martes, 7 de junio de 2005




En primero me gustaba la señorita Amparo; digo que me gustaba porque no hacía otra cosa que levantarme hasta su mesa para preguntarle cosas tontas en voz baja, me fijaba en su pelo y luego volvía a mi pupitre bajo. Imaginaba que de mayor tendría una novia con el pelo suave como el de la señorita Amparo, soñaba con frecuencia que crecía y me hacía grande, que ya no tenía pesadillas por las noches y que podía comer todos los bocadillos de mortadela que quisiera. En segundo nos daba clase don Felipe, que desde tiempos de Mari Castaña tenía el pelo blanco y un Citroen verde que aparcaba siempre en la puerta del colegio. En tercero tuve dos profesoras, María Pilar y Rosaura, eran primas y se parecían un montón, como si una fuera el reflejo de la otra o hubieran sido trazadas por el mismo pintor. Fue, además, el año en el que conocí a mi amigo de toda la vida, el mejor de todos. Ahora mi mejor amigo está pasando una mala racha pero intentamos que lo olvide saliendo a cenar o a pilotar ultraligeros. En realidad quien pilota es él y yo a veces tomo los mandos o hago fotos incomprensibles de algunas vistas aéreas. Siempre me han gustado los aviones y las turbulencias.

En cuarto, la señorita Isabel nos impresionaba mucho a todos porque tenía un brazo ortopédico que terminaba en una gran mano de plástico con la que me marcó la cara a final de curso. La silueta de la mano en la mejilla tuvo mucho éxito pero no aportó grandes cambios ni ventajas a mi vida. Recuerdo que al final, unos meses después, la señorita Isabel nos invitó a tomar a mamá y a mí, pastas y té en su casa, creo que para sentirse mejor por lo de la bofetada, pero yo ya no estaba enfadado, ni siquiera un poco. En quinto vino don Pedro con sus clases de música y de ciencias. El mejor día de todos fue cuando trajo en una urna de cristal el aparato respiratorio de un cerdo y nos dejó tocarlo -no nos daba nada de asco-. El segundo mejor día fue cuando don Pedro sacó de un maletín una flauta que desmontaba y montaba a su antojo. Parecía una de esas metralletas de película de gansters, la tocaba como de lado. Desde entonces creo que me gusta la música. Me pasaba horas imitando a músicos de rock con un palo de escoba frente el espejo del cuarto.

En sexto, séptimo y octavo, tuvimos muchos profesores, algunos con motes ancestrales que existían antes incluso de que llegáramos a conocer sus verdaderos nombres. A don Antonio le dejábamos chinchetas en el suelo y se quedaba dormido en los exámenes. No puedo decir cómo llamábamos a don Antonio porque estaría realmente feo. Don Antonio siempre me llamaba Gustavo y se llevaba muy bien con don David que tenía una regla de madera pintada de rojo y verde y nos mandaba páginas de copia como castigo cada vez que a él le parecía que hacíamos algo mal. Se ponía muy contento mandando páginas de copia. Un chico de la clase de al lado las vendía a cambio de cigarrillos o de revistas con chicas desnudas. De esa época aún guardo cierta antipatía por lo primero y afición por lo segundo. Un lunes por la mañana, don Jaime confiscó los cigarrillos y las revistas. Qué puedo decir de don Jaime: enseñaba Historia como nadie y ahora es el director del colegio, aún me recuerda y se alegra de verme. Me regaló una foto de sexto en la que aparecemos todos en el patio en tamaño gigante. Ya por esas fechas, el colegio era mixto y todas las chicas se enamoraban de don Valentín; era el profesor guaperas de Matemáticas, le quedaba muy bien el nombre, le hacía juego con todo, hasta con la forma de andar y de hablar. Un día me tiró tanto de las orejas que me levantó del suelo. El episodio aquel tuvo casi tanto éxito como el de la mano en la mejilla.

Luego estaban los curas, que no sé si por estar más cerca de Dios que el resto de las personas, nos enseñaban las asignaturas más etéreas: religión, manualidades y gimnasia. Aprendimos a hacer casitas con palillos, maceteros de macramé y Cristos con pinzas de tender la ropa. También aprendimos el Padre Nuestro y el Credo aunque los desaprendíamos con la misma rapidez. En cuanto al deporte, yo era el chico que tenía miedo de saltar obstáculos y mis habilidades gimnásticas brillaban por su ausencia. Nunca me admitieron en el equipo de futbito ni en el de baloncesto. Para ser honestos, nunca me admitieron en ningún equipo. Era pequeñito y poco resolutivo ante la portería contraria y lo único que realmente se me llegó a dar bastante bien fue el ajedrez y mirar a las chicas que aplaudían los goles de los otros compañeros.

Con respecto a la manera de organizarnos, hacíamos fila para entrar en clase y hacíamos fila para salir midiendo la distancia entre unos y otros con el brazo extendido. Si alguien cumplía años, llevaba caramelos y le colocaban el primero de la fila para que pudiera salir antes porque ese día era la persona más importante del colegio, luego repartía los caramelos como si fuera un chico estupendo y generoso. Don Jaime me regaló el año pasado una foto de toda la clase, aquella tarde de sexto en el patio, claro que eso ya lo he dicho antes. Recuerdo -como si fuera ese mismo día- que yo iba en la lista de asistencia después de González y antes de Eduardo Gracia. Ahora Eduardo tiene un garito donde cenamos todos los jueves por la noche cuando nos juntamos para hacer magia. Me gusta la magia porque tengo un tío que me enseñaba trucos y fotos de ilusionistas antiguos que actuaban en teatros a los que acudía la gente vestida de gala, como si fueran a la ópera. Eduardo, el del garito, tiene un crío con su misma cara. El día que su padre le enseñó la foto de sexto en el patio a tamaño gigante, su hijo enseguida reconoció al chaval con las orejas de soplillo y cara de ratón. Cerca de Eduardo, dos filas por debajo pero muy próximo, hay un niño flaco y pequeño con pantalones vaqueros, algo despeinado y camiseta azul con un Tintín a la altura del pecho, zapatillas blancas sin cordones y cara de susto. Por mucho que lo miro no lo reconozco. Me dicen que soy yo con gesto de preocupación, seguramente a causa del brazo ortopédico de la señorita Isabel o muy posiblemente porque aquella tarde de sexto en el patio, tocaba examen de gimnasia con saltos de potro y circuito de atletismo, con muchos, muchos obstáculos que saltar.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco" , Septiembre 2006)

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lunes, 6 de junio de 2005


Lo de Silvia escapaba a toda lógica. Se fijaba en el chico más guapo de clase y terminaba enamorándose del tipo con menos posibilidades del turno de noche. Lo cierto es que Silvia en sí misma escapaba a toda lógica. Cómo comenzaron a entenderse y más tarde a desentenderse no puede ser explicado con facilidad.

En todo caso, el mayor delito que cometieron fue el de soñar en voz alta (él) y el de escuchar todos sus desvaríos como si fueran certezas (ella). El resto se conoce de manera difusa. Él soñaba con ser miles de cosas, arquitecto o ingeniero, y contaba que vivirían en una casa con las paredes de cristal. Ella cruzaba el paso de peatones y le creía. Casi siempre le creía.

Llegaron las noches de concierto, las escapadas de clase de álgebra lineal y los ensayos. Las visitas clandestinas -estoy sola, mis padres se fueron al pueblo- y las servilletas de papel dibujadas en un bar de Delicias. Él no tenía mucho más que ofrecer excepto aquel montón de delirios y de edificios transparentes. A ella no parecía importarle y siempre se despedían puntuales los domingos en la parada del autobús. En realidad, Silvia simplemente escapaba y aquella tarde de domingo el padre de ella (que nunca vio con buenos ojos las paredes de cristal) fulminaría casi de disparo certero todo lo que habían levantado a escondidas en los pasillos del instituto. Cada uno por su lado escapó como pudo. Él hacia su barrio, ella en el asiento de atrás del coche de papá. Luego me dijeron que en un semáforo del centro se bajó y echó a correr, en busca del arquitecto o del ingeniero, en busca del tipo que le sacara un sueño de los bolsillos que le devolviera la sonrisa. El chico siguió corriendo , vaciando los bolsillos de monedas y billetes de autobús gastados, pero ni un solo sueño. Silvia simplemente escapó y aquella noche terminó rodeada de borrachos en la cafetería de una estación de tren , un soldado con destino Barcelona con el que estuvo a punto de coger el Talgo la rescató y, finalmente, perdió el tren y un papel protagonista.

El Miércoles llegó una carta que lo explicaba todo, Silvia no volvió a clase y su padre la puso a trabajar en una asesoría laboral . Dicen que ella escribió un diario durante los cien días que pasaron juntos. Se volvieron a encontrar y no funcionó. Ella aprobó unas oposiciones y él nunca pisó la escuela de arquitectura, aunque de vez en cuando se le puede ver lanzando piedras contra todos los cristales que encuentra a su paso. Creo que Silvia es feliz, se casó y trabaja en la universidad, detesta a los tipos soñadores con los bolsillos llenos de billetes de autobús gastados y además, hace tiempo que ya no escapa.

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domingo, 5 de junio de 2005


Violeta escribe todo lo que piensa desde que conoció a un gato despistado que le aseguró que no se puede dejar de pensar ni un solo instante, ni siquiera cuando duerme o cuando estornuda. Como las afirmaciones categóricas, en general, eran cosa que Violeta dejaba únicamente a políticos o pretendientes, no hizo mucho caso.

Con el tiempo Violeta notó que la cabeza le bullía como una olla express y comenzó a temer que el gato aquel pudiera tener algo de razón en sus planteamientos. Lo cierto es que sentía un cosquilleo en el hipotálamo, a la altura de las coletas, y enseguida resolvió que era un pensamiento. Pensó que sería una anécdota, un trenecito que pasa por la estación sin detenerse a recoger o a dejar pasajeros, un pájaro en vuelo migratorio. Se dio cuenta que, en realidad, lo de la anécdota, el trenecito y el pájaro eran pensamientos con toda la forma y el fondo de los pensamientos, pensó en la flor pensamiento y supo que seguía pensando y que casi con total certeza, no podría dejar de pensar tal y como le había dicho aquel gato despistado.

Como además, el asunto le parecía ciertamente inquietante, decidió escribir todo lo que pensaba. Acunar los pajaritos y los trenes, las anécdotas y las cosquillitas en las coletas. Y ahí sigue que sigue, dale que dale, amontonando tomos, gruesos cuadernos y Moleskines de todos los tamaños, sin dejar de escribir lo que piensa, no sea que un día, de puro cansancio se quede dormida y los trenes llenos de pájaros pasen a ser una anécdota olvidada de la que apenas quedó una cosquilla.

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sábado, 4 de junio de 2005


A principios de nuestra Era, las llaves de San Pedro se perdieron en los suburbios del Imperio Romano. Se suplica a la persona que las encuentre, tenga la bondad de devolverlas inmediatamente al Papa reinante, ya que desde hace más de quince siglos las Puertas de los Cielos no han podido ser forzadas con ganzúas.

(Juan José Arreola)

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viernes, 3 de junio de 2005


Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza...

- ¿Dónde está tu padre?- preguntó.
- Está en el cielo- susurró él.
- ¿Cómo? ¿Ha muerto?- preguntó asombrado el capitán.
- No-dijo el niño.- Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.

El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.

(José Leandro Urbina)

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jueves, 2 de junio de 2005


Que me perdone mi amigo Doc, pero hoy ando algo rebelde y romperé la cadena. Nunca me gustaron y alguna que otra vez sufro de indigestión o de empacho. El asunto viene de lejos, ya de cuando combatía ataques masivos de spam procedentes de universidades coreanas (caldo de cultivo de grandes cibersaqueadores) , o me llegaban una y otra vez fotos de gatitos persas atrapados en tarros de cristal. Soy el tipo antipático que siempre rompe las cadenas. Igual me da que sean mensajes que prometen la felicidad eterna, erecciones espectaculares (mientras la hidráulica aún funcione en mí, no probaré otros métodos) o que aparezca la persona amada portando una bolsa repleta de fajos de billetes o de artículos amatorios. En cierta manera, ya respondí a la propuesta del amigo Doc en su día, enlazándole además a él en el siguiente eslabón de la cadena. Quizás Doc sirve hoy la venganza en plato frío.

En mi PC tengo casi 400 canciones, no son muchas, apenas 2 gigas. De las 400, apenas 50 son imprescindibles y de las 50 a lo mejor 10 son parte de la banda sonora de mi vida. Otras quedaron fuera del disco duro, algunas sólo en la memoria acústica o en mi billetera. Quién sabe. Como dato anecdótico, sirva decir que nos llamamos "La Ley" en homenaje a Radio Futura y que toco el bajo porque cuando apenas levantaba unos palmos del suelo, descubrí a Mark King y a Jaco Pastorius. Confieso que cada vez compro menos música y sin embargo, no dejo de adquirir libros y lo que es peor: los leo.

La diferencia con respecto a la última (y casi única) vez que acepté el reto de Kalf, es que ahora mismo ando escuchando un recopilatorio de John Coltrane y Miles Davis , el último disco que compré fue “La noche americana” del gran Quique González y posiblemente, después de colgar este post, creo que voy a rescatar de la estantería un par de discos gloriosos de Maria Creuza y de mi buen amigo Gabriel Sopeña. El de la Creuza está producido por Gabo que de paso, firma algunas canciones. Además hace no mucho , hablaba con Violeta de otra canción de Gabriel (muchas veces hablamos de las canciones de Gabriel, de "Apuesta con el R&R", "Cass" o de tantas otras ) que siempre me pone la carne de gallina. Se llama “Por los ojos de Raquel” y me resulta difícil mantener el tipo cuando la escucho.

Por cierto Doc, me encantan Steely Dan y Donald Fagen. Espero que romper la cadena no sea obstáculo para seguir colaborando juntos, cultivar nuestra amistad y entusiasmarnos de manera recíproca. La culpa la tienen los universitarios coreanos y alguna que otra aventura que si quieres un día te explico.

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miércoles, 1 de junio de 2005



“Rubias de ciudad llegaban en el autobús, a pedir una oportunidad…”

Chicas de ciudad, reinas de la línea treinta y tres, de los garitos donde sirven el mejor gin-tonic, chicas de Jueves a Domingo con la vista puesta en los escaparates y en las terrazas de moda. Todo les queda bien, la sonrisa de encaje y las braguitas de plastilina, en realidad quisiera decir sonrisa de plastilina y braguitas de encaje pero todo es un poco lo mismo. Puedes verlas en el gimnasio recién inaugurado haciendo kick-boxing o relaciones sociales, poseedoras de esos conjuntitos plastidecor que hacen juego con la imagen desenfadada que proyectan sobre el gran espejo, desenfadada imagen siempre cool a veces con coletas y cintas de pelo. Chicas de ciudad que se distinguen porque solo se aparean con chicos de ciudad de sonrisa espantosamente blanca y tríceps de discóbolo. Montan sus orgías después de una sesión de UVA, la idea es restregar los cuerpos al tiempo que aplican la loción hidratante. No perder el tiempo.

El resto es más o menos conocido, uno se encuentra con ellas en el ascensor, o intenta encontrárselas sin que se note (ya se sabe , no todos los días uno tiene tentaciones de patio de escalera que destripar en la consulta), porque soñar que te quedas atrapado entre el tercero y el cuarto está todavía permitido por las autoridades locales, lo mismo que pulsar el botón de emergencia y que sea lo que Dios quiera. Con un poco de suerte, tu señora (tan comprensiva ella) , comparte tus mismas aficiones y se dedica de vez en cuando a contemplar o a pellizar a chicos de ciudad que suben la compra hasta el séptimo -un par de imbéciles quedaron atrapados en el ascensor y no se puede hacer nada aunque el portero diera el aviso- y que tan generosas propinas reciben.

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martes, 31 de mayo de 2005


Por lo que más quieras Nicolás, por tu madre que soy yo. Suéltalo ya. Desde el primer día supe que habías venido a este mundo para darme una hartada de disgustos, a lo mejor porque viniste del revés a la hora del parto y querías salir a devorar la vida antes de tiempo, siete meses después de aquella tarde de siesta con tu padre (que Dios lo tenga en su gloria), y mira que me costó sudor y lágrimas sacarte de mis entrañas , que casi me revientas por dentro. ¿Y lo que llorabas? , asustabas al vecindario y a la santa de tu abuela, que si no fuera por ella yo estaría ingresada , seguramente sin juicio y sin alma, en cualquier institución de mala muerte. Pero los designios te mandaron así como revuelto y madre no hay más que una.

Así que te rompías la cara miles de veces con los niños de la escuela , tus dedos experimentaban con todos los enchufes que encontrabas a tu paso y atormentabas a los gatos del barrio con piedras y cascos de botella vacíos. Cómo te gustaba respirar cerca de los botes de pintura hasta que se te nublaba la vista , luego perdías el sentido (el poco que te quedaba) y cuando te reanimaba, como en un ataque de locura genial, manchabas las paredes o los suelos con los colores del arco iris. Yo aguardaba en vela , con el corazón en la boca, esperando a que un guardia te devolviera al cobijo familiar después de tres días con sus tres noches sin aparecer por casa ni por clase de Don Felipe.

Por eso te pido , por tu padre que en paz descanse, que sueltes el bote, que te he dicho mil veces que no son caramelos, que son pastillas que tu madre se tiene que tomar para sobrellevar mejor la vida que le ha tocado en suerte, y que si no me matas de un disgusto me moriré de pena o de un aire en el pecho, que una no está para tanto sobresalto. Suéltalo ya Nicolás, por lo que más quieras. Por tu madre que soy yo.

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jueves, 26 de mayo de 2005


He debido cambiar mucho: ya no uso braguero por las hernias, ni aparato ortodóncico, ni pantalones cortos, ni adornos. Por teléfono ya no tengo voz de niña. Ni voy tirando piedras a las moreras, buscando hojas para los gusanos de seda que se arrastran unos sobre otros en una caja de zapatos. Mi plato favorito ya no son las torrijas. Y hace siglos, imagínate, que ya no me despellejo las rodillas.

He debido cambiar mucho: me salieron granos y pelillos, empecé a afeitarme, hice la mili, dejé de vivir con mis padres, me marché del barrio, conseguí un empleo. Nunca más volví a Amadora. A lo mejor el café de los billares cerró, hay un video-club en lugar de la mercería, cortaron los plátanos de la avenida, pasando tu casa, y quitaste aquellos cisnes de escayola de las columnas del portal. Siempre creí, no me preguntes porqué, que acabarías por quitar los cisnes de escayola, con sus alas abiertas y el pico pintado de rojo, de las columnas del portal. Tal vez porque a mí me gustan los cisnes. Tal vez porque tú me encontrabas feo y yo no te gustaba. Nunca respondiste a mis cartas. Nunca sonreíste a mi sonrisa. Nunca me agradeciste la preciosa rana que te envié con mi hermano más pequeño. Cuando le pregunté

- ¿Le diste la rana?

mi hermano me contó que apenas le quitó el paño que la cubría y te enseñó el animalito, te echaste a correr gritando

- Quita esa porquería de ahí

pero tengo la seguridad (¿a quién no le gustan las ranas, verdad?) que te encantó, que jugaste con ella y la colocaste en el estanque del patio. Apuesto a que aún anda por allí, en cuclillas sobre una piedra, mirando la ropa tendida en el patio de la cocina, la ropa de tu madrastra, tu ropa, la ropa del señor Bernardino, que acudió al anuncio pegado en el tablón de la tienda y os alquiló una habitación. Mi hermano, calcula a dónde pueden llegar las malas lenguas, jura que te casaste con ese, que se os ve tomando café, cogidos del brazo, los domingos en la mañana, en la pastelería Preciosa, que tenéis un hijo rubio, que te pusiste a trabajar en la secretaría del Ministerio de Economía. Claro que es mentira, que no me lo creí, que me reí. Que yo sepa, nadie puede tener hijos a los doce años, ¿verdad? Además, ¿qué demonio de gracia puede encontrar el señor Bernardino en una chiquilla? .

He debido cambiar mucho. Pero estoy seguro que me vas a reconocer cuando el domingo coja el tren de Amadora. Por más que construyan, el edificio y el cantero de dalias tienen que estar aún allí, con cisnes o sin cisnes, enseguida de pasar los plátanos. Me acerco a las rejas, tiro de la campanilla que suelta un gritito roto en el soportal, una delicada manita apartará las cortinas, y como ya no uso alambre en los dientes puedo decir

- Hola, Olga

puedo llamarte, puedo limpiarme los pies en el felpudo, puedo entrar, puedo sentarme a tu lado, con un paquete de bizcochos colgando del dedo meñique, en el sofá delante de la tele. Porque eso es lo único que quiero: sentarme a tu lado en el sofá y ver la telenovela.

Cuando le explico esto a mi hermano más pequeño se pone a bromear sin motivo alguno: que creciste, que te casaste, que tienes un hijo, que trabajas en el Ministerio de Economía, que no te acuerdas de mí, que estoy chalado. ¿Para qué responderle? Es obvio que te acuerdas de mí: era el único en la escuela con cara de conejo y aparato ortodóncico, y que se quedaba inmóvil durante los recreos por no poder correr a causa de las hernias, con una rana en el bolsillo para ti. Es obvio que te acuerdas de mí: era tan linda la rana, ¿a que sí?.

(António Lobo Antunes)

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miércoles, 25 de mayo de 2005


El chico quiere pasar al otro lado pero no se atreve, la ranita del cuento le amenaza con volarle la cabeza de un tiro. Todo porque la rana está enamorada de la chica del otro lado. La chica está a oscuras pero tres mariposas con forma de corazón le acompañan durante la hora del recreo, aunque después se irán a clase de aleteos. A la más inexperta de todas le quedó para Septiembre el práctico de aterrizaje sobre pétalos mojados pero seguramente y con un poco de esfuerzo aprobará. Una vez alguien le explicó que todo lo bueno a veces resulta complicado de alcanzar. Creo que era un grillo cantor que se quedó afónico de tanto ensayar. Además, a la rana le gustan las mariposas , no de una manera artística o natural, más bien es un interés culinario, pero si se pasa al otro lado en busca de mariposas, no quedará nadie vigilando al chico. Lo que nadie sabe, es que el chico está interesado en coleccionar mariposas en forma de corazón y que finalmente la chica no pinta ni quiere nada en esta historia. Si acaso seguir a oscuras.

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