Me enamoré de Tropecista en cuanto dio el primer traspié con un bordillo y tuve que sujetarla fuerte para que no le pasara por encima un tranvía azul. Fuimos a parar a un charco y así sucedió que nos miramos de esa manera que tienen de mirarse los que acaban de dar juntos una pirueta imposible.
Salíamos a todas partes bien abrazados, tropezábamos juntos pero ella siempre con más gracia, había aprendido a caer como si fuera una patinadora olímpica y si lográbamos sortear un tropiezo, el siguiente era aún mayor. Caíamos juntos y eso nos hacía gracia. A veces me ayudaba en mi espectáculo callejero, me gustaba dejar caer al suelo mis mazas de malabarista para que ella las recogiera en un nuevo tropezón. Los aplausos aún eran mayores, no por burla sino por que nunca nadie ha tropezado con más dulzura que ella.
Con el tiempo afianzamos una relación que fuimos levantando delicadamente a base de tropiezos, ella caía y yo después, hacíamos el amor y caíamos, veíamos películas francesas y caíamos también, tropezábamos con la mesita de estar y con el vendedor de enciclopedias. Igualmente caíamos. Tuvimos que hacer algunas modificaciones en la casa para evitar accidentes mayores: colgamos los muebles del techo y reforzamos las paredes con algodón de azúcar. Aún no hemos terminado de acostumbrarnos, así que de tarde en tarde, cuando añoramos los tropiezos de antaño y nos viene el ataque de nostalgia, le pido desde abajo que suelte sus bracitos y que se deje caer desde la araña de cristal.
(Ilustración: © Isol)
(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Junio 2009)







