las manos de Paco, cuando soy yo quien parece un bolero, quien se está transformando en alguien cada día más triste, un tipo a punto de extirparse el ombligo, si es que el ombligo puede volver a ser extirpado una segunda vez, cansado de oír la misma letanía, el rezo de todas las mujeres que he ido conociendo, obsesionadas con mi ombligo – el nunca bien ponderado ombligo- y con mi puñetera manía de tener otras vidas en esta, como si una cosa fuera incompatible con la otra. Mujeres, al fin y al cabo, que se enamoraron de lo que más tarde tendrían que despreciar.
Paco vacía el saco con las cartas sobre el canapé abatible que preside el dormitorio, como una piñata mustia a la que le duelen los palos que le acaban de dar. Conoce casi tan bien como yo el contenido de las mismas, a veces, incluso me ayuda a rasgar los sobres, aspira conmigo el perfume de todas aquellas mujeres que desde algún lugar mejor se encargan de enseñarme religiosamente que el tiempo vuelve a por mí una y otra vez, como cada lunes, y me pregunta por ellas, como Paco, que poco a poco quiso saberlo todo: quién era la más dulce, la más complaciente bajo las sábanas o quién de ellas era la portadora de la ropa interior más diminuta, de modo que una a una voy evocándolas a todas, bajo la mirada atenta de Paco, que asiente con la cabeza o dibuja alguna mueca de contrariedad que sincroniza de manera exacta con los aspavientos de mi cara que se va desencajando con cada recuerdo. Paco sabe cómo me abandonaron, cómo salieron de mi vida y cómo han ido reapareciendo en forma de carta. Al tiempo averigué que Celia reunió a todas las mujeres que habían sufrido el mismo infortunio y constituyeron más tarde una asociación de damnificadas. Desde entonces, todos los lunes, Paco me trae las cartas, las separa lealmente en la oficina para que no se mezclen en el mismo paquete de las facturas, sabe que son importantes porque no representan otra cosa sino el destino que ha sido escrito para mí - y nunca mejor dicho- por eso Paco aparta las de Celia y las de Laura, las de Silvia y las de Violeta, todas dicen lo mismo, son las portadoras de un único mensaje, un bolero epistolar que comienza a sonar en cuanto se abren las cartas y que de manera enfermiza va vistiendo la estancia de notas tristes, las voces quejosas de las mujeres que no supe cuidar, y Paco carraspeando quieto, muy quieto, escuchando las cartas, recogido en sus pensamientos y preguntándose, como cada lunes, si en vez de un bolero, para variar no podría ser un blues o un fado, entendiendo poco o más bien nada, porque no se imagina ni por asomo, que la vida al lado de según quién, sólo puede ser un bolero y no otra cosa.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Febrero 2007)
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viernes, 5 de enero de 2007
Greta guardando un secreto. No deja de pintar palacios y estrellas, lo hace todo el tiempo, afila los lápices gastados y se asoma para contemplar la quietud del extrarradio. Lo hace cada noche de Reyes, espera el encuentro de todos los años sin saber muy bien qué es lo que tiene que ocurrir, como en la secuencia final de alguna película francesa, como en una canción que habla de la mujer que aguarda a un amor lejano. Greta busca en el perfil iluminado de la ciudad, en la ciudad en sí misma, en el hueco vacío que forman las manos de Nico.
Nico el protegido de Greta, su mejor amigo. Nico el niño rubio como un sol, caucasiano de ojos tártaros y salvajes, ojos que no son otra cosa que dos abismos instalados en el fondo de sus pupilas, dos acertijos oscuros desde los que nunca brota nada, un chaval que no conoce ninguna regla, que no está vacunado todavía contra la vida. Por eso es el predilecto de Greta, por eso y porque siempre le hace las preguntas más difíciles, las que no tienen respuesta. Nicolás está flaco como un hilo, Greta dice que es por comer únicamente pan, repollo y té. A Nico lo encontraron en la calle cuando acababa de cumplir los once. En esa época, acostumbraba a pedir bocadillos en los bares. Se comía la mitad y el resto lo envolvía en servilletas de papel que dejaba luego en los cubos de basura para que otros niños como él encontraran comida limpia entre los desperdicios. De todos los palacios que pinta Greta, el más bonito es siempre para Nico.
Los dos guardan el secreto, prometieron no revelarlo jamás. Siguen esperando como cada año, acechan desde la ventana mirando los coches que salen al encuentro de amores fugaces, los autobuses que no van a ninguna parte, gente que busca gente. Miran y esperan alguna señal. Depositan toda su esperanza acumulada en un vaso lleno de moscatel que dejan preparado por si acaso. Al día siguiente por la mañana encontrarán algunos regalos usados y sopa caliente en el comedor, saben que no pueden desvelar el secreto, hicieron un juramento pinchándose los pulgares con un alfiler y juntando luego sangre con sangre. Un juramento secreto para que nunca los otros chicos descubran la verdad: que los padres no existen.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Enero 2007)
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lunes, 1 de enero de 2007
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sábado, 23 de diciembre de 2006
Previamente usted habrá llenado los bolsillos de todas las cosas que le sobran o no hacen falta. Casi nada hace falta, o casi nada que entre en un bolsillo. De paso se aprovecha y se mete lo inservible, lo que quedó viejo, lo gastado, incluído el teléfono de aquel tipo que le mira raro desde la fila de atrás y que se insinúa de manera descarada, día sí, día también. Es necesario darse la vuelta como a un jersey antes de echar a lavar, perder la cabeza, vomitar incluso los miedos. Uno se queda mejor cuando caen al suelo los domingos trabajados y las declinaciones conjugadas a lo largo de toda una vida. Si usted es una mujer presumida, también dese la vuelta, deje caer las barras de carmín gastado.
¿Escucharon alguna vez el tintinear de un manojo de pesares?, ya lo creo que sí, suenan como llaves, pero son sólo eso: pesares. El caso es dejar un charco de pesares alrededor y perder la orientación, mirar al suelo desde la postura del murciélago, cuando los tejados quedan lejos y a desmano. El mosaico de baldosas bien descifrado es un pequeño mapamundi con señales que dicen que todo hay que tomarlo -que mirarlo- del revés, sólo hay que dejar que caigan las bolitas de naftalina y los billetes de lotería que nunca tuvieron premio, el contenido entero de una vida resumida en dos o tres capítulos pésimos.
Conviene, eso sí, despedirse con elegancia de lo que a continuación desecharemos para siempre. Usted no volverá a ver las cosas del mismo modo.
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viernes, 15 de diciembre de 2006
Lo que dura un corazón, un instante o una vida, es difícil de saber o predecir. Lo cierto es que los corazones rotos y los aburridos se sobreponen tarde o temprano y viven más que los que no recibieron jamás el impacto de una bala de plata o un mordisco en la yugular, quizás porque aprenden a seguir latiendo, bien sea por despecho o por desdén, sólo para no tener que contar a los otros corazones lo que en realidad están pensando o sintiendo, que para el caso es lo mismo.
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Marzo 2008)
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lunes, 27 de noviembre de 2006
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sábado, 18 de noviembre de 2006
detrás de unos pasos de gacela resentida,
siguiendo la estela de un tranvía verde
que anuncia un diario con noticias
más bien poco habituales,
conjugando verbos
que apenas tengo por costumbre emplear,
hablando solo acerca del tiempo
bajo una lluvia aciaga de ciudad
y el paraguas descuidado en el maletero
como por olvido pero aposta
tarareando una melodía familiar
de película antigua
y dando todo lo mismo,
mirando una aeronave que pasa
en maniobra de aproximación,
sobrevolando oficinas, azoteas,
putas que esperan,
-creo que viene de Italia- hubieras dicho
el año próximo iremos
en un avión como ese
con el cinturón abrochado
leyendo revistas
o mirando por la ventanilla
el suelo firme
aunque para entonces,
apuesto lo que quieras,
habremos dejado de fumar
y de apetecernos tanto.
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domingo, 12 de noviembre de 2006
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sábado, 21 de octubre de 2006
(Augusto Monterroso)
Estoy leyendo algunos cuentos de Silvina mientras tomo de forma suave la mano de Pilar. A veces coge mis dedos como para no soltarme, quiere agarrarse fuerte a nosotros, como quien está a punto de caer desde una cornisa al vacío. Se está apagando. Ahora sí. Llevamos escuchando toda la semana que no esperemos que pase de esta noche. Así que cada vez que me despido de Pilar pienso que es la última. Cómo puedo ser tan egoísta y querer retenerla. Hasta hace poco era una bolsa, desde hace una semana es un vegetal. Todos sabemos que lo mejor es que se duerma y, a pesar de todo, cada minuto con ella está siendo un regalo. Los médicos no se explican tanto aguante: “tiene el corazón fuerte”, dicen, y a nosotros nada de eso nos sorprende.
Resulta imposible no decirle ciertas cosas, decírselas todo el tiempo, la doctora comenta en un susurro que estar en coma sigue siendo un misterio para todos, un estado de sueño en el que nadie puede asegurar que Pilar escucha. Yo le hablo igual, precisamente porque nadie puede asegurarme que Pilar no escucha. Le acaricio el pelo (nuestro juego favorito) y le digo que está tan guapa como siempre. No es mentira, hay cosas que no se dicen por decir: yo he visto cómo le brotan las lágrimas o cómo parpadea con los ojos cerrados. Lo mismo mueve el pie o el brazo, se revuelve como si no estuviera conforme con lo que le ha tocado vivir últimamente. Le decimos lo guapa que está, que la queremos, que permanecemos a su lado, que no la dejaremos sola ni un solo instante. Pienso que esa mujer parece imposible por su fortaleza. Mi último beso es en sus manos hinchadas y blandas.
Todas las noches he soñado con Pilar. Me despierto cada dos horas, tres o cuatro veces en la madrugada. Sueño con Pilar llorando, con Pilar despidiéndose desde el balcón cuando le hacía visitas los domingos, con nuestros gestos de complicidad, despeinándola o hablándole de todas las novias que nunca tendré. Sueño con hospitales donde todos los pasillos son el mismo pasillo. Sueño de forma difusa con la respiración leve de Pilar, con su fragilidad y con una silla de ruedas que ya no ocupa nadie. Cada dos horas, tres o cuatro veces. Todas las noches.
La abuela ha muerto. Lo dice papá entrando en la habitación y casi tirando la puerta abajo. Todo sucede rápido, como en una película mal contada, hacemos el camino en coche (el mismo camino de la última semana todos los días) en silencio, escuchando el noticiario en la radio. Creo que papá y yo pensamos cosas parecidas, estamos recordando todo lo compartido con Pilar. Quizás los últimos siete días nos han hecho más fuertes, quizás simplemente nos han hecho menos egoístas y hemos aprendido a decir adiós. Papá lleva americana y se ha afeitado. Son los signos que aprendí de él y que me gusta hacer míos; a su manera piensa que, en ciertas situaciones, uno tiene que llevar americana y afeitarse. Son señales que aprendemos y perpetuamos. Es como el capitán que obliga a los oficiales a ponerse la corbata para cenar cuando llevan todo el día sucios y con ropa de camuflaje, rodeados de heridos o de muertos, pero luego cenando con corbata. Cuando murió el abuelo, papá llevaba americana y estaba recién afeitado. Es su manera de preservar la poca humanidad que queda entre nosotros.
La mujer más guapa del mundo está en la cama con los ojos cerrados. Hay quien piensa que la muerte es cuando los ojos se convierten en párpados. No hace ni una hora que Pilar es sólo párpados. Tiene todo el cuerpecito cubierto menos el rostro. Las sábanas parecen recién puestas. Le acaricio el pelo. Una de sus hijas entra en la habitación y esconde la cabeza sobre su pecho. La señora que ocupa la 313 B lee revistas al otro lado de la cortina. Ahora no tendrá visitas nocturnas que le molesten a la hora de dormir -me asusta pensar cosas así- pero en cierta manera todos sabemos cuándo es bueno hacerse invisible detrás de la cortina que divide la habitación en dos. Una mujer se ha dejado un paraguas en el cuarto de baño. Después, una enfermera nos pide con delicadeza que salgamos de la habitación.
La abuela nos contaba siempre la misma historia: que conoció al abuelo en un entierro, el padre del abuelo era el “tío forastero” y el abuelo enseguida fue bautizado en Torrero como “el forasterico”. Al abuelo todo le parecía bien, la abuela tenía más mala leche. El abuelo era flaco como un hilo, la abuela estaba tremenda y hermosa. Los dos últimos años se quedó en nada, pequeña y gastada por la vida. Decía todo el tiempo que se quería morir, que para estar así mejor se iba con el abuelo. El abuelo se jubiló siendo acomodador en los cines de la empresa Parra. La abuela sacó adelante la casa. Ella tenía más carácter que él, pero los dos eran un trozo de pan. Guardo las gafas de la yaya que aún conservan la marca de sus dedos temblorosos -son las últimas que tuvo- y quizás pueda aprender a mirar la vida a través de los cristales de Pilar. Estoy seguro de que el abuelo Lorenzo ha salido a recibirla con una de sus camisas remangadas hasta el codo, con su delgadez infinita y su cara de buena persona, la llamará “Chatica” y ella se las arreglará para echarle la bronca por cualquier tontería, “soso”, le dirá, "mas que soso" y finalmente se alejarán por los pinares de Venecia, Lorenzo con un cucurucho de helado de limón en una mano (el favorito de Pilar) y la mujer más guapa del mundo en la otra.
(En recuerdo de Pilar y Lorenzo)
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Diciembre 2006)
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