lunes, 1 de enero de 2007




Con la idea instalada e inamovible en la cabeza de cambiar de una puñetera vez, la cena de fin de año fue un muestrario triste de miradas bajas al plato junto con la consabida colección de buenas intenciones, entre las que destacaba sobre las demás la de dejar de pertenecer para siempre a ese lugar, a esa rara especie en extinción. La próxima vez correría lejos, buscaría otras caras largas con muecas diferentes que explorar por vez primera, otras familias si hiciera falta, pero esa desde luego no. Tenía que elaborar un plan, tenía que empezar a prepararlo todo desde ese mismo instante para que nada de lo que estaba repitiéndose en aquel nefasto tirabuzón de tiempo volviera a suceder. Buscaría un empleo en otro país, mataría a alguien si fuera preciso con tal de no pasar otro comienzo de año en el callejón de los tristes, preferiría enjabonarle la espalda a un camionero vicioso antes que comer sopa de pescado con sabor a reproches. Se buscaría una novia danesa y se compraría un trajecito tirolés que estrenaría cada veinticinco de diciembre. Lo que fuera. El resto vendría después y se daría por añadidura. Todo iría bien. Al menos eso es lo que pensaba y de ese modo podría conciliar el sueño, porque como todo el mundo sabe, lo bueno de fijarse metas -aunque no se consigan- es que se duerme más tranquilo. Vaya usted a comparar.

Publicado por Puzzle a las 1:12
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1 desvaríos:

marta dijo...

En otras casas se trincha el pavo de los truenos, o se comen las angulas de la envidia, o en su defecto, el besugo del aburrimiento!!
En mi casa somos más tradicionales y siempre preparamos habas...calderadas...calderadas...calderadas de habas.
Yo quise huír de mi plato navideño e incluso un año lo cambié por Roastbeef...pero me dí cuenta que hasta el cielo tiene límites y por supuesto que volví a las "habas"...a mis amargas, pero conocidas habas, esas habas que aunque un poco duras sé que siempre están y estarán ahí!

 
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