sábado, 4 de agosto de 2007




Aquel día, la playa reclamaba atención meciendo las olas con una cadencia suave pero eficaz. Proyectaba un sonido de mar que bien podía entenderse como un rugido o un ronroneo. Todo dependía de quien escuchara.

La playa hizo todo lo que pudo, todo lo necesario para poder acunar aquella botella hasta depositarla plácidamente en la arena. Al fin y al cabo era una playa mensajera: su única misión era lanzar y recibir todas las botellas portadoras de mensajes. Sin hacer preguntas. Únicamente se conocía el punto de partida. Era desconocido el lugar de llegada. Sería elegido al azar. Todas las playas mensajeras se sentían orgullosas de serlo y cumplían su cometido a la perfección. Una autentica maraña de costas y ensenadas, una red organizada de kilómetros de dunas salpicadas por el océano, capaces de catapultar mensajes secretos, de amor y de auxilio, interconectadas entre sí, de un extremo a otro del planeta. Miles de botellas en tránsito y todas llegarían siempre a un destino. A algún destino.

Ese es el motivo por el cual la playa no esperaba caricias ni manos moldeando sus orillas en forma de castillos y fortalezas. No esperaba sonrisas de domingo, sonrisas de enamorados jurándose amores eternos que no duran más de un verano. La playa, sencillamente, reclamaba atención, así que hizo todo lo que pudo. Depositó la botella junto a un bulldog francés que jugueteaba con su dueña y se aseguró de que la entrega fuera perfecta.

Al fin y al cabo, era una playa mensajera.


Ilustración: © Cecilia Varela

(Nota: La primera versión de este relato se publicó en el País de las Tentaciones, el 2 de Julio de 2004, bajo el título: "Playas Mensajeras")

Publicado por Puzzle a las 10:03
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2 desvaríos:

Nerea dijo...

me gusta. me gusta mucho.

besos

Anónimo dijo...

pues yo recuerdo haber leído la versión anterior en el periódico, y no sé cual decir que me gusta más.

de todas maneras, me parece un muy buen relato.

 
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