jueves, 30 de diciembre de 2004


No daba tamaño. El soldadito de plomo se había quedado chiquito y modesto para ser soldadito. Vino al mundo contrahecho , lleno de rebabas y poco marcial en el paso. Lorenzo, el operario del turno de noche de la fábrica de juguetes lo mandó a la caja de desechos. De la caja de los desprecios saltó a la furgoneta que recorría el horno viejo cada madrugada y en apenas unas horas estaba licuándose a mil grados kelvin. Con la masa incandescente hicieron botones metálicos para gabardinas que empaquetaron en bolsas individuales. El operario encargado de revisar los botones desechó al botón que había sido soldadito y lo mandó refundir. En su tercera reencarnación adoptó la forma de fusible y pasó dos semanas en la sección de electricidad de unos grandes almacenes hasta que fue adquirido por un operario de la fábrica de juguetes. El operario Lorenzo cambió los viejos fusibles de la instalación doméstica y en el momento de accionar el interruptor saltaron los plomos quedando la casa entera sin luz y en silencio, justo cuando el corazón del soldadito se partía en dos al ser fulminado por un latigazo eléctrico . Y todo porque no daba la talla.

(Nota: Este relato se ha publicado hoy en Tentaciones del diario "El País" )

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lunes, 27 de diciembre de 2004


Cosas que hacen que la vida valga la pena: Una tarde de sesión doble de cine ( Luna de Avellaneda y Cosas que hacen que la vida valga la pena) , un paseo por Gran Vía, una sonrisa, una canción , un vuelo en ultraligero, tocar un instrumento, un viaje a un sitio desconocido, un buen libro, una Luna como la que brilla esta noche, el sonido del mar, caminar descalzo por la playa, un cuento de Cortázar, las chuches, un helado, un parque con patos, hacer deporte, mimarse , mimar a alguien, la mano de la mujer más guapa del mundo acariciando la mía, que alguien crea en mí, creer en alguien, tener cosas que no tienes con nadie más, hacer un regalo , Roma, escribir , un abrazo interminable, una buena charla delante de un café, gustar a alguien, que nos guste alguien, que me miren de forma especial, que me vean como nadie me ha visto antes, la complicidad, desayunar dos veces, tener ideas, soñar despierto, un tumbadito de piano, los puestos del mercado, esa falda que te queda tan bien, estar sólo y tomarlo con serenidad, los mapas , los trapecistas, que se interesen por nosotros, los solomillitos, mi ciudad , esperar siempre algo mejor, no dejar de andar pese a todo, los buenos recuerdos, aprender la lección, crecer , sentirse especial, que nos hagan sentir especial , marcar la diferencia, que alguien vea en mí lo que nadie nunca vió, la esperanza de un mañana mejor, mirarse a los ojos y no apartar la mirada, ilusionarse de nuevo (no vale sentirse culpable), las mariposas, las cosquillitas, una puesta de sol, mis islas , dormir con alguien que te gusta, que alguien cuente conmigo, todo lo bueno que he dejado atrás, todo lo bueno que me espera, aprender de lo que no esperamos, tener metas alcanzables y realistas, Melisa, los trucos de magia, la música, estudiar, trabajar en algo que te gusta, la gente que te trata bien, los amigos de siempre y los que vengan, un cielo despejado, las estrellas, los días de lluvia, enamorarse de nuevo, conocer gente interesante, un taller literario, los dibujos animados , entenderse con alguien de manera única y especial, dar una sorpresa, las cartas beso, una viñeta de Forges , acariciar. Vivir.

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sábado, 25 de diciembre de 2004


El ilusionista seguía sin poder levitar. Buscó en Google todas las entradas para "levitar" y obtuvo cerca de 20.000 descorazonadores resultados. Filtró el contenido y redujo notablemente el número de sitios con información relevante. Estrechó el círculo y buscó por "ilusionistas que no pueden levitar". Sólo 45 entradas. De todo los que encontró, el buscador le remitió a una especie de rompecabezas cibernético, y fue entonces que no pudo dejar de leer:

...El ilusionista no podía levitar. A pesar de que seguía alimentando la vaga esperanza de volver a elevarse unos centímetros del suelo, intentó extender los brazos en el aire y las manos bien abiertas. Nada nuevo ocurrió...”

El ilusionista que no podía levitar buscó todas las maneras de seguir levantándose del suelo y no dejó de intentarlo. Nunca.

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miércoles, 22 de diciembre de 2004


Pinté la casa de azul añil tras la muerte de papá. Todavía hoy sorprende la singular arquitectura de los dos edificios de la esquina custodiados por un ramaje de cactus. Siempre me gustó la idea de vivir en casas separadas. Diego se sentía cómodo porque parecía -desde el punto de vista bohemio- una idea llamativa. La finca de Diego es de color rosa y más grande, con un amplio e iluminado estudio de techo alto donde entretenía a sus invitados, vendía cuadros y comía. La mía es azul, consta de tres pisos, también con mi propio estilo pero más pequeña. Están unidas por un puente en la azotea. En lo alto de los muros, de piedra volcánica del Pedregal, ollas de barro encajadas. En la pequeña azotea, sobre el ala vieja, caracoles marinos y un espejo. Para separar lo nuevo de lo antiguo, una tapia que divide en dos partes el jardín, en el que queda una fuente con un salto de agua, una pirámide escalonada y un cuartito independiente donde guardar la podadora. Si me enojaba con Diego, disponía de la posibilidad de cerrar la puerta que limitaba el puente de su lado de la casa y aislarme en mi propio mundo.

La mansión es grande, ocupa una cuadra y la mayor parte pertenece al jardín interior, donde tantas horas pasé sola o en compañía de Diego y su vasto círculo de amistades: alumnos, políticos, artistas, familiares o simples vecinos. Es un universo delicado, repleto, doliente y gozoso a la vez. En poco tiempo, mi actividad como profesora se vio interrumpida por problemas de salud. Confinada a guardar cama, recuerdo la habitación decorada con exvotos, juguetes de feria, abrecartas, figuritas de yeso, de alambre, de cartón, de azúcar, de papel de China, cartoncitos recortados, petates , huaraches, flores de cera, tocados, piñatas y máscaras; fotografías de seres queridos , armarios y repisas . A veces , me veo en el comedor presidiendo la mesa, vestida con galas para la ocasión, en reuniones de ambiente selecto. Flores, frutas y loza de barro adornan el resto de la estancia.

Me marchaba cuando descubría los engaños. Perdonaba a Diego y volvíamos a las casas rosa y azul. En aquellos años, yo también fui infiel y tuve por testigos silenciosos los espejos, el avioncito, las ventanas, los alcatraces, los colores y los muebles. Todos ellos ahora intactos; como los cuadros. Las puertas del inmenso estudio invitan a adentrarse y descubrir en un pequeño cuarto un bastón y un sombrero; subir las escaleras, entrar a la azotea, pasar el puente y cruzar ese otro universo: la casa azul y los pisos que ahora vuelven a ser amarillo congo.

En el estudio de pintura queda la silla de ruedas vacía frente a un caballete donde reposa inconcluso un retrato, el mío. Cuando se entra en la cocina, por las altas paredes, pegadas en filigrana, cadenas de diminutos pucheros van dibujando dos palomas de la paz con nuestros nombres entrelazados. Aunque caótica, siempre fui sumamente ordenada, llegando a convertirme poco a poco en una suerte de ordenador personal. Las vitrinas acristaladas del estudio dan prueba del cariño y fervor con el que archivaba cartas, facturas, recortes de prensa y cada recuerdo personal. Asimismo, libros de filosofía, poesía, arte y política, tanto en francés, español como inglés, se apilan en las estanterías junto a gruesos volúmenes de medicina, disciplina por la que Diego siempre se sintió atraído. Para contrarrestar la abundancia de objetos de todo tipo que conformaron mi mundo, nada mejor que respirar el aroma templado del patio interior, que es también un jardín tropical cuajado de flores y árboles con una fuente que arrulla. Un reino de sol, incluso a la sombra. Una siesta estival para días de alcatraces y tequila o de fiestas grandes con marcado sabor intelectual . Días de lágrimas, angustia y dolor.

Se dice que es una bendición nacer y morir en la misma casa. Yo tuve esa suerte, pues he nacido y he muerto mirando su jardín. El mismo jardín con un salto de agua, la pirámide escalonada y el cuartito independiente donde guardar la podadora.

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lunes, 20 de diciembre de 2004


"Estas galletas son menos dulces que las otras y no es que tenga ganas, pero me sientan bien. Como el zumo, que me sabe bueno y está fresquito. ¿Sabes?. La chica que se quedó la otra noche conmigo se quedó dormida en cuanto se fue tu padre. Se tumbó en la silla y cerró los ojos, no veas cómo roncaba. Al rato tuve frío y la llamé, pero nada. Tuve que insistir tres o cuatro veces lo menos hasta que se enteró y me ajustó la manta a mi gusto. Ay hijo mío, qué manera de soplar. El caldo me gusta menos, lo que te estaba contando, estas galletas son menos dulces y puedo masticarlas sin problema con mis tres dientes, aunque prefiero el zumo de piña. ¿Cuándo te vas a Holanda?. Ten cuidado con la carretera, que la gente va como loca pero yo se que tú no corres. ¿Verdad que no?. En fin, ¿qué estaba diciendo?, por la mañana cuando llegaron tus padres y los médicos, la enfermera dijo que se iba a descansar porque no había dormido en toda la noche. Pobrecica, yo qué iba a decir si ella es tan joven y guapa, necesitaría descansar con lo que trabajan. Ay hijico, no tienes ni idea de lo que es la tragedia de la viña : el que no come la diña. Ay si me dieras otra galletica más, que parece que me entran bien y no son tan dulces. Cariño mío".

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domingo, 19 de diciembre de 2004


Me gustan los Domingos, los que empiezan pronto y los de desayunar dos veces. Los de leer la prensa con detenimiento y los de echar de menos . Domingos de perreo y de morriña, los de escribir a ratos en la Moleskine y los de buscar fotos bonitas en Internet. Los de darse un descanso para pensar en la vida y los de otro cafecito más. Domingos para ir a ver a la mujer más guapa del mundo, los de jugar con Melisenda, Domingos para poder meterme contigo cuando te llegue otro mensaje al móvil de tu aprendiz de poeta. Domingos de callejear y de abrazos, de repensar y esperar, de canciones compartidas y de cuentos a media tarde . Me gustan lo que tienen los Domingos que no tienen otros días.

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sábado, 18 de diciembre de 2004


Entusiasmarse como niños es cosa fácil. Sal a pasear antes del taller literario, entra en Cálamo y pregunta por algún libro de cuentos de Roberto Arlt. Sorpréndete gratamente cuando León te muestra la antología completa medio escondida en la estantería de la letra A (colocada como para no ser descubierta) y demuestra agradecimiento. Aparta el libro como un tesoro sobre el mostrador y sigue buscando. Te quedan por descubrir colecciones completas de Moleskines, agendas con las tapas más bonitas que hayas visto, recortables de magos y Titanics y cartas-beso . Los libros siempre te encuentran a ti, nunca es al revés. Dirígete al taller con tu bolsa llena de cuentos y muestra el trofeo hinchado de orgullo. Entonces discute apasionadamente acerca de "Casa tomada" e inventa diálogos de encuentros ñoños. Sigue la conversación de los demás con los oídos bien abiertos. Acepta el ofrecimiento a una cerveza improvisada en el ascensor y enséñales un truco de magia. Busca la mejor compañía y desvanécete entre explicaciones de magos y prestidigitadores. Aún queda lo mejor del fin de semana. Vuelve a Cálamo el Sábado de mañana, las buenas costumbres han de repetirse . Te esperan más sorpresas, como esos libros de magia antigua, uno de ellos del Gran Robert-Houdin, las explicaciones de su Teatro Mágico bien merecen la mejor de tus entregas. Lo mismo un Vermout casero de sifón y esas papas con mojo del garito que encontró Patricia, comprar monedas de plata en los puestos de la plaza - ahora ya sabes distinguir las que son de Denver- y recorrer el paseo deteniéndose en los chiringuitos (esa bufanda te quedaría bien) y embobarte con barquitos de vapor y soldaditos de lata.

Pero espera, que aún te queda mucho que compartir, llama a tu mejor amigo (el de toda la vida) y resuelve el mundo mientras buscas sitio para aparcar. Un capuccino en el Café del Sur es un buen comienzo, un poco de comida hindú y unos quemadillos la mejor de las recetas para planear un día de vuelo a Santa Cilia y disfrutar de un bautismo en velero (y de vuelta a casa volando). Admíralo profundamente por cómo observa el mundo , programa una siguiente vez para visitar a ese compañero de escuela y degustar sus famosos solomillitos. No dejes de regarlos con un buen vino.

Conserva el niño que llevas dentro y sácalo a pasear por las calles de la ciudad, nota cómo te quema por dentro la vida y emborráchate de ella una vez más.

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jueves, 16 de diciembre de 2004


Ya va quedando menos de tí, de tus ganas de vivir, de tu luz y de tu sonrisa de ángel. Menos de tus manos arrugadas y de tus recuerdos dispersos, menos de tu coquetería y de tus batallitas con el abuelo. No encuentro la manera de decirte que no quiero que te vayas, que me encantaría (como te dije anoche) que vieras crecer a mis hijos y la parte de mí que no deja de ser cada día un poco más persona. La manera de soltarte la mano y decirte adiós, mientras te encargas de revivir las flores que encuentres a tu paso, ese paso del que también va quedando menos.

Va quedando menos tiempo, menos tardes para ver cómo te tomas la sopa y explicarte que no encuentro aún a la chica adecuada, para que vuelvas a decir que seguro que está cerca y yo no me doy cuenta. Y entonces bromeo y te digo una barbaridad que tú sigues con la cara desencajada por una mueca que termina en risa. Risa de la que va quedando menos. Todo es menos desde que sabemos que tienes prisa en partir.

Todo eso es lo que pienso mientras te miro, no puedes saberlo porque ya me encargo de que no me lo notes en la cara. Te saco la lengua y te despeino, te digo que pronto en casa volveremos a dejarte el pelo como a ti te gusta . Es posible que tú también nos engañes a tu modo, que te hagas la olvidadiza y que nos digas para consolarnos que te vas a quedar, pero yo creo que no, que no quieres quedarte porque ya lo has dado todo. Lo que siempre hiciste mejor, darte entera. Mientras tanto cuéntame otra vez esa historia, las de mi guardería y la de cómo te enamoraste del único hombre que amaste en tu vida, la de las veces que fuiste cocinera o enfermera, las aventuras de la guerra o lo malo que era mi padre a los quince. Yo no pienso dejarte, no podría, así que si me lo permites, esta noche volveré a tocar a la puerta de la 127 y te saludaré con mi mejor sonrisa, te besaré la frente y te diré que te quiero. Mil veces te quiero. Mil vidas te quiero.

Va quedando menos, hoy nos lo dijeron y se quedaron tan anchos. Están acostumbrados a las despedidas lentas y a las mismas caras de hermetismo de siempre. No entienden que cuando te vayas , mi parte de niño que iba a la guardería se quedará esperando en el patio a que me vengas a recoger y que , aún sabiendo que va quedando menos, te seguiré aguardando un poquito cada día.

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miércoles, 15 de diciembre de 2004


Se dio el caso nada común de que aquella noche de circo iba a ser la última de todas. Después de los biciclos y los trapecios no tardaron en aparecer los amantes bajo la formidable carpa.

Recorrer la distancia hasta el centro de la pista con cierta solemnidad no es asunto fácil. La dama de piel blanca se deslizó como sin quererlo hasta su galán de diseño oriental y el silencio pellizcó los palcos y las localidades más baratas. Dos saltimbanquis que miraban desde el gran telón se guardaron en el pecho dos quejidos de asombro y un grupito de varios niños malcriados dejó de lanzar palomitas a las señoras con cara de pez mientras que el más pecoso de todos se atragantó con el palo de una piruleta. Todo quedó en susto y reprimenda sin llegar más allá.

Para entonces sonaban cítaras y claves, un cuarteto de cuerda y un fagot. Los percusionistas danzaban en grupos organizados mientras improvisaban un ritmo imposible , desde el cielo vino a la pista una enorme serpiente roja de indescriptible textura, recia como una vela y vaporosa como una aparición, sobre la que se encaramó en un suspiro el galán de cuerpo trazado con tiralíneas. Se prendió de la enorme cortina roja y empezó a girar sobre ella hasta que fueron lo mismo, en ese instante describiría una trayectoria ascendente y circular, de paso que buscó con la mirada a la dama de piel blanca y ojos rasgados que esperaba como una bailarina preparada para su mejor salto. A mitad de la elipse atrapó a la mariposa que se dejó tomar. Alzaron el vuelo apresados el uno contra el otro, rodeado él de brazos al cuello y rodeada ella de manos a la cintura , describieron tantas piruetas inimaginables que los músicos dejaron de tocar y sólo se escuchó el sonido de aquel columpio de amantes oscilando y silbando sobre las cabezas y las bocas abiertas. Cimbreantes y serenos se olvidaron de la pista y de los focos, intuyeron que giraban y volaron lejos de toda previsión. Nunca el mismo vuelo cada noche, nunca la misma noche. A cincuenta pies de altura desplegaron sus alas permaneciendo en estado de ingravidez durante lo que a todos nos pareció eterno. Una vida entera enroscados el uno al otro y sin que nadie supiera la manera, tomaron la forma de un cometa rojo orbitando sobre la pista , atravesaron el espacio aéreo a la velocidad del rayo y se fundieron en uno abandonándose a la inequívoca forma de abrazo perfecto.

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lunes, 13 de diciembre de 2004


Todos los pasillos de hospital son el mismo pasillo de luz verde fluorescente y hormigas blancas entrando y saliendo de boxes y cajones con personas apagadas. Apagados los que están y los que van a ver a los que están. Luego se cuentan por cientos los que se rinden y los que no. Los que se ven en el papel de perfectos mercenarios del dolor y los que piensan enfrentarse a sus dragones de cada día.

La luz verde se hace blanca cuando Pilar sonríe. Cada vez sonríe menos, así que los momentos de luz son los menos. Las personas tienen la particularidad de encoger cuando están hospitalizadas, como si les quitaran el arrojo en el momento en el que entran por la puerta junto con las pertenencias y los anillos. Encogen de tamaño y de presencia. Les encoge la cara y el alma. Como a Pilar, que no parece Pilar porque no la recuerdo tan chiquita ni tan desfigurada, “Oigan , esta señora no es mi abuela”, pero si te fijas bien , si aprendes a mirarla, ves que sigue siendo la mujer más guapa del mundo y la reconoces. Siempre he dicho que Pilar es todo ternura, me cuesta contemplarla apagada sin sus enormes gafas de persona humilde y buena. Va empezando a tener el aspecto de alguien que está más en otro lado que aquí con nosotros, de alguien que ha emprendido ya el viaje y que va teniendo prisa por llegar. Al fin y al cabo, rendirse y dejarse querer requiere cierta humildad.

Así que me vuelvo más egoísta que nunca y hago mil fotografías mentales de su carita de tortuga arrugada, de sabiduría infinita y de bondad. La bondad que te da el paso de una vida entregada a amar incondicionalmente. Sus manos guardan la forma crispada de siempre, pero están encogidas, como agarrándose a una idea; la de marcharse con el abuelo. En realidad me gusta imaginarlos de nuevo juntos, como cuando ella le llamaba abuelo (nunca por su nombre) y él la llamaba chata . Chatica. Me gusta imaginarlos discutir con paciencia y aceptación mutua, conociéndose de nuevo por primera vez y dándose por entero el uno al otro. Echo de menos al yayo, los paseos por el parque recogiendo piñones caídos del cielo, su manera de andar las calles con su porte de galancito fino y delgado, sus lágrimas de impotencia cuando éramos traviesos en casa y su orgullo infinito cuando gané mi primer torneo de ajedrez. El mismo orgullo que sentí cuando supe que lo primero que hizo al salir del coma (que decían irreversible) fue preguntar por mí. La vida te muestra cierto tipo de milagros protagonizados por héroes verdaderos que no se pueden olvidar.

Por eso me quedo al lado de Pilar, besándole la frente mientras duerme y susurrándole un “te quiero mucho” al oído -no me oye- , así que guardo las sonrisas para cuando abra los ojos y me diga con un hilo de voz que ella también me quiere y apenas se le entienda porque le salen las palabras gastadas y rotsa. Le acaricio el pelo, nuestra manera particular de tener algo que es sólo nuestro. Se enfada a su manera. Le pongo el pelo de punta y protesta. “Abuela, pareces una bruja con esos pelos y los tres dientes que te quedan”. Abre los ojos buscando con la mirada y sonríe. Otra vez la luz que alumbra en ella a la hermosa mujer que cantaba en el patio mientras resucitaba flores y mañanas de posguerra. Es hermosa. Hermosa y noble. “Cuánto mal doy, hijo mío”. Sonrío y le susurro al oido que se quede un poquito más. Todavía es pronto.

Los pasillos se vacían de bullicio en el cambio de turno y los coches vuelven a la ciudad llenos de personas cansadas de ver a los suyos sufrir. No tengo prisa. Quiero llenar mis días de ella, de su hilillo de voz, de sus manos garfio y su carita de tortuga sabia, de todas las veces que decida sonreír y guiñarnos el ojo con gesto travieso. De su brillo y sus broncas cariñosas. Darle toda la risa que me quepa dentro para cuando deje de estar encogida entre las sábanas y se levante por su propio pie, el día en que el abuelo venga a buscarla y desaparezcan a la vuelta del pasillo, saludando con las manos y despidiéndose de todo el personal de planta mientras los ocupantes y las hormigas blancas rompen en un aplauso infinito y feliz.

Publicado por Puzzle a las 18:05
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