Al mismo tiempo que todo eso ocurre, arriba, en los aviones, azafatas que soñaban cuando eran niñas con niños que soñaban con ser comandantes, sirven sonrisas Duty Free a la carta, sonrisas y algún jugo de naranja que nunca supo a naranja, sino al recuerdo lejano de un sabor a desayuno de infancia. Decenas de personas que repasan la revista o el periódico, lo último de Marsé, un estudiante de Filosofía que lo intenta con Sartre y se duerme en la página siete.
Yo sé que un día, de repente, dejará de llover y los aviones tomarán tierra para siempre, un día de repente en la vertical de las Azores, dejará de caer lluvia, como quien deja a un amante porque ahora le resulta un desconocido cercano (dejé de creer en ti, ya sabes, lo de siempre) ausente, lejano. Es entonces que los que sobrevuelan el cielo dejan de mirar al campo, las ciudades, los océanos, porque los continentes y la orografía, fueron creados para ser mirados desde el cielo, para que nos preguntemos si realmente se puede llegar tan lejos, creados para los niños que señalan a través de la ventanilla y sueñan con ser ciudadanos de a pie, o futbolistas, o simplemente niños. Se inventaron para creer en el milagro de la tierra, de la vida a escala 1/500, para creer de manera inequívoca en todos aquellos que miran el horizonte apuntando bien alto y bien lejos.