sábado, 12 de abril de 2008





Como cada mañana de martes, —el día libre en la sinfónica— el director de orquesta y la concertino se citan clandestinamente en el parque. El director de orquesta lleva rosas recién cortadas, un gesto que a la concertino, pelirroja, metro setenta y cinco y veinticuatro años, le resulta ciertamente irritante. Como si a ella se la pudiera satisfacer con un método tan simplón. Como si quedar bien con una mujer —con cualquier mujer— fuera algo tan baladí. Recién cortadas además, no te fastidia, susurra la concertino, cuyo temperamento irlandés le resta por completo toda su delicadeza en momentos así. Si por lo menos fueran media docena de claveles chinos, o unas dalias secas. Pero no: rosas blancas. Recién cortadas. Menuda plancha.

La concertino irlandesa, formada en Alemania, Suiza y Austria, se presenta a la cita con uno de esos vestidos de volantes que le quedan tan bien y que sólo se pone para provocar al director de orquesta italiano, maduro y divorciado de su tercera esposa. Se dan un beso en la mejilla, demasiado formal, tan alejado del sexo furtivo que ambos practican en discretos hoteles europeos, tan lejos de la sed con que se buscan en mitad de alguna sinfonía.

El director de orquesta tropieza con algo parecido a un desafío en la mirada líquida, verde absenta, de la concertino, una invitación a resolver una incertidumbre. ¿Me quieres?, le pregunta desde el nacimiento de un temblor. Él, que siempre enarbola su batuta con el pulso firme de un mosquetero, enseguida se arrepiente de tamaña estupidez. Preguntar a una concertino pelirroja de veintipocos, y además irlandesa, si te ama es lanzar al aire una trampa en forma de boomerang que puede acabar rompiéndote la cara. Estúpido, piensa el director de orquesta, eres un completo estúpido. Tras un carraspeo suave, ella dirige la vista a la punta de sus pies, a sus uñas pintadas de malva, se acaricia presumida las rodillas y musita algo a medias entre un sí y un quizás. O al menos eso cree escuchar el pobre director de orquesta canoso y un tanto astigmático.

Pero, vamos, que sí.

Es un sí poco convincente, todo hay que decirlo, un poco cogido por los pelos. Un sí raquítico, desafinado, no el sí rotundo, como de ovación cerrada, que uno desea escuchar tras una pregunta de ese calado. Un sí más enclenque que el resto de síes del mundo.

No muy lejos de donde se encuentran, un chaval también pelirrojo deja escapar de sus manos algunos globos para hacer rabiar a la chica que le gusta. Después le tira del pelo y un poco más tarde le pone una zancadilla. Queda claro para el director de orquesta italiano que ya va siendo hora de comprarle a la concertino irlandesa otro tipo de flores o incluso un cactus expresionista si lo que pretende es poder seguir acariciando su cuello de arpa en alguna habitación de hotel.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", febrero 2010)

Imagen: © Manuel Da Ros

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10 desvaríos  

lunes, 24 de marzo de 2008




El tipo, que no es otro que el mismísimo Jacobo Fuentes, sólo que mucho antes de darse a conocer como contrabajista de jazz en tugurios tristes -aunque esa es otra historia-, sale de su letargo justo cuando alguien le hace ver que va cantando en voz alta por la avenida. Canta canciones que inventa o compone sobre la marcha. Over the march, que diría él. Entonces sucede que empiezan a dejarle monedas en el bolsillo del abrigo. Suceden más cosas, por ejemplo: un grupo de gente le sigue desde hace un rato tarareando al unísono las mismas canciones, sus canciones recién paridas. Porque conviene aclarar que son canciones inventadas para la ocasión. Canciones felices, optimistas, llenas de un entusiasmo renovado. Así que no tarda en brotarle (plop) una guitarra de las manos y una armónica a la altura de los labios, lo que no impide tampoco que siga garabateando melodías. A ratos en algún semáforo o en algún paso de cebra vuelve la vista atrás para ver cómo va aumentando su cortejo de seguidores, momento que estos aprovechan para tomarle algunas fotografías o preguntar dónde se pueden encontrar las grabaciones de aquellas canciones tan estupendas.

La cosa no se le da nada mal, así que se atreve con un repertorio más arriesgado, canciones con textos que poco o más bien nada, tienen que ver con sus propias experiencias vitales, pero que con algo de sobreactuación apasionada, logran dar la impresión exacta de estar relatando su propia vida en ese instante, vida que por otra parte se asemeja a la de muchos otros, que se identifican con lo que el tipo canta y que provoca en ellos la emoción de quien escucha a alguien interpretando una pieza única y cercana.

El caso es que sucede de todo.

Más ejemplos: Una mujer le pide que repita un estribillo una y otra vez, una adolescente le declara su amor a gritos, después monta un club de fans que con el tiempo fracasa por falta de afiliados –y financiación. Conviene decir que es la misma chica que un párrafo más tarde organiza una buena.

El tipo, que como dijimos antes, no es otro que el tantas veces denostado Jacobo Fuentes, ajeno a lo que le espera, cruza la ciudad de un extremo a otro con cientos de admiradores siguiendo la estela sonora de sus pasos, sus bolsillos derraman monedas como cascadas felices y sería difícil decir en qué momento es consciente de las radiantes canciones que todavía le quedan atravesadas como conejillos en la garganta. Se detiene –se detienen todos- en otro semáforo, ahora conforman una multitud ordenada pero extensa, como una sábana recién desplegada. Un músico -de conservatorio, todo hay que decirlo- va anotando sus melodías en papel pautado para luego venderlas a una editorial y –atención- la adolescente del párrafo anterior, le acusa de estar embarazada: él y no otro es el padre. Según ella, todo aquello habría ocurrido en la última señal de stop, un aquí te pillo aquí te mato y santaspascuas. Nuestro hombre –Jacobo- dice que ni hablar del peluquín, se indigna, así que a modo de protesta se desprende del abrigo, de los pantalones, del resto de la ropa. Se desnuda sin disonancias, de manera armoniosa. Llegan los agentes y le toman preso, pero sigue trinando canciones inventadas. Se repone del asunto en una celda en la que –conviene resaltar- nunca, bajo ningún concepto, deja de cantar. Poco tiempo después se descubre, con una de esas pruebas genéticas tan modernas que hacen ahora, que la adolescente miente: en realidad ella se lo ha montado con un tahúr al que le falta un brazo. Le nacen tres hijos como tres cáscaras de nuez y todos ellos mancos. Al tipo que protagoniza esta historia le da todo un poco igual. Ya se esperaba algo así. Una vez que se demuestra su inocencia, su carrera se ve impulsada con más brío, como si el hecho mismo de demostrar su honradez y su no-afición a las jovencitas le purificara y le reafirmara a él y sus canciones.

Empieza a amanecer en la ciudad.

Con todo lo ocurrido últimamente, Jacobo se está pensando mejor lo de ser cantante y quizás se incline por probar suerte como contrabajista de jazz. Nadie repara nunca en los contrabajistas de jazz. Tendrá que recibir unas clases, o algo, se dice, porque no tiene ni idea de lo que es un contrabajo, pero le gusta como suena la palabra. Si tuviera que decir la verdad, el tipo, que no es otro que el vilipendiado Jacobo Fuentes, sale de su letargo cuando alguien le indica amablemente que va cantando en voz alta por la avenida a las nueve de la mañana y por eso, exactamente por eso, los afectuosos ciudadanos que se dirigen al trabajo a esa hora, comienzan a mirarle de forma extraña. Eso es lo único cierto de toda esta historia, eso y que cuando Jacobo llega a casa, su camiseta todavía guarda el perfume rancio de alguna adolescente embustera.

Imagen: © Holly Northrop
Banda Sonora: © Jellyfish - "Joining a fan club"

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Abril 2008)




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3 desvaríos  

lunes, 11 de febrero de 2008




Te avistaron en la octava isla, tan inaccesible a todos nosotros como podías serlo tú. Se nos denegó el ingreso por todos los procedimientos posibles, a mí y a los demás, en reiteradas ocasiones, aunque a veces hiciéramos maniobras de aproximación más o menos desesperadas, escondiendo nuestro vuelo en lo oscuro de la noche, procurando alcanzar alguna cala que quedara al abrigo de la vegetación tosca, inadecuada para tomar tierra pero que nos protegería.

Sucedía de ese modo, una y otra vez. Lo único que codiciábamos es que el recuerdo tuyo o de la isla dejara de mordernos la garganta, es la más sencilla de las verdades, así que continuamos sobrevolando el lugar donde solían producirse los avistamientos. Sobrecogidos con cada expedición infructuosa, y por si fuera poco, de tarde en tarde la octava isla aparecería cuando sabíamos que su presencia no podía ser por una acumulación de nubes (lo mismo se divisaba los días de horizonte más claro) o de cansancio y se difuminaba al rato sin avisar. Otras veces nos empujaba alguna tempestad hacia su misma orilla, hacia tu misma orilla, que casi nos depositaba en la arena sobre la que se divisaban algunas veces unas pisadas mayores que las de un hombre normal, una cruz de madera y tres piedras conformando un triángulo.

En la última noche del mes más extraño, se desató un huracán, de modo que perdimos de vista la isla dejando algunos hombres abandonados en la espesura de la selva. La costa era errante, viajera, todo el tiempo misteriosa. Deseábamos conocer el sabor de una mujer hecha de barro y sal y hubiéramos dado la vida por nuestros sueños. Finalmente descubrimos que habías estado navegando sobre el lomo de una gran ballena y que desapareciste con ella para siempre.

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martes, 5 de febrero de 2008




Yo si quieres te pongo una mercería en Jaca, un pisito, una carnicería, ¿imaginas?, tú detrás del mostrador, hablando de hilos y broches bonitos, de la línea de ropa interior que viene de temporada y que te quitan de las manos en esos packs de tres. Tú la reina del lugar, en tu pequeño negocio, esperándome luego en el apartamento viejo que se nos cae a pedazos por encima de las horas lentas, con sopa de cebolla y cuscurros de pan tostado, enfundada en uno de esos batines que también te arrebatan de las manos, manos de ángel cuando moldeas la masa de las croquetas, tan rechonchas las manos, tan apetecibles, tan dadas a las caricias, algo te echas en las manos que no me quieres decir, tú tan presumida, croquetita mía, ¿imaginas?, con tu delantal blanco, envolviendo solomillos de los que seguro apartarás las mejores piezas para nuestras noches de viernes o de sábado cuando puedo inventar algo para faltar en casa sin que Lucía (que está muy rara desde que su madre falta) monte el teatrillo de hija desamparada, ya sabes, que si no será demasiado pronto y que mamá nos mira triste desde una estrella desde que me veo contigo (con otra, dice) y que además, pronto lloverá porque la lluvia no es otra cosa que mamá pelando cebollas para la sopa. Porque tú no eres otra amor, tú eres tú, que yo te pongo una mercería en Jaca, un pisito, una carnicería,¿imaginas? lo que tú gustes, solo que no quiero que te enojes, espérame, espérame un poquito más, que digo que se me hizo tarde y salgo a comprar pastelillos para el té, que siempre apetecen después de las croquetas o de la sopa de cebolla con cuscurros y pan tostado. Que mañana, ya verás, desayuno con Lucía y le cuento despacito hasta que entienda.

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sábado, 26 de enero de 2008




Hoy me acordaba de ti o me olvidaba, ya sabes, el tipo de cosas que uno pretende conseguir sin dejar que el tiempo haga el resto de manera natural, antes o después de lo que nos corresponde y claro, me sentía más cerca o más lejos, más taciturno o más dichoso por saberme en un lugar más seguro o más incierto que el resto de lugares. Quien lo diría, después de todas aquellas tardes o noches o amaneceres en las que íbamos o veníamos de habitaciones de hotel a estaciones abandonadas o repletas de voluntades tan rotas o enteras como las nuestras, donde los únicos que hacíamos parada o tomábamos el expreso éramos nosotros solos o acompañados por otros tantos como tú y como yo que también o tampoco querían comerse el mundo –empezando por la boca- o la vida a besos y se demostraban abierta o clandestinamente lo que sentían o lo que estaban dejando de sentir porque nunca o siempre podemos asegurar o refutar que el corazón sea leal o ingrato y que simplemente a veces las cosas ocurren sin motivo o con motivo y entonces no hay más que decir o que callar tratando de encontrar una explicación que nos sirva o que despeje esa oscuridad que de vez en cuando nos atrapa o nos abraza o nos devora a deshoras o por el contrario justo a tiempo para sacarnos de ese estado de torpeza o de desgana o de exultante euforia ciclotímica que no es otra cosa que un espejismo o un reflejo de lo que las entrañas quieren dar a entender o a no entender, porque en días así uno no entiende nada, ni siquiera ese pinchazo en medio de las costillas, o no quiere entender y es preferible pensar o quedarse en blanco y confirmar o desdecir eso de que el tiempo lo cura todo o no cura nada porque nada se pone en su sitio y nada es lo mismo de nuevo o todo es igual y en realidad no importa pero sí.

(Basado en un texto de Luis Britto García)

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lunes, 21 de enero de 2008




Quien me conoce sabe que soy un desastre para los recuerdos, no importa que sean selectivos o traumáticos, olvido por igual unos y otros. Fechas, aniversarios y efemérides, que de normal y en mi caso solo sirven para sacarme los colores. Esa es una de mis ocupaciones raras: olvidar los recuerdos. Disculpa, me olvidé otra vez. Y suelo comentar que me lo estoy mirando, el neurólogo dice que es habitual y Violeta que no presto atención y que se sube por las paredes cada vez que le pregunto cuántos años tiene ahora. Yo creo que los dos tienen razón, pero me lo están mirando, es cierto y me da mucho coraje porque me vienen hoy en desbandada imágenes de Las Palmas, de cuando acariciaba con los dedos la idea de ser ingeniero y levantaba por igual castillos de arena o de sueños en Playa del Inglés.

Hubo tiempo para todo, pasaba la vida tomando la guagua a Tafira, la 327 creo, de las azules, cuando aún las guaguas que podías tomar en el Hoyo eran azules o verdes, unas te llevaban al norte y las otras al sur, como todos los viernes de todos los meses. Recuerdo aquella verbena de San Andrés, yo quería quedarme en casa y la pandilla me convenció y menos mal. Subir o bajar de Tafira era serpentear en aquella guagua enorme con acordeón en medio. Me gusta de las guaguas en Canarias que el conductor se llama chofer y tenía por aquel entonces potestad para dejarte en tierra hubiera o no hubiera parada, sólo con que tú le dijeras, chofer, ¿me abre la puerta? y el chofer paraba y te dejaba donde tú querías. Gracias chofer. De nada mi hijo. La 327, dime que era la 327.

Recuerdo el Guincho, mi garito preferido para tomar Tropical y tirarte los tejos. Allí hicimos mi despedida, después (o antes) de aquella excursión a Guayedra. De Guayedra recuerdo que estábamos solos en aquella cala, recuerdo el ferry que llegaba de madrugada, tan cerca de la orilla que casi podías subirte a él en marcha, tan cerca de Agaete que veías las luces del puerto allí donde doblaban y se acababan las rocas con el gran dedo apuntando al cielo abierto. Todo tan cerca. El ferry tan cerca. El cielo tan cerca. ¿Cómo se llamaba aquel lugar cerca de Las Canteras dónde íbamos a tomar botellines de tres cuartos? ¿Y el de aquellas escaleras estrechas que era una calle?. Sí, una calle y hacían conciertos. Recuerdo los conciertos en la playa, en el sur, en Alcaravaneras, recuerdo el local de ensayo de Los Coquillos y a Pedro Guerra cantando “mujer que no tendré”. Recuerdo carnavales y aquellos disfraces improvisados cada noche en el piso de Santa Catalina. Recuerdo las putas y los yonquis en el portal. Recuerdo las bibliotecas, Magisterio abajo en el obelisco o la de informática las noches de sábado, explicando las corrientes eléctricas como si fueran enanitos que montan en guagua, cuando en realidad la corriente eléctrica era ver a Bibiana reír o entrar por la puerta con su calculadora científica que nadie entendía. Pero sobre todo recuerdo la biblioteca del obelisco, lo dije antes, sentados en el patio después del desayuno en la cafetería (un leche y leche y un bocadillo de pata) mirando pasar a las chicas y aplaudiendo o silbando o, lo que es peor, haciendo la ola y devolviendo los rechazos con nuestro mejor revés. O el día que olvidaron cerrar la máquina de las chocolatinas y la vaciamos en un suspiro. Recuerdo a Sting sonando a través de los auriculares en los pupitres, tan feliz –Sting- que no podía dejar de llorar, el día que te regalé un libro de cuentos para colorear con la idea de que se te pasara (o no se te pasara) la mala leche. Tan cerca tu mala leche. Recuerdo las tardes de cine, las meriendas en La Ballena y las noches de tacones y carmín, cuando las chicas de la pandilla se ponían tan bonitas y hablaban más dulce que nunca. Como si hablar más o menos dulce fuera algo que se pudiera hacer a propósito. Creo que era la 327. Y el garito que era una calle se llamaba así, La Calle, donde siempre imaginaba que un día, tarde o temprano interrumpiríamos el tráfico para tocar con el grupo. Recuerdo cuando Elena dijo que en la foto de aquel disco parecíamos surferos retirados. Y así quedó la cosa: surferos retirados. Hoy todavía lo cuento. También recuerdo el olor a cuero del taller de Miguel, el ruido de la casa por las noches, la casa que tenía vida propia y nos contaba cosas, esquivar las chopas cuando llevábamos sandalias, te paso a buscar y estudiamos un rato. Y muchas veces estudiábamos. Y muchas discutíamos y me daba la risa y tú te enfadabas más y más, y te ibas, y volvías pero otra vez risa y te marchabas de nuevo. Luego te echaba de menos y eso ya no hacía tanta gracia.

La gente de la universidad se esfumó, no hicieron falta grandes alardes técnicos, cada uno por su lado, a Barcelona, a La Palma, donde fuera, con su vida hecha, algunos en la península, la mayoría de ellos emparejados y llenando la casa de anhelos y muebles de Ikea y jódete que en Zaragoza aún no tenéis, pero ya tenemos y sí, yo creo que era la 327, o la 317, cuando tú cogías el Utinsa o el Salcai y después las cosas cambiaron y ahora no sé de qué color son las guaguas, ni recuerdo el nombre de la compañía de transporte ni en qué momento levantaron aquella otra estación cerca de Santa Catalina. A mí me gusta el Hoyo de toda la vida, cruzar San Telmo o venir de Triana, comprar tarta de chocolate en Guirlache y elegir verde o azul y dejarme llevar por la guagua, hasta que se acabe la isla o hasta que me dé por gritarle al chofer que me bajo allí mismo, que justo acabo de recordar que el garito de las botellas de tres cuartos es el Pachichi y que si me apuro, tengo tiempo a pasar por casa y coger la guitarra. Algo me dice que la pandilla me espera, acaba de anochecer y la playa y las chicas están más guapas que nunca, con sus tacones y su carmín.

Fotografía: © Pablo Montesdeoca

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martes, 15 de enero de 2008




No se recuerda una belleza guanche tan bien dibujada como la de Nayra, porque Nayra parecía un dibujo, o más bien una fotografía antigua de una mujer que forzosamente tenía que haber pertenecido a otra época o a otro sistema solar, aunque las dos cosas bien pudieran haber sido ciertas.

Sabemos de Nayra que llamaba la atención, que en los días de panza de burra –que eran casi todos- cuando en Las Palmas apenas asomaba el sol por el parque de Santelmo, ella seguía brillando por Tomás Morales camino del obelisco como si nada de aquello fuera con ella. Dicen, y cuesta creer, que nunca se enamoró y que le encantaban los helados de hielo del puestito de Las Canteras (el de al lado de la caseta de la Cruz Roja) y el Clipper de Fresa. Terminó arquitectura en Tafira y se largó a la península un viernes de mayo para probar suerte en Zaragoza. Un verano como no se conoce, pegajoso y particularmente extraño (la ciudad más que recibir, parecía que mandaba de vuelta a Santelmo y a los días de panza de burra) sacó el lado más feroz de Nayra, que lejos de achicarse, se rehizo en el portal de un estudio (gabinete que diría el imbécil de su director de proyecto) de arquitectura. De Zaragoza le gustaba el Parque Grande, el cielo azul-Monegros y salir de tapas por el Tubo, también el Teatro Principal que le recordaba mucho (más de lo que le gustaba reconocer) al teatro Benito Pérez Galdós.

En septiembre la hicieron fija y lo celebró con un amigo al que empezaba a encontrar interesante y divertido, aunque de él destacaría otras cosas que se guardaba muy bien para sí misma y para su almohada. Durante la cena, añoró los días en Puerto de Mogán y la arena fina de Guayedra. En octubre desfiló con el traje típico el día de la ofrenda en una mañana que se le antojó fría y húmeda y echó especialmente de menos los asaderos en Tejeda. En noviembre cogió su primera gripe, no la primera del año o de la temporada, sino la primera de toda una vida y eso le hizo recordar aquel día que nevó en la cumbre y la población entera quedó con la mirada y el alma puesta en el Roque Nublo. Esa misma noche, Nayra sintió un tremendo espacio abierto entre el dormitorio que ahora ocupaba y su vida en la isla.

Nayra comenzó a desdibujarse hasta que en diciembre, una mañana de lunes, de camino a un edificio que andaba rehabilitando, un golpe de cierzo frío y punzante le congeló el corazón, que de acuerdo al informe del forense, dejó de latir más por pena que por frío.

Fotografía: © David Niles

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lunes, 17 de diciembre de 2007




Daniel era un adolescente de ciudad, medio contrahecho y ligeramente torcido de cintura para arriba. Por eso llevaba aquel enorme corsé metálico: una suerte de cárcel que le encerraba el cuerpo desde la cadera hasta el cuello. Andaba con la mirada bien alta, como apuntando al cielo en busca de respuestas y de días soleados que no llegaban. El manejo era complicado, sus apariciones públicas requerían de ciertos preparativos que impedían que se prodigara con frecuencia; no podía tomar el autobús (todos recuerdan los interminables episodios de caídas y resbalones intentando acceder a la línea treinta y tres) y tenía que entrar a los vehículos apilado como un tronco de árbol recién talado.

De vez en cuando y en los momentos más inesperados, extraviaba algún tornillo por la calle, si le alcanzaba el valor pedía ayuda para que alguien lo recogiera, alguien que de una manera o de otra dudaba primero ante la idea de que le estuvieran gastando una broma pero que, al final, viendo los hierros que asomaban por el cuello de la camiseta se prestaba a la búsqueda. Muchas veces Daniel volvía a casa con un desconsuelo de más y varios tornillos de menos, lo que le obligaba a visitar de nuevo la ortopedia, ya fuera para engrasar algún remache o para rescatar las piezas desencajadas y perdidas por el camino o el ascensor. La primera vez que pisó aquel horrible lugar era verano, verano de aceras pegajosas, el resto de adolescentes de ciudad poblaban las piscinas y los parques, mientras Daniel solía recordar, revivir más bien, la sensación desapacible y húmeda de su cuerpo recubierto por una sopa pastosa de escayola fría, el silbido ahogado de su propia respiración en el cuartillo de atrás mientras cuajaba el molde y lo lejos y ajeno que se sentía a todo lo demás dentro de aquella mala copia de sí mismo. Dormía en su jaula de metal y soñaba con aviones que se estrellaban contra patios de colegios deshabitados, con hombres grises que ascendían rampas de garajes de ciudades también grises y, cada vez con más frecuencia, con títeres incontrolados y torpes, fantoches desposeídos de toda dignidad que se apilaban en el asiento de atrás como árboles talados.

Odiaba las líneas rectas y los espejos. Detestaba ser el fatal depositario de la crueldad de aquellos que se burlaban o le bautizaban continuamente con motes nuevos, grotescos, gastados de tanto uso: Jorobadito y mal hecho, Robocop y a veces, simplemente Mazinger.

Daniel enseguida se dio cuenta de que Nuria (aquella muñeca de porcelana de la primera fila) nunca se fijaría en él, lo mismo que Rosa, Violeta o Blanca y exactamente igual que Raquel. Ninguna chica en su sano juicio querría acercarse o reparar en alguien que apenas podía andar diez metros sin tropezar, que hacía saltar los detectores de metal que encontraba a su paso o que no podía volar en columpio ni atarse los cordones de los zapatos. En realidad, Daniel sí se relacionaba con chicas, en la salita de espera del hospital (antes de las sesiones de rehabilitación diarias) coincidía con muchachas portadoras de corsés como el suyo que intentaban ocultar con la ayuda de alguna bufandita o pañuelo al cuello y que evitaban los escaparates de tiendas bonitas que reflejaban la imagen distorsionada de sus cuerpos y sus pechos recién florecidos y aplastados por el hierro, mujercitas metálicas que lloraban pequeñas lluvias porque intuían, o sospechaban que nunca podrían llevar vestidos hermosos y faldas de volantes con las que bailar descalzas por los parques y correr por las calles. Lo cierto es que Jorobadito siempre hubiera querido decir algo, darse a conocer de algún modo, pero todo el valor del que disponía lo guardaba para cuando volviera a perder algún tornillo en el supermercado, así que nunca decía nada y se dedicaba a poner cara de comprender.

Mientras tanto, los otros chicos salían y conocían el sabor de los primeros besos, de los cigarros a escondidas y los combinados de ron y tequila, los reservados de la disco y los mensajes de amor enviados en aviones de papel. Jorobadito nunca recibió invitaciones a fiestas de cumpleaños, tampoco para jugar a la pelota en el patio (aunque ofreciera su bocadillo a cambio y siempre se quedara sin almuerzo y sin partido. Como no podía ser de otra forma, Nuria se decidió por el tipo que más goles marcaba en la liga local (con el tiempo sería un fenómeno en casamientos por penalti), Rosa por el matón de Quinto B (el que empujaba a Robocop escaleras abajo) y Raquel le dio su primer beso al chico que años más tarde le partiría la boca, los dientes y el alma sin contemplaciones de ningún tipo. Blanca, que siempre andaba buscando bronca, se despachaba de lo lindo con Violeta en el vestuario de chicas y se volvió un marimacho y campeona absoluta de lucha libre cuando llegó a la universidad.

Jorobadito siguió perdiendo los tornillos a pares, tropezando consigo mismo y con sus desánimos y soñando con aviones y hombres grises, mientras los huesos le dolían y le bailaban por dentro descompasados. Probó a colgarse ladrillos de las manos y las piernas, estirarse con un sistema de poleas que imaginó en una de aquellas interminables y dolorosas sesiones de rehabilitación, y planeó vivir suspendido del revés una vez que descartó la idea de dejarse aplastar por una apisonadora marca Acme que le dejara bien plano y fino como un cromo de Naturaleza y Color o un pergamino japonés. Manejó miles de opciones hasta que finalmente se decidió por nadar todas las mañanas hasta perder el resuello y dejarse caer en un gimnasio de barrio por las tardes. Siempre ocupaba dos taquillas, una para la ropa y otra para la armadura y como tocado por una idea feliz, aprendió con el tiempo a gastar bromas referidas a su prototipo y a reírse un poco más de su sombra alargada y tiesa. Ahí comenzó a cambiar todo.

Aún se recuerda la gran explosión metálica y los tornillos de aquella coraza saltando por los aires el día que revelaron la primera radiografía que no parecía un cuadro de Kandinsky. El momento justo en el que certificaron su verticalidad y pudo gritarlo al mundo.

Alguien me contó que Daniel no tardó en descubrir el sabor de los besos a tabaco, que terminó tocando en un grupo de pop con cierta repercusión a nivel nacional y que, de tarde en tarde, puedes verle en la sección de libros de unos grandes almacenes arrojando tornillos al suelo (tornillos que lleva escondidos en el bolsito vaquero de Marta, su novia) y pidiendo por favor que alguien se los recoja. Resulta que ya le alcanza el valor.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Diciembre 2007)

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miércoles, 12 de diciembre de 2007


El señor Azul (lo de azul viene por una mala traducción relacionada con la extensa gama de tristezas que es capaz de alojar en las entrañas) hace todo lo necesario para no pensar. Lee libros para no pensar, escribe tonterías para no pensar, también lo hace para que alguna antigua novia suya -que, por otra parte, no quiere saber nada de él- pueda criticar esas estupideces que escribe de vez en cuando. Por eso y porque le gusta que le metan caña que, dicho sea de paso, le sirve también para no pensar. Se pierde en avenidas sembradas de soportales que bostezan despedidas para no pensar y solicita en algún estanco -con el correspondiente impreso- un poco de ternura de segunda mano para no pensar. Acude a la oficina para no pensar, le mira el culo a la de Recursos Humanos para no pensar, disimula estar bien o tirando (lo que él denominaría "normal") para no pensar, camina como si le persiguieran los recuerdos con tal de no pensar, se compara con tipos que jamás serán como él para no pensar, se detiene en los escaparates de lencería fina y no reconoce su reflejo entre tanto maniquí de medidas perfectas, si es que eso puede decirse que sea algo que ayude a no pensar. Observa a la mujer del tiempo y sus manos de mujer del tiempo para no pensar. Se imagina todas esas borrascas avanzando entre sus costillas. Entra en una agencia de viajes, se presenta, soy el señor Azul, dice todo pomposo y a continuación averigua la mejor manera de abandonar la ciudad discretamente, quiere visitar ciudades con nombres impronunciables, para que luego no puedan encontrarle -Tewkesbury por ejemplo- incluso cuando los de la agencia de viajes le contemplan de un modo extraño, el señor Azul les mantiene la mirada para no tener que pensar, uno, dos, tres...cinco...diez y les sigue mirando para no pensar. Se salta los semáforos para no pensar y encaja con indiferencia los insultos del taxista que ha tenido que esquivarle en el último momento. Hace fotos de las aceras que pisa para no pensar, duerme con viuditas desdentadas para no pensar, silba canciones tristes, todo para no pensar. Visita amigos que creen firmemente en la posibilidad de no pensar -al menos durante un tiempo-, intenta alargar ese tiempo, estirarlo como si fuera un domingo de un verano que una vez tuvo y se marchó dando tumbos, fuma (él que nunca ha fumado) cigarrillos bajos en nicotina para no pensar, responde cartas atrasadas para no pensar, hace el equipaje y lo llena de ropa interior como para una vida entera y también aunque muy de vez en cuando, se fuga con la vecina del sexto que no está nada mal, total, para no pensar. Hace cualquier cosa para no pensar, lo que sea, tampoco toma líneas de metro de color azul o gris, porque significaría sin duda la manera más torpe de quedarse atrapado en aquello en lo que no quiere pensar. Pero sobre todo, y por encima de todas las cosas, el señor Azul nunca se enamora, para no pensar.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Enero 2008)

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miércoles, 14 de noviembre de 2007




Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del
amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame agua","¿sabes manejar?", "se hizo de noche", entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho "ya es tarde" y tú sabías que decía "te quiero".)

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

(Jaime Sabines)

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