lunes, 26 de junio de 2006




Hagamos un experimento. Usted se encuentra desnudo y privado de toda visión (le hemos colocado un antifaz) sobre un gran colchón en el centro exacto de una habitación bien iluminada y acogedora. Le acompañan tres mujeres también desnudas y abiertas, abiertas sin duda como un océano que se navega en muy raras ocasiones, un océano privilegiado. Usted, por supuesto, no puede ver a esas mujeres y viceversa.

Ninguna de ellas lleva perfume alguno, en general nada que pueda ayudar a su reconocimiento. Lo único que se le permite saber acerca de sus acompañantes es que la primera tiene nombre de huracán, la segunda bien podría ser una de sus muchas amantes despechadas y la tercera es su mujer. El orden, por supuesto, es arbitrario. Las tres harán exactamente lo mismo: se sentarán durante apenas un instante sobre su cabeza encajando el sexo sobre su cara. Tendrá que adivinar mediante el sentido del gusto quién de ellas es su esposa. Se le permite como única excepción acariciar una sola vez los pechos de la mujer que usted considere acertada y por tanto única.

Si acierta, la mujer que ama recuperará la fe perdida en usted, rechazará posibles amantes venideros -ninguna mujer en su sano juicio sería infiel al hombre que es capaz de conocer mejor que nadie su sabor secreto- y volverán a sentirse como la primera vez que se degustaron mutuamente.

Si falla, su mujer pasará a ocupar una habitación contigua en la que sobre un gran colchón situado en el centro exacto de la estancia, esperarán tres hombres desnudos y privados de toda visión y cuyo único rasgo en común es que hace mucho tiempo que no navegan.

(Fotografía: © Dominic Rouse)

Publicado por Puzzle a las 1:40
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miércoles, 21 de junio de 2006




Escribía todo el tiempo para no tener que decir nada que no hubiera brotado antes de la punta de sus dedos, escribía para encontrarse, para escapar de las tormentas y los tsunamis del alma aturdida, escribía para explicar cosas que de otra manera no tenían sentido porque sólo mirándolas desde la distancia tomaban formas caprichosas que se acercaban a la verdad, formas de caballito de mar o de telas entretejidas por manos delicadas y orientales -que al caso venían a ser lo mismo-, escribía para escapar de los injustos y los cobardes, para olvidar antiguos amores que no serían de otra materia sino de papel, amores que volvían de vez en cuando en forma de un mal sueño o de un recuerdo borroso. Escribía para zafarse de noches tan largas como estelas de aviones que nunca aterrizan, siguiendo aquella voz interior que le gritaba por dentro y que decía ser de tarde en tarde la voz del mismo Parménides. Escribía para romperse en otros como él y en otros totalmente distintos, para vomitar palabras que hablaban de todo aquello que le robaba la luz y la mirada de niño, palabras esparcidas como esporas tristes, palabras que nunca hubiera podido escupir de mejor modo que no fuera ese.

Tanto escribía que dejó de necesitar hablar, descubriendo que de ese modo, nadie jamás envilecería sus palabras dichas (y no las escritas) puesto que lo escrito siempre resultaría puro y hermoso y lo dicho podría ser malinterpretado o puesto en juicio. Escribía, por tanto, para no perder la fe, para seguir creyendo en algo más grande que todo lo conocido y todo lo venidero. Tanto escribía y de forma tal que empaquetó cada una de sus palabras en un par de maletas, doblándolas con cuidado como si fueran camisas de seda y ese fue todo su equipaje. Sucedió de forma tal, que terminó por perder la voz y enmudeció para siempre, transformándose en alguien que sólo quiso escribir.

(Ilustración: © Claudia Moya)

Publicado por Puzzle a las 22:02
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9 desvaríos  

lunes, 19 de junio de 2006




En Estocolmo no hay tréboles, hay otras cosas: hay museos y tiendas, un acuario, líneas de autobuses, metro, zoo y muchas islas, hay un salón azul donde entregan unos premios, pero nada de tréboles, y yo me estoy viendo venir lo de la otra vez, cuando se fueron a los Alpes y me dejaron en casa, con las orejas gachas y luego pretenden que salga de la chistera con la misma cara feliz de todas las tardes, mientras pasan los días y ellos ensayan sus bailes y sus gestos elegantes, la manera de recibir los aplausos, sus amplias sonrisas y sus milagros, creo que esta vez irán en avión, esa es la otra excusa, que no hay tréboles y que no se admiten conejos en los aviones, pues que vayan pensando en otro Manolo, porque creo mi último número será bien pronto, desapareciendo entre el backstage (dichosa palabrita) o camuflado entre los peluches del carromato de tiro al blanco, y todo porque en Estocolmo no hay tréboles, hay un Campeonato del Mundo de Ilusionismo, y ya está casi todo preparado, todo menos mi caja de transporte y mi billete, sí -ya sé- no se admiten conejos en los aviones, bailarinas sí, conejos no.

Nota: Si quieres saber cómo es el rostro del único mago capaz de viajar a Los Alpes sin su conejo, esta tarde en Aragón Televisión a partir de las 18:30. Prometo mordisquear todos los mandos a distancia.

(Garabatos: © Cecilia Varela)

Publicado por Puzzle a las 12:48
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