viernes, 25 de junio de 2010


El hombre que toma capuchinos en un café tranquilo mientras lee relatos de Cortázar o de Carver, y que ya lleva tres capuchinos con sus correspondientes tres aguas minerales, sonríe de vez en cuando ante alguna frase deliciosa que le llama la atención. “Qué cabrones” piensa, “qué cabrones”. También levanta la cabeza y mira a las mujeres del café tranquilo. Se pregunta si alguna de ellas podría ser la m-u-j-e-r —con todas las letras— que pondrá patas arriba su rutinaria vida. Piensa a su vez en lo hermosa que es la palabra mujer. Se recrea en esa palabra. La paladea. Se recrea en eso y en lo cabrones que eran Cortázar y Carver. Piensa en otros cabrones que escriben y que él nunca llegará a ser así de cabrón. Quien haya leído a Cortázar, Carver o Chéjov sabe a lo que se refiere el hombre que toma capuchinos. Sin duda se refiere a algo bueno, superlativo.

Una rubia de mirada lánguida —y que se muerde las uñas— cruza el café de una punta a otra como un buen presagio. Sabe que está siendo contemplada por el hombre del capuchino que lee. Se siente incluso deseada aunque esto último es una apreciación muy particular y que no se fundamenta en nada. A veces, nuestro hombre (establezcamos por convenio llamarlo X) imagina cómo sería hacer el amor con las mujeres desconocidas con las que se cruza a diario. Lo imagina con detalle y de manera intensa. Luego olvida a esas mujeres. En general tiene una clara tendencia a olvidar las cosas.

Pese a todo, recuerda con agrado a Laura. Una de las lecciones más importantes que aprendió de ella es la de cómo echar el azúcar al capuchino sin que se derrame por los bordes: haciendo primero un huequito con la cucharilla. Ese es el secreto. Después le viene a la cabeza Natalia, la camarera que dibujaba corazones de chocolate sobre la superficie cremosa del capuchino. Un día se intercambiaron el número de teléfono. Aunque él no quería nada con ella, reconocía sentirse halagado puesto que en cierta manera, nunca o casi nunca le ocurrían cosas de ese tipo. Le ocurrían a los demás, pero a él no. Con Natalia nunca imaginó cómo sería el asunto en la cama. Eso, según X, significaba algo, aunque no sabía muy bien el qué.

X siente en ese momento que no necesita nada más para estar bien. Así está todo bien, con un capuchino, un agua mineral y algunos libros de Cortázar o de Carver. Le gustan las tardes en cafés tranquilos, a ratos lee, a ratos mira a otras mujeres y anota algunas ideas en servilletas de papel. En ese momento piensa que son ideas estupendas pero poco después cambiará de idea. Satisfecho con su tarde y consigo mismo, se levanta, paga y sale del café tranquilo. La rubia de mirada lánguida que se muerde las uñas, cruza de nuevo el café de punta a punta, pero haciendo el recorrido de vuelta, como si buscara algo o a alguien. Sea lo que sea aquello que busca ya no está. Entonces su mirada se vuelve mucho más lánguida. Tanto que se le quitan las ganas de todo y se enciende un cigarro, justo ahora que se había prometido dejar de fumar y de comerse las uñas.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Julio 2010)

Publicado por Puzzle a las 17:37
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6 desvaríos:

carmen jiménez dijo...

Veo que sigues desvariando con la misma intensidad que siempre. Yo creo que ese Mr. X, bien podría ser un Cortázar o un Chéjov o un Carver. Pero quizá sea mejor que siga siendo Mr. X. ¡Quién sabe hasta dónde puede llegar escribiendo en servilletas de papel!

Bueno, bueno, sí señor.
Besos.

Anónimo dijo...

Me gustó el contrapunto. La satisfacción de Señor X con su tarde, consigo mismo, frente a la languidez desorientada de Señora Y.
Como siempre una delicia. Saludos.
Beatriz.

Frank H. dijo...

muy bueno, como siempre.
ud. nos está mal acostumbrando a leer cosas buenas en internet.
que de esas hay pocas.

abrazos!
http://elbodegon.blogspot.com/

Nuwanda dijo...

Me gustan los capuchinos, aunque hace mucho que dejé de comerme las uñas. Siempre pienso que si pude conseguir eso, quizás pudiera lograr cualquier cosa.

Rey muerto dijo...

De ser hombre y llamarme X, tal vez habría sido Paul Auster el elegido esa día, entre mis manos y la rubia lánguida. A Cortázar, como a tí, lo leo de un tirón. Un bes

Ido dijo...

Te voy a ser sincera, nunca te había leído, y qué error! me ha encantado este relato! Me ha sacado una sonrisa desde la primera línea. Leyendo, me decía en alto - qué cabrón! qué cabrón! Sin duda, nos has dado un pellizco a todos!
Ha sido como verlo desde la ventana de ese café.

Gracias!

 
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