domingo, 3 de septiembre de 2006


En noches como esta, tiene un sudor tan pegajoso y dulce que podrían hacerse caramelos con él. Es una especie de sopa en las sábanas, se revuelve y no concilia el sueño. Recuerda entonces a aquella chica de las tetas de plástico que le olisqueaba el pecho y las axilas, se acurrucaba como una bola de brazos cálidos y le decía cosas del tipo: me gusta tu olor. Luego se ponía con el culo en pompa y se dejaba hacer. De ella destacaría su colección de tangas de estampados felinos y la constelación de lunares que le nacían en el ombligo. Eso y en todo caso, la facilidad que tenía para sacarle de quicio.

Decide que para conciliar el sueño se podría masturbar un rato pero enseguida se aburre y no puede terminar. A ella también le gustaba su sabor, su sabor y su olor dulce y pegajoso, que le cogiera fuerte de las caderas y le dijera cosas sucias al oído. Cosas sucias alternadas con cosas delicadas. Un día ella se cansó y dejó de ver en él todo lo que antes le parecía exquisito e interesante. En realidad, lo que ocurrió es que lo que al principio le atrajo de manera poderosa, luego le produjo un rechazo infinito. Hay que joderse.

Cae en un letargo suave, está empapado en una sopa dulce que sabe bien. Piensa en lo de casi siempre, lejos de preocuparse o asustarse, se tranquiliza, porque en cierto modo sabe que vendrán otras mujeres que le dejarán en la mesita de noche, los mismos reproches, la misma vieja y conocida sensación de haber vivido aquello una y mil veces.

Publicado por Puzzle a las 5:25
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sábado, 12 de agosto de 2006




Todo lo que puedo decir es que te hacía dibujos en servilletas de papel (yo, que nunca supe dibujar nada) y que te hice llorar en Nochevieja. Puedo verlo ahora que hace tiempo que dejaste de creer en nuestra casa de paredes de cristal, cuando me brotaban los delirios de la boca y a ti los sueños del ombligo, ¿recuerdas?, quería ser arquitecto de construcciones imposibles, tú una abogada famosa. Buscábamos escondites para estar juntos, hasta que una noche tu señor padre (con sus dos cojones y la pistola reglamentaria) me amenazó con volarme la tapa de los sesos si te seguía viendo. Quisiste dejar la ciudad, ir a cualquier lugar con tal de no estar buscando madrigueras a cada rato, puede que a Barcelona, un cabo primero te hizo compañía en la cafetería de la estación protegiéndote de las miradas sucias y los corazones calientes, hasta que perdió el tren por esperarte. Luego os mandasteis algunas cartas y nunca más se supo.

Me jodía que te gustara David. David era mucho más guapo, se sentaba en la primera fila y os tenía locas a todas, además era mucho más golfo. Él también te hubiera roto el corazón. El problema es que yo reincidía, te hacía dibujos en servilletas de papel y te hacía llorar en Nochevieja todo el tiempo. Aún así apareciste un año después en el portal, con dos copas y un mini de cava para brindar por tiempos mejores, ahí fue cuando supe que seguías siendo noble a pesar de mí.

Nos volvimos a ver años después en el Carrefour a la salida del trabajo, en Gran vía paseando a Greta, en algunos restaurantes de la ciudad, en tantos sitios, siempre volviéndome la cara, haciendo como que no me veías y a lo mejor no viéndome, incapaz de reconocer a la persona que había sido y en la que me transformé con el tiempo.

No hace mucho, en la fiesta del manager que decía que nunca se iba a casar pero que al final se casó, alguien me dio tu número. Lo guardé en una bolita de servilleta. Ten cuidado -me dijeron- ahora es madre y esposa, le va bien, es feliz. Estaba eufórico de noche, lo admito, me quedé con la mirada perdida en las luces de color, viendo nuestra historia en diapositivas, tú saltando de alegría en el sofá y devorando una bolsa de patatas fritas, escribiendo un libro que hablaba de nosotros o simplemente cuidando lo que teníamos, sintiéndote orgullosa de nuestra casita de cristal, esa que nunca llegamos a levantar.

Desde entonces, siempre te pongo como ejemplo, un ejemplo triste: la única mujer a la que le volé el corazón y con la que nunca tuve la delicadeza, ni siquiera, de preguntar en cuántos pedazos.


(Publicado en la revista cultural "El Desembarco" , Octubre 2006)

Publicado por Puzzle a las 14:16
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martes, 1 de agosto de 2006




Dormía en la cama donde siempre había dormido con su mujer. Seguía ocupando el lado izquierdo del colchón, como si la mujer ocupara el derecho. La verdad es que, a pesar de estar muerta, de alguna manera todavía lo ocupaba, porque todas las noches, quizás en sueños, lloraba a su lado, lo acariciaba, le decía que era desdichada sin él y que lo esperaba ansiosamente.

O si no, decía:
-No olvides que tu mujer te espera. Abro los brazos para recibirte.
Y también:
-Morir no es horrible; lo horrible es estar separados. No tardes.

Después de mucho tiempo llegó el día en que el viudo conoció en un club a una muchacha. Esta lo acompañó a su casa y se quedó a vivir con él. La primera medida que tomó la muchacha fue cambiar el viejo colchón por uno nuevo. La muerta no persistió en sus visitas.

(Adolfo Bioy Casares)

Publicado por Puzzle a las 16:59
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miércoles, 26 de julio de 2006




Siempre quise recibir los aplausos de niños y mayores, dejarlos boquiabiertos a todos y tener mi propio espectáculo de magia, mis propias partenaires (imagino una delicada Marta Cibelina y una hermosa Rex Canela) y un ayudante de escena disciplinado, quizás un Gigante Blanco de Bouscat.

Todo comenzó a tomar forma cuando me di cuenta que lo de salir de la chistera no era suficiente para que consideraran llevarme con ellos a los mejores viajes. Era evidente que mis intervenciones sólo tenían cabida en espectáculos de alcance menor, y de ese modo decidí ampliar algunos conocimientos mágicos por mi cuenta. El jefe no lo sabe pero, cuando me dejaban a solas entre bambalinas, aprovechaba para aprender poco a poco a zafarme de la jaula, perfeccionando primero y dominando después las técnicas más complicadas del noble arte del escapismo.

He leído (incluso confieso que he devorado) las páginas de los mejores libros de magia de escena así como cualquier cosa que caía entre mis patitas y tenía que ver con el asunto: suscripciones a revistas especializadas, entrevistas a ilusionistas de uno y otro lado del planeta, reportajes de congresos nacionales e internacionales. Perdí mucho pelo y pasé noches enteras en vela intentando asimilar los nuevos y fascinantes conocimientos.

Ahora puedo decir que estoy preparado para realizar los más maravillosos efectos de ilusionismo de alta competición. Soy capaz, entre otras cosas, de levitar sobre la hierba humedecida por el rocío de la mañana, manipular ramilletes de tréboles frescos y teletransportarme de una madriguera a otra reapareciendo después en lo alto de alguna ermita abandonada. Estocolmo será, sin duda alguna, mi lanzamiento definitivo al estrellato y quedarán atrás los días de salir de la chistera y trabajar para otro.

Tendré mi propia maletita de mago y un trajecito de gala a medida (con pajarita y todo) para recibir los aplausos y los premios. Tendré eso y ropa de temporada para el viajecito a Los Alpes del año que viene. Que ya les vale, dejarme olvidado la vez aquella, con la ilusión que me hacía.

Publicado por Puzzle a las 23:00
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jueves, 20 de julio de 2006




Aprendí a olvidar todo lo que tenía que ver de una manera o de otra contigo en cuanto alcancé a comprender todo lo que habías roto. Primero fue un silencio roto, después nuestra complicidad de juguete, aquella tarde que llené tu alcoba de globos de colores y no te gustó nada.

Luego sería un manojo de verdades rotas, algunos pedazos de papel y las cartas en papel malva, mi orgullo herido –y roto- la lealtad y mi confianza entera, todo roto. Pequeños objetos y detalles cotidianos: una entrada de teatro o para la filmoteca, la carátula de un disco antiguo de Serrat, las zapatillas de estar por casa, unos labios resecos, tu fragilidad y la puerta desvencijada a patadas que nunca más volveríamos a abrir. Todo roto y orbitando a tu alrededor como diminutos satélites fuera de todo orden.

El día que quisiste volver con aquella cajita en las manos llena de fragmentos rotos y un botecito de cola de contacto, te hubiera ayudado a recomponer las piezas. Pero no hubo forma de encajar ninguna.

(Ilustración: © Nicoletta Ceccoli)

Publicado por Puzzle a las 23:59
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viernes, 14 de julio de 2006



Todo iba bien. Nos queríamos de manera desmedida desde el primer instante, hacíamos el amor con la ferocidad de los hambrientos y nunca faltaron aquellas cajitas de música en las que guardaba alguna sonrisa recién horneada que hacía aparecer como un ilusionista intrépido. Todo el mundo estaría de acuerdo en afirmar que nuestra vida era un circo de tres pistas. Los demás iban asistiendo a las funciones, aplaudían y vitoreaban cada una de nuestras piruetas, admiraban aquella naturalidad tan nuestra de ser dos tan distintos pero tan bien ensamblados.

Enumerábamos las cosas que creíamos ser y que a lo mejor éramos: ...un castillo de Lego, un rompecabezas de dos piezas, un par de zapatos de charol... y toda la pista para nosotros. Nuestra favorita -la central- era la más grande y luminosa y allí caímos rendidos de tanto bailar bajo las luces que bañaban nuestras vidas como una cascada feliz.

Un balancín y un carrusel, dos caballitos de mar, ahora me domas tú ahora te domo yo. Y luego los aplausos y las reverencias bajo la lluvia de confeti. Nos quitábamos el sudor y volvíamos a empezar. Nunca nos hizo falta nada más.

Llegó el día en que empezó a germinar la idea de un nuevo número distinto a los demás, el más difícil todavía, al principio pensé en un triple salto mortal o en salir proyectados desde un cañón gigante. Dos proyectiles enamorados. Una dama y un alfil, un director de orquesta y una violinista rusa. Apenas hubo tiempo para ensayar la función, apareció en el centro de la pista con un anillo y una sonrisa de satisfacción casi indecente. Le tendí la mano improvisando algún movimiento grácil y quedé a la espera, con un gesto suyo de encantador terrible el anillo aumentó de tamaño, se escucharon algunas exclamaciones de asombro en la pista, entre ellas la mía, me detuve como un colibrí a punto de cambiar de dirección en el aire, un lanzallamas y una niña con trenzas infinitas, para entonces el anillo se estaba transformando en un gran aro metálico y la gente pataleaba en el suelo de tabla a modo de bramido hostil, por un momento (sólo por un momento) creí ver de nuevo su mirada-cervatillo, pero se desdibujó por completo y enseguida fuimos simplemente una mujer vestida de blanco y un completo desconocido en chaqué. Una serpiente y un ratón.

Hizo restallar las diez puntas de su azote y con una graciosa voltereta atravesé para siempre el grillete de metal.

Publicado por Puzzle a las 18:29
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lunes, 26 de junio de 2006




Hagamos un experimento. Usted se encuentra desnudo y privado de toda visión (le hemos colocado un antifaz) sobre un gran colchón en el centro exacto de una habitación bien iluminada y acogedora. Le acompañan tres mujeres también desnudas y abiertas, abiertas sin duda como un océano que se navega en muy raras ocasiones, un océano privilegiado. Usted, por supuesto, no puede ver a esas mujeres y viceversa.

Ninguna de ellas lleva perfume alguno, en general nada que pueda ayudar a su reconocimiento. Lo único que se le permite saber acerca de sus acompañantes es que la primera tiene nombre de huracán, la segunda bien podría ser una de sus muchas amantes despechadas y la tercera es su mujer. El orden, por supuesto, es arbitrario. Las tres harán exactamente lo mismo: se sentarán durante apenas un instante sobre su cabeza encajando el sexo sobre su cara. Tendrá que adivinar mediante el sentido del gusto quién de ellas es su esposa. Se le permite como única excepción acariciar una sola vez los pechos de la mujer que usted considere acertada y por tanto única.

Si acierta, la mujer que ama recuperará la fe perdida en usted, rechazará posibles amantes venideros -ninguna mujer en su sano juicio sería infiel al hombre que es capaz de conocer mejor que nadie su sabor secreto- y volverán a sentirse como la primera vez que se degustaron mutuamente.

Si falla, su mujer pasará a ocupar una habitación contigua en la que sobre un gran colchón situado en el centro exacto de la estancia, esperarán tres hombres desnudos y privados de toda visión y cuyo único rasgo en común es que hace mucho tiempo que no navegan.

(Fotografía: © Dominic Rouse)

Publicado por Puzzle a las 1:40
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miércoles, 21 de junio de 2006




Escribía todo el tiempo para no tener que decir nada que no hubiera brotado antes de la punta de sus dedos, escribía para encontrarse, para escapar de las tormentas y los tsunamis del alma aturdida, escribía para explicar cosas que de otra manera no tenían sentido porque sólo mirándolas desde la distancia tomaban formas caprichosas que se acercaban a la verdad, formas de caballito de mar o de telas entretejidas por manos delicadas y orientales -que al caso venían a ser lo mismo-, escribía para escapar de los injustos y los cobardes, para olvidar antiguos amores que no serían de otra materia sino de papel, amores que volvían de vez en cuando en forma de un mal sueño o de un recuerdo borroso. Escribía para zafarse de noches tan largas como estelas de aviones que nunca aterrizan, siguiendo aquella voz interior que le gritaba por dentro y que decía ser de tarde en tarde la voz del mismo Parménides. Escribía para romperse en otros como él y en otros totalmente distintos, para vomitar palabras que hablaban de todo aquello que le robaba la luz y la mirada de niño, palabras esparcidas como esporas tristes, palabras que nunca hubiera podido escupir de mejor modo que no fuera ese.

Tanto escribía que dejó de necesitar hablar, descubriendo que de ese modo, nadie jamás envilecería sus palabras dichas (y no las escritas) puesto que lo escrito siempre resultaría puro y hermoso y lo dicho podría ser malinterpretado o puesto en juicio. Escribía, por tanto, para no perder la fe, para seguir creyendo en algo más grande que todo lo conocido y todo lo venidero. Tanto escribía y de forma tal que empaquetó cada una de sus palabras en un par de maletas, doblándolas con cuidado como si fueran camisas de seda y ese fue todo su equipaje. Sucedió de forma tal, que terminó por perder la voz y enmudeció para siempre, transformándose en alguien que sólo quiso escribir.

(Ilustración: © Claudia Moya)

Publicado por Puzzle a las 22:02
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lunes, 19 de junio de 2006




En Estocolmo no hay tréboles, hay otras cosas: hay museos y tiendas, un acuario, líneas de autobuses, metro, zoo y muchas islas, hay un salón azul donde entregan unos premios, pero nada de tréboles, y yo me estoy viendo venir lo de la otra vez, cuando se fueron a los Alpes y me dejaron en casa, con las orejas gachas y luego pretenden que salga de la chistera con la misma cara feliz de todas las tardes, mientras pasan los días y ellos ensayan sus bailes y sus gestos elegantes, la manera de recibir los aplausos, sus amplias sonrisas y sus milagros, creo que esta vez irán en avión, esa es la otra excusa, que no hay tréboles y que no se admiten conejos en los aviones, pues que vayan pensando en otro Manolo, porque creo mi último número será bien pronto, desapareciendo entre el backstage (dichosa palabrita) o camuflado entre los peluches del carromato de tiro al blanco, y todo porque en Estocolmo no hay tréboles, hay un Campeonato del Mundo de Ilusionismo, y ya está casi todo preparado, todo menos mi caja de transporte y mi billete, sí -ya sé- no se admiten conejos en los aviones, bailarinas sí, conejos no.

Nota: Si quieres saber cómo es el rostro del único mago capaz de viajar a Los Alpes sin su conejo, esta tarde en Aragón Televisión a partir de las 18:30. Prometo mordisquear todos los mandos a distancia.

(Garabatos: © Cecilia Varela)

Publicado por Puzzle a las 12:48
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domingo, 21 de mayo de 2006


Nubes

Me leyeron tu vida en mis manos, aprovechando el rastro de las últimas caricias que dejaste olvidadas antes de marcharte al congreso aquel de Buscadores de Tesoros. Luego nunca más se supo. Alguien me dijo que habías encontrando un trébol de cuatro hojas, una caja de Pandora y alguien que te susurrara al oído cada cinco minutos lo bonita que estabas con tu vestidito y tu canesú.

Gasté mi última pregunta en querer saber si te iría bien: las líneas de mis manos tristes hablaron de edenes y de constelaciones con tu nombre, decían que llegarías lejos, tan lejos como para vivir en tu nube y no querer bajar al mundo otra vez, todos te echarían tanto de menos que les resultaría insoportable vivir sin tu risa fácil, esa que olvidaste en el cuarto de los secretos donde solías esconderte cuando todo se ponía feo y te entraban los miedos por debajo de la falda. Ya por aquel entonces acostumbrabas a decir que algún día crecerías y te harías grande, que dejarías de llorar por tonterías y aprenderías las lecciones más importantes. No dejabas de repetir lo distante que estaba todo lo que querías alcanzar y que tarde o temprano lo atraparías con tu cazamariposas azul.

Y tenías razón, toda la razón del mundo, aprendiste las lecciones, el hombre que vendía prismáticos en la plaza se hizo millonario, yo guardo los míos en un cajón - uno de ellos con visión nocturna- para poder mirarte en tu nube, ahora que sé que cuando lloras llueve a mares y que el cielo no resultó lo bastante lejano para ti.

(Ilustración: © Cecilia Varela)

Publicado por Puzzle a las 16:53
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